CAPÍTULO 13
El segundo nivel
La una de la madrugada llegó con una lentitud insoportable, cada minuto estirándose como si el propio tiempo hubiera decidido ponerse de parte del miedo.
Raniero y yo esperamos en mi cuarto, a oscuras, sentados en el suelo con la espalda contra la cama, sin hablar apenas.
La casa se fue asentando poco a poco: un grifo que se cerraba en algún baño lejano, una puerta, los pasos regulares de Cosimo en su última ronda, que se detenían el tiempo justo frente a cada puerta, por pura costumbre.
—¿Y si nos oye? —susurré, cuando los pasos se detuvieron justo delante de mi puerta durante un instante que se me hizo eterno.
—No nos oye. —La voz de Raniero, tan baja que apenas era un hilo de aire, sonaba tan tensa como yo me sentía—. Respira. Solo comprueba que las luces estén apagadas.
Los pasos se alejaron por fin, bajando la escalera, y el silencio que siguió tuvo la textura espesa de un aire que ha estado demasiado tiempo contenido. Esperamos diez minutos más, contados en el reloj fosforescente de la mesilla, antes de que Raniero se levantara y me tendiera la mano.
—Vamos.
Salimos descalzos, con las zapatillas en la mano como la primera noche de la furgoneta, y bajamos por la escalera de servicio con un sigilo que ya empezaba a resultarnos una segunda naturaleza.
Fedora nos esperaba en el patio interior, vestida de oscuro de pies a cabeza, con una linterna pequeña de luz roja tapada casi por completo con la palma de la mano.
—Rápido —susurró—. Y en silencio absoluto. Cosimo duerme en el ala oeste, pero el sonido viaja distinto de noche. No os fiéis del silencio de esta casa: siempre está escuchando.
Cruzamos el patio de servicio pegados a los muros, evitando los charcos de luz de luna que se filtraban entre las nubes, hasta llegar a la puerta baja del fondo del pasillo de servicio, la del cerrojo nuevo que ninguna de mis doce llaves había logrado abrir nunca.
Fedora sacó su propio manojo y, con una destreza que delataba una práctica muy anterior a aquella noche, introdujo la llave correcta sin dudar ni un segundo.
El cerrojo cedió con un chasquido metálico que, en el silencio absoluto de la madrugada, sonó como un disparo.
Los tres nos quedamos inmóviles, conteniendo la respiración, esperando alguna reacción de la casa dormida.
No llegó ninguna. Fedora empujó la puerta despacio, con un cuidado casi reverente, y descubrió una escalera de piedra estrecha que bajaba en curva hacia una oscuridad que la luz roja de su linterna apenas lograba arañar.
—Después de mí —susurró—. Y tocad lo menos posible.
Bajamos en fila, con una mano cada uno apoyada en el hombro de quien iba delante, sintiendo la piedra fría bajo los pies descalzos y un olor que iba cambiando a medida que descendíamos: primero humedad, después polvo, y finalmente algo más químico, seco, que reconocí de inmediato de la noche del almacén.
La escalera desembocaba en la nave que ya había visto por la ventana rota, ahora vacía de hombres y de furgonetas, con las estanterías industriales cargadas de cajas de aceite y toneles apilados como testigos mudos de un negocio que servía, cada vez más, de simple decorado para algo mucho peor.
Al fondo, donde antes había visto bajar el carro por una escalera metálica, encontramos el mismo descenso, más estrecho, con peldaños de metal que temblaban ligeramente bajo nuestro peso.
—El segundo nivel —dijo Fedora, en voz tan baja que tuve que acercarme para entenderla—. A partir de aquí, no sé exactamente qué vamos a encontrar. Solo he bajado dos veces, y las dos veces me acompañaba tu padre, Raniero, y no me dejó apartarme de su lado.
El aire, allá abajo, era distinto: más frío, más seco, con un zumbido eléctrico constante de generadores o de ventilación, propio de una infraestructura mucho más elaborada que la de cualquier bodega.
La luz roja de la linterna de Fedora reveló, primero, una sala amplia con mesas de trabajo cubiertas de material: sellos de goma, tampones de tinta, plantillas metálicas con escudos y membretes oficiales, una impresora industrial en un rincón y estantes de carpetas ordenadas con una meticulosidad casi obscena para lo que contenían.
Raniero cogió una de las carpetas con manos que le temblaban visiblemente, la abrió, y pasó las páginas con una lentitud horrorizada.
—Certificados de autenticidad en blanco —susurró—. Docenas. Con el membrete del laboratorio de Lamberto y firmas ya preimpresas, listas para rellenar con cualquier fecha, cualquier pieza.
—Sigue —dijo Fedora, con la voz tensa—. Hay más. Y es peor.
Avanzamos por un pasillo estrecho, flanqueado por estanterías que ya no contenían documentos sino cajas de cartón etiquetadas con códigos numéricos, y llegamos a una segunda sala más pequeña, con una mesa metálica en el centro cubierta de un plástico que Fedora retiró con un movimiento brusco.
Pasaportes.
