Bajo falsos silencios CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La inspectora

No entré en el despacho. No dije nada. Retrocedí por el pasillo con los pies descalzos, sin hacer ruido, y volví a mi cuarto con el corazón latiéndome en la garganta y una sola frase repitiéndose en bucle: se ha convertido en tu debilidad.

Cerré la puerta con llave, esta vez con las manos temblando de verdad, y me senté en el borde de la cama a esperar.

No supe cuánto tiempo pasó. Media hora, quizá más.

Cuando por fin oí pasos suaves en el rellano y un roce contra la madera, un código silencioso que ya reconocía, abrí sin preguntar quién era.

Raniero entró con la cara gris, los ojos hundidos, como si hubiera envejecido diez años en una sola conversación.

—Lo has oído —dijo, no como pregunta.

—Todo.

—Tana...

—No hace falta que digas nada. —Cerré la puerta detrás de él—. Solo dime una cosa. ¿Voy a amanecer viva mañana?

—Sí. —Lo dijo con una firmeza que me sorprendió, casi violenta—. Eso te lo garantizo. Mi padre no te va a tocar mientras yo respire. Pero necesito que hagas algo por mí, y no te va a gustar.

—Dime.

—Distancia. Delante de él, delante de Cosimo, delante de cualquiera de esta casa. Ni una mirada de más, ni un roce, nada que pueda usar. Hasta que consiga sacarte de aquí.

—¿Y en privado?

—En privado —dijo, y por primera vez en toda la noche algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara— no pienso soltarte ni loco.

Dormimos poco, abrazados, con la puerta atrancada con una silla además de la llave, como dos supervivientes de un naufragio que todavía no se fían de la calma del mar.

Al amanecer, Raniero se fue a su cuarto por la escalera de servicio, antes de que la casa empezara a despertar, y yo me quedé mirando el techo hasta que el sol entró de lleno por la ventana.

Bajé tarde, con ojeras que ningún corrector de maquillaje disimulaba del todo, y encontré la villa extrañamente vacía.

Ettore había salido temprano a Lecce, según me dijo Cosimo con su cortesía impasible de siempre, y no volvería hasta la noche.

Giulia no había bajado a desayunar. Raniero, supuse, seguía encerrado en el despacho de la administración, con los papeles que llevaba tres años acumulando.

Decidí trabajar. Era lo único que sabía hacer cuando el miedo amenazaba con paralizarme: coger un pincel, una lupa, un cuaderno, y convertir el terror en método.

Estaba en el salón pequeño, con la lámpara ultravioleta encendida sobre la última cerámica de Grottaglie, cuando oí un coche en la grava.

No era el sonido pesado del Land Rover ni el rugido elegante del deportivo de Marco.

Era un motor más modesto, casi tímido, el de un utilitario que se detenía con cuidado de no levantar demasiado polvo.

Me asomé a la ventana. Una mujer bajaba de un Fiat gris, de unos cuarenta años, pelo castaño recogido en una coleta baja, gafas de sol oscuras y un traje de chaqueta beige que no encajaba con el calor de Puglia ni con el lujo despreocupado de la villa.

Llevaba una carpeta bajo el brazo, del mismo tono que su chaqueta, y caminaba con el paso firme de alguien acostumbrado a que le abran las puertas sin preguntar.

La reconocí al instante: la del apartadero, la de la acera de Lecce.

Nunzio salió a su encuentro, y por primera vez desde que lo conocía su sonrisa se apagó de golpe.

—Buenos días —dijo la mujer, con una voz clara, sin acento marcado—. Busco a la señorita Aitana Beltrán.

—La señorita está trabajando. Si tiene la amabilidad de...

—No es una visita de cortesía. —Se quitó las gafas de sol y mostró una placa que llevaba prendida al bolsillo interior de la chaqueta, discretamente, sin necesidad de hacer alarde de su autoridad, porque ya sabía el efecto que producía—.

Inspectora Livia Ferraro. Guardia di Finanza, unidad de patrimonio artístico.

