Bajo falsos silencios CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Se lo prometí, aunque en aquel momento no tenía ni idea de cómo iba a cumplirlo, y volví por el camino de los olivos con el sol ya alto y el bolígrafo metálico apretado en el puño como un talismán.

Raniero me esperaba junto a la puerta trasera, tan tenso que casi dio un salto al verme aparecer entre los árboles.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

—Aquí no. —Miré hacia las ventanas de la casa, hacia el reflejo del sol en los cristales que podían esconder cualquier ojo—. Necesito un sitio donde nadie pueda oírnos ni vernos.

Me llevó a la torre del palomar, subiendo la escalera de piedra estrecha hasta el mirador circular desde donde se veía toda la finca.

Allí, con el viento revolviéndonos el pelo y la vista despejada sobre los olivares hasta el mar, saqué el sobre y lo abrí con manos que ya no fingían estar tranquilas.

Dentro había una tarjeta de memoria diminuta y una hoja de papel escrita a mano, con la misma letra clara y firme que yo había visto en la carpeta beige.

Si estás leyendo esto, no lo he conseguido.

En esta tarjeta hay fotografías y documentos que reuní en dos años de investigación: matrículas de furgonetas, nombres de conductores, y lo más importante, tres registros bancarios que vinculan directamente una cuenta en Lugano con Ettore Leuzzi y con un segundo nombre que todavía no he podido confirmar del todo, pero que aparece en cada transacción grande: F.

Rinaldi. El padre de Marco. Si esto es cierto, la boda de Giulia no es una alianza.

Es una fusión de dos redes en una sola, más grande y más difícil de tocar.

No confíes en Fedora Quaranta: la sorprendí dos veces hablando por teléfono con alguien que llamaba «el bufete de Milán», un despacho que en realidad no existe en ningún registro colegial.

Cuídate. Y cuida a quien esté leyendo esto contigo, porque si has llegado hasta aquí, seguramente no estás sola.

Raniero leyó por encima de mi hombro, en silencio, hasta la última línea. Cuando terminó, se apartó un paso, con la cara desencajada, y se apoyó en el pretil de piedra del mirador como si las piernas hubieran dejado de sostenerlo.

—F. Rinaldi —repitió, casi sin voz—. Franco Rinaldi. El padre de Marco.

—¿Lo conoces?

—Lo he visto dos veces en mi vida. Mi padre nunca lo trae a la villa.

Siempre se reúnen en Milán, en terreno neutral, con guardaespaldas por todas partes.

—Resopló—. Si es verdad lo que dice esta carta, la boda de Giulia no es solo un negocio para salvar el problema del segundo nivel.

Es la fusión de dos organizaciones enteras.

Y mi hermana es la pieza que las va a unir, lo sepa ella o no.

—Tenemos que sacarla de ahí.

—Tenemos que sacarnos a todos de ahí. —Se giró hacia mí, con una determinación nueva endureciéndole los rasgos, algo que no había visto en él hasta ese momento, ni siquiera en la masseria, ni siquiera la noche del almacén—.

Tana, esto ya no es solo mi plan estúpido de tres años juntando papeles en un cajón.

Esto es una prueba real, de una investigación real, hecha por una mujer que ha muerto por conseguirla.

Si la entregamos a las personas correctas, con las protecciones correctas, podemos acabar con todo esto de verdad.

—¿A quién se la entregamos? La inspectora que la reunió está muerta.

—Ella tendrá superiores. Alguien en la Guardia di Finanza que sepa que estaba investigando, aunque no supiera exactamente qué había encontrado.

—Cogió mis manos entre las suyas, con la tarjeta de memoria todavía entre nosotros, diminuta y pesada como una bomba—.

Necesito tiempo para averiguar a quién podemos confiársela sin que vuelva a filtrarse hacia mi padre.

Días, quizá una semana. Hasta entonces, esto no sale de aquí, y tú no vuelves a acercarte a Assunta ni al pueblo sin que yo lo sepa.

—El domingo es la fecha límite de tu padre. Para las firmas.

—Lo sé.

—¿Qué va a pasar si llega el domingo y no he firmado nada?

Raniero no contestó enseguida. El viento seguía moviendo los olivos abajo, en oleadas plateadas, y, mirando aquel paisaje que ocho años atrás me había parecido el más hermoso del mundo, la belleza y el peligro habían aprendido a convivir en el mismo terreno con una naturalidad espantosa.

