CAPÍTULO 7
Sin promesas
Nadie dijo nada durante lo que pareció un minuto entero, aunque el reloj de pared, cuando por fin me atreví a mirarlo, solo había avanzado ocho segundos.
—¿Cortejar? —dijo Giulia, con una risa forzada que se le quebró a mitad de camino—. Papá, qué palabra tan antigua. Esto no es un folletín del siglo pasado.
—Es la palabra correcta. —Ettore no había perdido la sonrisa—. Marco me lo ha pedido esta misma mañana, antes de irse. Con mucho respeto, debo decir. Algo que se echa de menos en los jóvenes de hoy.
—¿Y a mí nadie me pregunta?
—Te lo estoy preguntando ahora, hija. —Abrió las manos, como si aquello fuera un regalo y no una condena—. ¿Qué opinas?
—Opino que Marco Rinaldi me ha invitado a bailar dos veces en diez años y ambas veces me pisó los pies.
—El baile mejora con la práctica.
Giulia soltó una carcajada sin humor y dejó caer la servilleta sobre el plato, arrugada, como una bandera blanca que nadie quería izar. Raniero seguía con la mano cerrada sobre el mango del cuchillo, la mirada fija en su padre con una intensidad que no había mostrado en toda la semana.
—Padre —dijo, y la palabra sonó como una advertencia—. Giulia tiene treinta años. No necesita tu bendición para elegir a quién quiere.
—Y no se la estoy imponiendo. Le estoy abriendo una puerta. —Ettore se sirvió más vino, con una calma más inquietante que cualquier grito—. Lo que ocurra al otro lado es asunto suyo. Pero la unión de nuestras dos familias es una ocasión que no se presenta dos veces.
—¿Unión de qué, exactamente? —pregunté yo, sin poder contenerme.
Toda la mesa se volvió hacia mí. Ettore me miró con una sorpresa genuina, casi divertida, como quien descubre que el gato de la casa sabe hablar.
—De negocios, querida. Y de familia. Van de la mano, casi siempre. No te preocupes por eso. Tú tienes tu propio trabajo que terminar.
La cena continuó, pero ya nadie comía de verdad.
Giulia removía la comida con la vista perdida en el mantel.
Raniero no volvió a tocar el cuchillo. Yo bebí más vino del que debía mientras Ettore hablaba de la cosecha, del tiempo, de un viaje a Milán el mes siguiente, como si acabara de anunciar el menú del postre y no el futuro entero de su hija.
Cuando por fin nos levantamos, Giulia desapareció escaleras arriba sin despedirse, con un portazo lejano que resonó por toda la casa.
Ettore se sirvió una última copa y se retiró a su despacho murmurando algo sobre «las hijas y su dramatismo».
Raniero se quedó de pie en el comedor vacío, mirando la puerta por la que había salido su hermana.
—Ve con ella —le dije.
—Lo intentaré. Aunque dudo que quiera hablar conmigo esta noche.
—Inténtalo de todos modos.
Asintió, me apretó la mano y subió detrás de Giulia. Me quedé sola en el comedor, con las velas todavía encendidas y el cuadro de la Adoración vigilando desde la chimenea, testigo mudo de una cena que había empezado con un anuncio y había terminado en naufragio.
Subí a mi cuarto pasada la medianoche, incapaz de quitarme de la cabeza la imagen de Giulia removiendo la comida con la mirada rota.
Me puse una camiseta larga y me senté en el borde de la cama, con la ventana abierta al olivar oscuro, dejando que el aire de la noche se llevara algo del peso que tenía en el pecho.
Un golpe suave en la puerta, tan distinto de los nudillos autoritarios de Fedora que lo reconocí antes de oír la voz.
—¿Tana?
Abrí. Raniero estaba en el rellano, sin chaqueta, con la camisa desabrochada en el cuello y una expresión agotada que le añadía años a la cara.
—¿Cómo está?
—Dormida, o fingiendo estarlo. No ha querido hablar. —Se pasó una mano por el pelo—. Le he dicho que nadie va a obligarla a nada. No sé si me ha creído. Yo mismo no sé si me creo capaz de impedirlo.
—Entra.
Dudó, con la mirada en el pasillo vacío y en la posibilidad de que alguien lo viera cruzar aquel umbral a esas horas. Entró, y cerré la puerta con llave detrás de él, con un gesto que empezaba a resultarme tan natural como respirar.
—No puedo quedarme mucho —dijo, aunque no se movió de donde estaba—. Si mi padre...
—Tu padre está en su despacho, ahogándose en vino y en planes de familia. No va a echarte de menos hasta mañana.
Sonrió, apenas, cansado. Me acerqué y le puse una mano en el pecho, sobre la camisa, sintiendo el corazón latir debajo, todavía acelerado por la discusión, por la tensión de toda la noche.
—Rani. Antes de que pase nada más entre nosotros, necesito preguntarte algo.
—Lo que quieras.
—¿Esto es real? No lo de la mafia, ni lo del negocio, ni el plan de tres años. Esto. —Señalé el espacio entre los dos con la mano libre—. Porque llevo ocho años construyendo una versión de ti en mi cabeza, y no quiero que el verano me la rompa otra vez.
Me cogió la mano y se la llevó al pecho, sosteniéndola ahí, sobre su corazón.
—Es lo único real que tengo en esta casa —dijo—. Todo lo demás son papeles, cuentas, favores debidos. Tú eres la única cosa de este verano que no necesito fingir que quiero.
—Entonces dime qué quieres. Exactamente. Sin metáforas de restauración, sin acertijos de tu padre. Dilo.
Se quedó callado, buscando las palabras con el mismo cuidado con que yo buscaba el craquelado bajo una lámpara ultravioleta.
