Bajo falsos silencios CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

No eran falsificaciones colocadas al azar entre los tesoros.

Estaban mezcladas con ellos, cuidadosamente, como monedas falsas entre monedas de ley.

Una colección honrada de cuarenta y dos piezas es un buen lugar para esconder diez que no lo son.

Nadie mira con lupa la casa de un hombre que posee una tabla del Cinquecento.

Estaba anotando el San Jerónimo cuando la puerta se abrió de golpe.

Raniero entró sin llamar, con el aliento corto, la camisa pegada al pecho y una carpeta bajo el brazo. Se detuvo en seco. La habitación estaba a oscuras y la lámpara ultravioleta iluminaba desde abajo la marina y mis manos con una claridad de acuario. Vio el cuadro. Vio la lámpara. Me miró a mí.

Y reaccionó demasiado rápido.

Cruzó el salón en cuatro zancadas, apagó la lámpara de un manotazo y cerró la puerta con el pie. La oscuridad cayó espesa. Solo quedaba una rendija de luz bajo la puerta, dorada, y el sonido de dos respiraciones en la penumbra.

—Rani.

—¿Quién más ha entrado?

—Nadie. Nunzio, para bajar el cuadro.

—¿Ha visto esto?

—Ha visto un marco. —Me quité las gafas—. ¿Se puede saber qué te pasa?

—Te dije que dijeras que no.

—Y yo te dije que no tenía compromisos en Valencia.

—Te dije que los inventaras.

—Si digo que no, Raniero —contesté, con una calma que no sentía—, hay gente que decide qué se hace con los ojos que ven de más.

Silencio. Ni un ruido. Ni siquiera el de su respiración.

—¿Dónde has oído eso?

—En el salón. Anoche. Fedora y Lamberto. —Recogí la lámpara y la dejé sobre el paño—. Dijeron que tu padre lo decidiría.

—Fedora —murmuró él, y la palabra sonó a insulto—. Tendría que haberlo imaginado.

—Es verdad, entonces.

—No sé lo que es verdad.

—¿Tu padre es...?

—Mi padre no es lo que crees.

—¿Y qué creo?

—Que es un hombre encantador que colecciona falsificaciones.

—Creo que es un hombre encantador que necesita mi firma.

Fue solo un movimiento del aire. Un cambio de presión en la oscuridad, como el que se nota antes de una tormenta. Pero había acertado, o casi.

—Lo que necesita mi padre —dijo Raniero, despacio— es tu silencio. La firma viene después. Si vienes a ayudarle, firmas. Si no, callas. Y de las dos formas, terminas con la casa entera sobre los hombros.

—Entonces ya lo sabes todo.

—No. —Dio un paso. Su voz salió sorprendentemente cerca—. Sé lo suficiente. Y llevo tres años intentando averiguar el resto.

—¿Quién pinta esto?

—No lo sé.

—Mientes.

—No lo sé, Tana. —Se le quebró algo al fondo de la garganta—. Lo juro. Y es lo que más me asusta.

Me cogió la muñeca. No con fuerza: la sostuvo como se sostiene algo que puede romperse.

Sus dedos se cerraron justo sobre el pulso, y allí, en la oscuridad, entre olor a cola de conejo y a polvo antiguo, mi pulso le habló sin pedirme permiso.

Rápido. Traicionero. El pulgar de él se quedó quieto sobre la vena.

No retiré la mano.

—Aitana —dijo, y era la primera vez que me llamaba por mi nombre entero desde que había vuelto—. Escúchame bien, porque no voy a repetirlo. Acepta el trabajo. Ya lo has aceptado, veo. Cataloga lo que te digan. Escribe lo que te dicten. Sonríe a mi padre, sonríe a Fedora, sonríe a todo el mundo.

—¿Y lo que vea?

—Lo que veas, guárdalo.

—¿Dónde?

—Donde no lo lea nadie.

—¿Y tú qué harás?

—No puedo decírtelo.

—Entonces no me pidas que cierre los ojos.

—Te pido que los cierres delante de los demás. —Su aliento me rozó la mejilla—. Conmigo, ábrelos.

Estábamos a un palmo. Menos. Podía calcular el calor de su cuerpo en la oscuridad como se calcula el de una estufa. Bastaba con que uno de los dos se moviera. Ninguno se movió. En algún punto de la casa, un reloj marcó las doce y media con un golpe grave.

Raniero soltó mi muñeca. Retrocedió. Su sombra volvió a ser solo una sombra.

—Descorre las cortinas —dijo—. Aquí no se trabaja a oscuras. Aquí se trabaja con las ventanas abiertas y la puerta abierta, como si no hubiera nada que esconder.

—¿Y si lo hay?

—Entonces que parezca lo contrario.

Descorrí las cortinas. La luz del mediodía entró a raudales, cruda, blanca, y nos dejó a los dos parpadeando, cada uno en su rincón. Él tenía los ojos entrecerrados y el gesto tenso; yo, la muñeca todavía ardiéndome. No hablamos de aquello.

