Bajo falsos silencios CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El hombre de negro

Ayudé a Giulia a levantarse del suelo, con cuidado de los cristales, y la arrastré hasta la ventana justo a tiempo para ver a Ettore salir al porche a recibir a los recién llegados.

Después de la noche anterior, su calma ya no disimulaba del todo el cansancio que se le había instalado en los hombros.

—Marco. —La voz de Ettore llegaba amortiguada por el cristal, pero clara—. No te esperaba.

—Las circunstancias cambian los planes, Ettore.

—Marco no le tendió la mano. Se quedó a dos pasos, con el hombre de negro detrás de él, quieto como una estatua—.

Te presento a Salvatore. Trabaja para mi familia desde hace más tiempo del que yo llevo vivo.

Mi padre me ha pedido que, en su ausencia, sea Salvatore quien supervise personalmente los términos de nuestro... acuerdo.

—¿Qué acuerdo, si la boda se ha cancelado?

—La boda era solo una parte del acuerdo, Ettore.

La parte bonita, la que se sirve con champán.

—Marco sonrió, y aquella sonrisa ya no tenía nada del encanto despreocupado del desayuno de días atrás; era una sonrisa fina, calculada, la de alguien que ha decidido dejar de fingir cortesía—.

La otra parte sigue en pie. De hecho, con mi padre detenido, sigue en pie con más urgencia que nunca.

Necesitamos que el segundo nivel esté completamente vacío antes de que termine la semana.

Ahora mismo es la prueba más peligrosa que existe contra los dos apellidos.

Giulia, a mi lado, se llevó una mano a la boca, ahogando un sonido que no llegó a ser grito.

—Vacío ¿cómo? —preguntó Ettore, y por primera vez desde que lo conocía, detecté un temblor genuino bajo su voz cuidadosamente controlada.

—Movido. Distribuido. Sacado de aquí antes de que la Guardia di Finanza decida que su próxima parada es esta villa.

—Marco dio un paso hacia el porche—. Salvatore ha traído una lista de contactos, de fechas, de rutas alternativas.

Necesitamos tu colaboración total, Ettore, a partir de esta misma noche.

Y necesitamos saber exactamente qué sabe esa restauradora tuya, porque si no ha firmado ya los papeles suficientes para que su testimonio no valga nada ante un juez, entonces representa un riesgo que ya no podemos permitirnos.

—Ella firmó ayer. Ante notario.

—Ante notario. Bien. —Marco asintió, satisfecho—. Entonces no hay ningún problema, ¿verdad? Salvo, claro, que tu hijo parece llevar días demasiado interesado en protegerla.

El silencio que siguió a aquella frase se sintió, incluso desde detrás del cristal, como el filo de un cuchillo apoyado sobre la piel sin llegar todavía a cortar.

Giulia me apretó el brazo con tanta fuerza que me dejó marcas.

—Tenemos que avisar a Rani —susurró—. Ahora. Antes de que baje sin saber lo que acaba de decir Marco.

Salimos del salón pequeño a toda prisa, dejando atrás la carpeta abierta, las facturas, los cristales de la limonada esparcidos por el suelo.

Recorrimos el pasillo del ala este casi corriendo, y nos cruzamos con Raniero en la escalera, bajando ya, alertado sin duda por el ruido de motores en la grava.

—Han venido con un hombre nuevo —dije, sin aliento—. Salvatore. Trabaja para los Rinaldi. Quieren vaciar el sótano esta semana, y Marco ha insinuado delante de tu padre que estás demasiado interesado en protegerme.

Raniero se detuvo en seco, a mitad de la escalera, con una mano en la barandilla de piedra.

—¿Delante de mi padre?

—Delante de tu padre.

Cerró los ojos, tomando aire, recomponiendo en una fracción de segundo la máscara de indiferencia controlada que llevaba usando toda la semana.

—Escuchadme las dos. —Nos miró a Giulia y a mí, alternativamente, con una urgencia que no admitía discusión—. Vais a subir a vuestras habitaciones. Ahora. Y vais a quedaros allí hasta que yo vaya a buscaros, no importa lo que oigáis, no importa cuánto tiempo pase.

—Rani, no pienso...

—Tana, por favor. —Su voz cedió en la súplica, apenas un segundo, antes de recuperar el control—.

Necesito bajar ahí y hacer que mi padre y Marco crean que todo está bajo control, que no hay ninguna debilidad de la que preocuparse.

Y no puedo hacer eso si estás a la vista, dándole a Marco más motivos para desconfiar.

Asentí, aunque cada fibra de mi cuerpo se rebelaba contra la idea de quedarme encerrada mientras la conversación que definiría nuestro futuro ocurría dos plantas más abajo.

Giulia me cogió de la mano y tiró de mí escaleras arriba, hacia el ala este, dejando a Raniero bajar solo hacia el vestíbulo, con los hombros cuadrados y un paso que no dejaba entrever ni una gota del miedo que yo sabía que sentía.

Nos encerramos en mi cuarto, con la puerta atrancada y las contraventanas entornadas, dejando solo una rendija por la que se colaba el sol de la tarde y, de vez en cuando, fragmentos de voces demasiado lejanas para entenderse con claridad.