Docenas de ellos, apilados en montones ordenados por color de tapa, algunos ya con fotografías pegadas, otros todavía en blanco, esperando una identidad que asignarles.
Rumanos. Búlgaros. Nigerianos. Sirios. Un abanico de nacionalidades que no tenía ningún sentido en el contexto de una casa de campo dedicada, en teoría, al aceite y al vino.
—Dios mío —susurré, cogiendo uno de los pasaportes rumanos con manos que ya no lograba controlar—. Rani, esto es...
—Lo sé. —Su voz sonaba rota, casi irreconocible—. Lo sé, Tana. Llevo tres años sospechándolo y llevo tres años rezando para estar equivocado.
Fotografié cada mesa, cada estante, cada carpeta abierta, con el teléfono de Raniero configurado para no emitir sonido ni flash, con la misma meticulosidad con que documento un cuadro antiguo.
Cada fotografía me costaba un poco más que la anterior.
Cada clic silencioso me parecía una traición a la ilusión que había querido conservar sobre aquella familia, sobre aquella casa, sobre un verano que había empezado con tanta inocencia.
—Hay una puerta más —dijo Fedora, con la voz reducida casi a nada, señalando hacia el fondo de la sala, donde una puerta metálica, distinta de todas las demás, más gruesa, con una pequeña ventanilla de cristal reforzado a la altura de los ojos, cerraba el pasillo—.
Esa es la que nunca he conseguido abrir. La de las literas.
Raniero se acercó, probó el picaporte sin esperanza, y comprobó que estaba cerrada con un cerrojo electrónico, con un teclado numérico que brillaba débilmente en la oscuridad.
—Necesitamos un código.
—No lo tengo.
Nos quedamos los tres frente a aquella puerta, con la respiración contenida, cuando un sonido nos hizo girar la cabeza al mismo tiempo: un golpe suave, apenas perceptible, viniendo del otro lado de la puerta metálica.
Y después otro. Y después, inconfundible, aunque amortiguado por el grosor del metal, el sonido de una voz humana, débil, hablando en un idioma que ninguno de los tres reconocimos, pidiendo algo, o a alguien, con una urgencia que no necesitaba traducción para entenderse.
Giulia había tenido razón al no querer bajar con nosotros.
Con la palma apoyada contra el metal frío de aquella puerta y una voz humana respondiendo al otro lado con un eco desesperado, la magnitud exacta de lo que estábamos a punto de intentar detener me golpeó por primera vez con todo el cuerpo, y no solo con la mente.
—Hay gente ahí dentro —dije, con la voz rota—. Viva. Ahora mismo.
—Lo sé. —Raniero tenía los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer, con las manos apretadas contra la puerta metálica como si pudiera arrancarla de sus goznes solo con la fuerza de la voluntad—.
Tana, no podemos abrirla esta noche. No tenemos el código, y si forzamos la cerradura, se disparará algún tipo de alarma que despertará a toda la casa antes de que consigamos sacar a nadie de aquí a salvo.
—¡No podemos dejarlos así!
—Y no lo vamos a hacer. —Se giró hacia mí, con una determinación feroz que le endurecía cada rasgo de la cara—.
Pero necesitamos hacerlo bien. Necesitamos que cuando abramos esta puerta, haya alguien fuera preparado para recibir y proteger a quien esté dentro, no simplemente abrirla a las tres de la madrugada y dejarlos correr solos hacia un pueblo desconocido, sin papeles, sin idioma, sin nadie de quien fiarse.
Fedora, a nuestro lado, había sacado su propio teléfono y fotografiaba el teclado numérico, el cerrojo, la placa metálica de la puerta, con una calma profesional que contrastaba brutalmente con el temblor que a mí ya no me abandonaba las manos.
—Tiene razón —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—.
Esto necesita ser una operación coordinada, no un rescate desesperado en plena noche.
Si lo hacemos mal, arriesgamos sus vidas y las nuestras, y probablemente conseguimos que Ettore los mueva a otro lugar antes de que nadie pueda intervenir.
Apoyé la frente contra la puerta fría, escuchando el eco lejano de aquella voz que seguía pidiendo algo al otro lado, sintiendo una impotencia tan profunda que casi me doblaba las rodillas.
Raniero me rodeó con un brazo, sosteniéndome, y por un instante los tres nos quedamos así, en silencio, frente a una puerta que ninguno de nosotros podía abrir esa noche sin condenar a alguien.
—Vámonos —dijo Fedora al fin, con la voz cargada de una urgencia distinta—. Ya tenemos suficiente documentado. Cada minuto que pasamos aquí abajo es un minuto de riesgo añadido.
Subimos en silencio, con el peso de lo que acabábamos de ver instalado en cada uno de nosotros como una losa que ninguno lograba sacudirse.
Fedora cerró la puerta del sótano con el mismo cuidado con que la había abierto, y nos separamos en el patio de servicio sin apenas palabras, cada uno hacia su propio cuarto, cada uno cargando a solas con la imagen de aquella puerta metálica y aquella voz humana pidiendo ayuda en la oscuridad.