—Vamos a tener que adelantarnos —dijo por fin—. Antes de que llegue el domingo, no después.

—¿Cómo?

—Todavía no lo sé. Pero sé por dónde empezar.

Bajó de un salto del pretil donde se había apoyado y guardó la tarjeta de memoria y la carta en el bolsillo interior de su propia chaqueta, pegada al pecho, en el mismo lugar donde yo la había llevado durante todo el camino de vuelta.

—¿Confías en mí? —preguntó, con una seriedad que no dejaba lugar a evasivas.

—Sí.

—Entonces necesito que hagas algo esta tarde que no te va a gustar nada.

—Dime.

—Necesito que aceptes la invitación de mi padre para el almuerzo de mañana con Marco y su familia. Y necesito que, delante de todos ellos, le digas a Ettore que has decidido firmar los cuatro informes.

El suelo del mirador se movió bajo mis pies, aunque no había viento suficiente para explicarlo.

—¿Que firme? Rani, acabamos de leer que...

—Escúchame. —Me sujetó por los hombros, con una urgencia que no admitía discusión—.

Si finges que has cedido, mi padre baja la guardia.

Deja de vigilarte con tanta atención. Y mientras todos celebran tu rendición, yo tengo el margen que necesito para sacar esta tarjeta de la villa y ponerla en las manos correctas.

—¿Y si algo sale mal? ¿Si firmo delante de todos y luego no consigues nada a tiempo?

—Entonces habremos ganado unos días, que es más de lo que tenemos ahora mismo.

—Su voz se suavizó, apenas, lo justo para dejar ver el miedo que llevaba escondiendo toda la mañana—.

Tana, sé que te estoy pidiendo que hagas exactamente lo que juraste que nunca harías.

Que firmes una mentira. Pero te juro que es la única manera que se me ocurre de ganar tiempo sin que nadie salga herido.

Miré hacia el mar, brillando al fondo entre los olivares, y ahí estaba Emilia Roversi negándose a ceder, y su coche saliéndose de la carretera en una curva de noviembre.

Livia Ferraro, con su placa discreta, volcada esa misma mañana.

El sobre arrugado que Assunta había guardado durante quién sabe cuántas noches con miedo de que alguien viniera a buscarlo.

—De acuerdo —dije—. Firmaré. Pero necesito que me prometas algo a cambio.

—Lo que sea.

—Que en el momento en que tengas lo que necesitas para entregar esa tarjeta, lo haces. Sin esperar un día más de la cuenta. Sin intentar protegerme guardándotelo para ti solo.

—Te lo prometo.

Bajamos de la torre en silencio, cada uno cargando con una parte del peso de lo que acabábamos de decidir, y al llegar al último escalón, justo antes de salir al patio donde cualquiera podía vernos, Raniero se detuvo y me besó una vez, rápido, casi desesperado, despidiéndose de algo que todavía no sabía si podría conservar.

—Mañana, en el almuerzo —dijo, con la frente apoyada contra la mía—, cuando digas que sí delante de mi padre, mírame a mí antes que a nadie. Necesito saber que sigues siendo tú, y no la mentira que vamos a representar los dos.

Cruzamos el patio por separado, con diez minutos de diferencia, como llevábamos haciendo toda la semana, y yo subí a mi cuarto dividida entre el miedo y una determinación nueva, fría y clara como el filo de un bisturí.

Aquella familia, con todo su dinero, sus cuadros falsos y sus muertos disfrazados de accidentes, no iba a salirse con la suya mientras yo tuviera ojos para ver y manos para escribir la verdad en algún sitio donde, tarde o temprano, alguien pudiera leerla.

Esa tarde, mientras me cambiaba para la cena, oí un coche entrando por el camino de grava mucho más deprisa de lo habitual, derrapando casi en la última curva.

Me asomé a la ventana justo a tiempo para ver a Marco Rinaldi bajar de su deportivo con una expresión que no había visto antes en su cara sonriente: pálido, con la corbata torcida y un teléfono todavía pegado a la oreja, gritando algo en italiano demasiado rápido para que yo pudiera seguirlo.

Solo capté tres palabras, repetidas dos veces, antes de que entrara corriendo en la casa.

Mio padre. Arrestato.