—Nunca lo había visto así —dijo Giulia, sentada en el borde de la cama, abrazándose las rodillas—. A Marco. Siempre ha sido... no sé, superficial. Encantador y vacío, como una copa bonita sin nada dentro. No sabía que pudiera sonar así.

—La gente cambia cuando deja de necesitar fingir.

—¿Tú crees que mi padre lo sabía? Todo esto. Lo de los pasaportes.

Dudé antes de contestar, sopesando cuánta verdad podía soportar Giulia en un solo día sin quebrarse del todo.

—Creo que tu padre sabe mucho más de lo que ha dejado ver nunca. Y creo que ahora mismo está tan atrapado como nosotras, solo que en un piso distinto de la misma trampa.

Giulia asintió despacio, con los ojos fijos en algún punto de la pared, y durante un largo rato ninguna de las dos dijo nada más. Fuera, el sol empezó a inclinarse hacia el oeste, tiñendo el olivar de un dorado que en cualquier otra circunstancia habría sido hermoso.

Fue ella quien rompió el silencio, con una voz distinta, más pequeña, casi infantil.

—Tana. Si esto sale mal. Si Marco tiene razón y soy un riesgo, o si Rani no consigue convencer a nadie de que todo está controlado...

—No va a salir mal.

—Necesito decírtelo de todos modos, por si acaso.

—Me miró directamente, con los ojos todavía enrojecidos de llorar—.

Eres la única persona, en doce años, que nunca me ha mirado como si fuera solo la hija de Ettore Leuzzi.

Siempre me viste a mí. Y eso, en esta familia, vale más de lo que puedas imaginar.

—Y ya que estamos con las verdades por si acaso —añadió, con una sonrisa temblorosa que le costó mucho esbozar—. Mi hermano.

—Giulia…

—No me mires así. Llevo diez días viendo cómo os miráis por encima de la mesa como dos personas que fingen leer el menú.

Se me subió el calor a la cara.

—No hemos…

—Tana. —Se llevó una mano al pecho, escandalizada—. Todavía le debo a mi prima Carmela un fin de semana en Ostuni por vuestro segundo verano. Perdí la apuesta. Ahora me da miedo apostar otra vez, pero si tuviera que hacerlo…

Dejó la frase a medias. Se le llenaron los ojos.

—Los quiero a los dos más que a nadie —dijo—. Y los dos os estáis metiendo en un sitio del que no sé si se sale. Pero si tengo que elegir con quién quiero que se quede mi hermano cuando todo esto se acabe, no hay ninguna lista. Eres tú.

—Giulia, no sé…

—No me contestes. Prométeme solo que si le haces daño serás tú quien se lo cuente a mamá. Y que si él te lo hace a ti, me lo cuentas a mí, y yo me encargo de que se arrepienta el resto de su vida.

Reí. Lloré. Las dos cosas a la vez, y ella conmigo, con la frente apoyada en la mía.

—Trato hecho.

—Trato hecho. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. Y ni una palabra a Rani. Quiero ver cuánto tarda en decírmelo él.

Le apreté la mano, sin encontrar palabras que estuvieran a la altura de lo que acababa de decirme, y nos quedamos así, cogidas de la mano, escuchando el murmullo lejano de voces masculinas que subía desde algún punto de la planta baja, sin poder distinguir si discutían, negociaban, o sellaban algo mucho peor que cualquiera de las dos cosas.

Pasaron casi tres horas antes de que oyéramos pasos subiendo la escalera de piedra, lentos, cansados, inconfundiblemente los de Raniero.

Abrí la puerta antes de que llamara. Tenía la camisa arrugada, el pelo revuelto de habérselo peinado con las manos demasiadas veces, y una expresión que no supe leer del todo: agotamiento, sí, pero también algo parecido al alivio.

—¿Qué ha pasado?

—Se han ido. Marco y Salvatore, esta misma tarde, de vuelta a Milán.

—Entró en el cuarto y se dejó caer en la silla junto a la ventana, como si las piernas ya no pudieran sostenerlo de pie—.

Mi padre ha conseguido convencerlos de que necesita al menos una semana para organizar el traslado del sótano sin levantar sospechas.

Una semana, Tana. Es lo que hemos ganado.

—¿Y lo de nosotros? ¿Lo que Marco insinuó?

Raniero se frotó los ojos, exhausto.

—Mi padre me ha preguntado, a solas, después de que se fueran. Directamente, sin rodeos. Le he dicho que no había nada entre nosotros más allá del trabajo, que Marco veía fantasmas donde no los había porque estaba desesperado por encontrar a alguien a quien culpar de la detención de su padre.

—¿Te ha creído?

—No lo sé. —Levantó la vista, y en sus ojos vi algo que se parecía mucho al miedo, pero también a una determinación nueva, más dura—.

Pero sé una cosa con certeza absoluta, Tana.

Ya no tenemos una semana entera para encontrar un contacto perfecto, seguro, sin fisuras, dentro de la Guardia di Finanza.

Tenemos, como mucho, cinco o seis días antes de que empiecen a mover ese sótano y desaparezca cualquier prueba física de lo que hay dentro.

—¿Qué hacemos?