Bajo falsos silencios CAPÍTULO 14 #2
64%

CAPÍTULO 14 #2

—Cosimo. —Le sonreí con la sonrisa más inocente de mi repertorio—. Llevo días queriendo preguntarle una cosa. Los cuadros del ala oeste, esos de los pastores. ¿Sabe usted algo de su historia? Don Ettore dice que usted conoce cada rincón de esta casa.

Dudó. Un parpadeo mínimo, una sombra de cálculo en sus ojos oscuros. Inclinó la cabeza, halagado a su pesar.

—Algo sé, sí. Llevo aquí treinta años.

—Entonces hágame el favor de enseñármelos mientras desayuno. Necesito entender de dónde vienen para escribir bien las fichas.

Lo llevé hacia la galería del ala oeste con paso tranquilo, conversando de barnices y de marcos, mientras a mi espalda oía, cada vez más lejos, los pasos silenciosos de Giulia subiendo por la escalera de servicio hacia el despacho de su padre.

Cosimo hablaba con una voz suave y amable que nada tenía que ver con el hombre que, según Ettore, tenía ojos en cada pasillo.

Me contó que la Virgen del rellano había sido un regalo de bodas del abuelo de Ettore, que la lámpara de Murano del salón había cruzado el Adriático en 1921 envuelta en mantas, que el piano viejo llevaba sin afinarse desde que dejó de tocarlo el señor Tancredi.

—¿El señor Tancredi? —pregunté.

—El hermano menor de don Ettore. —Su rostro se cerró—. Murió hace tres años. No se habla de ello.

Lo apunté mentalmente. Tres años. Justo el tiempo que Raniero llevaba reuniendo pruebas.

—Lo siento.

—Fue una desgracia. —Cosimo miró por la ventana, hacia el olivar—. Aquí sucedieron muchas desgracias.

Me habría gustado preguntarle más, pero el reloj del pasillo marcó las once y cincuenta, y calculé que Giulia llevaba ya diez minutos arriba.

Seguí hablando de marcos y de pigmentos, ofreciéndole trozos de erudición barata como quien tira migas a una paloma, con un ojo puesto en la escalera, hasta que Cosimo se detuvo en seco a mitad de una frase.

—Un momento.

Ladeó la cabeza. Escuchaba. Arriba, muy débil, se había oído un golpe sordo. El de un cajón, quizá. O el de una puerta metálica.

—¿Ha oído eso?

—El viento —dije, demasiado deprisa—. Las contraventanas.

—No hay viento hoy, signorina.

Tenía razón. Fuera, los olivos colgaban inmóviles bajo un sol sin brisa. Cosimo dio un paso hacia la escalera. Le puse una mano en el brazo. Sin pensarlo, con la torpeza de quien improvisa sobre el filo.

—Cosimo. —Bajé la voz, la dejé temblar apenas—. ¿Puedo confesarle una cosa?

Se detuvo. Me miró la mano sobre su manga, luego mi cara.

—Estoy asustada —dije—. Desde que Marco vino con ese hombre de negro. Desde lo de la inspectora. Me pregunto si… si va a pasarme algo. Si Don Ettore… —dejé la frase colgando, con los ojos húmedos, cosa que no me costó nada— si va a quedar contento conmigo.

Vi el conflicto cruzarle la cara. Un hombre que llevaba treinta años sirviendo a una familia, que seguramente había aprendido a no ver, a no oír, a no preguntar, y que de pronto tenía delante a una mujer que le hablaba como a un ser humano y no como a un mueble.

—Signorina —dijo, despacio—. Don Ettore es un hombre justo con quien le es leal.

—¿Y si uno no sabe cómo ser leal?

Cosimo abrió la boca. La cerró. Por un instante largo, la máscara de mayordomo impecable se agrietó y detrás asomó algo tan antiguo y tan cansado que casi me dio lástima.

—Quédese en su cuarto los próximos dos días —dijo en un susurro, sin mirarme—. Coma en su cuarto. No salga de noche. No baje a la bodega. Y si oye ruidos, no mire.

