Bajo falsos silencios CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La huida

—¿Que Ettore lo sabe todo? —repitió Raniero.

Estaba de pie en el último peldaño de la escalera de servicio, entre Giulia y yo, con una mano extendida hacia atrás como quien contiene un golpe.

No alzó la voz. Hablaba en ese tono llano que le había oído usar solo dos veces, la primera en la penumbra del salón pequeño cuando apagó mi lámpara ultravioleta y la segunda en el almacén, cuando me llamó gata delante de tres hombres armados.

Fedora se había quedado bajo la bombilla desnuda, con el bolso de viaje colgado del hombro y las manos a la vista, abiertas, igual que ante un animal herido.

—Hace una hora que Ettore recibió una llamada de Salvatore —dijo—. Le han dicho que el coronel Benedetti tiene tres tarjetas de acceso nuevas a la base de Brindisi. Que se está moviendo. Que alguien de dentro ha hablado con él.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Estaba en el despacho cuando colgó. —Se pasó la lengua por los labios—. Ettore ha ordenado a Salvatore que envíe hombres al portón oeste del olivar a las cuatro y media de la madrugada. Dice que hay una furgoneta de Otranto que espera allí. Dice que tú la has contratado.

Algo frío se me deslizó por la nuca.

Una furgoneta de Otranto. El portón oeste. Las cinco de la madrugada. Cada detalle de la trampa del canario, tal como Raniero me la había descrito por la tarde en su cuarto, salía ahora de la boca de Fedora con la exactitud de un eco.

Raniero no me miró. Tampoco a Giulia. Mantuvo la vista fija en Fedora, con los dientes tan apretados que parecía que fueran a romperse.

—Qué extraño —dijo con suavidad—. Yo le conté ese plan a una sola persona. Esta tarde, en la biblioteca de la torre, mientras Aitana subía. Con todos los detalles. Portón oeste, furgoneta de Otranto, la puerta B. Nadie más lo sabía.

—Raniero…

—A mi padre solo le dije «a las cinco de mañana». En la cena. Delante de ti. Para ver quién reaccionaba.

—No es lo que…

—¿A qué hora te llamó mi padre al despacho, Fedora? ¿Antes o después de que yo te lo contara?

Se hizo un silencio largo. En el pasillo goteaba un grifo. En algún punto del sótano, muy lejos, algo metálico chirrió una vez y se quedó quieto.

Fedora cerró los ojos. Cuando los abrió, el rostro elegante de siempre se había aflojado, como si la máscara pesara de pronto demasiado para sostenerla a esa hora.

—Escúchame —dijo—. No tenemos tiempo para esto.

Si me acusas ahora, estos hombres estarán aquí en diez minutos y os sacarán a los tres de esta casa esposados.

Yo puedo sacaros ahora mismo. Tengo el coche detrás de la cancela este.

Conozco pistas que Salvatore no conoce. En veinte minutos estaréis en la Cala Scirocco, con vuestro coronel, con vuestras pruebas y con vuestras vidas. Después podéis hacerme lo que queráis.

—O nos lleva a una trampa —susurró Giulia.

—O os salva. —Fedora le sostuvo la mirada—. Giulia, tesoro, te enseñé a montar en bicicleta. ¿De verdad crees que te haría daño?

A Giulia se le cerró la garganta. Le tembló el labio inferior. Y por su cara cruzó, en un segundo, la pregunta, la que yo misma llevaba haciéndome desde que había leído la hoja de la caja fuerte: ¿y si la persona que te enseñó a montar en bicicleta es la misma que te empuja por un precipicio?

—Raniero —dije, muy bajo—. No.

Él no me miró. Miró a Fedora.

—Tenemos lo que dejó Livia —dijo—. Eso es lo que quiere mi padre, ¿verdad?

Fedora tardó un segundo en contestar.

—Es lo que quiere.

—Eso me basta.

Me tomó del codo y me llevó dos pasos más allá, al hueco de la escalera, donde la bombilla no llegaba. Giulia se quedó frente a Fedora sin quitarle los ojos de encima. Raniero habló pegado a mi oído, deprisa, sin casi mover los labios.

—Si mi padre quisiera vernos muertos esta noche, Fedora no habría venido sola con un bolso y una linterna. Habría llamado a Salvatore desde el despacho y a estas horas estaríamos en el sótano.

—¿Y entonces?

—Entonces nos quiere enteros. —Tragó saliva—. Quiere lo que dejó Livia, y lo que dejó Livia lo llevas tú. Mientras crea que puede conseguirlo hablando, no nos va a matar. Y a una conversación se llega con la mejor pieza escondida.

—Es una trampa.

—Es una trampa. Pero ella cree que seguimos creyéndola.

Esa es la única ventaja que tenemos esta noche.

—Me apretó la mano—. Si el coche se detiene, si hay luces, si pasa cualquier cosa, no me esperes.

Ni a mí ni a Giulia. Te tiras, corres hacia el olivo más grande que veas y no paras hasta Benedetti. Júramelo.

—No.

—Júramelo, Tana.

—Te lo juro —dije.

Los dos supimos que mentía.

—Hay otra manera. —Giulia dio un paso al frente—. Podemos ir a pie. Por el olivar del este, hasta el camino de los pastores, y de ahí a la cala. Son tres horas, pero nadie nos verá.

Fedora soltó una risa breve, sin alegría.

—Tres horas de camino por terreno abierto, con una luna casi llena, y Salvatore tiene perros. No llegaríais a la carretera.

