Bajo falsos silencios CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—La doctora Roversi ya no...

—Lamberto —dijo Raniero.

Era la primera vez que hablaba desde que habíamos entrado. Estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la mirada fija en el anticuario. No había elevado la voz. Solo había dicho el nombre, con una calma que hizo que Lamberto se pusiera de puntillas.

—Disculpad. Ha sido un día largo. —Se pasó el dorso de la mano por la frente—. Los ficheros brutos los tendrás mañana por la mañana.

—Gracias.

Salimos del laboratorio con un fajo de carpetas bajo el brazo y el sol de Lecce cayéndonos encima como un cazo de agua hirviendo.

Raniero se adelantó hacia el coche. A mí se me escurrió la carpeta de arriba y los informes se desparramaron por la acera.

Antes de que pudiera agacharme, una mujer ya estaba de rodillas recogiéndolos: coleta baja, gafas de sol, traje beige.

La del apartadero, pensé, y la idea me incomodó sin saber por qué.

Ordenó las hojas con manos rápidas, de quien está acostumbrada a manejar papeles ajenos, y me las tendió sin leer una sola línea. Solo se detuvo un segundo en el membrete del laboratorio.

—Lecce es una ciudad preciosa para trabajar —dijo—. Sobre todo si uno tiene cuidado con a quién le firma las cosas.

Sonrió, breve, cansada, y se alejó hacia la esquina sin esperar respuesta. Cuando llegué al coche no dije nada de ella. Todavía no sabía qué habría dicho.

Con las puertas cerradas, Raniero apoyó la frente sobre el volante.

—Emilia Roversi —dijo, en voz baja— fue la restauradora anterior. Firmó tres informes en dos años. Vivía en Otranto. Un día quiso firmar un cuarto con condiciones.

—¿Qué le pasó?

—Murió en la carretera de la costa, en noviembre de hace dos años. Un accidente. Se salió de la calzada en una curva.

—¿Un accidente?

—Eso dice el atestado.

No añadió nada más. Yo tampoco. Miré por la ventanilla las fachadas doradas, la gente sentada a la sombra de los soportales, un niño que corría detrás de una paloma. Toda la ciudad olía a café y a piedra caliente. Y yo llevaba dentro una piedra fría.

La tormenta nos alcanzó a las siete de la tarde, a veinte kilómetros de la villa.

Al principio fue solo un cambio de luz: el cielo, que llevaba todo el día de un azul limpio y frío, se volvió de golpe violeta oscuro, casi negro por el oeste.

Los olivos se agitaron todos a la vez, mostrando el envés plateado de las hojas, como una multitud que da la espalda.

Después, un relámpago sin trueno, muy lejano, y otro, y otro.

Y cuando por fin llegó el primer estruendo, el Land Rover vibró entero.

—Nos va a coger —dijo Raniero.

—¿Cuánto falta?

—Media hora. Con esto, una hora.

La lluvia cayó sin transición. No fue una lluvia: fue una pared.

El parabrisas se llenó de agua tan de repente que los limpiaparabrisas apenas dejaban un hueco de un segundo para ver la carretera.

Raniero redujo la marcha. La grava del arcén se convirtió en un río de barro.

Hubo un trueno tan cercano que sentí el cristal de la puerta temblar contra mi hombro, y en ese momento un pino, delante de nosotros, se desgajó con un crujido de hueso y se atravesó en el camino.

Raniero frenó a un metro del tronco.

—Genial.

—¿Se puede retroceder?

—No hay dónde. La carretera es estrecha.

—Pues rodeamos.

—Hay una zanja. —Miró alrededor, con el agua resbalándole por el cristal como una segunda piel sobre su cara—. Hay una masseria abandonada a doscientos metros. La conozco. Corre.

—¿Que corra?

—Que corras, Tana.

Abrió la puerta y el viento entró aullando. Saltó al barro. Yo cogí el bolso, apreté el cuaderno negro contra el pecho y salté detrás de él.

El agua me empapó en un segundo. Me golpeó la cara, los hombros, se me metió por el cuello, por la espalda, por las mangas.

Corrí detrás de la silueta de Raniero, que avanzaba por un sendero de tierra entre olivos, con la chaqueta sobre la cabeza y una mano extendida hacia atrás para asegurarse de que yo lo seguía.

Su mano encontró la mía. La sostuvo. No dijimos nada.

Corrimos de la mano por un campo que se deshacía bajo los pies, con los relámpagos iluminándolo todo de blanco cada pocos segundos y el trueno detrás, como una manada.

La masseria surgió de la lluvia como una embarcación.

Un edificio bajo, de piedra, con un patio interior y una torre cuadrada, cubierto de hiedra y de siglos.

El portón estaba arrancado. Entramos por el hueco, cruzamos un patio de higueras y llegamos a una sala grande con el techo intacto, dos ventanas sin cristales y una chimenea en la que crecía un helecho.

Nos quedamos quietos un rato, respirando, chorreando, mirándonos como dos náufragos.

—Al menos aquí no llueve —dije.

—Aquí llueve un poco menos.

