Bajo falsos silencios CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Noche de tormenta

Ettore encendió la lámpara de pie con un chasquido de interruptor, y la oscuridad se retiró del salón como una marea educada.

Estaba sentado en una butaca de terciopelo verde, con las piernas cruzadas, una bata de seda oscura sobre el pijama y un vaso de licor entre los dedos.

Parecía un hombre que llevara toda la vida esperando en ese sillón.

Sobre el brazo, casi al alcance de la mano, descansaba mi cuaderno de tapa verde.

—Siéntate, querida. Tienes la cara de quien ha visto un fantasma, y los fantasmas se ven mejor sentado.

No me senté. Sostuve la linterna en la mano como si fuera un arma minúscula e inútil, y desde allí, de pie, con los pies descalzos sobre el mármol helado, dije la única frase que me salió:

—Usted escribió esa etiqueta.

—La escribí yo, sí. A máquina, en mi despacho, un domingo de mayo. —Bebió un sorbo—. Con dos dedos, que nunca aprendí a hacerlo mejor. ¿Notas los errores? Ninguno. Me costó tres intentos.

—Giulia me invitó el tres de junio.

—Giulia te invitó porque yo se lo pedí. —Hizo un gesto tranquilo con el vaso—. Le dije que quería regalarle a su mejor amiga unas vacaciones de verdad, porque hacía tiempo que se lo merecía. Es una hija excelente. Se lo creyó al primer intento, y se lo cree todavía. Te ruego que no la desengañes.

—¿Ella no sabe nada?

—Mi hija es feliz. Y es lo único que exijo de esta casa: que Giulia sea feliz.

Lo dijo sin énfasis, con una sencillez que resultaba peor que cualquier amenaza. Me hundí por fin en el sillón de enfrente, con las rodillas flojas. Ettore se inclinó, cogió un segundo vaso de la mesita baja y lo llenó de un licor color miel. Me lo tendió.

—Es grappa de moscatel. Ayuda.

—No quiero nada.

—Claro que sí.

Cogí el vaso. Ardió al pasar y me dejó una calma falsa en el pecho.

—Voy a ser muy franco contigo, Aitana, porque eres inteligente y mereces que te trate como tal.

—Se echó hacia atrás y miró el techo abovedado, los angelotes desteñidos que asomaban entre las nubes—.

Este mundo funciona con etiquetas. Una obra vale lo que dice su papel.

Nadie compra un lienzo: compra una firma, un certificado, un informe técnico con el sello de alguien respetable.

Los originales me interesan poco. Me interesa el papel.

—Los cuatro cuadros falsos.

—Cuatro que tú has visto. Hay más.

—¿Cuántos?

—Los suficientes para que un nombre limpio, joven, con prestigio en Europa, firmando informes de autenticidad con letra clara, cambie la vida de mucha gente. La mía, sí. La de Fedora, la de Lamberto. La tuya también, si lo permites.

—No voy a firmar que un cuadro de este año es del siglo XVII.

—Nadie te ha pedido eso.

Se inclinó de nuevo, cogió mi cuaderno verde con dos dedos y lo abrió por la página del jueves. Leyó en voz alta, con una dicción encantadora:

—«Marina al atardecer. Óleo sobre lienzo. Siglo XIX. Restauraciones puntuales. Estado de conservación: aceptable.» —Levantó la vista—. Bonita letra. Clara. Sin tachaduras.

El vaso se me heló en la mano.

—Eso lo escribí para uso oficial.

—Lo escribiste para protegerte. —Asintió con una paciencia infinita—.

Y es exactamente lo que te expone, querida.

Has visto esa marina bajo luz ultravioleta.

Sabes que es de esta primavera. Y sin embargo has escrito «siglo XIX», con fecha y con tu letra, en un cuaderno que Cosimo fotografió mientras cenábamos, página por página, con esa meticulosidad suya.

Si alguna vez alguien hiciera preguntas, sería muy difícil explicar por qué una perito de tu categoría mintió.

—Usted me ha tendido una trampa.

—Te he dado una oportunidad. La trampa la has cerrado tú sola con muchísima elegancia.

No grité. No me levanté. Lo que hice fue mirarlo, y durante un largo minuto lo único que se oyó en el salón fue el tictac de un reloj de sobremesa y el rumor de la grappa en mi vaso, que temblaba apenas. Él me observaba con el interés cordial de un médico que aguarda una reacción.

—Cincuenta mil euros por informe —dijo al fin—. Cuatro informes. En la cuenta o en el sobre que prefieras. Sin sobresaltos, sin preguntas, con una referencia en tu currículum que nunca podrás pagar. Y esta casa, toda, a tu disposición mientras quieras.

—¿Y si digo que no?

—Nadie te obliga a nada. —Abrió las manos—. Pero tampoco saldrías de aquí con la libertad con que entraste. Y me apenaría muchísimo.

—Eso es una amenaza.

—Es un pronóstico. Las amenazas son cosa de aficionados. —Sonrió con dulzura—. Tienes hasta el domingo que viene. Hasta entonces, nadie te tocará un pelo. Tienes mi palabra, que en esta región vale más que la de un notario.

—Necesito análisis de laboratorio —dije. Me sorprendió lo firme que sonó mi voz—. Espectrometría, análisis de pigmentos, no menos de diez pruebas por pieza. No firmo nada sin datos. Es mi condición.

—Lamberto tiene un laboratorio en Lecce.

—No me fío de Lamberto.

