Bajo falsos silencios CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Fidata

Leí aquella palabra tantas veces que dejó de ser una palabra.

Fidata. De confianza. Cuatro sílabas escritas con la tinta más oscura y la letra más firme de Ettore Leuzzi, al pie de una hoja que describía, con precisión de relojero, el último paseo de una mujer que se había atrevido a sentarse conmigo en un bar de pueblo.

La hora en que salió. La carretera que tomaría.

El instante exacto en que dejaría de ser un problema para convertirse en un accidente.

—Tana. —Giulia me tocó el codo—. Tana, respira.

No me había dado cuenta de que había dejado de hacerlo.

Inspiré con un temblor que me raspó la garganta y fotografié la hoja con el teléfono de Raniero, una vez, dos, tres, con los dedos tan torpes que la primera imagen salió movida.

Repetí el encuadre. La doblé por su pliegue original, la deslicé entre las mismas dos páginas del cuaderno, cerré el elástico exactamente en el ángulo en que lo habíamos encontrado y guardé el cuaderno dentro de la caja fuerte, encima del fajo de billetes, con la esquina superior apuntando hacia la puerta.

Giulia cerró el panel de madera. Nos quedamos las dos mirando la pared lisa, como si detrás pudiera abrirse un abismo.

—Fedora me enseñó a montar en bicicleta —dijo Giulia, en un susurro seco, sin mirarme—. Yo tenía seis años. Se pasó una tarde entera corriendo detrás de mí por el camino de grava, con tacones, sujetando el sillín, gritando «¡no te suelto, no te suelto!». Se le rompió un zapato.

—Giulia…

—No puede haber sido ella.

—Está su firma.

—Son dos letras. —La palabra le salió rota—. Dos letras, Tana. Cualquiera puede escribir dos letras.

Quise creerla. Quise con todas mis fuerzas creer que existía una explicación limpia, una mano ajena que hubiera imitado aquel arabesco elegante para condenar a la única persona de la casa que nos había ayudado.

Pero recordaba la sonrisa de Fedora en el salón pequeño, su carpeta de fichas, su dedo sobre los labios en el patio.

Recordaba que la carta de Livia me había advertido contra ella, y que ella misma me había entregado un sobre que parecía la prueba de su inocencia.

Las dos cosas encajaban con la misma facilidad en mi cabeza, como las dos caras de un cuadro pintado por alguien que sabía exactamente qué quería que yo viera.

Entonces oímos la puerta de abajo.

Un portazo distante, seguido de unos pasos rápidos por la escalera de piedra. No los pasos pesados y lentos de Ettore. Otros, más ligeros, más precisos.

—Cosimo —susurró Giulia.

Salimos del despacho sin encender ninguna luz.

Ella se deslizó hacia la escalera de servicio y yo hacia el pasillo principal, fingiendo que volvía de la galería del ala oeste.

Nos cruzamos con Cosimo en el rellano, él subiendo con una bandeja de plata y yo bajando con un cuaderno de dibujo abierto contra el pecho.

—Signorina —dijo, deteniéndose.

—Cosimo, gracias por lo de los cuadros. Me ha sido utilísimo.

Sus ojos oscuros bajaron hacia mis manos y luego hacia la puerta entornada del despacho de Ettore, al fondo del pasillo, donde una franja de sol delataba que habíamos olvidado cerrarla del todo.

—Me alegro de haberle servido —dijo, sin cambiar el tono—. Voy a cerrar esa puerta. El señor no soporta las corrientes.

Pasó a mi lado con la bandeja. Le oí llegar al despacho, oí el chasquido suave del picaporte, y contuve el impulso de girarme.

Cuando por fin subí las escaleras, con las piernas flojas, la verdad me alcanzó: Cosimo no había comprobado nada.

Había cerrado la puerta con un cuidado que no admitía preguntas.

No supe si aquello era una advertencia, una complicidad o una trampa.

***

Raniero escuchó todo de pie, junto a la ventana de su cuarto, con los brazos cruzados y la mirada fija en el olivar. No me interrumpió ni una sola vez. Cuando terminé de contarle lo de la hoja, se quedó tan quieto que parecía no haberme oído.

—Enséñamela.

Le tendí el teléfono. Amplió la foto con dos dedos. Leyó las fechas, las horas, la ruta. Leyó las iniciales. Leyó la última palabra. Dejó el teléfono sobre el alféizar con un cuidado extremo, como si pudiera romperse.

—Fedora me enseñó a jugar al ajedrez.

—Lo sé. Me lo contaste.

—Me dijo una vez que un jugador de verdad no ve el tablero como un campo de batalla, sino como una conversación. —Su voz sonaba plana, controlada hasta la frialdad—. Que cada pieza que mueves le habla al otro de lo que quieres que crea. Y que las jugadas más peligrosas son las que parecen un error.

—¿Crees que esto es un error?

—Creo que es demasiado limpio. —Se giró hacia mí—.

Piénsalo, Tana. Una hoja suelta, escondida entre dos páginas de un cuaderno guardado en una caja fuerte que solo abrimos hoy porque Giulia conocía la combinación.

Con las iniciales de Fedora. Con la tinta de mi padre añadiendo «de confianza» al pie.

¿Quién deja una prueba así en un cuaderno que cree seguro?

—Alguien que no esperaba que nadie la encontrara.

—O alguien que necesitaba que la encontráramos.