—Quiero quedarme esta noche. Quiero que sea decisión tuya, no un arrastre de lo de esta tarde ni un consuelo por lo de Giulia.
Quiero que, si en algún momento quieres que pare, me lo digas, y que sepas que voy a parar sin que tengas que dar explicaciones.
Y quiero, mañana, poder mirarte a los ojos delante de mi padre sin que se me note nada, aunque por dentro me esté ardiendo.
—Eso último no te lo puedo prometer.
—Entonces prométeme lo primero.
—Quiero que te quedes —dije, y era la verdad más simple que había dicho en toda la semana—. Quiero esto. Te quiero a ti. Sin promesas de lo que viene después, sin saber cómo termina el verano. Solo esto, ahora.
—Sin promesas —repitió él, sellando un trato.
—Sin promesas.
Me besó, despacio al principio, con la misma delicadeza del salón pequeño, pero con una urgencia nueva creciendo debajo, contenida apenas por la voluntad de los dos.
—Puedo parar cuando quieras —susurró contra mi boca—. En cualquier momento. Solo dilo.
—No quiero que pares.
Le desabroché los botones de la camisa uno a uno, disfrutando de cómo su respiración se aceleraba bajo mis dedos. Cuando la prenda cayó al suelo, pasé las manos por unos hombros que ya no eran los del chico de veinte años sino los de un hombre hecho de tensión contenida durante ocho años.
—Tana.
—Dime.
—Llevo ocho años imaginando este momento. Y ninguna imaginación le hace justicia a esto.
Me quitó la camiseta con una lentitud casi dolorosa, deteniéndose a mirarme, igual que se contempla un cuadro que lleva demasiado tiempo esperando restauración.
Nos dejamos caer en la cama, entre risas ahogadas y palabras sin terminar, con la torpeza dulce de dos personas que llevaban demasiado tiempo esperando.
La luz de la luna entraba por la ventana entreabierta, dibujando sobre su piel un mapa de sombras y claridades que cualquier pintor barroco habría envidiado.
—Espera —dijo, apartándose hacia la mesilla, donde había dejado la cartera—. No quería asumir nada.
—Gracias por pensarlo.
Volvió a mí, y esta vez no hubo más palabras, solo el lenguaje antiguo de la piel contra la piel, de dos cuerpos que llevaban ocho años de distancia condensados en cada caricia. Me tomó con una lentitud reverente, buscando en mi cara cada señal.
El placer llegó despacio, construido con paciencia, con la misma dedicación con que yo desentrañaba las capas de un cuadro antiguo hasta encontrar la verdad debajo del barniz.
Durante un tiempo que no supe medir olvidé la villa, las cajas, a Marco Rinaldi y su sonrisa de dientes perfectos, a Ettore y su bendición envenenada.
Solo existíamos él y yo, y ocho años de silencio deshaciéndose en la oscuridad tibia de aquel cuarto.
Después, con las sábanas revueltas y su brazo alrededor de mi cintura, nos quedamos en silencio, escuchando el canto lejano de algún grillo que la tormenta de días atrás no había conseguido silenciar del todo.
—Sin promesas —dijo él, medio dormido, con los labios contra mi hombro.
—Sin promesas —repetí, aunque en algún lugar de mi pecho una promesa ya se estaba escribiendo sola, sin permiso, con la misma letra clara y sin tachaduras que yo usaba para mis informes.
Debí de dormirme, porque cuando abrí los ojos de nuevo la habitación estaba a oscuras del todo, sin luna, y el brazo de Raniero ya no estaba sobre mi cintura. Me incorporé, alerta de golpe, con el instinto de quien lleva días durmiendo con un ojo abierto.
—¿Rani?
Nadie contestó. La puerta del cuarto, que yo había cerrado con llave, estaba entornada.
Me levanté, me puse la camiseta a tientas y crucé descalza hasta el rellano.
Estaba vacío, en silencio, salvo por una luz débil que se filtraba desde el fondo del pasillo, desde la puerta entreabierta del despacho de Ettore.
Avancé unos pasos, guiada por esa luz y por una voz baja que reconocí de inmediato: la de Raniero, tensa, conteniendo algo que sonaba peligrosamente parecido a la rabia.
Me detuve junto al marco de la puerta, en la sombra, y escuché.
—...no puedes hacerle esto a Giulia —decía Raniero—. Marco no la quiere a ella. Quiere lo que representa casarse con ella.
—Exactamente. —La voz de Ettore, serena, imperturbable—.
Y ella representa, entre otras cosas, la mitad de lo que hay en el segundo nivel de la bodega.
Si Marco se casa con tu hermana, ese segundo nivel deja de ser un problema mío y pasa a ser un problema compartido.
Es la solución más elegante que he encontrado en años.
—Es tu hija.
—Es mi hija, y por eso mismo sé que va a entenderlo, tarde o temprano. —Un silencio, el tintineo de un vaso—. Como espero que tú entiendas otra cosa, hijo. La restauradora sabe demasiado. Y esta noche, según me dicen, ha dejado de dormir sola.
El corazón se me detuvo un instante entero.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. —La voz de Ettore se volvió más baja, más fría, despojada de golpe de toda la calidez teatral que yo le había conocido hasta entonces—.
Cosimo tiene ojos en cada pasillo de esta casa, Raniero.
Siempre los ha tenido. Y me temo que a partir de esta noche, la señorita Beltrán ha dejado de ser solo una empleada con talento.
Se ha convertido en tu debilidad. Y yo, hijo mío, no puedo permitirme que mi heredero tenga debilidades sueltas por la casa justo la semana en que necesito que todo el mundo firme lo que tiene que firmar.