—Deja el cuadro donde está —dijo, ya desde la puerta—. Un cuadro descolgado es trabajo. Uno que cuelgas otra vez a escondidas es un secreto.

—Rani.

Se detuvo sin volverse.

—Gracias por avisarme.

—No me lo agradezcas todavía —dijo—. Aún no has visto lo peor.

Se fue. Cerró la puerta con suavidad, casi disculpándose con ella.

Fedora Quaranta llegó a las tres, sin anunciarse, con un vestido de lino crudo, unas gafas de sol enormes y una carpeta de cuero bajo el brazo.

—Aitana, querida. Perdona que irrumpa así. Ettore me dijo que ya habías empezado y no pude resistirme a ver cómo trabaja una profesional.

—No hay mucho que ver. Todavía estoy en los primeros pasos.

—Los primeros pasos son los más interesantes.

—Entró sin esperar invitación, con ese paso medido de mujer que pisa siempre suelo propio, y se detuvo delante de la mesa.

Se quitó las gafas. Miró el cuaderno verde.

Miró la lámpara ultravioleta. Miró la marina, tumbada sobre la manta como un paciente en la mesa de operaciones—. ¿Y has empezado por ella?

—Todavía no.

Fue la peor mentira que he dicho en mi vida. La marina estaba fuera de su marco, sobre la mesa de trabajo, con la lámpara apoyada al lado. Fedora no dijo nada. Sonrió, con la satisfacción fría de cobrar una deuda pequeña.

—Qué prudente —murmuró.

—Es una costumbre. Me gusta ver antes el conjunto.

—Muy sensato. —Dejó la carpeta sobre la mesa y la abrió.

Dentro había una veintena de fichas mecanografiadas, una por pieza, con título, época, medidas, estado de conservación, valoración—.

Te he traído esto. Lamberto y yo llevamos años preparando borradores de todos estos objetos.

Te ahorraría muchísimo trabajo. Solo tendrías que revisarlos y firmar.

—Prefiero escribir las fichas yo misma.

—Naturalmente. —No perdió la sonrisa—. Aunque Ettore lo preferiría de otro modo.

—Ettore me ha contratado por mi criterio.

—Y lo aprecia enormemente. Es un hombre generoso, Aitana. Con quien coopera, es generosísimo. —Dio dos golpecitos a la carpeta con las uñas, perfectas, color marfil—. Con la gente que dificulta las cosas... le cuesta más. No por maldad. Es que le duele el desorden.

—Lo tendré en cuenta.

—Hazlo. —Recogió las gafas, se las puso—. Ah, y una cosa más. Si un día necesitas hablar con alguien de fuera de esta casa... una persona con contactos, con paciencia... Me tienes en Lecce. Tengo una galería preciosa en via Palmieri. Es fácil de encontrar.

—Gracias.

—No hay de qué. —Se dirigió a la puerta y se detuvo con la mano en el marco—. Ese cuadro, por cierto. La marina. Me gustaría mucho ver tu informe cuando lo termines. Lo esperamos todos con enorme interés.

Antes de salir sacó del bolso un dictáfono de bolsillo, de los de cinta, y dictó en voz baja, sin mirarme: la fecha, la hora, «salón de la marina, restauradora trabajando». Lo apagó con el pulgar.

—Manías de secretaria —dijo, al ver mi cara—. Lo apunto todo. Ettore olvida lo que dice. Yo no.

Se fue con un taconeo lento y satisfecho que fue perdiéndose por el pasillo. Me quedé mirando la carpeta abandonada sobre la mesa, con sus veinte fichas impecables, cada una con un espacio en blanco al pie donde faltaba una sola cosa: mi firma.

La cerré. La dejé en el rincón más alejado del salón. Y me lavé las manos en la pila del pasillo, con jabón de olivo, durante mucho más tiempo del necesario.

Giulia me encontró a las cuatro y media con la cabeza dentro del cuaderno verde, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una taza de té helado que nadie me había traído.

—¡Lo has hecho! —Entró bailando, con un vestido de algodón amarillo y unas sandalias de cuero que sonaban sobre el mármol—. Papá me lo ha dicho en el almuerzo. Ha dicho: «Tu amiga ha aceptado». Y yo he dicho: «¡Claro que ha aceptado!». Me alegro tanto, Tana. Me alegro tanto.

—Gracias.

—¿Ya has visto cosas? ¿Hay algo bonito?

—Un par de cerámicas. Y una tabla muy buena.

—La de la Virgen, ¿verdad? Es de mi abuela. —Se sentó a mi lado y me robó un sorbo de té—. Y qué, ¿ya se puede hablar de cuadros?

—Ahora sí, si quieres.

—Solo contigo, entonces. Ya te avisé que no me interesan. —Rió, y se le formaron los hoyuelos—. Ah, casi se me olvida. Papá dice que la marina primero, y que le des la vuelta.

—¿Qué?

—Eso: que le des la vuelta. Que no tengas miedo.

Levanté la cabeza. La marina seguía sobre la mesa, boca arriba, con su horizonte sereno.

—¿Te ha dicho por qué?