Bajo falsos silencios CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Me dijiste que los habías puesto para comprobar si merecía la pena confiar en mí.

Un pigmento que no existía en esa época.

Una medida que no cuadraba con el marco.

—Mantuve la voz baja, casi conversacional—.

Pero ninguna de esas fichas la firmé. Ettore las tenía preparadas para que yo las revisara y las corrigiera.

¿Sabes qué se obtiene cuando un restaurador corrige los errores de otro?

Fedora no contestó.

El coche se detuvo.

No de golpe. Fue un frenazo suave, casi cortés.

Estábamos a la altura de una curva ancha donde la pista de tierra desembocaba en un cruce de caminos, con un olivo gigantesco en el centro y, a unos doscientos metros, la silueta cuadrada y ruinosa de una masseria abandonada cuyas ventanas sin cristales conocía de memoria.

Raniero giró la cabeza hacia Fedora.

—¿Por qué paras?

—Hay un control adelante. —Su voz sonó extraña, desprovista de todo matiz—. Lo he visto desde lejos. Voy a bajar a comprobarlo.

—Fedora.

—Dos minutos.

Abrió la puerta. Bajó. Se quedó de pie junto al coche, con la mano apoyada en el techo, mirando hacia la masseria.

Se giró hacia nosotros, y a la luz de la luna alcancé a distinguir su cara por primera vez desde que habíamos salido: sin maquillaje, sin sonrisa, con una expresión que no era ni maldad ni cinismo sino algo mucho más triste.

—Lo siento —dijo.

Y cerró la puerta.

Los faros se encendieron a los dos lados del cruce al mismo tiempo.

Cuatro pares, cegadores, blancos, como puños de luz que me golpearon en la cara.

El motor de un coche arrancó a la derecha.

Otro a la izquierda. Por el cristal trasero vi salir de la oscuridad una silueta alta, vestida de negro, con las manos cruzadas por delante del cuerpo y una calma insoportable.

Salvatore.

—¡Fuera! —gritó Raniero, abriendo su puerta de una patada—. ¡Tana, Giulia, corred!

Nunca supe cómo salí del coche. Recuerdo el aire de la noche golpeándome, la grava bajo los pies descalzos —había perdido una zapatilla—, el grito de Giulia a mi lado, la mano de Raniero agarrando la mía con una fuerza que casi me rompió los dedos.

Corrimos hacia el olivar, hacia la oscuridad, hacia lo único que no tenía luz.

Detrás de nosotros, voces. Pasos. El ladrido de un perro.

—¡Por aquí! —Raniero me empujó hacia una zanja profunda que corría paralela a la pista—. ¡Métete en la alcantarilla, Tana! ¡Ahora!

—¡No sin ti!

—¡Tana!

Vio que no iba a obedecer. Vio mis ojos. Y entonces hizo algo que todavía me hace daño recordar: me cogió la cara con las dos manos, con una ternura desesperada, y me besó una vez, rápido, con sabor a miedo.

—Te quiero. Lleva la tarjeta a Benedetti.

Me empujó con las dos manos. Caí de espaldas en la zanja, rodando por una pendiente de barro y ortigas, hasta chocar contra la boca de un tubo de cemento medio cubierto de maleza.

Me arrastré dentro sin pensar, con el corazón golpeándome el pecho, y me quedé allí, pegada a la pared húmeda, mirando por la abertura circular el rectángulo de luz y de sombras donde transcurría lo que no pude impedir.

Vi a Giulia gritar. La vi forcejear con un hombre enorme que la levantó del suelo como a una niña, con los pies en el aire.

Vi a Raniero girar sobre sí mismo, esquivar un primer golpe, dar uno propio, y caer de rodillas cuando un segundo hombre le golpeó por la espalda con algo largo y duro.

Lo sujetaron por los brazos. Le echaron la cabeza hacia atrás.

Vi salir de uno de los coches, con un impermeable oscuro y el reloj antiguo brillando bajo los faros, a Ettore Leuzzi.

Caminó despacio hasta su hijo. Se detuvo delante de él. Lo miró desde arriba, con una expresión que no era de rabia sino de una decepción inmensa, casi paternal.

—Raniero —dijo—. Hijo mío.

—Suéltala —jadeó Raniero, con un hilo de sangre bajándole por la barbilla—. A Giulia. Suéltala.

—Jamás le he hecho daño a tu hermana. Ni a ti. —Ettore se agachó para mirarlo a los ojos—. Pero me has obligado a hacerlo todo mucho más difícil de lo necesario.

Se incorporó. Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió los dedos, uno a uno. Se giró hacia el olivo gigante del cruce, donde Fedora seguía de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el suelo.

—Gracias, querida —dijo.

—No me des las gracias.

—Has estado magnífica. Como siempre.

—Llevo quince años —dijo Fedora, sin levantar la vista— siendo magnífica por ti, Ettore.

—Y te lo agradezco cada día. —Ettore le acarició la mejilla con el dorso de la mano—.

Yo la saqué de un agujero una vez, hace mucho, cuando su galería de Roma se hundía en deudas.

Le prometí que no volvería a pasar hambre.

Ella me prometió que jamás me fallaría. Han sido quince años de promesas mutuas cumplidas. Qué raro es eso hoy.

