Bajo falsos silencios CAPÍTULO 6
38%

CAPÍTULO 6

Una verdad a medias

—Marco Rinaldi —dijo el hombre, tendiéndome la mano con una sonrisa de dientes perfectos—. Perdona el desconcierto. No pretendía asustarte.

Tardé un segundo en recomponerme. Le estreché la mano. Era cálida, firme, la de alguien acostumbrado a cerrar tratos con un apretón y no con un contrato.

—No me asusta —mentí—. Solo me ha sorprendido el acento.

—Ah. —Sonrió más ampliamente, encantado—. Crecí entre Milán y Valencia. Mi madre era española. Debe de quedarme algo, aunque llevo años sin pisar la ciudad.

Valencia. Ahí estaba la explicación de aquel timbre familiar que había confundido con un fantasma del pasado, con una voz que juraba amarme y que en realidad no existía fuera de mi cansancio y de una noche demasiado larga.

Sentí un alivio absurdo y, casi al mismo tiempo, una vergüenza pequeña por haber construido, en el espacio de una escalera, toda una historia sobre un simple acento compartido.

—Marco es un viejo amigo de la familia —dijo Ettore, apareciendo a mi lado con una mano en mi hombro—. Su padre y yo hicimos negocios juntos hace treinta años. Él ha heredado el gusto por el arte, y algo más difícil de heredar: el ojo.

—Ettore es generoso. He venido porque me interesa un lote pequeño. Cerámica, sobre todo. Y porque quería conocer a la persona de la que tanto se habla en Lecce.

—¿En Lecce?

—El mundo del arte es pequeño, señorita. Y el de las galerías, más pequeño todavía.

Fedora, con su tarjeta ofrecida con tanta amabilidad y su galería de via Palmieri. El mundo era pequeño, en efecto, y las telarañas que lo cruzaban parecían tejidas por la misma araña.

Desayunamos los cuatro en la terraza, con un sol ya alto.

Marco hablaba con la fluidez de quien ha aprendido a llenar cualquier silencio sin parecer que lo llena: subastas en Milán, un cuadro flamenco que había comprado por error creyendo que era una copia.

Ettore reía en los momentos justos. Yo comí en silencio, observando, como quien examina un cuadro antes de decidir si merece la lupa.

Raniero no apareció. Su ausencia pesaba más que cualquier presencia.

—¿Y el hijo? —preguntó Marco en algún momento, como si me hubiera leído el pensamiento—. Raniero. No lo veo desde hace... ¿tres años? En el funeral de tu tío, Ettore.

—Trabajando —dijo Ettore, con una ligereza que no engañaba a nadie—. Mi hijo trabaja más de lo que descansa. Un defecto de familia.

—O una virtud, según se mire. —Marco me sonrió—. ¿Usted qué opina, señorita Beltrán? ¿Se puede trabajar demasiado?

—Depende de lo que se esté escondiendo con el trabajo.

Fue una frase que se me escapó, más aguda de lo que pretendía, y por un instante temí haber dicho demasiado. Pero Marco se limitó a reír, encantado, como si acabara de oír el ingenio más fino de la mañana.

—Tiene razón —dijo—. Absolutamente. Ettore, esta mujer es peligrosa. Deberías tener cuidado con ella.

—La tengo bajo contrato —dijo Ettore—. Eso ya es una forma de cuidado.

Marco se marchó después del almuerzo, con la promesa de volver «cuando el envío de cerámica esté listo», y un beso en la mano que me dejó una sensación pegajosa que tardé en quitarme incluso con jabón de olivo.

Ettore lo despidió en la puerta con un abrazo largo, de esos que los hombres se dan cuando llevan mucho tiempo debiéndose algo.

Encontré a Raniero al atardecer, en el salón pequeño del ala este, sentado en el suelo junto a mi mesa de trabajo, con la espalda contra la pared y una carpeta cerrada sobre las rodillas.

No había encendido la luz. El sol entraba oblicuo por las ventanas, tiñendo de cobre el polvo que flotaba en el aire.

—¿Marco Rinaldi? —dije, cerrando la puerta detrás de mí.

—¿Qué te ha parecido?

—Encantador. Insufrible. Sabe demasiado sobre mí para alguien que dice no conocerme.

—No te conoce. —Raniero levantó la vista, con los ojos cansados, enrojecidos en los bordes—.