El nombre me golpeó como un jarro de agua fría a través del cristal de la ventana. Guardia di Finanza. La policía económica. La que investiga el dinero, no las armas ni las drogas, sino el dinero, los papeles, los certificados falsos y las firmas que no deberían estar donde están.

Bajé antes de que Nunzio tuviera que decidir si dejarla pasar o no.

—Soy yo —dije, apareciendo en el zaguán—. Aitana Beltrán.

Livia Ferraro me estudió de arriba abajo, con la misma mirada clínica con la que yo estudiaba un cuadro antes de decidir si merecía la lupa o el descarte inmediato. Debió de encontrar algo que le sirvió, porque asintió levemente, casi para sí misma.

—Me gustaría hablar con usted. A solas, si es posible. Y fuera de esta casa.

—¿De qué se trata?

—De arte. —Una sonrisa breve, sin calidez—. Y de otras cosas que suelen esconderse detrás del arte.

Miré hacia atrás, hacia el interior de la villa, hacia el pasillo por el que en cualquier momento podía aparecer Cosimo con su bandeja y sus ojos que todo lo veían y todo lo contaban. Livia Ferraro siguió mi mirada y entendió, sin que yo dijera nada, exactamente lo que estaba calculando.

—Hay un bar en el pueblo. A quince minutos a pie, siguiendo el camino de los olivos. Se llama Il Gufo. La espero allí en media hora. Puede decir que va a comprar algo, si lo necesita para salir sin preguntas.

Se puso de nuevo las gafas de sol, se dio la vuelta y regresó a su coche con el mismo paso firme con que había llegado, sin esperar respuesta, segura de que la respuesta llegaría de todos modos.

Encontré la excusa perfecta en un tubo de bloqueador solar que fingí haber terminado.

Salí por el camino de los olivos con un sombrero de paja prestado y el corazón latiéndome como si acabara de correr una maratón, mirando por encima del hombro cada pocos pasos, convencida de que alguna ventana de la villa me vigilaba.

Il Gufo resultó ser un bar pequeño, de fachada encalada y toldo azul desteñido, con dos mesas fuera y una vieja que tejía en una silla junto a la puerta sin levantar la vista de las agujas.

Livia Ferraro esperaba en la mesa más apartada, con un café ya frío delante y la carpeta beige cerrada sobre el mantel de cuadros.

—Siéntese —dijo, sin preámbulos—. ¿Café? ¿Algo frío?

—Nada, gracias. Solo quince minutos antes de que alguien note mi ausencia.

—Iré al grano, entonces. —Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, algunas que reconocí de inmediato: la Adoración de los pastores sobre la chimenea del salón, el San Jerónimo del pasillo, el retrato del cardenal—.

Llevamos dos años investigando a la familia Leuzzi.

Sabemos que trafican con obras falsificadas certificadas como auténticas, que las venden a coleccionistas privados a precios desorbitados y que el dinero que reciben sirve para blanquear fondos de un negocio mucho más amplio, que todavía no hemos conseguido cerrar del todo.

—¿Qué clase de negocio?

—Eso es lo que necesito que me ayude a averiguar.

—Sacó otra fotografía, esta más borrosa, tomada de noche, con teleobjetivo: una furgoneta blanca, sin matrícula visible, entrando en el camino de grava de la villa—.

Sabemos que hay envíos regulares, de noche, que no aparecen en ningún registro de aduanas ni en ninguna factura de la bodega.

Sabemos que el volumen ha aumentado mucho en el último mes.

Y sabemos, por una fuente anterior, que había piezas de arte mezcladas con algo más.

Lo que no sabemos es qué es exactamente ese algo más.

—Emilia Roversi —dije, antes de poder pensarlo mejor.

Livia Ferraro se quedó completamente quieta, con la fotografía todavía en la mano.

—¿Qué sabe de ella?

—Que fue la restauradora anterior. Que murió en un accidente de coche hace dos años, poco después de pedir condiciones para firmar un informe.

—Ese accidente —dijo la inspectora, muy despacio, eligiendo cada palabra— nunca me convenció.

