Bajo falsos silencios CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Una última cosa. Cuando revises los informes de Lamberto de los últimos cuatro años, presta especial atención a los márgenes de las facturas de restauración.

Ettore siempre ha necesitado un canal para mover el dinero de las ventas falsas de vuelta a la contabilidad legítima de la casa.

Y hace un año necesitó a alguien de confianza dentro de la familia para gestionar ese canal sin levantar sospechas.

Salió del salón sin decir nada más, dejándome con una frase suspendida en el aire que no necesitaba terminar en voz alta para que yo entendiera exactamente hacia dónde apuntaba.

Pasé el resto de la tarde con las carpetas de Lamberto extendidas sobre la mesa, buscando lo que Fedora había insinuado sin nombrar.

Facturas de restauración, de transporte, de seguros, todas con el membrete oficial del laboratorio de Lecce, todas aparentemente en orden a primera vista, del mismo modo en que un cuadro falso parece perfecto hasta que alguien decide mirarlo con la luz correcta.

Trabajé con el método que mejor conocía: extendí cada factura sobre la mesa en orden cronológico, como capas de barniz que hubiera que retirar una a una.

Anoté fechas en un margen e importes en otro, y tracé líneas con un lápiz fino entre los documentos que compartían proveedor o firma, o que llegaban siempre unos días después de algo que solo yo, con el cuaderno negro de Raniero abierto al lado, sabía identificar: la llegada de una furgoneta, la entrada de una pieza nueva en la colección.

Al cabo de dos horas la mesa era un mapa de líneas cruzadas, y en el centro un patrón empezó a emerger con la nitidez de un craquelado bajo luz rasante.

Cada vez que una pieza falsa entraba en la colección, en un plazo de entre diez y quince días aparecía una factura de «gestión logística y seguros» por un importe que multiplicaba por diez el coste real de cualquier transporte de arte.

Y cada una de esas facturas estaba autorizada, en la casilla de conformidad, con una firma pequeña, apretada, casi infantil en su redondez, que yo había visto un centenar de veces en tarjetas de cumpleaños, en notas dejadas sobre mi almohada, en la parte de atrás de fotografías de la universidad.

G. Leuzzi.

Giulia.

No era la contabilidad ingenua de los envíos de la bodega que ella había admitido llevar sin hacer preguntas.

Esto era otra cosa, un nivel completamente distinto de implicación: la firma que autorizaba, una y otra vez, durante más de un año, el movimiento de dinero que blanqueaba el fraude de la colección de arte.

Me quedé mirando aquella firma tanto tiempo que las letras empezaron a perder sentido, a convertirse en simples trazos de tinta sin significado, como me ocurría a veces con los cuadros después de mirarlos demasiadas horas seguidas, cuando el ojo se cansa y la mente empieza a ver formas que no están ahí.

Pero esta firma no era una ilusión óptica. Era real. Estaba ahí, en tinta negra, repetida quince veces en quince facturas distintas, a lo largo de catorce meses.

La puerta se abrió. Giulia entró con dos vasos de limonada, sonriendo con la ligereza forzada que llevaba practicando desde la cancelación de la boda, como si sonreír fuerte pudiera devolverle algo del mundo que se le había derrumbado encima.

—Te he traído esto. Pareces agotada, Tana, llevas todo el día...

Se detuvo a media frase. Había visto la dirección de mi mirada, la carpeta abierta sobre la mesa, la factura con su propia firma extendida a plena luz.

El vaso de limonada se le resbaló de la mano y se hizo añicos contra el suelo de mármol.

—¿Qué es eso? —preguntó, con una voz que ya no era la de la Giulia despreocupada de la cala, ni la de la Giulia rota de la noche del mensaje de Livia. Era una voz nueva, tensa, que yo nunca le había oído usar conmigo.

—Tu firma, Giulia. En quince facturas de gestión logística. Autorizando pagos de casi trescientos mil euros en total, repartidos a lo largo de un año.