Pero ha investigado quién eres desde que mi padre le contó que había una nueva restauradora en la villa.

Es lo que hace la gente como Marco. Antes de tomar una copa con alguien, sabe qué colegio hizo, cuánto gana y a quién le debe dinero.

—¿Y qué sabe de ti?

—Todo lo que le interesa saber. —Abrió la carpeta que sostenía y sacó un sobre delgado—. Los ficheros brutos de Lamberto. Me costó más de lo que esperaba conseguirlos.

Me senté a su lado, en el suelo, con la espalda contra la misma pared, y abrimos el sobre entre los dos. Dentro había una memoria USB diminuta y una hoja doblada, escrita a mano con letra apretada.

—¿Qué es esto?

—Una lista. —Su voz bajó de tono, se volvió más íntima, como si las paredes de aquella casa tuvieran más oídos que las personas—.

De todos los envíos de los últimos cuatro años.

Fechas, cantidades, destinos. La he ido reconstruyendo poco a poco, desde hace tres años, con lo que he podido encontrar sin que nadie se diera cuenta.

—¿Por eso te fuiste después de aquel verano?

—Me fui porque mi padre me lo ordenó. Entendí por qué mucho después.

—Pasó el dedo por el borde de la hoja, sin mirarme—.

Cuando volví de Milán ya sabía manejar cuentas, contratos, sociedades pantalla.

Lo que no contaban es que aprender a leer un contrato también te enseña a ver las mentiras que se esconden entre líneas.

—¿Y qué hiciste con lo que viste?

—Empecé a guardarlo. Copias, fotografías, notas.

En sitios donde nadie las buscaría. —Cerró los ojos—.

Tenía un plan, Tana. Reunir pruebas suficientes para negociar mi salida y la de Giulia sin que nadie saliera herido.

Un plan estúpido, paciente, de tres años.

Y entonces llegaste tú y lo desordenaste todo en cuatro días.

—Lo siento.

—No lo sientas. —Me miró, por fin, de frente—. Es lo mejor que me ha pasado en tres años.

El sol seguía bajando y la luz cobriza se había vuelto casi roja. Guardé la memoria USB en el bolsillo interior del bolso, junto al cuaderno negro, y me quedé mirando sus manos, que sostenían la hoja manuscrita con el cuidado de quien sostiene algo que ha costado mucho conseguir.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? —pregunté—. Podrías haberlo hecho después de la masseria. O después del almacén.

—Porque después de la masseria pensé que podía protegerte sin contarte nada.

Y después del almacén ya sabías demasiado como para seguir fingiendo que yo no sabía nada.

—Dejó la hoja sobre la carpeta y giró el cuerpo hacia mí, de modo que quedamos frente a frente, con las rodillas casi tocándose—.

Pero sobre todo te lo cuento ahora porque Marco Rinaldi ha venido a esta casa, ha sonreído durante dos horas y se ha ido diciendo que volverá.

Y cada vez que Marco vuelve, algo en esta casa se rompe un poco más.

—¿Quién es, de verdad?

—El hijo de un socio de mi padre. El heredero de una parte del negocio que mi padre preferiría no tener que compartir. Un hombre que sonríe mucho y perdona poco.

—¿Te da miedo?

—Me da miedo lo que puede hacerte a ti si decide que eres un problema. —La voz le tembló apenas en la última palabra—. Y hoy, en el desayuno, te ha mirado como se mira algo que se quiere comprar.

Me acerqué un poco más, sin pensarlo, guiada por un impulso que llevaba tres días conteniendo.

—Rani.

—Dime.

—Aquella noche, en la masseria. Antes del mensaje.

—Lo sé.

—Quiero terminar lo que empezamos.

Se quedó quieto, con la carpeta todavía entre las manos. La luz roja del atardecer le cruzaba media cara, dejando la otra mitad en sombra, y el cuadro del pasillo volvió a mí: el claroscuro calculado de los maestros napolitanos, la luz puesta justo donde el pintor quiere que mire el espectador.

—Si te beso ahora —dijo, muy despacio—, no va a ser como aquella noche en la piscina. No voy a arrepentirme a las seis de la mañana. No voy a subirme a un avión.

—Lo sé.

—Y si te beso ahora, todo lo que venga después va a ser más difícil. Porque ya no vas a ser solo la restauradora que mi padre trajo para su negocio. Vas a ser la mujer que quiero proteger de todo esto, y proteger a alguien que quieres te hace cometer errores.

