Bajo falsos silencios CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El precio del silencio

Le arranqué el teléfono de las manos a Giulia antes de que pudiera pensar en lo que hacía.

—¿Quién te ha mandado esto?

—No lo sé. —Su voz seguía siendo aquella cosa plana y rota, tan distinta de su risa habitual que me costaba reconocerla—.

Ha llegado a este número. Es el que uso para...

para lo de las cajas. Para hablar con los hombres de mi padre cuando hay que coordinar las entregas.

Nunca me habían escrito nada así. Solo horarios. Cantidades. Nunca esto.

Miré la pantalla. El mensaje venía de un contacto guardado solo con una inicial: M. Debajo, la hora: las 11:47 de la mañana. Habían pasado casi tres horas.

—Giulia, escúchame. ¿Sabes quién es M?

—No... no lo sé con certeza. Hay varios contactos con iniciales en ese teléfono. Papá dice que es más seguro así. —Se llevó las manos a la cara—. Tana, ¿qué he hecho? ¿Qué es lo que he estado haciendo estos dos años?

No tuve tiempo de responder. Pasos rápidos en el pasillo, y Raniero apareció en el umbral de la cocina con la cara desencajada, sin aliento, como si hubiera cruzado la casa entera corriendo.

—Lo sé —dijo, antes de que ninguna de las dos hablara—. Lo he oído en la radio del coche de Nunzio. Un accidente en la carretera del pueblo. Una mujer, sin identificar todavía para la prensa.

—No fue un accidente —dije, y le tendí el teléfono de Giulia con el mensaje todavía en la pantalla.

Raniero lo leyó. El color le desapareció de la cara y la boca se le endureció hasta convertirse en una línea recta.

—¿De dónde ha salido esto?

—De mi teléfono —dijo Giulia, con un hilo de voz—. El que uso para el trabajo. Rani, dime que no es lo que creo que es.

Raniero no contestó enseguida. Se quedó mirando el mensaje, después a su hermana, después a mí, calculando en silencio algo que yo no alcanzaba a seguir.

—Necesito que las dos me escuchéis con mucha atención —dijo por fin, con una calma que le costaba visiblemente sostener—.

A partir de ahora, hasta que yo diga lo contrario, nadie de esta casa sabe que hemos hablado de esto.

Giulia, borra el mensaje del teléfono, pero antes hazle una fotografía con el móvil personal y guárdala donde nadie la busque.

Tana, tú no has salido de la villa en toda la mañana. ¿Entendido?

—Rani, era una inspectora. La Guardia di Finanza sabrá que vino aquí.

—Precisamente por eso. —Respiró hondo—. Si saben que vino, y saben que habló contigo, tú eres la última persona que la vio con vida antes de que apareciera muerta en la cuneta. No puedes ser tú quien dé la voz de alarma. No hasta que sepamos exactamente quién más lo sabe.

—¿Crees que fue mi padre? —preguntó Giulia, con una voz tan pequeña que apenas la oí.

Raniero cerró los ojos.

—Creo que no importa si fue él directamente o si dio la orden alguien por encima de él. Creo que ahora mismo, en esta casa, la única regla que nos mantiene vivos es no hacer preguntas en voz alta.

El resto de la tarde transcurrió en una especie de suspensión irreal, como si la villa entera contuviera el aliento a la espera de una noticia que todos fingíamos no esperar.

Ettore volvió de Lecce a las siete, con el mismo traje de lino gris perla de siempre, la misma sonrisa cordial, y ni una sola palabra sobre coches volcados ni sobre inspectoras desaparecidas.

Cenamos los cuatro, con un silencio que Giulia intentó rellenar dos o tres veces con comentarios sobre nada, sobre el tiempo, sobre una receta que había visto en una revista, hasta que la voz le falló a media frase y tuvo que fingir que se le había atragantado el agua.

Ettore le puso una mano en el hombro con una ternura que a mí, sabiendo lo que sabía, me pareció obscena.

—Estás pálida, hija. Deberías descansar.

—Estoy bien, papá.

—Insisto. —Sirvió más vino, sin que nadie se lo pidiera—. Mañana será un día importante. Marco viene a comer, y quiero que estés radiante.

Giulia, sin mirarlo, clavó la vista en el plato durante el resto de la cena. Raniero apenas tocó la comida. Yo comí lo justo para no llamar la atención, contando los minutos hasta poder levantarme sin que pareciera huida.

A las once, cuando por fin subí a mi cuarto, encontré una nota deslizada bajo la puerta, sin firma, con una letra que no reconocí, torpe y apretada, como escrita con prisa y con miedo.

Assunta dice que venga mañana, sola, temprano, antes de que la casa despierte. Il Gufo. Trae lo que tenga.

La leí tres veces. No sabía si fiarme. No sabía si aquella nota era de la propia Assunta, avisada por algún canal que yo desconocía, o una trampa tendida por alguien que quería reunir en un mismo lugar, a una hora conveniente, a todos los que sabían demasiado.

Emilia Roversi, con su coche saliéndose de la calzada en una curva de noviembre.

Livia Ferraro, con su placa discreta y su Fiat gris, volcado esa misma mañana.

De todos modos, ya no me quedaban muchas opciones seguras entre las que elegir.

