Bajo falsos silencios CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—Lo siento. —Su voz se volvió tan dulce que me dio náuseas—. Tu madre debe de estar orgullosa de ti. Una hija con un oficio tan prestigioso, trabajando para una familia como la nuestra. Es una suerte que no todas las madres conocen. Sería una pena que se preocupara por cualquier cosa.

—Mi madre no se preocupa por nada. Es de las que se enteran de todo por mí cuando ya ha pasado.

—Perfecto. Esas son las mejores madres. Hace unos días oí en la radio que una inspectora de la Guardia di Finanza había sufrido un accidente en la carretera del pueblo. Qué desgracia. Esa carretera es traicionera. Tantas curvas. Tantos olivos junto al arcén.

Bebí un sorbo de vermut para no delatar mi cara. Estaba caliente y amargo.

—Sí. Qué desgracia.

—Te lo digo porque quiero que estés tranquila.

—Ettore me puso una mano en el hombro. Pesaba como una losa—.

Aquí no te va a pasar nada. Yo cuido de los míos.

Y tú, desde que firmaste, eres de los míos.

Pasado mañana, cuando todo esto termine, quiero ofrecerte un puesto fijo.

Asesora de la colección. Sueldo de galería de primer nivel. Casa en la finca si la deseas.

—Es muy generoso.

—No es generosidad. Es inversión. —Me apretó el hombro una vez más y lo soltó—. Mañana necesitaré un pequeño favor tuyo. Nada complicado. Tiene que ver con el jueves. Ya te lo explicaré.

—Estaré encantada.

—Sé que lo estarás. —Volvió a mirar el cuadro, con el vaso pegado al pecho—. Los buenos siempre lo están.

Salí del salón con el vaso todavía en la mano. Solo cuando alcancé la escalera comprobé que lo apretaba con tanta fuerza que se me habían quedado los dedos entumecidos. No dejé que me temblara la mano hasta que estuve a solas en mi cuarto.

***

Cenamos temprano, por expresa petición de Ettore, en el emparrado, con farolillos de papel y una mesa puesta para cinco.

Fedora llegó cuando ya estábamos sentados, con un vestido azul marino y el pelo plateado recogido en una trenza baja. Traía en las manos una fuente cubierta con un paño.

—Perdonad el retraso. He pasado por la panadería del pueblo. Ettore, te traigo esos pastelitos de almendra que te gustan.

—Eres una santa, Fedora. —Ettore le besó la mano con una devoción que de repente me pareció grotesca—. No sé qué haría sin ti.

—Probablemente engordarías menos.

Rieron los dos. Yo bajé la vista al plato. Sentí a Raniero, a mi derecha, dejar caer el tenedor con un tintineo minúsculo, y a Giulia, al otro lado de la mesa, apretar la servilleta con las dos manos hasta que los nudillos se le volvieron blancos.

Cosimo sirvió el vino. Comimos ensalada de tomate y burrata.

Comimos pasta con almejas. Ettore contó una historia larguísima sobre un notario de Bari que se había quedado atrapado en un ascensor durante tres horas, y todos reímos en los momentos justos, con la desesperada perfección de una compañía teatral que lleva demasiadas funciones seguidas.

A los postres, Raniero se aclaró la garganta.

—Padre. He estado pensando en lo de Marco y en el traslado.

Ettore dejó la cucharilla sobre el platillo.

—¿Y qué has pensado?

—Que necesito tu permiso para revisar personalmente la logística. Asegurarme de que no se nos escape nada. —Raniero eligió sus palabras con la precisión de quien camina sobre una cornisa—. Con Giulia y Aitana hemos estado repasando algunas rutas alternativas. Si a las cinco de mañana pudiéramos…

Se detuvo. Lanzó una mirada rápida, casi imperceptible, hacia Fedora, y bajó la voz, comprendiendo de golpe que había hablado demasiado.

—Nada. Da igual. Lo hablamos después.

La cena se quedó suspendida. Ettore lo miraba con las cejas ligeramente arqueadas. Fedora dejó de mover el tenedor. Fue solo un instante, apenas un parpadeo, pero sus ojos se deslizaron hacia mí, después hacia Giulia, después hacia Ettore, calculando cuánto había oído y qué convenía hacer con ello.

—¿A las cinco de mañana? —repitió Ettore, con suavidad.

—Una tontería mía, padre. Estoy cansado.

—Qué interesante. —Ettore bebió un sorbo de vino, sin dejar de mirar a su hijo—. Precisamente hoy, mientras estaba en Lecce, he pensado que necesito hablar con vosotros dos de un asunto. Pero dejémoslo para mañana. Es tarde, y el vino ya me está haciendo filosofar.

Sonrió a todos. Una sonrisa amplia, caliente, la del anfitrión perfecto.

—Por cierto —añadió, girándose hacia Cosimo, que retiraba los platos con su eficacia silenciosa—. Cosimo, mi caja fuerte estaba hoy con el elástico del cuaderno al revés. ¿Has entrado en mi despacho esta mañana?

El aire se congeló bajo el emparrado.

Nadie respiró. Ni yo. Ni Giulia, con los ojos enormes clavados en su plato. Ni Raniero, que había puesto una mano bajo la mesa sobre mi rodilla y la apretaba con una fuerza que casi dolía.

Cosimo se detuvo con la bandeja de plata en las manos. Sus ojos oscuros recorrieron la mesa despacio. Se posaron en mí durante un segundo, dos, tres.

—Sí, señor —dijo por fin, con una calma perfecta—. Fui yo. Esta mañana, para desempolvar el escritorio. Debí de moverlo al limpiar. Le pido disculpas.

