Bajo falsos silencios CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La pregunta

La casa entera se convirtió, en cuestión de minutos, en un enjambre de puertas cerrándose de golpe y voces bajas que subían y bajaban las escaleras sin orden ni concierto.

Bajé al vestíbulo justo a tiempo para ver a Marco cruzar el zaguán con el teléfono todavía pegado a la oreja, la corbata desanudada colgándole del cuello como una soga floja, y a Ettore saliendo de su despacho con una calma tan estudiada que resultaba casi peor que el pánico de todos los demás.

—Marco. Marco, mírame. —Ettore le puso las dos manos en los hombros, obligándolo a detenerse—. Respira. Y cuéntame exactamente qué ha pasado.

—Han entrado en su despacho de Milán esta mañana.

—La voz de Marco temblaba, aguda, tan distinta de la seguridad encantadora del desayuno de días atrás que costaba reconocerlo—.

La Guardia di Finanza. Con una orden judicial.

Se han llevado los ordenadores, los archivos, todo.

Mi padre está detenido. No sé por cuánto tiempo.

Los abogados dicen que las acusaciones son...

son muy graves, Ettore. Blanqueo. Asociación criminal. Han mencionado una cuenta en Suiza.

El aire se me quedó atrapado en la garganta. Una cuenta en Suiza. Lugano. Exactamente lo que decía la carta de Livia Ferraro, guardada esa misma mañana en el bolsillo interior de la chaqueta de Raniero.

Ettore no perdió la compostura ni un instante, aunque algo en el fondo de sus ojos, una sombra rápida, casi imperceptible, delató que había hecho el mismo cálculo que yo.

—Tranquilo. Vamos a mi despacho. Llamaremos a mis propios abogados, los mejores de Roma. Esto se puede resolver.

—¿Resolver? —Marco soltó una risa histérica, sin ningún rastro de humor—. Ettore, si le han seguido el rastro al dinero de Lugano, no van a parar en mi padre. Van a seguir tirando del hilo. Y tú sabes exactamente hasta dónde llega ese hilo.

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Quién nos escucha aquí? —Marco giró la cabeza, y por un instante terrible sus ojos se cruzaron con los míos, que observaba la escena paralizada desde el pie de la escalera—. Ah. La restauradora. Qué casualidad que esté siempre presente cuando pasa algo que no debería oír.

—Marco. —La voz de Raniero, apareciendo detrás de mí, cortante—. Ella no tiene nada que ver con esto.

—¿No? —Marco avanzó dos pasos, con un brillo nuevo, peligroso, en los ojos, muy lejos de la sonrisa de dientes perfectos del desayuno—.

Una restauradora extranjera aparece de repente en esta casa, semanas antes de que mi padre y Ettore sellen la unión de nuestras familias, y de repente hay una investigación de la Guardia di Finanza tirando de un hilo que llevaba años enterrado.

Perdóname si me cuesta creer en las casualidades, Raniero.

—Marco, ya basta. —Ettore levantó una mano, con una autoridad que hizo callar a todos en la sala de golpe—.

Aitana es una empleada, contratada por mí, bajo mi responsabilidad.

Y esta tarde, precisamente, va a demostrarnos su lealtad.

—Se volvió hacia mí, con aquella sonrisa cordial que ya no lograba engañarme del todo—. ¿No es así, querida?

Sentí la mirada de Raniero clavada en mí, cargada de todo lo que no podía decir en voz alta delante de los demás.

—Así es —dije, con una voz que esperaba sonara firme—. He decidido firmar los informes. Mañana, si les parece bien.

Marco me estudió con una desconfianza que no terminaba de disolverse, pero Ettore ya le había pasado un brazo por los hombros y lo guiaba hacia el despacho, hablándole en tono bajo y tranquilizador sobre abogados y sobre la importancia de mantener la calma, como se calma a un caballo asustado antes de subirlo al camión.

Cuando desaparecieron por el pasillo, Giulia bajó los últimos escalones con el rostro descompuesto, sin haber dicho una sola palabra durante toda la escena.

—Se acabó —susurró—. Mi boda. La familia. Todo.

No supe si lo decía con alivio o con terror. Sospeché que ni ella misma lo sabía.

El almuerzo del día siguiente se canceló, por supuesto, sustituido por un ambiente de casa en duelo silencioso donde nadie se atrevía a decir en voz alta lo que todos pensaban.

Ettore pasó la mañana encerrado con dos abogados llegados de Roma en coches oscuros con cristales tintados.

Marco desapareció rumbo a Milán al amanecer, sin despedirse, con la misma prisa desesperada con que había llegado la tarde anterior.

Fue Fedora quien apareció a mediodía, con un vestido negro que parecía elegido a propósito para la ocasión, y una expresión que, por primera vez desde que la conocía, no lograba disimular del todo la tensión que le tiraba de las comisuras de la boca.

—Aitana. Ettore me pide que confirme lo de esta tarde. Los informes.

—Sí. Estoy lista.

—Bien. —Sacó de su carpeta de siempre las fichas ya redactadas, las mismas que me había ofrecido días atrás, con el espacio en blanco al pie esperando mi firma—.