Y llevo dos años sin poder demostrar que fue otra cosa, porque cada testigo que se acercaba a hablar conmigo dejaba de hacerlo de un día para otro.

Algunos se mudaron. Otros, sencillamente, cambiaron de opinión.

Un escalofrío me recorrió la espalda a pesar del calor. Ahí estaba Lamberto, sudando bajo su bigote, incapaz de terminar una frase sobre la doctora Roversi. Y Ettore, sirviéndome grappa de moscatel con la misma mano que firmaba etiquetas mecanografiadas con dos dedos.

—Usted encaja en un patrón muy concreto, señorita Beltrán —continuó Livia Ferraro—. Joven, con talento reconocido, sin ataduras familiares fuertes en Italia, fácil de introducir en la casa a través de una amistad de confianza. Exactamente el mismo patrón que la doctora Roversi.

—¿Está diciendo que corro peligro?

—Estoy diciendo que ya lo corre. Desde el momento en que puso un pie en esa villa.

—Cerró la carpeta—. Lo que le ofrezco es una salida distinta a la que tuvo ella.

Colabore conmigo. Documente lo que ve, fotografíe lo que pueda, y cuando tengamos suficiente para actuar, la sacaremos de allí con protección completa, antes de que tenga que firmar nada que la comprometa.

—¿Y si me niego?

—Entonces seguirá sola, con lo que ya sabe, en una casa donde alguien ya ha decidido que usted es un problema o una solución, y donde nadie fuera de esas paredes sabrá exactamente qué le ha pasado si un día deja de contestar el teléfono.

No era una amenaza. Era, con una crueldad calculada, la verdad más desnuda que nadie me había dicho desde que llegué a Puglia.

—Necesito pensarlo.

—No tiene mucho tiempo. Me han dicho que el domingo hay una fecha límite para algo.

Firmas, creo. —Livia Ferraro se puso de pie, dejó unas monedas sobre la mesa y se colgó la carpeta bajo el brazo—.

Si decide colaborar, dígaselo a la vieja de la puerta.

Se llama Assunta. Ella sabe cómo encontrarme sin que nadie más lo note.

Es de fiar, es la única persona de este pueblo a la que la familia Leuzzi todavía no ha comprado.

Se marchó con el mismo paso firme, sin mirar atrás, dejándome sola en la mesa con un café que no había pedido y una decisión que no sabía cómo tomar.

La anciana de las agujas siguió tejiendo, sin levantar la vista, como si toda la conversación hubiera transcurrido en un idioma que ella no entendía o que prefería no haber oído.

Caminé de vuelta a la villa por el mismo sendero de olivos, con la cabeza llena de nombres y de fechas y de una pregunta que no dejaba de crecer: si Livia Ferraro llevaba dos años investigando, si sabía de las furgonetas y del segundo nivel de la bodega y de Emilia Roversi, ¿por qué no había podido demostrar nada todavía? ¿Qué o quién se lo había impedido?

Entré por la puerta trasera, la del patio de servicio, con el sombrero prestado todavía puesto y una sonrisa ensayada para cualquiera que preguntara dónde había estado. No hizo falta. La casa estaba en silencio, un silencio distinto al de siempre, más denso, más cargado.

Encontré a Giulia sentada en los escalones de la cocina, con los ojos hinchados de llorar y un teléfono móvil apretado entre las manos como quien sostiene algo que quema.

—Giulia.

Levantó la vista. Por un instante no pareció reconocerme.

—Han encontrado el coche de la inspectora —dijo, con una voz que no era la suya, plana, vacía—. El Fiat gris. En la cuneta de la carretera del pueblo. Volcado.

El aire se me quedó atrapado en el pecho. Vi sus manos ordenando mis informes sobre una acera de Lecce.

—¿Y ella?

Giulia levantó el teléfono, con la pantalla todavía encendida, mostrando un mensaje que acababa de recibir, un mensaje que no debía haber visto, que probablemente no entendía del todo lo que significaba, pero que a mí me heló la sangre con solo leer las tres primeras palabras.

Hecho. Sin testigos.