***
No dormí. Me quedé sentada en la cama, con las fotografías todavía en el teléfono de Raniero, que había dejado conmigo antes de volver a su cuarto por precaución, repasando una y otra vez cada imagen: los certificados en blanco, los pasaportes apilados por color, la puerta metálica con su teclado numérico brillando débilmente.
Hacia las cinco de la madrugada, incapaz de seguir quieta, me levanté y saqué del cajón el cuaderno negro, la memoria de Livia, el sobre de Fedora, y los extendí todos juntos sobre la cama, como las piezas de un rompecabezas que empieza, por fin, a mostrar una imagen completa.
Teníamos pruebas de blanqueo de dinero a través de arte falsificado.
Teníamos la implicación bancaria de Ettore y de Franco Rinaldi, con cuentas en Lugano.
Teníamos la firma de Giulia en facturas fraudulentas, aunque sospechaba, con cada hora que pasaba, que su ignorancia real la protegería ante cualquier tribunal razonable.
Teníamos, ahora, fotografías de un sótano lleno de documentación falsificada y pasaportes en blanco.
Y teníamos, detrás de una puerta que no habíamos podido abrir, la prueba más terrible de todas: gente.
Personas reales, retenidas, esperando un destino que solo podíamos imaginar con horror.
Era suficiente. Era más que suficiente para cualquier investigación seria.
El problema, el único problema que quedaba, era encontrar a alguien capaz de actuar con la rapidez y la discreción necesarias antes de que Ettore, alertado por la insistencia de Marco y de Salvatore, decidiera vaciar aquel sótano y hacer desaparecer, junto con las cajas de cuadros falsos, a las personas que llevaba semanas o meses reteniendo allí abajo.
Un golpe suave en la puerta me sobresaltó. Abrí, esperando encontrar a Raniero, incapaz igual que yo de conciliar el sueño.
Era Giulia, en camisón, con el pelo suelto y los ojos hinchados de una noche que evidentemente tampoco había dormido.
—No podía dejar de pensar en lo que dijisteis —susurró, entrando sin esperar invitación—. Sobre las literas. Sobre las personas. Tana, necesito hacer algo. No puedo quedarme aquí sentada fingiendo que no sé lo que sé.
—Giulia, es peligrosísimo que...
—Tengo una idea. —Me interrumpió, con una urgencia nueva que no le había visto desde el inicio de aquel verano roto—. El código de la puerta metálica. Sé cómo conseguirlo.
—¿Cómo?
—Mi padre guarda todos sus códigos importantes en el mismo lugar, desde que yo era pequeña.
Un cuaderno, en la caja fuerte de su despacho, que él cree que nadie conoce salvo él.
—Sus manos temblaban, pero su voz sonaba, por primera vez en días, completamente decidida—.
Yo conozco la combinación de esa caja fuerte desde los quince años.
La vi marcarla una vez, sin que él lo supiera, y nunca se la he dicho a nadie. Ni siquiera a Rani.
El corazón me dio un vuelco, mitad esperanza, mitad terror puro.
—Giulia, si tu padre se entera de que...
—Mi padre —dijo ella, con una dureza que jamás le había oído— acaba de convertir mi boda en la fusión de dos organizaciones criminales, ha dejado que yo firmara facturas que financiaban algo que ni siquiera puedo nombrar sin que me tiemble la voz, y guarda a personas encerradas a treinta metros bajo mis pies mientras yo dormía tranquila arriba, sin saberlo, durante meses.
Ya no me importa lo que se entere o deje de enterarse.
Me importa lo que hay detrás de esa puerta.
Nos miramos en la penumbra del cuarto, dos mujeres que unos días antes compartían risas de vacaciones y ahora compartían una decisión. En los ojos de Giulia vi algo que no había visto en doce años de amistad: una determinación que iba mucho más allá de su alegría habitual.
—Vamos a buscar ese código —dijo—. Esta misma noche, antes de que amanezca. Y vamos a dárselo a Rani, para que decida cuándo y cómo usarlo.
Salí de la cama y me puse la ropa oscura de la noche anterior, tirada en una silla.
Giulia esperaba junto a la puerta, con los brazos cruzados y una determinación temblorosa.
Por primera vez desde que había llegado a aquella casa, no la miré como a la hija despreocupada de un hombre peligroso, sino como a una aliada.
Bajamos juntas por el pasillo hacia el despacho de Ettore, con el corazón latiéndonos igual de fuerte a las dos, cuando un ruido nos detuvo en mitad del corredor: una puerta que se abría, muy cerca, y unos pasos pesados que venían directamente hacia nosotras desde el despacho al que nos dirigíamos.
Giulia me agarró del brazo y tiró de mí hacia el hueco oscuro de un vano de ventana.
Nos pegamos las dos a la pared, conteniendo la respiración.
Los pasos se acercaban, firmes, decididos, y una sombra alargada por la luz de una lámpara lejana ya se proyectaba sobre el suelo del pasillo, a pocos metros de nosotras.