Reí. No pude evitarlo. Estaba temblando de frío y de algo más, y la risa me salió a borbotones, sin permiso. Raniero me miró con la cabeza ladeada, y luego se rió también, un sonido grave que yo no le había oído desde hacía ocho años.

—Conozco este sitio —dijo cuando se le pasó—. Giulia y yo veníamos a jugar de niños. A los contrabandistas.

—¿A los contrabandistas?

—Ella siempre era el capitán. Yo era el que cargaba las cajas.

—Qué ironía.

—Sí. —Su risa se apagó despacio—. Sí, ya lo he pensado.

Encontró en un rincón una manta de lana seca, envuelta en plástico, olvidada quién sabe cuándo, y un tocón para sentarse. Del bolsillo interior de su chaqueta, empapada pero intacta, sacó una petaca plana de plata. La abrió. Olía a coñac.

—Un sorbo. Para no morir de frío.

—Tú primero.

Bebió. Me la pasó. El líquido bajó por mi garganta y encendió una brasa en el estómago.

Me senté en el tocón, con la manta sobre los hombros, y Raniero se dejó caer en el suelo, contra la pared, con las piernas dobladas y la camisa pegada al torso.

El pelo le goteaba sobre la frente. Fuera, la tormenta rugía sobre los olivos, y en el patio la lluvia golpeaba los adoquines con un tamborileo furioso.

—Cuéntame el último verano —dije.

—¿El último?

—El que tuvimos. El de los veintidós.

Raniero levantó la vista. La luz de un relámpago le recorrió la cara y dejó una sombra brusca bajo los pómulos.

—Recuerdo casi todo. Las noches en la piscina vieja. Tú sentada en el borde con los pies en el agua, hablándome de un cuadro que habías descubierto debajo de otro, una virgen debajo de un paisaje, y yo sin oírte, mirándote las manos.

—Nunca me lo dijiste.

—No. —Sonrió con la boca torcida—. Yo era un cobarde muy educado.

—¿Y aquella noche?

Sabía cuál. La última. La del último viernes de agosto, cuando la fiesta de despedida se acabó a las tres, los invitados se habían ido, Giulia dormía, y él me acompañó hasta el borde de la piscina.

Nos quedamos quietos ahí, a un palmo, con los pies desnudos sobre el mármol tibio. Yo esperé. Y él no hizo nada.

—Aquella noche —dijo Raniero— iba a besarte.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque a las seis de la mañana salía un avión a Milán.

Mi padre me mandaba a trabajar con unos socios, sin discusión, sin explicación.

Y porque supe que si te besaba no me iría.

Y tenía que irme. —Se pasó las dos manos por el pelo mojado—.

Tres meses después ya sabía qué clase de negocios eran, y qué clase de hombre era mi padre.

Un hombre que no puede salir de su casa no debería meter en ella a nadie que le importe.

—Yo te escribí.

—Lo sé. Lo leí en un aeropuerto. Dos veces. Y contesté cuarenta.

—¿Cuarenta?

—Cuarenta respuestas. Ninguna la mandé. —Me miró, y la franqueza de su mirada era dolorosa—. Todas empezaban igual. «Quédate donde estás.»

Se me cerró la garganta. No supe qué decir.

Fuera, un trueno hizo temblar las piedras, y el viento entró por las ventanas sin cristal agitando el helecho de la chimenea.

Dejé la petaca en el suelo. Me deslicé del tocón.

Me senté frente a él, con la manta sobre las rodillas, tan cerca que nuestras rodillas casi se tocaban.

—Yo esperé —dije—. Cinco meses. Cada día. Es una cosa muy tonta.

—No es tonta.

—Cuando me di cuenta de que no ibas a contestar, me enfadé tanto que dejé de pintar acuarelas. Nunca he vuelto a hacerlo.

—Lo siento.

—No me pidas perdón. Dime la verdad.

—¿Cuál?

—Que aquí también te acuerdas.

Raniero respiró hondo, tembló, y dejó que la pared lo sostuviera.

—Me acuerdo de todo, Tana —dijo—. Desde el primer día. Estabas en el coche de Giulia con una camiseta de rayas y una maleta enorme, y me dijiste «Hola» con una seriedad de embajadora, y yo pensé que jamás había visto a nadie mirar una casa como si fuera un cuadro.

Me incliné. No sé cuándo lo hice. Solo sé que la manta se me cayó de un hombro, que la lluvia dejó de sonar, que sus ojos se oscurecieron de golpe, y que él levantó una mano y me apartó del rostro un mechón mojado, con un dedo, como si retirara el velo de un cuadro antiguo.

Su pulgar me rozó el pómulo. Después la comisura de la boca. Estaba frío y caliente a la vez.

—Rani.

—Lo sé.

—No pares.

—No pienso —dijo, y la voz se le rompió—, no pienso parar.

Nuestras frentes se tocaron. Su aliento me rozó los labios, con olor a coñac y a lluvia. Un palmo. Un dedo. La distancia de una palabra. Yo cerré los ojos. Esperé. Todo mi cuerpo esperaba, como había esperado ocho años.

Un zumbido rompió el silencio.