—Yo... —Dio un paso hacia mí, con los cristales de la limonada crujiendo bajo sus zapatillas sin que pareciera notarlo—.

Papá me dijo que eran gastos operativos de la finca.

Seguros, transporte, mantenimiento de las piezas.

Yo solo firmaba lo que él me ponía delante, Tana, igual que firmaba las listas de las cajas.

—¿Nunca preguntaste por qué un seguro de transporte costaba diez veces más de lo normal?

—¡No soy contable, Aitana! —Su voz se rompió, subiendo de volumen más de lo prudente en una casa donde cualquier pared parecía tener oídos—.

Soy la hija que quiso ayudar a su padre con las cuentas de la casa.

La hija que confió. ¿Tú sabes lo que es confiar tanto en alguien que ni se te ocurre pensar que podría estar usándote?

La pregunta me golpeó con una fuerza que no esperaba, porque durante un segundo, mirando su cara descompuesta, no supe distinguir si hablaba de Ettore o de mí misma, de la amistad de doce años que yo también había dado por sentada sin hacer las preguntas correctas a tiempo.

—Giulia, necesito que me digas la verdad. Toda la verdad. ¿Sabías lo que había en esas cajas? ¿Sabías lo del sótano, lo de los pasaportes?

El silencio que siguió a mi pregunta duró tanto que creí que no iba a contestar nunca.

—¿Pasaportes? —repitió al fin, con una voz tan pequeña que apenas la oí—. ¿Qué pasaportes, Tana? ¿De qué estás hablando?

Y en la forma en que lo preguntó, en el terror genuino que le cruzó la cara, aquella pregunta, al menos aquella, no era una actuación. Giulia no lo sabía. O no lo sabía todo.

—Necesito que me creas, Tana. —Se agarró a mi brazo con una fuerza desesperada—.

Sé lo de las cajas. Sé que firmaba papeles que no entendía del todo.

Pero jamás, jamás, habría firmado nada si hubiera imaginado que había personas de por medio.

Cuadros, sí. Dinero sucio, puede que también lo sospechara sin querer verlo. Pero esto no. Esto no.

—¿Y qué vas a hacer ahora que lo sabes?

—No lo sé. —Se llevó las manos a la cara, con los hombros temblando—.

Toda mi vida he sido la hija que hace felices a los demás.

La que rellena los silencios con risas para que nadie note lo que de verdad se está rompiendo alrededor.

Ni siquiera sé cómo se hace esto de mirar a mi padre a la cara sabiendo lo que sé ahora.

—Empiezas por no fingir que no lo sabes. —Le sostuve la barbilla, obligándola a mirarme—. Es lo único que te pido. Ya no puedo protegerte de la verdad, Giulia. Solo puedo ayudarte a decidir qué haces con ella.

Se dejó caer de rodillas sobre los cristales rotos de la limonada, sin importarle cortarse, con las manos temblando sobre el regazo, y empezó a llorar con un llanto sin ruido, contenido, el llanto de alguien que ha pasado toda una vida aprendiendo a no molestar con sus propios miedos.

Me arrodillé a su lado, sin pensar en los cristales, y la abracé mientras temblaba contra mi hombro, mientras a través de la ventana entreabierta del salón pequeño se colaba, lejano pero inconfundible, el sonido de un coche entrando por el camino de grava a una velocidad que no auguraba nada bueno.

Levanté la vista justo a tiempo para ver, a través del cristal, el mismo deportivo de Marco Rinaldi frenando en seco frente al porche, y a Marco bajando de él no con el pánico desesperado de dos días antes, sino con una expresión nueva, fría, calculada, de alguien que ha tomado una decisión y ya no piensa echarse atrás.

Detrás de él, bajando del asiento del copiloto con un movimiento lento, deliberado, apareció un hombre que yo no había visto en mi vida, vestido de negro de la cabeza a los pies, con las manos cruzadas por delante del cuerpo y la clase de quietud absoluta que solo tienen las personas acostumbradas a que los demás teman moverse antes que ellas.