Bajo falsos silencios CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Nos quedamos en silencio, con la bombilla desnuda zumbando sobre nuestras cabezas y una polilla golpeándose contra el cristal con la insistencia de quien no entiende que hay cosas que no se pueden alcanzar.

Raniero levantó una mano, y me apartó un mechón de pelo húmedo de la frente, el mismo gesto de la masseria, interrumpido por un mensaje y ahora por una furgoneta llena de cajas.

—Deberías odiarme —dijo.

—No te odio.

—Deberías. Te he mentido desde que llegaste. Te he pedido silencio en lugar de justicia. Te he metido en algo que no elegiste.

—Nadie me obligó a mirar por esa ventana.

—Te obligó tu oficio. —Sonrió, apenas, con una tristeza que le suavizaba la cara—. Tú no sabes no ver, Tana. Es lo primero que aprendí de ti hace ocho años, y es lo que más miedo me da ahora.

Bajé la vista. Tenía razón. No sabía no ver.

Y esa misma noche, agachada bajo una ventana rota, mirando a mi mejor amiga tachar cajas en una lista bajo la lluvia, había entendido que aquel talento mío, del que tanto me enorgullecía, no servía solo para desenmascarar cuadros.

Servía también para desenmascarar a la gente que quería. Y no siempre se agradece ver.

—Ven —dijo Raniero, tendiéndome la mano—. Te acompaño a tu cuarto. Y esta vez, por favor, cierra con llave de verdad.

Cogí su mano. Caminamos en silencio por el patio de servicio, bordeando el muro, evitando las ventanas iluminadas de la cocina, hasta la puerta trasera.

En la escalera de servicio, a oscuras, sus dedos siguieron entrelazados con los míos, como si ninguno de los dos quisiera ser el primero en soltar.

En el rellano del ala este, delante de mi puerta, se detuvo.

—Mañana —dijo— actúa con normalidad. Desayuna con mi padre. Sonríe a Fedora si aparece. Sigue catalogando lo que puedas catalogar sin firmar nada. Yo voy a intentar conseguirte lo que necesitas de Lecce, los ficheros brutos, algo que podamos usar.

—¿Usar para qué?

—Para que salgas de esta casa sin deberle nada a nadie.

—¿Y tú?

—Yo ya elegí mi bando hace tres años. —Soltó mi mano, dedo a dedo, con algo parecido al dolor físico—. Tú todavía puedes elegir el tuyo. No lo hagas por mí. Hazlo por ti.

Se fue por el pasillo hacia su cuarto. Entré en el mío, cerré con llave, y esta vez la giré dos veces, comprobando el pestillo con la mano hasta convencerme de que aguantaría.

Me tumbé en la cama sin desvestirme del todo.

El cansancio me pesaba en los huesos como plomo líquido, pero el sueño no llegaba.

Repasé la escena de la nave una y otra vez: las cajas, el precinto roto, el marco dorado asomando entre virutas, Giulia con su tablilla y su coleta tirante, la mano de Ettore acariciando la madera con un cuidado casi reverente.

Me incorporé de golpe.

Había algo que no encajaba, algo que llevaba un rato golpeando en el fondo de mi cabeza sin encontrar la forma de subir a la superficie. Encendí la lámpara de la mesilla, saqué del bolso el cuaderno de tapas negras y busqué la última página, la de la lista en valenciano. La releí.

Quatre falsos. Mateixa mà. Mateixa quadrícula.

Cuatro falsos. La misma mano. Y esa misma noche había visto diecisiete cajas nuevas entrar en la bodega, camino de un segundo nivel al que ni el llavero de Ettore me daba acceso.

Si las cuatro falsificaciones que yo había encontrado formaban parte de una colección de cuarenta y dos piezas, cuidadosamente escondidas entre obras auténticas para no levantar sospechas, ¿qué sentido tenía traer diecisiete cajas más en una sola noche, con la urgencia de quien no quiere que amanezcan a la vista?