Cuatro documentos. La marina, el San Jerónimo, el cardenal, la Adoración.

Ettore quiere hacerlo en el salón grande, delante de un notario de confianza, para que quede constancia formal.

—¿Un notario?

—Un formalismo necesario, en las circunstancias actuales. —Fedora sonrió, con una tensión que no encajaba con su elegancia habitual—. Con lo de Franco Rinaldi, Ettore quiere que todo lo que hagamos a partir de ahora quede impecablemente documentado. Nada que un juez pueda cuestionar.

Sentí un frío distinto correrme por dentro.

Un notario convertía aquella farsa en algo mucho más serio que una firma privada arrancada bajo presión: era un documento legal, con validez, con mi nombre y mi número de colegiada vinculados para siempre a una mentira que podía hundirme si algún día alguien investigaba de verdad.

Busqué a Raniero en cuanto Fedora se marchó, y lo encontré en la biblioteca de la torre, rodeado de libros que no estaba leyendo, con el teléfono en la mano y una expresión de quien lleva horas marcando números que nadie contesta.

—Un notario, Rani. Va a ser legal. De verdad legal.

—Lo sé. Me lo acaba de decir mi padre. —Dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco—.

Llevo toda la mañana intentando contactar con alguien de la Guardia di Finanza que no esté relacionado con el caso de Franco Rinaldi, alguien lo bastante lejos de todo esto como para que no le hayan llegado ya las filtraciones que sin duda están corriendo por ahí.

Y no consigo que nadie me devuelva la llamada.

Todo el mundo está desbordado con la detención de Franco.

Nadie tiene tiempo para escuchar a un desconocido que dice tener pruebas sobre otra familia.

—Entonces no puedo firmar. Rani, si esto se vuelve legal, no hay marcha atrás.

—Lo sé. —Cerró los ojos, agotado—. Y aun así, si no firmas, mi padre va a sospechar que algo ha cambiado. Va a preguntarse por qué, justo el día en que detienen a Franco Rinaldi, la restauradora se echa atrás. Va a atar cabos, Tana. Y los cabos nos llevan directamente a ti y a mí.

—¿Qué hacemos?

—No lo sé. —Fue la primera vez que lo vi realmente perdido, sin ningún plan escondido en la manga, sin ninguna carpeta secreta con tres años de trabajo detrás—. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo ni idea de qué hacer.

Nos quedamos en silencio, rodeados de libros antiguos que olían a cuero y a polvo, con el peso de una decisión imposible cayéndonos encima como una losa.

En aquel silencio cargado algo en mí se quebró de una forma distinta a como se había quebrado hasta entonces: no de miedo, sino de una rabia fría, calculada, la misma clase de rabia con la que examinaba un cuadro falso hasta encontrar la grieta exacta que lo delataba.

—Espera —dije—. Espera un momento. Dime otra vez qué exigía Ettore para firmar el domingo.

—Que catalogaras la colección. Que dieras autenticidad a cuatro piezas falsas.

—¿Y qué he estado haciendo estos días?

—Catalogando la colección.

—Con la verdad, Raniero. He escrito en mi cuaderno oficial lo que él quería que escribiera, sí, pero también he llevado, en secreto, un registro paralelo.

Fechas, análisis, espectros comparados, la incoherencia de los informes de Lamberto.

Tengo pruebas técnicas, documentadas con mi propio rigor profesional, de que esas cuatro piezas son falsificaciones recientes.

Si voy a firmar delante de un notario esta tarde, voy a firmar exactamente lo que digan esos papeles.

Pero nada me impide, antes o después, presentar mi propio informe verdadero ante quien corresponda, con mi firma auténtica respaldándolo, no la mentira que ellos quieren arrancarme.

Raniero me miró con una mezcla de asombro y algo que se parecía mucho al orgullo.

—Eso podría costarte la vida si mi padre se entera antes de tiempo.

—Entonces que no se entere. —Le sostuve la mirada, con una determinación que no sabía que tenía hasta que la sentí subirme desde el estómago hasta la voz—.

Voy a firmar sus mentiras esta tarde, delante del notario, con la sonrisa más convincente que pueda fingir.

Y en cuanto tengamos un canal seguro para entregar la tarjeta de memoria de Livia, entregaré también mi propio informe, con pruebas técnicas irrefutables, firmado con mi nombre real.

Dos documentos contradictorios, Rani. El que ellos me obligan a firmar hoy, y el que yo elijo firmar cuando sea seguro hacerlo.

Y cuando ambos salgan a la luz al mismo tiempo, no va a haber notario en Roma que pueda protegerlos de lo que eso significa.

Se quedó mirándome un largo instante, y después, sin decir nada más, cruzó la distancia que nos separaba y me besó con una intensidad que no tenía nada que ver con el miedo de los días anteriores.

Fue un beso distinto: de admiración, de alivio, de algo parecido a la esperanza reencontrada después de creerla perdida.

La ceremonia del salón grande, esa tarde, fue la actuación más difícil de toda mi vida.