Dormí mal, a ratos, con sueños en los que corría por pasillos que no terminaban nunca, perseguida por un sonido de cristal roto que no lograba localizar.

Desperté antes del amanecer, con la luz todavía gris filtrándose por las contraventanas, y me vestí en silencio, con ropa oscura, sin encender ninguna lámpara.

Raniero estaba despierto cuando abrí la puerta de mi cuarto, sentado en el suelo del rellano, con la espalda contra la pared, como si llevara ahí toda la noche montando guardia.

—¿A dónde vas?

Le tendí la nota. La leyó dos veces, igual que yo, con la misma desconfianza dibujándosele en la cara.

—No vas a ir sola.

—Si vas conmigo, y alguien nos ve salir juntos de la villa a estas horas, tu padre sabrá exactamente dónde buscar respuestas cuando algo vuelva a salir mal.

—Me da igual.

—A mí no. —Le puse una mano en el pecho—. Necesito que confíes en mí igual que yo confío en ti. Iré sola. Si en una hora no he vuelto, entonces sí, ven a buscarme, avisa a quien tengas que avisar, haz lo que creas necesario. Pero dame esa hora.

Se resistió, con los dientes apretados y los ojos llenos de un miedo que no intentaba disimular, pero al final asintió, cediendo algo que le costaba la vida ceder.

—Una hora —dijo—. Ni un minuto más. Y llévate esto.

Me puso en la mano un pequeño objeto metálico, frío, con forma de bolígrafo. Al apretar el clip lateral, una lucecita roja diminuta parpadeó una vez y se apagó.

—Es un localizador. Lo activé la semana pasada, por si acaso. Lo tenía guardado para una emergencia. Esto cuenta como emergencia.

Salí de la villa antes de que el sol terminara de salir del todo, por el mismo camino de olivos de la vez anterior, con el bolígrafo metálico guardado en el bolsillo del pantalón como si pudiera protegerme de algo más que del miedo.

Il Gufo estaba cerrado, con las persianas metálicas bajadas y el toldo azul recogido, pero Assunta ya esperaba fuera, sentada en su silla de siempre, con las agujas en la falda y un chal de lana sobre los hombros a pesar del calor que ya empezaba a apretar.

—Siéntate —dijo, sin levantar la vista del tejido—. Rápido. No tenemos mucho tiempo antes de que el pueblo despierte.

Me senté a su lado, en un taburete bajo que parecía dispuesto allí para la ocasión.

—¿Usted trabajaba con ella?

—Yo no trabajo con nadie, señorita. —Sus agujas siguieron moviéndose, hipnóticas, mientras hablaba—.

Yo llevo sesenta años en este pueblo, y en sesenta años se aprenden cosas que ningún despacho de policía puede enseñar.

La inspectora venía a verme cada dos semanas.

Yo le contaba lo que veía. Ella no me pedía nunca nada que pusiera en peligro a mi familia, y por eso yo confiaba en ella.

—Está muerta.

—Lo sé. —Por primera vez, la anciana levantó la vista, y sus ojos, de un azul desteñido casi transparente, tenían el brillo húmedo de quien ha llorado hacía poco y ha decidido no volver a hacerlo delante de nadie—.

Y por eso mismo te he hecho venir. Porque ella dejó algo antes de morir.

Algo que me pidió que guardara, por si le pasaba lo que finalmente le ha pasado.

Sacó de debajo del chal un sobre pequeño, arrugado, sellado con cinta adhesiva vieja.

—¿Qué es?

—No lo sé. No lo he abierto. Ella me dijo: «Si me pasa algo, esto va a la persona que venga preguntando por Emilia Roversi, y a nadie más». Tú preguntaste por Emilia Roversi, según me contó ella misma anoche por teléfono, antes de que...

Se detuvo. Sus manos, por primera vez, dejaron de tejer.

—Antes de que la mataran —terminé yo.

—Antes de eso, sí.

Cogí el sobre con manos que no acababan de estar firmes. Pesaba poco. Dentro, al tacto, se adivinaba algo pequeño y duro, del tamaño de una uña, junto con lo que parecía una hoja de papel doblada varias veces.

—Assunta, ¿usted sabe quién la mató?

—Sé que fue alguien de esta zona. Sé que fue alguien con acceso a coches y a carreteras y a la paciencia necesaria para hacer que pareciera un accidente.

—Volvió a las agujas, con manos ahora visiblemente temblorosas—.

Y sé que si sigues haciendo las preguntas que ella hacía, un día vendrá alguien preguntando por ti, y yo tendré que decidir otra vez si contesto o si callo.

—¿Qué haría usted, en mi lugar?

La anciana dejó por fin el tejido en su regazo por completo y me miró con una franqueza que no había mostrado hasta entonces.

—En tu lugar, hija, yo me preguntaría si lo que sé vale más viva o más muerta. Y si la respuesta es que vale más viva, buscaría la manera de sacarlo de aquí antes de que alguien decida que tú también vales más muerta.

Guardé el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta, pegado al pecho, y me levanté con las piernas todavía temblorosas.

—Gracias, Assunta.

—No me des las gracias. Dame la promesa de que, si esto sale bien, alguien pagará por lo de Livia. Era una buena mujer. Mejor de lo que este pueblo merecía.