CAPÍTULO 5
El almacén
Bajé la escalera de servicio descalza, con las zapatillas en la mano, para no hacer ruido en la piedra.
La casa dormía, pero dormía con un ojo abierto: el rellano principal iluminado por una lámpara de noche, el pasillo del ala este oscuro salvo el resplandor de un relámpago rezagado, la cocina fría con su olor a lejía y a laurel.
Me até las zapatillas en el último escalón y salí por la puerta trasera, la misma por la que Nunzio sacaba la basura, la que daba a un patio interior de servicio con un tendedero vacío y un grifo que goteaba.
El aire olía a tierra mojada, a ozono, a hoja quemada.
Después de la tormenta, la noche se había vuelto extrañamente limpia, con jirones de niebla baja arrastrándose entre los olivos y un cielo tachonado de estrellas que se abrían paso entre las últimas nubes.
Caminé pegada al muro, hacia la parte trasera de la bodega, allí donde la puerta del cerrojo nuevo se abría al patio de servicio.
Estaba cerrada. Por supuesto que estaba cerrada.
Pero al fondo del edificio, donde la piedra vieja se encontraba con un anexo de bloques de hormigón más reciente, había una ventana pequeña, alta, con el cristal roto en una esquina desde hacía quién sabe cuántos años.
Por ahí salía una rendija de luz amarilla y un murmullo de voces.
Me acerqué agachada, con el corazón golpeándome las costillas como un puño cerrado, y me asomé por el hueco del cristal roto.
Era una nave larga, de techo bajo, con estanterías industriales a ambos lados llenas de cajas de aceite y toneles de vino apilados en pirámides ordenadas.
Nada extraño. Nada que un turista no encontrara en cualquier bodega de la región.
Salvo que, al fondo, junto a una puerta metálica corredera, había una zona despejada donde tres hombres con monos de trabajo descargaban de una furgoneta blanca —la misma furgoneta sin matrícula visible que yo había visto la primera noche— una serie de cajas de madera, más pequeñas que las de aceite, precintadas con una cinta roja.
Ettore estaba de pie junto a una mesa plegable, con el impermeable ya quitado y colgado del brazo, revisando unos papeles con una linterna frontal.
Raniero, a su lado, con los brazos cruzados, observaba a los hombres trabajar sin decir nada.
Y Giulia —mi Giulia, la de las risas de gata, la de la nevera de prosecco— se había quitado la capucha y llevaba el pelo recogido en una coleta tirante, lista para trabajar de verdad.
Sostenía una tablilla con pinza y un bolígrafo, y comprobaba cada caja que pasaba, tachando algo en una lista.
—Diecisiete —dijo uno de los hombres, cargando la última caja sobre un carro.
—Diecisiete —repitió Giulia, y tachó el número.
—¿Falta alguna? —preguntó Ettore, sin levantar la vista de los papeles.
—Ninguna. El envío estaba completo.
—Bien. —Ettore se quitó las gafas de media luna y se frotó los ojos—. Que Nando las lleve al segundo nivel esta misma noche. No quiero que amanezcan aquí arriba.
Una de las cajas, al ser levantada por dos hombres, golpeó contra el borde de la mesa y una esquina del precinto se abrió. De dentro asomó, entre virutas de madera, el borde dorado de un marco. Ettore chascó la lengua, molesto, y se acercó a comprobarlo.
—Con cuidado. Esto no es aceite.
Cerró la caja con sus propias manos, apretando el precinto con la palma, y en ese gesto —en la delicadeza con que tocaba aquella madera, comparada con la brusquedad con que había hablado del envío entero— había algo que ninguna de mis lámparas ultravioleta me habría enseñado nunca: aquellos cuadros no eran mercancía cualquiera para él.
Eran, de alguna manera retorcida, lo único de aquel negocio que todavía trataba con respeto.
Retrocedí un centímetro del cristal roto, y una piedrecita se movió bajo mi zapatilla.
Fue un ruido mínimo. Casi nada. Pero en el silencio de una nave donde todos escuchaban por instinto, no pasó desapercibido.
—¿Qué ha sido eso? —dijo uno de los hombres del mono, volviéndose hacia la ventana.
—Nada. Una gata —dijo Raniero, demasiado rápido.
—Yo lo compruebo. —El hombre dejó la caja que llevaba y caminó hacia la puerta lateral, la más cercana a donde yo estaba agachada.
Me pegué contra el muro, con la espalda contra la piedra fría y el corazón en la garganta.
No había dónde correr sin hacer ruido: a un lado, campo abierto hasta los olivos; al otro, el muro ciego de la bodega.
El hombre abrió la puerta lateral. Su linterna barrió el patio de servicio, cruzó el tendedero vacío, se detuvo en el grifo que goteaba y avanzó, lenta, implacable, hacia mi rincón.
—Deja eso.
La voz de Raniero, desde dentro, cortante como nunca la había oído.
—Solo estoy mirando —dijo el hombre.
—He dicho que lo dejes. —Pasos que se acercaban a la puerta—. Son gatos. Toda la finca está llena. Si te da miedo un maullido, avísame y te busco otro trabajo.
