CAPÍTULO 14
Cuarenta y ocho horas
La sombra llegó primero.
Se estiró por las baldosas del pasillo como una mancha de tinta derramada, larga y delgada, y se detuvo a dos metros del vano de ventana donde Giulia y yo nos aplastábamos contra la piedra.
Yo tenía los dedos de mi amiga clavados en el antebrazo y el corazón tan alto en la garganta que temí que se oyera.
Olía a cera de suelo, a lino planchado y, muy cerca, a colonia cara y a tabaco de pipa.
Ettore.
Caminaba despacio, en zapatillas de cuero, con la bata de seda oscura abierta sobre el pijama y el teléfono pegado a la oreja.
No encendió ninguna luz. Se movía por su casa a oscuras con la seguridad de quien conoce cada baldosa, cada esquina, cada tabla que cruje.
Hablaba en voz baja, en ese dialecto cerrado del sur que yo solo alcanzaba a entender a retazos, pero la noche era muy quieta y las palabras llegaban limpias, una por una, como monedas sobre un mostrador.
—... giovedì . No, jueves no, jueves de noche.
Lo he dicho. Il carico va a Brindisi . —Una pausa.
«La carga va a Brindisi», tradujo mi cabeza sin permiso.
Se detuvo justo delante de nuestro vano.
Tan cerca que si hubiera girado la cabeza medio palmo a la izquierda, nos habría visto—.
Veintitrés. Sí, veintitrés. Ni uno menos.
Los del fondo los sacamos antes, con la furgoneta de la cooperativa. Eso lo arreglo yo.
Giulia dejó de respirar. Sentí sus uñas hundirse en mi piel.
—¿Y la restauradora? —Ettore rió, bajo, seco, una risa sin nada dentro—. La restauradora firmó ante notario. Es nuestra. Si a partir del viernes molesta, la gestiremo . Ya sabes cómo. Sin ruido. Con la carretera de la costa hay más que suficiente.
La gestiremo. La gestionaremos.
Recordé el rostro de Livia Ferraro en el bar, sus gafas oscuras sobre el mantel de cuadros, la curva de una carretera de noviembre. El pasillo se inclinó bajo mis pies. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
—Cuarenta y ocho horas —siguió Ettore—. Después esa bodega será un almacén de aceite y nada más. Que nadie se ponga nervioso, Salvatore. Aquí no hay ningún problema que no pueda... —Se interrumpió. Escuchó—. No. Mi hijo está bajo control. Mi hija, más todavía. Sono bravi ragazzi .
Buenos chicos.
Giulia soltó un sonido diminuto, casi inaudible, un temblor que le subió por la garganta y que ella ahogó mordiéndose el dorso de la mano.
Ettore se quedó inmóvil. Levantó la cabeza.
Nos miró, o casi, en la oscuridad, con la cara vuelta hacia el vano como quien ha oído un roce en la pared y se pregunta si ha sido un ratón.
Pasó un segundo. Dos. Tres.
—Un momento, Salvatore.
Bajó el teléfono. Dio un paso hacia nosotras.
Y en la planta baja, muy lejos, se oyó un golpe metálico, seguido de un tintineo de cubiertos y la voz de Cosimo maldiciendo entre dientes. Ettore giró la cabeza hacia el ruido.
—Cosimo —murmuró, con un suspiro cansado, y retomó la llamada mientras se alejaba hacia el despacho—. Nada, nada. Un criado torpe. Decía que...
La puerta del despacho se cerró tras él con un chasquido suave. Debajo, una línea de luz amarilla dibujó una raya fina sobre las baldosas.
Esperamos diez minutos sin movernos, sin atrevernos a hablar, hasta que Giulia me tiró de la manga y me arrastró de vuelta hacia la escalera, de puntillas, con las zapatillas en la mano, sin mirar atrás.
No respiré del todo hasta que estuvimos otra vez encerradas en mi cuarto, con la silla atrancando la puerta y la espalda pegada a la madera.
—Jueves —susurró Giulia. Estaba blanca como la cal, con los labios agrietados—. Veintitrés personas, Tana. Las ha contado como si fueran cajas.
—Lo sé.
—Ha dicho que mi hermano y yo estamos bajo control.
—Lo sé.
—Ha dicho «buenos chicos». —Se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho—. Yo pensaba que me quería.
No supe qué decirle. Me senté a su lado y le cogí la mano.
Estuvimos así hasta que el gris del alba empezó a filtrarse por las rendijas de las contraventanas y los primeros pájaros arrancaron a cantar en el olivar, ajenos a todo, con esa indiferencia obscena de la naturaleza cuando el mundo de los hombres se pudre.
***
Raniero llegó a las seis y media, con la cara de quien no ha dormido en dos noches.
Le contamos todo de un tirón, sin adornos: la llamada, el jueves, Brindisi, las veintitrés personas, la carretera de la costa.
Cuando terminé, se quedó un largo momento mirando el suelo, con las manos entrelazadas entre las rodillas y la mandíbula tan rígida que parecía tallada.
—Hoy es martes —dijo por fin.
—Quedan cuarenta y ocho horas —dijo Giulia.
—Menos. —Levantó la vista—. Si los mueve el jueves de noche, las furgonetas saldrán a las diez, como muy tarde.
Hasta entonces tenemos que conseguir tres cosas.
El código de esa puerta. Un contacto que pueda actuar de verdad, no una llamada perdida a una centralita.
