CAPÍTULO 4 #3
Un zumbido corto, seco, metálico. Su móvil, en el bolsillo empapado de la chaqueta. Luego otro. Raniero se quedó inmóvil. Yo abrí los ojos.
—Déjalo —susurré.
—No puedo.
—Rani.
Se apartó. No de golpe: despacio, como quien retira una mano de un fuego que sigue queriendo tocar. Sacó el móvil. La pantalla iluminó su cara desde abajo con un azul frío. Leí sobre su hombro, porque estaba demasiado cerca para no hacerlo.
Stanotte. Ore due. Cantina. — E.
Esta noche. A las dos. La cantina.
Raniero borró el mensaje. Apagó la pantalla. Se quedó mirando la oscuridad, y cuando me miró de nuevo, el hombre que hacía un momento me apartaba el pelo de la cara había desaparecido, sustituido por otro, cerrado, con el rostro cerrado y los ojos hechos de pizarra.
—No has visto nada.
—He visto «cantina».
—Cantina —repitió, sin ninguna inflexión—. Vamos. Ya amaina.
Se puso de pie. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
La cogí. Su piel seguía cálida y no me miró a los ojos.
Salimos de la masseria bajo un cielo que había pasado del negro al plomo, con la lluvia reducida a un hilo.
El pino seguía atravesado en el camino. Trabajamos juntos, con las manos, con una cuerda del maletero, con el hombro, para apartarlo lo justo.
Nadie habló. Cuando volvimos a subir al Land Rover, los dos empapados, con el olor a barro y a resina metido en la ropa, él arrancó sin decir nada y condujo el resto del trayecto con la vista fija en el asfalto.
Llegamos a la villa a las doce y veinte.
La casa estaba a oscuras, salvo una lámpara en el zaguán. Raniero me acompañó escaleras arriba con un paso que no hacía ruido. En el rellano del ala este, delante de la puerta de mi cuarto, se detuvo.
—Cierra con llave —dijo.
—¿Vas a ir a la cantina?
—No preguntes.
—Rani...
—Escúchame. —Puso una mano sobre el marco, junto a mi cabeza. Lo tenía tan cerca que podía contarle las gotas del pelo—. Pase lo que pase esta noche, oigas lo que oigas, no salgas de esta habitación. Ni por curiosidad, ni por miedo, ni porque alguien te llame por tu nombre. ¿Me lo prometes?
Miré sus ojos. Había en ellos una súplica tan desnuda que me dio miedo.
—Te lo prometo.
Era la segunda promesa de aquel verano. Y como la primera, la hice con la ligereza de quien todavía no ha tenido ocasión de romperla.
Raniero cerró los ojos. Se inclinó y me besó la frente, muy suavemente, con los labios calientes y secos, y se fue.
Entré en el cuarto. Cerré con llave. Me quité la ropa mojada en la oscuridad, me puse una camiseta larga, me envolví en la manta de lana que había sobre el sillón. Me senté en el borde de la cama. La casa crujía a mi alrededor.
A la una y media, un portazo lejano. A la una y cuarenta, pasos en la escalera de servicio. A las dos menos diez, el motor de un coche que arrancaba y se alejaba despacio, sin faros.
A las dos en punto me levanté.
No me asomé a la ventana para desobedecer. Solo para mirar. Eso me dije, con la frente apoyada en el cristal frío. Solo para mirar.
Había dejado de llover, pero el patio brillaba como un espejo negro, y el cielo estaba lleno de nubes bajas, iluminadas por dentro cada pocos segundos por los últimos relámpagos.
Junto a la puerta baja del fondo del pasillo de servicio —la del cerrojo nuevo, la que no abrían las doce llaves— había tres figuras.
Una era Ettore, con un impermeable oscuro y el reloj antiguo brillándole en la muñeca.
Otra era Raniero, de espaldas, con las manos en los bolsillos.
Y la tercera, más baja, más menuda, con una capucha calada sobre la cabeza y una linterna que iluminaba el suelo, hablaba en voz baja con Ettore, señalando algo con el brazo libre.
El cerrojo cedió. La puerta se abrió hacia dentro con un gemido. Ettore y Raniero entraron en la oscuridad de la cantina. La figura de la capucha se quedó fuera, volviéndose para vigilar el patio.
Fue entonces cuando el relámpago cayó.
Blanco. Cegador. Congeló el patio entero durante una fracción de segundo. Vi cada baldosa, cada charco, cada piedra del muro. Y vi la cara de la figura que miraba hacia mi ventana, bajo la capucha, con la boca entreabierta y la mandíbula afilada que reconocería en cualquier lugar del mundo.
Y en el cuello, brillando como una gota de sangre sobre la piel pálida, el collar de coral.
Giulia.
Mi mejor amiga. Doce años. La que me había dicho ni una palabra de cuadros . La que no sabía nada. La que su padre juraba que era feliz.
Me aparté del cristal de un salto. Contuve el grito contra el dorso de la mano. Me quedé quieta, con la espalda pegada a la pared, escuchando cómo la puerta de abajo se cerraba, cómo el cerrojo volvía a su sitio, cómo el silencio caía sobre la finca con el peso de una losa.
Pase lo que pase, no salgas de esta habitación.
Se lo había prometido. Y llevaba menos de dos horas fallando a la promesa con los ojos.
Me quedé de pie en la oscuridad, respirando, hasta que dejaron de temblarme las manos. Crucé el cuarto descalza, abrí el armario y saqué las zapatillas de deporte.