Hubo un silencio breve, cargado. Y luego una risa incómoda de los otros dos hombres.
—No me da miedo nada —dijo el primero, pero la linterna se apagó, y sus pasos se retiraron hacia el interior.
La puerta lateral se cerró.
Me quedé un minuto entero sin moverme, con la mejilla contra el muro, notando cada latido de mi propio pulso en las sienes.
Cuando por fin me atreví a asomarme de nuevo, ya solo quedaban Ettore y Raniero junto a la mesa plegable.
Giulia había desaparecido, probablemente por la puerta principal, hacia la casa.
—Ha sido ella —dijo Ettore, sin levantar la voz, guardando los papeles en una carpeta de cuero—. La gata.
—No lo sabes.
—Lo sé. —Sonrió sin humor, mirando hacia la ventana rota, directamente hacia donde yo me escondía, como si pudiera verme a través de la piedra—. Y tú también lo sabes, hijo. Y aun así le has salvado la noche a esa mujer delante de tres hombres que trabajan para mí.
Raniero no contestó.
—Espero que sepas lo que haces —añadió Ettore, en un tono que ya no tenía nada de cordial—. Porque si vuelve a acercarse a esta bodega, la próxima vez no estaré yo para llamarla gata.
Recogió la carpeta y se fue hacia la puerta principal con un paso tranquilo, sin prisa, satisfecho de un trabajo bien hecho.
Los tres hombres cargaron el carro con las diecisiete cajas y lo empujaron hacia una escalera al fondo de la nave, una escalera de metal que bajaba, con un ruido metálico de ruedas, hacia algún punto por debajo del suelo de la bodega.
El segundo nivel.
Raniero se quedó solo, de pie en medio de la nave vacía, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja.
Apagó las luces principales, una por una, con un interruptor general, hasta que solo quedó encendida la bombilla desnuda de la puerta lateral.
Y caminó hacia esa puerta, la abrió, y salió al patio de servicio.
Directamente hacia mí.
No tuve tiempo de esconderme. Se detuvo a un metro, con la luz de la bombilla iluminándolo desde atrás, de forma que su cara quedaba en sombra y yo no podía leer nada en ella salvo el contorno de la mandíbula.
—Te dije que no salieras.
—Lo sé.
—Te lo pedí. Te lo supliqué.
—Lo sé, Rani.
—Podrían haberte encontrado ahí fuera. Nando no es un hombre paciente. Ni curioso. Es un hombre que resuelve problemas.
—¿Y tú me has llamado gata para que no me resolviera?
Se pasó una mano por la cara, un gesto de cansancio absoluto, como si llevara despierto varios días.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no sé hacer otra cosa. —Su voz se quebró en la última palabra, apenas, una fisura fina, de esas que solo ve quien sabe mirar el craquelado de una pintura—.
Porque llevo tres años viendo entrar y salir esas cajas, y viendo entrar y salir a hombres como Nando, y no he encontrado la manera de detenerlo sin que mi hermana pague el precio.
Y ahora tú estás aquí, viéndolo todo, y no sé cómo protegerte sin que también lo pagues tú.
—¿Qué hay en las cajas, Raniero?
—Cuadros. —Dio un paso hacia mí, y por fin la luz le cruzó media cara, dejando ver unos ojos enrojecidos que no eran solo de cansancio—. Y algo más, debajo de los cuadros. No lo he visto nunca directamente. Pero lo huelo cada vez que abren esas cajas. No es olor a madera vieja.
—¿Qué hacía Giulia ahí?
Aquella pregunta lo golpeó de verdad. Bajó la cabeza.
—Giulia lleva la contabilidad de los envíos desde hace dos años.
Mi padre se lo pidió como si fuera un favor, una simple ayuda con las cuentas de la casa.
Le dijo que era importante para la familia, que confiaba en ella más que en nadie.
Y mi hermana, que necesita sentirse necesaria más que respirar, dijo que sí sin preguntar qué firmaba.
—¿No sabe lo que transporta?
—No lo sé, Tana. Ese es el problema. —Se apretó los ojos con el pulgar y el índice—.
Llevo tres años sin saber qué sabe mi propia hermana, y sin atreverme a preguntárselo, porque si lo pregunto y ella no sabe nada, la pongo en peligro por el simple hecho de haberla hecho pensar.
Y si lo pregunto y ella sí sabe, entonces pierdo a la única persona de esta casa que me quedaba.
Me acerqué un paso. El aire seguía oliendo a lluvia reciente y a tierra removida, y bajo aquel olor, ahora que él lo había nombrado, distinguí algo más: un fondo químico, seco, que no pertenecía ni a la madera ni al vino.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Por qué sigues aquí?
—Porque si me voy, todo esto sigue exactamente igual, solo que sin nadie que intente frenarlo desde dentro. —Levantó la vista—. Porque mi padre solo confía en mí lo suficiente como para dejarme cerca. Y esa cercanía es lo único que tengo.
—¿Cerca para hacer qué?
—Para evitar la peor parte. No siempre lo consigo.