Pensé en el dictáfono de la primera tarde, en una mujer que lo apuntaba todo y guardaba cada palabra. Una persona así no pierde una hoja dentro de un cuaderno. Si la hoja estaba allí, alguien sabía exactamente dónde.

Me apoyé contra el borde del escritorio. La cabeza me daba vueltas.

—¿Y por qué?

—Para que dejemos de confiar en ella. —Se pasó una mano por la nuca—. O para que confiemos más. O para descubrir con quién hablamos cuando desconfiamos. Mi padre lleva cuarenta años jugando a esto, Tana. No escribe nada por descuido.

—Entonces es una trampa.

—O es exactamente lo que parece. —Sonrió sin humor—. Ese es el problema. No lo sé. No puedo saberlo. Y no tenemos tiempo de averiguarlo por los cauces normales.

Se sentó en el borde de la cama. Le vi sostener la respiración, contar hacia atrás, pensar como piensa un hombre que ha crecido en una casa donde cada conversación es una partida.

—Hay una manera de saberlo —dijo por fin.

—Dime.

—Se llama la trampa del canario. Mi tío Tancredi me la explicó cuando yo tenía veinte años, medio en broma.

Si sospechas de una filtración, no confrontas a nadie.

Le cuentas a cada sospechoso una versión ligeramente distinta del mismo secreto, falsa, verificable, y esperas a ver cuál de las versiones sale a la luz.

—¿Y si sale?

—Entonces sabes quién habló.

Lo pensé.

—¿Y qué le contamos a Fedora?

Raniero levantó la vista hacia mí, y en sus ojos había una mezcla de asco por lo que iba a proponer y una determinación tranquila que me heló y me tranquilizó a la vez.

—Que entraremos en el sótano mañana a las cinco de la mañana. Con el código. Por la puerta B. Que sacaremos a los que podamos por el portón del olivar oeste, y que allí esperará una furgoneta que he contratado en Otranto.

—Nada de eso es cierto.

—Nada. Es exactamente lo que ocurriría si me hubiera vuelto loco. —Alzó una ceja—. Si mi padre está esperándonos mañana a las cinco en el portón oeste, sabremos que Fedora habló. Si no aparece nadie, lo más probable es que no.

—¿Y si aparece y nos atrapan?

—No vamos a ir. —Cogió mi mano—. Vamos a estar en otro sitio, viendo quién llega.

No me gustaba. Nada de aquello me gustaba. Pero el reloj seguía corriendo, y las veintitrés personas de la lista no tenían el lujo de que nosotros esperáramos certezas.

—Dilo con cuidado —dije—. Que suene a error nuestro, a ingenuidad.

—Sé cómo hacerlo. —Me besó la palma de la mano, un gesto rápido que me hizo cerrar los ojos—. Llevo tres años fingiendo delante de esta gente. Puedo fingir un plan estúpido durante cinco minutos.

***

Ettore volvió de Lecce a las cuatro y veinte, con el traje de lino arrugado por el calor y una tensión nueva en los hombros que no había tenido por la mañana. A las cinco y media, Cosimo llamó a mi puerta con dos nudillos discretos.

—Don Ettore la espera en el salón grande, signorina. A solas.

Bajé con el estómago encogido y las manos escondidas en los bolsillos del pantalón para que no se me notara el temblor.

Las puertas dobles estaban abiertas. El salón se hallaba en penumbra, con las cortinas de damasco medio corridas, y en el aire flotaba un olor a cera y a vermut.

Ettore estaba de pie frente a la chimenea, con un vaso corto en la mano, contemplando la Adoración de los pastores como quien contempla a un hijo que ha salido bien.

—Pasa, querida. Cierra la puerta.

Obedecí. El chasquido del picaporte me recorrió la espalda.

—¿Sabes cuánto pagué por este cuadro? —dijo sin volverse.

—No.

—Nada. —Sonrió, y su perfil plateado se recortó contra el marco dorado—.

Lo pintó un hombre extraordinario en un sótano de Nápoles, con pigmentos de un farmacéutico y cola de conejo, durante ocho meses.

Se llamaba Gennaro. Murió de tuberculosis hace diez años sin haber firmado jamás una sola obra con su nombre. ¿No te parece una injusticia?

—Me parece una tragedia.

—Una tragedia, sí. —Se giró por fin. Sus ojos, tibios, atentos, me recorrieron entera—. Yo he dedicado mi vida a reparar injusticias como esa. A darle a cada cosa el nombre que merece. Tú también, a tu manera.

—Mi oficio es distinto.

—Es el mismo. Restaurar es devolverle a una obra la apariencia que necesita para sobrevivir. —Bebió un sorbo—. La lealtad funciona igual. Consiste en cubrir las grietas de tal manera que nadie sospeche que estuvieron ahí.

Me quedé quieta. Ettore avanzó un paso y me ofreció un vaso que no había pedido. Lo cogí. Notaba el frío del cristal contra la palma sudada.

—Esta mañana pasaste un buen rato con Cosimo en el ala oeste —dijo con suavidad.

—Me contó la historia de los cuadros. Me pareció útil para las fichas.

—Cosimo es un hombre muy servicial. Te aprecia. No suele apreciar a mucha gente. Es una buena señal.

—Me alegra.

—¿Tus padres siguen en Valencia, querida?

La pregunta cayó en el salón como una gota de aceite en agua limpia. Todo mi cuerpo se puso en guardia.

—Mi madre sí. En un piso cerca del Turia. Mi padre murió hace cinco años.