Giulia gritó. Un grito largo, roto, que hizo que hasta los perros callaran.

—¡Fedora! ¡Me enseñaste a montar en bicicleta!

Fedora levantó por fin la cabeza. Miró a Giulia con una expresión insoportable.

—Y tú a mí a no fiarme de nadie que no fuera tu padre —dijo—. Pero eso no te lo enseñé yo, cariño. Eso lo aprendiste sola.

Se dio la vuelta. Se metió en su Alfa y cerró la puerta.

Yo no respiraba. Tenía los dedos clavados en la pared de cemento de la alcantarilla, y sentía la tarjeta de memoria de Livia Ferraro pegada a la piel bajo la camiseta, en el bolsillo interior del sujetador donde la había escondido antes de bajar las escaleras.

Una tarjeta del tamaño de una uña que valía más que todas las vidas que había en aquel cruce.

—¿Dónde está la restauradora? —preguntó Ettore.

—No estaba en el coche, señor. —Salvatore inclinó la cabeza—. Debió de saltar antes. Los perros están en el olivar.

—Que la busquen.

—Sí, señor.

Un ladrido cercano. Otro. El rumor de pasos entre los troncos, cada vez más próximos.

Retrocedí hacia el fondo del tubo, con el barro hasta las rodillas, conteniendo el impulso de gritar.

Una linterna barrió la zanja a diez metros.

Otra. Un hombre bajó con cuidado hasta el borde y se detuvo justo delante de la boca de la alcantarilla.

Vi sus botas. Enormes, negras, embarradas.

Esperé el golpe. Esperé el grito. Esperé la mano que iba a agarrarme del tobillo y arrastrarme hasta los faros.

—Nada por aquí, señor —gritó el hombre, sin agacharse—. Hay demasiada maleza y el barro se come cualquier rastro. Los perros no sacan nada de aquí.

Las botas se alejaron.

Pasó una eternidad. Oí cerrarse las puertas de los coches.

Oí el rugido de un motor, luego de otro, luego de un tercero.

Oí un último grito de Giulia, ahogado, lejano, y después el silencio, ese silencio enorme y obsceno que sigue a las catástrofes, en el que hasta los grillos parecen contener el aliento.

Cuando por fin me atreví a salir, estaba sola.

Trepé por la pendiente de barro hasta la pista de tierra.

El cruce estaba vacío. La masseria abandonada se alzaba a lo lejos como una calavera.

Sobre la grava quedaban una zapatilla de Giulia, un jirón de tela blanca, la huella de un neumático, y en mitad del camino, el teléfono de Raniero, con la pantalla resquebrajada.

Lo recogí. Estaba caliente todavía.

Vibró.

Un mensaje de un número desconocido, con un prefijo italiano. Lo abrí con dedos que no sentía.

Siamo alla cala. Dove siete? — B.

Benedetti. Estaba en la Cala Scirocco. Nos esperaba. Eran las tres y veinte de la madrugada y a tres horas de camino a pie había un hombre con un equipo y una orden judicial que solo necesitaba una cosa que yo llevaba pegada al pecho.

Empecé a escribir la respuesta. No llegué a terminarla.

El teléfono volvió a vibrar en mi mano, esta vez con una llamada entrante. Número oculto. Contesté sin decir nada.

—Aitana, querida.

La voz de Ettore llegó suave, cálida, casi cariñosa, con el rumor de un motor de fondo.

—Sé que estás ahí. Llevas el teléfono de mi hijo.

Qué prudente por tu parte recogerlo. —Una pausa breve—.

Tengo a Raniero y a Giulia conmigo. Están bien.

Todavía. Están sentados en el asiento de atrás, y Salvatore les hace compañía.

Van a bajar al segundo nivel dentro de unos minutos, a una habitación que Giulia no conoce, con una cerradura que Raniero jamás ha logrado abrir.

Me apoyé contra el olivo, con las rodillas a punto de ceder.

—Tienes una decisión sencilla que tomar, querida —continuó—.

Puedes irte con esa tarjeta que llevas encima, la que mi querida Fedora me ha confirmado que existe, y entregársela a tu coronel en la cala.

O puedes volver a la villa, sola, por la puerta principal, antes de que amanezca, y dármela a mí.

Y entonces mis hijos vivirán, y tú vivirás, y el jueves por la noche todo esto será solo un mal recuerdo de un verano intenso.

—Eso no es una decisión —dije, con la voz rota.

—Es la única que hay. —Su tono se endureció apenas—. Son las tres y veinticinco. Tienes hasta las seis. A las seis, o vuelves, o dejo de ser paciente.

Colgó.

Me quedé de pie en medio del cruce de caminos, con el teléfono roto en una mano y el latido de la tarjeta de Livia en el pecho, mirando hacia el este, donde no había nada todavía, ni un solo tono gris que anunciara el amanecer.

Al oeste, muy lejos, brillaban las luces amarillas de la villa.

Al norte, tres horas de sendero de pastores hasta un hombre que quizá podía salvar a veintitrés personas, pero que no llegaría a tiempo para salvar a las dos que más me importaban.

Dos caminos. Una tarjeta. Y tres horas para decidir cuál de las dos cosas que amaba estaba dispuesta a perder.