Era verdad. Detestaba que fuera verdad. Nos quedamos los cuatro inmóviles bajo la bombilla, con las sombras alargadas contra la piedra, cada uno cargando con una versión distinta de la misma pesadilla.

Entonces algo se movió al fondo del pasillo.

Un punto rojo diminuto, suspendido en la oscuridad, que subió y bajó una vez. La brasa de un cigarrillo. Una silueta delgada apoyada en el marco de la puerta de la cocina, con un delantal negro y los brazos cruzados.

Cosimo.

No dijo nada. No se acercó. Nos miró a los cuatro desde el fondo del pasillo, fumando en silencio, con la cabeza ligeramente inclinada, y después alzó una mano lenta y dejó caer algo en el suelo de baldosas. Un tintineo metálico, pequeño. Un llavero.

Y volvió a la cocina sin una palabra.

Raniero fue a recogerlo. Regresó con la llave en la palma de la mano: una llave grande, de hierro negro, con un nudo de cuerda atado al ojo.

—La cancela del jardín trasero —susurró—. La del muro este. Cierra desde fuera desde hace veinte años. Siempre ha tenido una copia.

—Cosimo —murmuré, sin entender del todo lo que había ocurrido.

—Lleva treinta años en esta casa, Tana. —Raniero cerró el puño—. Ha visto todo lo que ha ocurrido aquí. Todo.

Miró a Fedora. Y después me miró a mí, con una decisión que se le formaba en los ojos como una cicatriz.

—Vamos. Los cuatro. Nadie lleva nada que no sea su móvil y la ropa que lleva puesta. —Miró a Fedora—. Tú conduces. Y haremos como que nos fiamos de ti.

***

Cruzamos el jardín trasero pegados a los setos de lavanda, uno tras otro, con la respiración contenida, bajo una luna casi llena que lo iluminaba todo con una claridad obscena.

Cada grillo que callaba a nuestro paso era una alarma.

Cada hoja que crujía bajo mis zapatillas parecía una explosión.

Al fondo del jardín, entre dos cipreses altísimos, se abría una cancela de hierro forjado cubierta de yedra.

Raniero introdujo la llave. Giró. Nada. La giró otra vez, con más fuerza, conteniendo un juramento, y por fin la cerradura cedió con un crujido oxidado que me aceleró el pulso hasta las sienes.

Del otro lado, escondido bajo una higuera, esperaba el Alfa Romeo gris perla de Fedora. Recordé haberlo visto aparcado junto al porche el día que ella llegó con sus fichas impecables, y de repente el color pálido del coche me pareció el de una lápida.

—Yo conduzco —dijo Fedora.

—Tú conduces —dijo Raniero, y se sentó a su lado, en el asiento del copiloto, con el móvil en la mano y la vista clavada en ella.

Giulia y yo nos apretamos en el asiento trasero, con las rodillas pegadas.

Fedora arrancó sin encender los faros. Descendimos por una pista de tierra apenas visible entre los olivos, con las ramas rozando el techo, y el coche se movió despacio, ronroneando sobre las piedras, como un animal que también contiene el aliento.

Nadie hablaba. El silencio en el interior del Alfa tenía un peso concreto, el de cuatro respiraciones que se esforzaban por no delatar a las demás.

Yo miraba las manos de Fedora sobre el volante: largas, finas, la piel pálida con sus uñas color marfil.

Manos que habían tecleado fichas impecables.

Manos que, tal vez, habían escrito con letra pequeña la hora exacta en que una mujer salía de un bar.

Giulia buscó mi mano en la oscuridad del asiento trasero. Tenía los dedos helados. Se inclinó hasta que su aliento me rozó la oreja.

—La llamada de la cala —susurró, tan bajo que apenas la oí—. La que dije que era de mamá.

—Lo sé.

—Era ella. —Señaló con los ojos la nuca de Fedora—.

Quería que te llevara a cenar a Lecce esa noche.

Que no volviéramos hasta pasada la medianoche.

Me dio una excusa tonta, que su galería tenía un cóctel.

Yo dije que no. Le dije «esta noche no» porque papá había preparado la cena de gala y porque tú…

—se le quebró la voz— porque quería que estuvieras en casa.

—Giulia.

—Ahora entiendo por qué insistía tanto. La furgoneta de esa noche. Las cajas. —Tragó saliva—. Si hubiera dicho que sí, no habrías visto nada. No estaríamos aquí.

—O estaríamos aquí igual, un día después.

—Tú siempre buscas el lado bueno de las cosas.

—Yo busco las grietas, Giulia. Es distinto.

Me apretó la mano con una risa rota, casi un sollozo, y se quedó callada.

Delante, Raniero no se había movido. Sus ojos seguían clavados en el perfil de Fedora, en la línea tensa de su perfil, en el reflejo blanco que la luna dejaba sobre sus pómulos.

Él ya lo sabía. Estaba en aquel coche con los ojos abiertos, jugando a dejarse engañar, que es el único modo de engañar a quien cree que ya te ha ganado.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije.

—Ahora no, Aitana.

—Es corta.

Fedora suspiró.

—Adelante.

—¿Los errores de las fichas eran para saber si yo era buena, o para saber si podía sustituir a Lamberto?

Los nudillos de Fedora se blanquearon sobre el volante. Fue solo un instante. Enseguida recobró la calma con la eficacia de una jugadora de ajedrez.

—No sé de qué hablas.