Era la advertencia más cercana a una confesión que aquel hombre me daría jamás.

—Gracias, Cosimo.

—No me dé las gracias. —Retrocedió un paso, recobrando la compostura como quien se ajusta el delantal—. Voy a traerle ese café.

Se marchó hacia la cocina con paso firme. Yo me apoyé contra la pared, con las rodillas flojas, y conté hasta cien antes de subir.

***

Encontré a Giulia en el despacho de su padre, de rodillas delante de un panel de madera oscura que ocultaba una caja fuerte del tamaño de un microondas.

La puerta estaba abierta. Dentro, ordenadas con una prolijidad enfermiza, había pilas de sobres, fajos de billetes, dos pasaportes de tapa granate, y un cuaderno de tapas negras con un elástico.

—La combinación era la fecha de nacimiento de mamá —susurró, sin volverse. Le temblaba la voz—. Veinte años. Veinte años y no la había cambiado.

Cogió el cuaderno. Lo abrió sobre el escritorio, entre los dos, y pasó las páginas con dedos que parecían de cristal.

Era una libreta de contabilidad manuscrita, con la letra clara y regular de Ettore.

Fechas. Cantidades. Nombres en clave. Una columna de números romanos.

Iniciales. Y, en las últimas páginas, una lista de veintitrés líneas, cada una con un código alfanumérico y una fecha de entrada.

Al lado de cada código, una sola palabra en italiano.

Nacionalidad: romena, bulgara, siriana, nigeriana .

Y otra columna, más breve: debito . Deuda.

Cantidades de entre ocho mil y catorce mil euros.

—Deuda —repitió Giulia, muy bajo—. ¿Deuda de qué?

—De viaje —dije. Me temblaban las manos igual que a ella—. Les cobran el viaje. Los sacan de sus países prometiéndoles trabajo, les fabrican los papeles, y los mantienen aquí hasta que… hasta que otros los compran.

Giulia se tapó la boca. Yo fotografié cada página del cuaderno con el teléfono de Raniero, con la respiración entrecortada. En la última, debajo de la lista, encontré por fin lo que buscábamos: un número de seis cifras subrayado dos veces, con la anotación « porta B, livello 2 ».

—El código —susurré.

Giulia lo memorizó moviendo los labios. Después, con la delicadeza de quien devuelve un objeto a una tumba, ordenó todo tal como estaba y cerró la caja fuerte.

Yo pasaba la última hoja del cuaderno hacia atrás, para comprobar que no nos dejábamos nada, cuando algo se me quedó pegado a los ojos.

Era una página suelta entre dos hojas, doblada por la mitad, con el papel más fino y las líneas más apretadas. No era la letra de Ettore. Era una letra más pequeña, más rápida, femenina, con la eñe dibujada con el mismo rasgo elegante que yo había visto en las fichas de las piezas de la colección.

Una lista de fechas. Una por línea. Y junto a cada una, un resumen en dos o tres palabras.

04/06 — La restauradora acepta la invitación. Confirmado.

09/07 — Llega a Puglia. Alojamiento en ala este, como pediste.

14/07 — Encuentro Ferraro–Beltrán, bar Il Gufo, 09:10. Testigo: Assunta M. Hora de salida de la inspectora: 09:55. Ruta habitual: carretera del pueblo.

Me falló el aire.

Ruta habitual: carretera del pueblo.

Alguien había escrito la hora exacta a la que Livia Ferraro salió de aquel bar. Alguien que la había visto salir. Alguien que sabía por qué carretera volvería.

Bajé los ojos a la esquina inferior de la hoja, donde en toda nota profesional va la firma. Solo dos iniciales, escritas con el mismo trazo firme y limpio, subrayadas con un pequeño arabesco que yo había visto en una carpeta de fichas impecables ofrecida con una sonrisa perfecta.

F.Q.

Fedora Quaranta.

Y al pie, en la letra de Ettore, con tinta más oscura, una sola palabra añadida después:

Fidata.

De confianza.