CAPÍTULO 10 #2
Un notario de mediana edad, con gafas gruesas y un maletín de cuero desgastado, leyó en voz alta cada uno de los cuatro informes mientras Ettore observaba con las manos entrelazadas y una sonrisa de satisfacción que le llegaba hasta los ojos.
Fedora estaba a su lado, con un vestido gris perla a juego con el traje de su jefe, siguiendo cada palabra con una atención casi religiosa.
Lamberto, sudoroso a pesar del aire acondicionado, evitaba mirarme directamente a los ojos.
—«Marina al atardecer. Óleo sobre lienzo. Escuela napolitana, siglo diecinueve. Estado de conservación bueno, con restauraciones puntuales documentadas.» —El notario levantó la vista—. ¿Confirma la señorita Beltrán la autenticidad de esta pieza según los criterios profesionales aplicados?
Miré a Raniero, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y una tensión disimulada bajo una máscara de indiferencia perfecta. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, el tiempo justo para que él asintiera, casi imperceptiblemente, recordándome nuestro pacto silencioso.
—La confirmo —dije, con una voz que ni yo misma reconocí de lo firme que sonaba.
Firmé. La tinta se deslizó sobre el papel con una facilidad que me revolvió el estómago, mi propia letra, clara, sin tachaduras, dando fe de una mentira que sabía, con la certeza absoluta de mi oficio, que era exactamente lo contrario de la verdad.
Repetimos el proceso tres veces más. El San Jerónimo.
El cardenal. La Adoración de los pastores, con su cielo de nubes cuya cuadrícula perfecta yo había memorizado como se memoriza la cara de un enemigo.
Cada firma me costaba un poco más que la anterior y cada «la confirmo» salía un poco más ronco.
Cuando el notario guardó los cuatro documentos en su maletín con un chasquido definitivo, algo dentro de mí, algo profesional, algo sagrado desde que había elegido aquel oficio, se rompió de una manera que ningún restaurador sabría reparar.
—Excelente —dijo Ettore, levantándose para estrecharme la mano con una calidez que me dio náuseas—. Sabía que entrarías en razón, querida. Esto se merece un brindis.
Cosimo trajo champán. Todos brindaron. Yo sostuve la copa sin beber, con una sonrisa clavada que me dolía en la mandíbula, mientras Ettore hablaba de futuro, de expansión, de nuevos coleccionistas en Milán, en Roma, en Ginebra, como si la detención de Franco Rinaldi esa misma mañana fuera un contratiempo menor en un plan mucho más grande.
Cuando por fin logré escapar de la celebración, subí a mi cuarto con las piernas temblando y me encerré con llave, apoyando la espalda contra la madera fría, respirando con dificultad, como si acabara de salir de debajo del agua después de aguantar la respiración demasiado tiempo.
Un golpe suave en la puerta, media hora después. Abrí sin preguntar.
Raniero entró y, sin decir una palabra, me abrazó con una fuerza que me sacó el aire de los pulmones, apretándome contra su pecho como quien recupera algo que había temido perder para siempre.
—Lo has hecho —dijo, contra mi pelo—. Dios, Tana, lo has hecho de verdad.
—Me siento sucia.
—Lo sé. Lo siento tanto.
—No te disculpes. Fue mi decisión. —Me separé lo justo para mirarlo a la cara—. Pero necesito que esto termine pronto, Rani. No sé cuánto tiempo más puedo seguir mintiendo con esta sonrisa antes de que se me rompa la cara de verdad.
—Va a terminar. Te lo prometo. En cuanto encuentre a alguien de confianza en la Guardia di Finanza, esto termina.
—¿Y si no lo encuentras a tiempo?
—Lo encontraré. —Su voz sonó con una convicción feroz, casi desesperada, como si necesitara creérselo él mismo para poder seguir sosteniéndome—. Cueste lo que cueste.
Nos quedamos abrazados un largo rato, en silencio, escuchando los sonidos lejanos de la fiesta improvisada que Ettore seguía celebrando abajo, ajeno o indiferente al precio que aquella firma le había costado a mi conciencia.
Poco a poco, el abrazo se transformó en algo distinto: sus manos, que habían estado sosteniéndome con la ternura protectora de quien consuela a alguien roto, empezaron a moverse con una lentitud diferente, buscando mi cara, mi cuello, con una necesidad que no era solo consuelo.
—Necesito sentir algo real esta noche —susurré contra su boca—. Después de fingir tanto.
