CAPÍTULO 12 #2
—He pensado en algo. —Se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, hablando en un susurro urgente, como si las mismas paredes de la casa pudieran delatarlo—.
Fedora dijo que tenía acceso al sótano. Si es cierto, si de verdad podemos confiar en ella, entonces quizá no necesitemos esperar a un contacto perfecto en la Guardia di Finanza.
Quizá podamos documentar nosotros mismos lo que hay ahí abajo, con fotografías, con pruebas irrefutables, y entregarlo directamente a la prensa si la policía sigue sin responder.
Un escándalo público sería mucho más rápido de organizar que un contacto de confianza en una institución donde ya hemos visto que hay filtraciones.
—Eso es peligrosísimo, Rani.
—Todo lo que estamos haciendo es peligrosísimo. —Su voz sonó cansada, pero firme—. La pregunta ya no es si corremos peligro. Es si preferimos correrlo esperando, o corriéndolo actuando.
Me senté a su lado, junto a la ventana, mirando el olivar que empezaba a teñirse de atardecer.
Ocho años atrás me había parecido el paisaje más hermoso del mundo.
Ahora era el escenario de una guerra silenciosa de firmas falsas, facturas amañadas y cajas que bajaban de noche a un sótano donde, quizá, había vidas humanas convertidas en mercancía.
—De acuerdo —dije—. Hablemos con Fedora esta misma noche. Pero necesito pedirte algo antes.
—Lo que sea.
—Necesito un momento contigo que no tenga nada que ver con planes, ni con pruebas, ni con sótanos. Solo un rato, Rani, antes de que todo esto se acelere todavía más y no volvamos a tener ocasión.
Se quedó mirándome un largo instante, y algo en su expresión se suavizó, como si aquella petición hubiera logrado, por un momento, apagar la urgencia constante que llevaba días quemándole por dentro.
—Ven aquí —dijo, tendiéndome la mano.
Me senté en su regazo, en la silla junto a la ventana, con el sol poniente entrando de lleno y dibujándonos a los dos en tonos de cobre y de sombra.
No hubo prisa esta vez, ni la urgencia desesperada de la noche de la firma, ni la timidez cuidadosa de la primera vez en el salón pequeño.
Solo la lentitud de dos personas que habían decidido, en medio de todo aquel caos, robarle al miedo unos minutos que fueran completamente suyos.
Me besó despacio, con una ternura que contrastaba con todo lo que había pasado esa tarde, y sus manos recorrieron mi espalda por encima de la ropa con una calma deliberada, saboreando algo que sabía que podría no volver a tener.
Le desabroché la camisa botón a botón, sintiendo bajo mis dedos los latidos de su corazón, todavía acelerados por la tensión de la conversación con Marco, y fui calmándolos poco a poco, con cada caricia, con cada beso que dejaba en su piel.
—Te quiero —dijo, en un susurro, contra mi cuello, con una voz tan baja que casi no lo oí, y la frase se me clavó en el pecho con una fuerza que ninguna de las escenas anteriores había logrado alcanzar del todo.
—Yo también te quiero.
No hubo más palabras después de eso, solo el lenguaje lento y cuidadoso de dos cuerpos que se conocían ya lo suficiente como para anticipar cada gesto, cada suspiro, cada pausa necesaria.
Nos movimos de la silla a la cama con una torpeza cariñosa, riendo bajito una vez, cuando él estuvo a punto de tropezar con su propia camisa caída en el suelo, y aquel instante de risa compartida en medio de tanto peligro se sintió, extrañamente, como el regalo más valioso de todo el verano.
Hicimos el amor despacio, sin prisa, con la ventana entreabierta dejando entrar el aire tibio del atardecer y el canto lejano de las cigarras que empezaban su concierto nocturno, y por un rato, un rato precioso y breve, el mundo se redujo exactamente al tamaño de aquella cama, sin sótanos, sin firmas falsas, sin hombres de negro llamados Salvatore.
Después, con las sábanas revueltas y su cabeza apoyada en mi pecho, me quedé mirando la grieta de la cornisa que ya conocía de memoria.
Quizá aquella capacidad de encontrar ternura en medio del desastre era justo lo que Ettore Leuzzi, con todo su poder y todo su dinero, nunca había conseguido comprar.
Bajamos a buscar a Fedora pasadas las diez, cuando la casa ya se había sumido en la calma tensa de siempre, con Ettore encerrado en su despacho haciendo llamadas que se prolongaban hasta bien entrada la noche.
La encontramos en la biblioteca de la torre, sola, con una copa de vino sin tocar y un libro abierto que no parecía estar leyendo.
Levantó la vista al vernos entrar, y algo en su expresión, una mezcla de alivio y de resignación, me dijo que llevaba esperando aquella conversación desde hacía más tiempo del que ninguno de nosotros imaginaba.
—Raniero. Por fin. —Cerró el libro—. Empezaba a pensar que tendría que ser yo quien fuera a buscaros.
—Necesitamos entrar en el sótano —dijo Raniero, sin rodeos—. Documentar lo que hay ahí abajo antes de que empiecen a vaciarlo. Fotografías, lo que sea que sirva como prueba física.
Fedora se quedó en silencio un largo momento, con los dedos tamborileando sobre la tapa cerrada del libro, calculando algo que ninguno de los dos podía leer del todo en su cara.
—Puedo llevaros esta noche —dijo por fin—. Pero necesitáis saber algo antes de bajar. Y no os va a gustar.
—Dilo.
—El segundo nivel no es solo un almacén, Raniero.
—Su voz bajó todavía más, hasta convertirse en apenas un susurro—.
Hay una parte de esa planta que nunca he podido fotografiar, porque tu padre la mantiene cerrada incluso para mí, con una cerradura que no comparte con nadie salvo con Cosimo.
Una zona con literas. Con baños improvisados.
Con comida almacenada para más gente de la que trabaja en esta villa.
El silencio que siguió a aquellas palabras se sintió más pesado que cualquier cosa que hubiéramos oído hasta entonces.
—¿Literas? —repetí, con la voz hecha un susurro—. ¿Estás diciendo que ahí abajo hay personas retenidas ahora mismo?
—Estoy diciendo que no lo sé con certeza, porque nunca he conseguido entrar en esa zona concreta.
—Fedora se levantó, dejando el libro sobre la mesa con un cuidado casi reverente—.
Pero estoy diciendo que, si vamos a bajar esta noche, tenéis que estar preparados para encontrar algo mucho peor que cajas de cuadros y documentación bancaria.
Raniero me miró, y en sus ojos vi reflejado exactamente el mismo terror frío que debía de estar dibujándose en los míos.
—Vamos a bajar de todos modos —dijo, con una voz que no dejaba lugar a dudas—. Esta noche.
Fedora sacó de un cajón oculto tras una fila de libros un pequeño manojo de llaves que yo no le había visto usar nunca, con la placidez fría de quien lleva mucho tiempo preparándose para un momento exactamente como este.
—Entonces esperad aquí hasta la una. Cosimo hace su última ronda a esa hora, y después no vuelve a salir de su habitación hasta el amanecer. Es nuestra única ventana.
Salió de la biblioteca sin decir nada más.
Raniero y yo nos quedamos callados. Casi tres horas hasta la una. Y en algún rincón de la bodega, tras una cerradura que solo Ettore y Cosimo conocían, había literas.