Y una forma de sacar a esas personas sin que nadie salga muerto en el intento, empezando por nosotros.
—El código lo tengo yo —dijo Giulia—. O lo tendré. Solo necesito diez minutos a solas con la caja fuerte.
—Ettore no se moverá de su despacho.
—Se moverá. —Giulia se pasó el dorso de la mano por los ojos—. Los martes va a Lecce a comer con el notario. Siempre. Lleva veinte años haciéndolo. Sale a las once y no vuelve hasta las cuatro.
Raniero cerró los ojos, calculando.
—Cosimo se queda en la casa —dijo—. Siempre se queda.
—Entonces tenemos que ocuparnos de Cosimo —dije yo.
Los dos me miraron.
—Yo puedo entretenerlo —añadí, y me sorprendió la firmeza con que salió mi voz—. Llevo diez días fingiendo que soy la restauradora que todos quieren que sea. Puedo fingir una hora más.
***
Mientras esperábamos a que Ettore se fuera, Raniero y yo subimos a la torre del palomar con el ordenador portátil de mi maletín.
Era el único rincón de la villa donde, a esa hora, nadie subía nunca.
Desde el mirador circular se veían el camino de grava, el portón y la bodega, y también, a lo lejos, un hilo azul de mar.
Insertó la tarjeta de memoria de Livia Ferraro en el puerto lateral. Aparecieron cuatro carpetas. Tres tenían nombres de fechas. La cuarta se llamaba, en mayúsculas, SE MUOIO .
—Si muero —traduje en voz baja.
Raniero la abrió con un clic. Dentro había un único documento de texto, corto, escrito con la prisa de quien sabe que lo va a necesitar alguien más.
Colonnello Aurelio Benedetti, Guardia di Finanza, Nucleo Speciale, Roma. No pertenece a la sección local. No conoce a nadie de Lecce ni de Brindisi. Es la única persona en la que confío. Móvil: [...]. Si no contesta, insistid. Decidle que va de mi parte y que hay «veintitrés m o tivos».
Nos quedamos mirando la pantalla.
—Veintitrés —murmuré—. Livia ya conocía la cifra.
—Lleva tres años vigilando esta bodega. —Raniero tenía la voz rota—. Lo sabía. Sabía que había gente ahí abajo y no pudo sacarla a tiempo.
Marcó el número desde su móvil de repuesto, el que no tenía nada que ver con la línea de la casa. Sonó cinco veces. Diez. Saltó un buzón de voz con una grabación impersonal en italiano. Raniero esperó al pitido y habló muy rápido, con un tono que jamás le había oído, controlado hasta el temblor.
—Coronel Benedetti. Me llamo Raniero Leuzzi. Llamo de parte de la inspectora Livia Ferraro. Tengo veintitrés motivos y menos de cuarenta y ocho horas. Por favor, llámeme a este número en cuanto pueda. Por favor.
Colgó. El móvil quedó sobre el pretil de piedra, mudo, como un animal herido.
—Ahora esperamos —dije.
—Ahora esperamos. —Se dejó caer en el suelo del mirador, con la espalda contra la pared curva—. Odio esperar. Llevo tres años esperando.
Me senté a su lado. El sol nos daba de lleno en las rodillas. Le cogí la mano sin decir nada, y durante un rato largo los dos miramos el mar sin verlo.
—Cosimo me ha hablado antes de tu tío Tancredi —dije al fin, con cuidado—. Dice que no se habla de ello.
Raniero tardó tanto en contestar que creí que no lo haría.
—Se cayó por la escalera de esta torre —dijo por fin, con una calma helada—. Esta misma escalera, la que hemos subido hoy. Una noche de noviembre, hace tres años. Lo encontré yo a la mañana siguiente.
—Rani…
—La autopsia dijo que fue un accidente. Un tropiezo, un peldaño mal iluminado.
Mi padre pagó el funeral más bonito que se ha visto en el pueblo.
—Sonrió sin alegría—. Tancredi llevaba los libros de la bodega desde antes de que yo naciera.
Dos semanas antes me había dicho que quería hablar conmigo de algo importante.
No llegó a contármelo. Empecé a leer las cuentas y a entender de qué quería hablarme.
Me apretó la mano con tanta fuerza que me dolió.
—No tengo pruebas. Solo tengo el recuerdo de mi tío diciendo que quería hablar y de mi padre sonriendo al otro lado de la mesa. Por eso no puedo fallar con esta gente, Tana. Por eso no puedo esperar a que sea demasiado tarde otra vez.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—No va a serlo —le dije—. Esta vez no.
No sé si me creyó. Yo casi sí.
***
Ettore se marchó a las once y cuarto, en el coche gris con chófer, con un traje de lino claro y su portafolios de cuero. Se despidió en el porche con un beso en la frente para Giulia y una palmada en el hombro para su hijo.
—Portaos bien —dijo, sonriendo, con el sol en la melena plateada—. Y tú, querida —añadió, girándose hacia mí—, no trabajes demasiado. Lo peor ya pasó.
—Lo intentaré.
Me dedicó una última mirada, tibia, larga, la del hombre que ha decidido quién va a vivir y quién no, y subió al coche. Vi las luces traseras desaparecer entre los olivos con las manos crispadas a la espalda.
Cosimo cerró el portón. Se giró hacia mí, con su delantal negro y su cara impasible.
—¿Necesita algo, signorina?
—Un café, si es tan amable. Y algo dulce. No he desayunado.
—Enseguida.