—Yo también.
Me besó con una intensidad distinta a la de la primera vez en el salón pequeño, distinta también a la ternura cuidadosa de la noche anterior.
Este beso llevaba dentro toda la rabia acumulada del día, todo el asco por la mentira firmada, toda la necesidad desesperada de recordar, en la piel del otro, que había algo verdadero en medio de tanta falsificación.
Me desnudó con una urgencia que contrastaba con la delicadez de la vez anterior, sin dejar por eso de detenerse, de preguntar con la mirada, de esperar cada asentimiento antes de continuar.
Le arranqué la camisa casi con desesperación, necesitando sentir su piel contra la mía con la necesidad desesperada de agua después de un incendio.
—¿Estás bien? —preguntó, deteniéndose, con los ojos oscurecidos de deseo pero todavía atentos, todavía cuidadosos—. Dime si es demasiado.
—No es demasiado. Es exactamente lo que necesito. Necesito sentirme yo misma otra vez, Rani. Necesito que me recuerdes quién soy después de un día entero fingiendo ser otra persona.
—Eres la mujer más valiente que he conocido —dijo, con la voz rota contra mi cuello—. Y voy a pasarme el resto de esta noche demostrándotelo con cada parte de mi cuerpo, si me dejas.
—Te dejo.
Caímos en la cama entre risas ahogadas por el peso de todo lo vivido ese día, buscándonos con una urgencia nueva, distinta, hecha de rabia y de ternura a partes iguales.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con una devoción casi religiosa, deteniéndose en cada cicatriz emocional invisible que aquel día había dejado, como si con cada caricia pudiera borrar, aunque fuera por unas horas, el recuerdo de mi propia firma sobre un papel de mentiras.
Cuando por fin nos unimos, fue distinto a la primera vez: menos exploración tímida, más certeza compartida, un ritmo que ambos conocíamos ya y que buscábamos con la confianza de quien ha aprendido, en pocos días, el lenguaje secreto del otro cuerpo.
Grité su nombre contra la almohada, ahogando el sonido por instinto de supervivencia en una casa llena de oídos ajenos, y él respondió con un gemido bajo, contenido, apretando la mandíbula contra mi hombro para silenciar lo que su cuerpo quería gritar libremente.
Después, empapados de sudor y de algo más parecido a la paz que cualquier cosa que hubiéramos sentido en días, nos quedamos enredados entre las sábanas, con su cabeza apoyada sobre mi pecho y mi mano perdida entre su pelo húmedo.
—Tana.
—Dime.
—Si esto sale mal. Si mi padre descubre lo que estamos planeando antes de que consigamos entregar la tarjeta...
—No va a salir mal.
—Necesito decírtelo de todos modos. —Levantó la cabeza, y sus ojos, en la penumbra, brillaban con una honestidad que no admitía escondites—.
Estos días contigo, a pesar de todo lo demás, han sido lo más real que he vivido en años.
Pase lo que pase con mi padre, con Marco, con esta casa entera, quiero que sepas que no me arrepiento de nada.
—Yo tampoco.
Me besó una vez más, como sellando aquella promesa que ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar del todo en voz alta, y se quedó dormido con la cabeza sobre mi pecho, agotado por un día que nos había exigido más de lo que ninguno de los dos creía poder dar.
Yo no dormí. Me quedé despierta, mirando el techo, repasando cada detalle de la firma, del notario, de la sonrisa de Ettore, hasta que un ruido metálico, lejano pero inconfundible, me sacó de golpe de mis pensamientos.
Era el sonido de un cerrojo. El mismo cerrojo nuevo, el de la puerta del sótano que ninguna de las doce llaves de mi llavero había logrado abrir jamás.
Me incorporé despacio, con cuidado de no despertar a Raniero, y me acerqué a la ventana.
Abajo, en el patio de servicio, iluminada apenas por la luna que asomaba entre las nubes, vi a Fedora Quaranta, todavía con el vestido gris perla de la ceremonia.
Cruzaba el patio hacia la puerta baja del sótano con un juego de llaves que yo nunca había visto y que sacó del bolso con la familiaridad de quien lo usa a menudo.
Abrió la puerta sin dudar. Y antes de entrar, se detuvo, giró la cabeza hacia arriba, hacia las ventanas del ala este, como si algo la hubiera alertado de una presencia que no debería estar mirando.
Sus ojos se clavaron directamente en los míos.