—Entonces comételos.

Dejó la carpeta en el suelo, como quien deja las armas antes de un abrazo. Levantó una mano y me tocó la mejilla, el mismo gesto de la masseria, pero esta vez sin lluvia, sin frío, sin una furgoneta esperando en la oscuridad.

—Tana.

—Rani.

Y entonces me besó.

Fue un beso lento al principio, casi tímido, como si ambos necesitáramos comprobar que aquello era real y no otra de las muchas cosas falsas que había en aquella casa.

Sus labios eran suaves, calientes, y sabían a la naranja del desayuno y a algo más antiguo, al sabor de ocho años de silencio deshaciéndose de golpe.

Él me sostuvo la nuca con una mano y profundizó el beso despacio, dejándonos tiempo a los dos, con el cuidado de quien restaura algo frágil y sabe que la prisa es el primer enemigo de cualquier obra bien hecha.

Perdí, durante un rato hermoso y terrible, la noción de las cajas, de Marco Rinaldi y de la etiqueta mecanografiada por dos dedos. Solo existía el calor de su boca y el peso de su mano en mi nuca.

Nos separamos solo para respirar. Apoyó la frente contra la mía, con los ojos cerrados, respirando de forma entrecortada.

—Ocho años —susurró.

—Ocho años —repetí.

—Ha valido la pena esperar.

Sonreí contra su boca y volví a besarlo, esta vez sin timidez, con la certeza de quien ha decidido por fin dejar de fingir, olvidando por un rato que aquella casa tenía oídos en cada rincón.

Un golpe en la puerta nos separó de un salto.

—¿Tana? —La voz de Giulia, alegre, inocente, al otro lado de la madera—. ¿Estás ahí? Papá pregunta si vas a bajar a cenar. Dice que tiene una noticia.

Raniero y yo nos miramos, respirando todavía agitados, con el rubor subiéndonos a la cara como a dos adolescentes descubiertos.

—Bajo enseguida —conseguí decir, con una voz que esperé que sonara normal.

Los pasos de Giulia se alejaron, ligeros, tarareando algo. Raniero se levantó y me tendió la mano para ayudarme a incorporarme. La cogí. No la soltó enseguida.

—¿Qué noticia? —pregunté.

—Con mi padre, nunca es solo una noticia. —Recogió la carpeta del suelo y la carpeta con los ficheros de Lamberto—. Guarda esto donde nadie lo encuentre. Y sea lo que sea lo que diga esta noche, actúa como si no supieras nada. De las cajas. De Marco. De nosotros.

—¿De nosotros también?

—Sobre todo de nosotros. —Me besó la frente, rápido, casi con miedo—. Si mi padre sospecha que hay algo entre tú y yo, dejarás de ser solo la restauradora que puede darle problemas. Serás la debilidad de su hijo. Y las debilidades, en esta casa, se usan.

Guardé la carpeta en el fondo de mi maletín de campo, entre los paños de limpieza, junto al cuaderno negro y la memoria USB. Bajamos a cenar con diez minutos de diferencia, por separado, como dos desconocidos que acabaran de conocerse en el rellano de una escalera.

La mesa estaba puesta solo para cuatro: Ettore, Giulia, Raniero y yo. Sin invitados esta vez, sin Fedora, sin Lamberto. Solo la familia, y yo en medio de ella, con los labios todavía ardiendo y un secreto nuevo escondido bajo la piel.

Ettore esperó a que sirvieran el primer plato para hablar. Se limpió la boca con la servilleta, dobló las manos sobre la mesa, y sonrió con la satisfacción de quien lleva toda la vida esperando el momento perfecto para soltar una bomba envuelta en papel de regalo.

—Tengo una noticia maravillosa —dijo—. El domingo, además de firmar los informes de la colección, celebraremos algo más. Marco Rinaldi ha pedido formalmente mi bendición para cortejar a Giulia.

El tenedor de Giulia golpeó el plato con un tintineo agudo.

—¿Qué?

—Vuestras familias llevan años unidas, hija. Y Marco es un buen partido. —Ettore levantó su copa, radiante—. Brindemos. Por los Leuzzi. Y por el futuro que se está construyendo bajo este techo, mucho más grande de lo que ninguno de vosotros imagina todavía.

Raniero dejó caer el cuchillo sobre el plato con un golpe seco que resonó en todo el comedor.