CAPÍTULO 11
El cuadro
No me moví. No podía. Me quedé de pie junto a la ventana, con el cristal frío contra la frente y los ojos de Fedora clavados en los míos desde el patio, a una distancia que de pronto me pareció ridículamente pequeña, como si pudiera cruzarla de un solo paso.
Ella tampoco se movió. Se quedó así, quieta, con la mano todavía en el marco de la puerta abierta del sótano y la luna dibujándole un halo plateado en el pelo, durante un tiempo que se me hizo eterno. Y, sin apartar la vista de mí, se llevó un dedo a los labios.
Un gesto de silencio. No de amenaza.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
Me aparté del cristal con el corazón desbocado y desperté a Raniero sacudiéndole el hombro con más fuerza de la que pretendía.
—¿Qué pasa? —Se incorporó de golpe, alerta, con los reflejos de quien lleva días durmiendo con el miedo pegado a la piel.
—Fedora. En el patio. Ha entrado en el sótano con una llave propia.
—¿Te ha visto?
—Me ha visto. Y me ha pedido silencio. —Me senté al borde de la cama, todavía temblando—. No amenaza, Rani. Silencio. Como si estuviéramos del mismo lado.
Raniero tomó aire, pensando deprisa.
—Fedora lleva veinticinco años con mi padre. Es la persona en la que más confía después de mí. No tiene ningún sentido que esté de tu lado.
—Entonces explícame por qué me ha hecho ese gesto y no ha gritado para que viniera todo el mundo a preguntarme qué hacía despierta a esta hora, mirando por la ventana.
No tenía respuesta. Nos quedamos los dos despiertos el resto de la noche, vestidos, sentados en el suelo junto a la puerta cerrada con llave, esperando unos pasos que nunca llegaron, un golpe que nunca se produjo.
—Cuéntame algo de Fedora —le pedí, en algún momento de las tres de la madrugada, cuando el silencio se había vuelto tan denso que necesitaba llenarlo con algo que no fuera miedo—. Algo de antes. De cuando eras niño.
Raniero apoyó la cabeza contra la pared, con los ojos cerrados, y durante un instante la tensión de sus facciones se aflojó, como si el recuerdo lo llevara, aunque fuera un segundo, a un lugar más seguro que aquel cuarto.
—Fedora me enseñó a jugar al ajedrez. Yo tenía diez años, ella acababa de empezar a trabajar con mi padre, y se pasaba las tardes de domingo enseñándome aperturas mientras mi padre hacía llamadas en el despacho de al lado.
Siempre me dejaba ganar la primera partida y me machacaba en la segunda, para que aprendiera que la vida no regala nada dos veces.
Perdí el rey negro del tablero el primer verano, en el jardín.
Me pasé una semana buscándolo, y ella jugó todas las partidas con un tapón de botella en su lugar, sin una sola queja.
—Suena a alguien que sabe exactamente cuándo ceder y cuándo no.
—Suena exactamente a eso, sí. —Abrió los ojos y me miró, con una sombra de sonrisa cansada—. Nunca la había visto flaquear, Tana. Ni una sola vez en veinticinco años. Si de verdad está jugando su propia partida por debajo de la de mi padre, ha sido la jugadora más paciente que conozco.
—¿Crees que podemos confiar en ella?
—Creo que no tenemos muchas más piezas sobre el tablero.
—Me cogió la mano, entrelazando los dedos con los míos, en la oscuridad—.
Y creo que, si ella quisiera destruirnos, anoche no habría necesitado pedirte silencio.
Le habría bastado con no decir nada, y dejar que mi padre encontrara la ventana abierta él solo.
Nos quedamos así, cogidos de la mano, escuchando los primeros pájaros anunciar un amanecer que ninguno de los dos había pedido pero que llegaba de todos modos, indiferente a nuestro miedo, con la misma luz dorada de todas las mañanas anteriores en aquella casa.
Al amanecer, agotados por la tensión más que por la falta de sueño, decidimos que aquello no cambiaba el plan: seguíamos necesitando un contacto seguro para entregar la tarjeta de memoria, y seguíamos sin tenerlo.
Fedora no dijo nada durante el desayuno.
Ni una palabra, ni una mirada de más, como si la escena de la noche anterior hubiera ocurrido en un sueño compartido que ninguna de las dos estaba dispuesta a reconocer en voz alta.
Habló de la boda cancelada, de la conveniencia de esperar a que se calmaran las aguas antes de plantear cualquier nueva alianza, de la necesidad de proteger la reputación de la familia ante la prensa de Lecce, que ya empezaba a hacer preguntas sobre la detención de Franco Rinaldi en Milán.
Ettore, sentado a la cabecera con una taza de café que no había tocado, escuchaba con el gesto tenso, envejecido de golpe, como si la máscara de encanto que llevaba puesta desde el primer día se le hubiera resquebrajado durante la noche sin que nadie estuviera mirando.
—Necesito que la colección quede completamente en regla —dijo, dirigiéndose a mí, sin el calor habitual en la voz—.