A menos que aquellas diecisiete no fueran para la colección de la villa.

A menos que fueran para otra parte.

Cogí el cuaderno negro y añadí una línea, con la mano todavía temblorosa:

17 caixes noves. No per a la col·lecció. Per a algú altre. On?

Diecisiete cajas nuevas. No para la colección. Para alguien más. ¿Dónde?

Apagué la luz. Me quedé mirando el techo, la grieta de la cornisa mal cerrada, hasta que el agotamiento me venció por fin, a las cuatro y media de la madrugada, con la pregunta todavía flotando en la oscuridad como una polilla que no encuentra la salida.

A las ocho, antes de que sonara ningún golpe en la puerta, ya estaba despierta, sentada en el suelo con la espalda contra la cama, mirando el cuaderno negro abierto sobre las rodillas.

Diecisiete cajas nuevas. No para la colección. Para alguien más.

Había pasado las últimas horas de duermevela construyendo y derribando teorías.

Si las cuatro falsificaciones que yo había detectado servían para blanquear dinero a través de la colección de la villa —vendiendo un cuadro «auténtico» a un coleccionista incauto y cobrando en efectivo lo que en realidad era el precio de otra cosa—, diecisiete piezas más, entrando de noche y bajando a un segundo nivel que ni las llaves de Ettore abrían, no encajaban en ese circuito.

Eran demasiadas para una sola casa. Demasiado urgentes para esperar al amanecer.

O bien alimentaban una red mucho mayor que la villa de los Leuzzi, o bien la villa no era el destino final, sino solo una parada. Un almacén de paso.

Me lavé la cara con agua fría en la pila del baño, me recogí el pelo en una trenza apretada y me puse la ropa del día anterior, la única que tenía a mano, todavía con un vago olor a tierra mojada.

Guardé el cuaderno negro en el fondo del bolso, bajo los paños de limpieza, y me senté en el borde de la cama a esperar el amanecer completo, con la sensación de que la casa entera, por debajo de su silencio de siempre, llevaba despierta desde mucho antes que yo.

—¿Aitana? —La voz de Fedora, al otro lado, dulce como siempre y afilada por debajo—. Ettore me pide que te avise. Ha llegado un cliente muy especial esta mañana, con mucho interés en la colección. Quiere conocer a la restauradora antes del almuerzo.

Me levanté, todavía atontada, y abrí la puerta lo justo para asomar la cabeza. Fedora estaba en el pasillo, impecable, con un vestido color hueso y las gafas de sol colgadas del cuello.

—Dile que bajo en veinte minutos.

—Date prisa, querida. —Sonrió con aquella sonrisa fría, perfecta, que ya había aprendido a temer—. No es un hombre paciente. Y ha preguntado específicamente por ti.

—¿Por mí?

—Por la restauradora de Valencia. Dice que ha oído hablar mucho de tu talento.

Fedora se dio la vuelta y se alejó por el pasillo con su taconeo lento y satisfecho.

Me quedé con la mano en el marco de la puerta, con el pulso acelerándose otra vez, preguntándome quién, fuera de aquella casa, podía haber oído hablar de mí con tiempo suficiente como para llegar preguntando por mi nombre.

Me vestí deprisa. Bajé la escalera de piedra con el corazón en la garganta.

Y al llegar al último peldaño, con la luz del vestíbulo entrando de lleno por la puerta principal, vi la silueta del hombre que esperaba de pie junto a Ettore, dándome la espalda, con un traje claro impecable y las manos cruzadas tras la espalda con la calma de quien está acostumbrado a que le hagan esperar.

Se volvió al oír mis pasos.

Y sonrió: por fin reconocía algo que llevaba mucho tiempo buscando.

—Aitana Beltrán —dijo, con un acento del norte que no era de Puglia ni de Lecce, un acento que yo había oído antes, en otra vida, en otra ciudad, saliendo de una boca que juraba amarme—. Cuánto tiempo.