Ettore lo estudió. Después soltó una carcajada suave.

—Ya lo suponía. Sois todos demasiado nerviosos hoy. —Agitó la mano—. Sigue, Cosimo. Y la próxima vez, avísame.

—Naturalmente, señor.

Cosimo se marchó hacia la cocina con paso impecable. Al pasar detrás de mi silla, apenas rozó el respaldo con la yema de los dedos, un contacto tan leve que podría haber sido casualidad.

No lo fue.

***

Benedetti llamó a las once y cuarenta de la noche.

Estábamos los tres en el mirador del palomar, a oscuras, porque era el único lugar de la casa donde el móvil de Raniero tenía cobertura y donde nadie pasaba jamás pasada la medianoche.

Giulia apoyaba la espalda contra el muro, con las rodillas contra el pecho.

Yo escuchaba el viento entre los olivos.

Cuando el teléfono vibró sobre el pretil de piedra, los tres dimos un respingo.

Raniero contestó en italiano, muy bajo.

—Pronto.

—¿Quién es? —Una voz de hombre, grave, cansada, con el acento suave del centro de Italia—. Me ha dejado usted un mensaje. Dijo «veintitrés motivos».

—Coronel Benedetti. —A Raniero le tembló la voz—. Gracias a Dios.

—No me dé las gracias todavía. Dígame quién es y cómo tiene este número.

—Raniero Leuzzi. Hijo de Ettore Leuzzi. Tengo una tarjeta de memoria de la inspectora Ferraro, y fotografías del segundo nivel de la bodega de mi padre. Con nombres, cuentas, y una lista de personas. Veintitrés. Las mueven el jueves por la noche.

El silencio al otro lado duró tanto que creí que la llamada se había cortado.

—¿Está usted solo? —preguntó al fin Benedetti.

—Con dos personas de confianza. Mi hermana y una restauradora española que la inspectora conoció.

—¿Y en esa casa hay alguien más que conozca este contacto?

—Nadie.

—Bien. Escúcheme con mucha atención, señor Leuzzi.

Livia me llamó hace cuatro días. Me dijo que iba a dar un paso más y que, si no volvía a llamarme, usted o alguien como usted me buscaría.

—La voz le flaqueó—. Me dijo también otra cosa.

Que en su círculo más cercano había alguien que podía estar comprometido, y que no sabía quién.

Que tuviera cuidado con las personas que parecen demasiado útiles.

Se me erizó la piel de los brazos. Raniero me miró, con los ojos brillantes en la oscuridad, y los dos pensábamos lo mismo.

—Entiendo —dijo.

—Yo no puedo entrar en esa villa sin orden judicial, y para una orden judicial necesito al menos veinticuatro horas y un juez que no tenga amigos en Lecce.

Pero puedo hacer otra cosa. —Una pausa—.

Mañana, a las seis de la mañana, estaré con un equipo reducido de mi máxima confianza en la Cala Scirocco. Conoce el sitio.

—Lo conozco.

—Vengan los tres. Sin coche de la casa, sin teléfono de la casa, sin decírselo a nadie. Traigan todo lo que tengan: la tarjeta, las fotografías, el código de esa puerta. Con eso puedo pedir la orden y tener a mis hombres frente a la bodega antes de que cierre el jueves.

—Iremos.

—Y señor Leuzzi. —La voz de Benedetti se endureció de golpe—. Ni una palabra a nadie más. A nadie. Ni a su padre, ni al servicio, ni a esa mujer, Quaranta, que dicen que es tan útil. ¿Ha entendido?

Me quedé sin aire. Raniero apretó los dientes.

—¿Cómo sabe ese nombre?

—Porque Livia lo escribió en un margen —dijo Benedetti— con un signo de interrogación, en la última nota que me envió. No sé qué significaba. Solo sé que no le gustaba.

Colgó.

Nos quedamos los tres mirando el teléfono apagado sobre el pretil, como si fuera a explotar. Giulia fue la primera en hablar.

—Entonces es ella.

—No lo sabemos.

—Livia la puso en un margen con un signo de interrogación, Tana. Livia, que murió a los pocos días.

—Eso no significa que…

—Basta. —Raniero se levantó. Tenía la cara descompuesta en la penumbra—.

Basta las dos. Decidimos que no vamos a decidir hasta que veamos qué pasa con lo del portón.

Mañana a las cinco de la mañana estaremos escondidos, viendo si alguien aparece.

A las seis salimos hacia la cala. Con lo que tengamos.

—¿Y si aparece alguien a las cinco? —preguntó Giulia.

—Entonces sabremos por dónde ha salido la filtración —dijo él— y podremos elegir con qué cara mirar a la persona en cuestión.

Bajamos de la torre por la escalera estrecha, en fila, sin luz, con una mano cada uno apoyada en la pared. Al llegar al último peldaño, Giulia se detuvo de golpe y levantó una mano para hacernos parar.

Al fondo del pasillo de servicio, bajo la única bombilla desnuda que iluminaba la puerta del sótano, había una silueta parada. Alta, delgada, vestida de oscuro. Tenía un bolso de viaje colgado del hombro y una linterna pequeña apagada en la mano.

Levantó la cabeza al oír nuestros pasos, y la luz de la bombilla le dibujó el perfil plateado, la trenza baja, los ojos claros, fijos en nosotros con una calma casi triste.

—Os estaba buscando —dijo Fedora, sin alzar la voz—. Tenemos que irnos de esta casa esta misma noche. Ettore lo sabe todo.