Con las cosas como están, no podemos permitirnos ni un solo cabo suelto.
Quiero que revises de nuevo cada pieza, que compruebes que todos los informes anteriores de Lamberto estén correctamente archivados junto a los tuyos.
Todo impecable, por si alguien viene a mirar.
—Por supuesto.
—Empieza hoy. Ahora, si es posible.
No era una petición. Subí al salón pequeño del ala este con el estómago revuelto, consciente de que aquella orden, disfrazada de trámite administrativo, era en realidad una forma de mantenerme ocupada, vigilada, lejos de cualquier posibilidad de comunicación con el exterior mientras Ettore intentaba controlar los daños de la detención de Franco.
Llevaba una hora revisando carpetas cuando la puerta se abrió sin llamar.
Fedora entró, cerró tras de sí y echó el pestillo con un movimiento rápido, eficiente, el de alguien acostumbrada a asegurarse de que nadie la interrumpiera cuando lo necesitaba.
—Tenemos poco tiempo —dijo, sin preámbulos, con una voz completamente distinta a la que usaba delante de Ettore: más grave, más directa, despojada de toda la teatralidad cortesana que yo le conocía—. Así que voy a hablar rápido y tú vas a escuchar sin interrumpir.
—¿Quién eres, Fedora?
—Alguien que lleva más tiempo del que puedas imaginar intentando desmontar esto desde dentro.
—Se acercó a la mesa, bajó la voz todavía más, aunque ya casi era un susurro—.
Trabajé con Emilia Roversi. Ella confiaba en mí, tanto como Livia Ferraro confiaba en Assunta.
Cuando la mataron, hice lo único que se me ocurrió para seguir siendo útil sin acabar como ella: me acerqué más a Ettore, no más lejos.
Me convertí en imprescindible. Es más fácil vigilar un incendio desde dentro de la casa que desde la calle.
—Todo este tiempo te he visto sonreír a su lado. Brindar con él. Traerle fichas ya redactadas para que yo las firmara sin preguntar.
—Y cada una de esas fichas, Aitana, llevaba un pequeño error deliberado.
Una fecha imposible, una medida que no cuadraba con el marco real, un pigmento citado que no se comercializó hasta después de la supuesta fecha de la obra.
—Una sonrisa breve, amarga, le cruzó la cara—.
Apostaba a que una restauradora de tu nivel los encontraría sin que yo tuviera que señalarlos.
Era mi manera de comprobar si de verdad merecía la pena confiar en ti antes de enseñarte algo más.
—¿Y merecí la pena?
—Detectaste el craquelado de la Adoración la primera noche, delante de toda la mesa, sin que nadie te lo pidiera.
—Me miró con algo parecido al respeto—. Ese fue el momento en que decidí que, tarde o temprano, tendría que hablar contigo.
Solo esperaba tener más tiempo antes de que la situación se precipitara así.
—¿Tienes acceso al sótano?
—Tengo acceso a muchas cosas que Ettore cree que solo controla él.
—Sacó del bolso un sobre, más grueso que el de Assunta, con manchas de humedad en una esquina—.
Esto es lo que he podido reunir en tres años.
Registros de envíos, nombres, cuentas. No es tan completo como lo que Livia Ferraro tenía, pero es suficiente para empezar a tirar del hilo correcto, con las personas correctas.
—¿Por qué me lo das a mí?
—Porque Raniero confía en ti más de lo que ha confiado en nadie en tres años, y yo confío en el criterio de Raniero.
—Fedora me miró directamente, con una intensidad que no admitía dudas—.
Y porque anoche, cuando me viste, entendiste que no debías gritar.
Eso dice mucho de alguien. Dice que sabe cuándo el silencio protege más que la verdad gritada a destiempo.
Guardé el sobre en el cajón donde ya tenía escondidos el cuaderno negro y la memoria de Livia, con manos que empezaban a acostumbrarse, con un miedo cansado, a esconder pruebas de un crimen que crecía cada día un poco más.
—¿Qué hay en el segundo nivel del sótano, Fedora? Necesito saberlo con exactitud.
Ella dudó un instante, la primera vez que la veía dudar en toda la conversación.
—Documentación bancaria. Sellos, membretes, plantillas para falsificar certificados de origen. Y, en los últimos meses, algo nuevo que no había estado ahí antes: pasaportes. Muchos pasaportes, de varias nacionalidades, con fotografías que todavía no han sido asignadas a ningún nombre.
Por segunda vez en pocos días, el suelo cedió bajo mis pies.
—¿Tráfico de personas?
—Todavía no lo sé con certeza. Pero el patrón encaja con algo mucho más grande que el arte y el vino, Aitana. Y si encaja, la boda de Giulia no era solo una fusión de negocios de blanqueo. Era también una forma de asegurar la logística de algo que ninguno de nosotros quiere imaginar del todo.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de abrirla se detuvo, con la mano en el pestillo, y me miró por encima del hombro.