Bajo falsos silencios CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—No. Papá siempre habla con acertijos. —Se encogió de hombros—. Será una de sus chifladuras. Le da por pensar que las obras hablan por detrás.

—¿Y tú qué crees?

—Yo creo que la vida es muy corta para mirar el revés de nada.

Se rió de nuevo, me dio un beso ruidoso en la sien y salió con el mismo baile con que había entrado. Me quedé escuchando el tintineo de sus sandalias por el pasillo hasta que se apagó.

Que le des la vuelta.

Dejé el cuaderno verde. Abrí otro, el de dibujo, un cuaderno de tapas negras de cuando estudiaba, con las esquinas gastadas. Pasé a la última hoja. Y escribí, en valenciano, la lengua de mi abuela y de mis apuntes de infancia, la que no leería nadie en esta casa:

Quatre falsos. Mateixa mà. Mateixa quadrícula. Marina, Sant Jeroni, Cardenal, Adoració. El cel de l'Adoració és de fa un any com a molt. Fedora i Lamberto ho saben. Ettore ho sap. Giulia?

Cuatro falsos. La misma mano. La misma cuadrícula. Marina, San Jerónimo, Cardenal, Adoración. El cielo de la Adoración tiene un año como mucho. Fedora y Lamberto lo saben. Ettore lo sabe. ¿Giulia?

Me quedé mirando el signo de interrogación. Luego arranqué la página, la doblé en cuatro y la metí en la funda del maletín, entre dos paños de limpieza, donde nadie buscaría.

Cenamos temprano y sin invitados. Ettore contó una historia larga sobre un tenor de Bari que se quedó dormido en mitad de un aria. Giulia lo corrigió tres veces. Raniero no bajó. Ettore dijo que tenía trabajo en la oficina, con una sonrisa que no pedía preguntas.

—¿Has encontrado a mi Giordano de tu agrado? —preguntó, sirviéndome más vino.

—Todavía lo estoy estudiando.

—Un cuadro se estudia toda la vida. —Levantó su copa hacia la luz de una vela y miró el vino a través de ella—. Lo que importa es que lo mires sin miedo. Te lo digo en serio. Nunca he conocido a nadie que mire un cuadro con tanta valentía como tú.

—Gracias.

—No lo digo por halagarte. —Bebió—. Lo digo porque me interesa saber hasta dónde llega.

Dejé la copa sobre el mantel. Giulia, a mi lado, lo miró con las cejas bajas, oyendo un idioma que casi entendía.

—Papá, no asustes a Tana.

—No la asusto, hija. La admiro.

Y sonrió. La sonrisa de siempre. La misma que llevaba veinticuatro horas dedicándome.

A las once me despedí. A las doce y media, descalza, con la linterna del maletín y el llavero en el bolsillo del pijama, bajé la escalera de piedra.

La casa dormía con esa respiración honda que tienen las casas viejas.

En el pasillo del ala este, la pared donde había estado la marina mostraba un rectángulo más claro, un fantasma de cal.

Las baldosas estaban frías. Abrí con cuidado la puerta del salón pequeño.

Dentro, el piano bajo su sábana blanca parecía un animal dormido.

El cuadro seguía sobre la mesa, donde lo había dejado. Solté el aire, encendí la linterna y la apoyé contra un libro, de modo que iluminara solo el lienzo, sin subir hasta las ventanas.

Le di la vuelta.

Era lo que toda restauradora hace antes que nada, y yo lo había aplazado todo el día.

Un truco viejo: una vez que uno ve el reverso, ya no puede fingir que no lo ha visto.

El bastidor estaba intacto: madera clara, sin tratar, con un par de travesaños.

Encolado con cola moderna. Los clavos, nuevos. El polvo, pintado sobre el polvo.

Y en el travesaño central, pegada con cinta adhesiva todavía blanda, sin una sola mota de suciedad encima, una etiqueta de cartulina crema.

Estaba mecanografiada. Cuatro líneas.

Inv. 17. Marina al atardecer. Informe pendiente. A. Beltrán (Valencia). 12/05.

Me quedé sin aire.

Volví a leerla. Y otra vez. La linterna me temblaba en la mano. El círculo de luz saltaba sobre la etiqueta, el nombre, la fecha, mi apellido escrito con una tilde perfecta y sin un solo error de ortografía.

Doce de mayo.

Giulia me había llamado el tres de junio. Lo recordaba con precisión de perito: lo apunté en la agenda de la galería, con una estrella al margen, el día en que dijo «¿Y si este verano vienes a Puglia?». Casi un mes después.

Alguien había escrito mi nombre en la parte de atrás de un cuadro falso semanas antes de que yo supiera que vendría a esta casa.

No era casualidad. No eran las vacaciones de dos amigas.

No era el reencuentro sentimental de una restauradora con un amor de juventud.

Mi visita estaba preparada desde antes de la invitación, tan calculada como el craquelado de aquel horizonte.

Alguien había decidido, en primavera, que yo tenía que firmar un informe sobre esta marina. Y me había traído aquí para hacerlo.

Un ruido leve, detrás de mí. El de una puerta cerrándose con cuidado, sin portazo. El chasquido del pestillo.

El círculo de la linterna no llegaba más allá de la mesa. Más allá, la oscuridad tenía la forma de una butaca, tibia, espesa, olorosa a cola y a lino viejo. Y en la butaca, alguien respiraba con calma.

—Ahora ya sabes por qué te elegí.

La voz de Ettore llegó desde el fondo del salón, suave, sin prisa, con la dulzura de quien lleva horas esperando en la oscuridad.

—Ahora dime, querida —añadió—. ¿Cuánto tardarás en firmarlo?