—Yo tampoco —dijo Ettore, y por un segundo, solo uno, su sonrisa se apagó y apareció otro hombre debajo, cansado, duro, mucho más viejo—. Pero es el que tengo. Mañana te llevará Raniero. Puedes pedirle todos los datos que quieras.

—¿Raniero sabe todo esto?

—Mi hijo sabe lo que necesita saber. —Se levantó, se ajustó la bata y me dejó el cuaderno verde sobre las rodillas—. Duerme, querida. Necesitarás las fuerzas.

Salió del salón sin prisa. Antes de cruzar la puerta se volvió, con la mano en el marco.

—Ah. La etiqueta del bastidor. La dejé ahí para ti. Es un detalle. No me gusta que la gente crea que trabaja para nadie sin saber por qué.

Y apagó la lámpara del pasillo al salir, dejándome sola con la marina, el piano dormido y un nombre mecanografiado por dos dedos.

Dormí dos horas, con la ropa puesta, en una postura de pájaro herido.

El sol había pasado del alba al cielo pleno cuando bajé.

Raniero esperaba en el patio, junto a un Land Rover verde de los años ochenta, con la chaqueta al hombro y unas gafas de aviador.

Me abrió la puerta del copiloto sin decir buenos días.

Yo subí sin decir nada. Un cuaderno de tapas negras dormía escondido en mi bolso, con una hoja doblada en su interior.

Salimos por el camino de grava. En la primera curva, cuando la villa desapareció tras la higuera, él soltó el aire que llevaba retenido desde el amanecer.

—Habló contigo.

—Toda la noche.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que necesita cuatro firmas. Que me ofrece cincuenta mil por cada una. Y que tiene fotos de mi cuaderno.

Raniero maldijo entre dientes en un dialecto duro, de esos que suenan a piedra contra piedra. Apretó el volante tanto que los nudillos le quedaron pálidos.

—¿Qué has escrito en ese cuaderno?

—Lo que hacía falta para que nadie me hiciera daño. Que la marina es del siglo XIX, en buen estado.

—Y ahora eso es tu firma.

—Ahora eso es mi firma.

Callamos. La carretera bajaba entre muros de piedra seca, olivos y campos cuarteados por la sequía.

Un tractor viejo, a lo lejos, levantaba una nube de polvo rojo.

Había en el cielo una luz extraña, demasiado limpia, con un tinte amarillento en el horizonte que me recordó a los cielos de mi infancia cuando mi abuela decía que iba a haber tormenta.

—No firmes nada —dijo Raniero, sin mirarme—. Aunque te ofrezca el mundo. Aunque te ponga una pistola. Nada.

—Muy tranquilizador.

—No es una broma.

—Lo sé. —Volví la cara hacia la ventanilla—. ¿Vas a sacarme de aquí antes del domingo?

—Sí.

—¿Cómo?

—Aún no lo sé.

Era la respuesta más honesta que me habían dado en tres días, y me pareció mejor que cualquier plan.

El laboratorio de Lamberto Dessì ocupaba un bajo con patio interior en una calle estrecha del centro de Lecce, donde el barroco tallado de las fachadas —angelotes, guirnaldas, dragones de piedra dorada— parecía haber sido mordido por una lengua de azúcar.

Un rótulo sobrio, de bronce, decía: Dessì — Analisi e Diagnostica.

Dentro, sobre baldosas blancas, un espectrómetro de fluorescencia de rayos X, un microscopio estereoscópico, una cámara de infrarrojos, tres mesas de trabajo con bombillas circulares. Todo impecable.

Todo, demasiado.

—Aitana, qué alegría. —Lamberto nos recibió con las manos húmedas y el bigote perlado de sudor, a pesar del aire acondicionado—. Ettore me ha dicho que necesitas datos. Los tengo todos. Aquí, en carpetas.

Me llevó a una mesa de cristal donde había siete carpetas azules, ordenadas por número de inventario.

Las abrí una a una. Informes de cuatro o cinco páginas: fotografías, metodología, espectros, conclusiones.

Cada uno con el mismo encabezado, la misma tipografía, el mismo sello.

El de la Adoración de los pastores llevaba fecha de hacía cuatro años.

—¿Puedo ver los datos brutos?

—Los... ¿brutos?

—Los ficheros del espectrómetro. Los archivos originales, no el informe impreso.

—Los guardamos en un servidor externo —dijo, frotándose las manos—. Seguridad, ya sabes.

—Entonces los pediré esta tarde.

—Claro. Claro.

Volví a las carpetas. Y a la tercera, a la del San Jerónimo, me detuve.

El espectro del azul del manto tenía una forma extraña: tres picos a la izquierda, uno alto al centro, una caída suave a la derecha.

Lo conocía. Pasé la hoja a la carpeta del cardenal, y ahí estaba otra vez: tres picos, uno alto, la misma caída.

Hasta el ruido de fondo, los pequeños temblores de la línea base, eran idénticos.

Dos cuadros distintos, de siglos supuestamente distintos, con la misma huella de laboratorio calcada, milímetro a milímetro.

Nadie repite un espectro con esa fidelidad. Ni siquiera midiendo dos veces el mismo objeto. Solo se repite con un programa de fotocopias.

Cerré la carpeta con cuidado.

—¿Qué restauradora firmó los informes anteriores? —pregunté, para mantener el tono—. Veo que hay una firma en el margen de los tres primeros. «E. Roversi».

Lamberto dejó de frotarse las manos.

—La doctora Roversi. Sí. Colaboró con nosotros hace unos años.

—¿Dónde trabaja ahora? Me gustaría consultarle algunas...