Bajo falsos silencios CAPÍTULO 2 #3
16%

CAPÍTULO 2 #3

Se levantó, rodeó la mesa y llenó mi copa con lo último de la botella. El cristal tintineó. Sus dedos tocaron los míos al retirar la jarra, un roce seco, corto, de esos que dejan la piel despierta. Ninguno de los dos apartó la mano de inmediato.

—Este verano no vas a poder mirar sin querer ver algo, ¿verdad? —dijo.

—Es mi trabajo.

—Ya lo sé. Eso me preocupa.

—No deberías preocuparte por mí.

—Tal vez deberías preocuparte tú.

Lo dijo sin amenaza, casi con cansancio, y aun así el patio pareció encogerse. Yo miré el olivar, negro y compacto, donde el viento movía las copas como si hubiera algo respirando entre ellas.

—Buenas noches, Tana —dijo Raniero, y se marchó antes de que yo pudiera decir nada. Casi huyó.

Me quedé sola con la copa llena. La dejé sin tocar.

Subí a mi cuarto a medianoche. Me desvestí a oscuras, me metí en la cama de hierro y me quedé mirando el techo.

Había una grieta fina cruzando la cornisa central, cerrada con una masilla más clara que la cal del entorno, aplicada deprisa.

Alguien había tenido prisa por cerrarla, pero no por hacerlo bien.

Repasé su recorrido de una punta a otra, una y otra vez, hasta que me pesaron los párpados.

No dormí.

A las dos de la madrugada abrí las contraventanas sin encender la luz.

La luna estaba baja y el olivar se derramaba en una marea de plata oscura.

Al fondo, en el tejado plano de la bodega, se filtraba una franja de luz blanca por debajo de la puerta metálica.

Un motor ronroneó entre los árboles. Una furgoneta sin matrícula visible dobló por el camino de grava, con los faros apagados, guiándose por la luna.

Se detuvo junto a la bodega. Dos hombres saltaron de la cabina y abrieron la puerta trasera.

Empezaron a bajar cajas de madera, sin hablar, con un orden de gente que lo ha hecho muchas veces.

Junto a la puerta de la bodega, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, había un tercer hombre. Alto, camisa clara. Reconocí la postura antes que la cara. Raniero.

Esperaba. Lo hacía sin prisa y sin sorpresa, con la calma de quien no siente la necesidad de mirar la hora. Uno de los hombres le dijo algo. Él asintió y dio un paso hacia la furgoneta.

Entonces levantó la cabeza. Miró hacia el olivar, hacia la casa, hacia el ala este, y sus ojos recorrieron una a una las ventanas de la fachada hasta detenerse en la mía.

La luz de mi cuarto llevaba horas apagada. No podía verme.

Aun así, cuando los faros de la furgoneta se encendieron de golpe y las siluetas se borraron en el resplandor, Raniero seguía allí, inmóvil, con la cara alzada hacia mi ventana, como quien sabe exactamente quién lo está mirando.

CAPÍTULO 2

La cena de los Leuzzi

Desperté con la boca seca y la sensación de haber dormido encima de una decisión.

La luz entraba por las rendijas de las contraventanas en láminas doradas que trepaban por la colcha.

Las nueve y diez, decía el reloj de la mesilla.

Me quedé un rato mirando la grieta de la cornisa, la de la masilla clara, como quien comprueba que una pesadilla sigue en su sitio.

Me levanté y abrí las contraventanas del todo.

El olivar estaba allí, plateado y quieto, con una inocencia casi indecente. Al fondo, el tejado plano de la bodega brillaba al sol y la puerta metálica seguía cerrada. Entre el camino y la bodega, la grava aparecía rastrillada en líneas paralelas, limpias, sin una sola huella de neumático.

Alguien había madrugado mucho para dejarla así.

Me vestí con lo primero que encontré —pantalón de lino, camiseta blanca— y bajé a la terraza del desayuno, una galería abierta con vistas al jardín de higueras, donde una mesa pequeña esperaba con bollos, higos partidos, un cuenco de ricotta y una jarra de zumo de naranja que sudaba en el aire caliente.

—Buongiorno, signorina.

Cosimo apareció con una cafetera de aluminio y el mismo paso de gato de la noche anterior. Me sirvió sin preguntar.

—¿Descansó bien?

—A ratos. Cosimo, ¿anoche pasó alguna furgoneta por la bodega? Me pareció oír un motor.

No movió un solo músculo de la cara. Dejó la cafetera sobre la bandeja con la precisión de un cirujano.

—Aquí solo pasan las de la cooperativa, signorina. De día. De noche, los únicos motores son los de las cigarras.

—Las cigarras callan al anochecer.

—Entonces los grillos. —Inclinó la cabeza—. Lo que usted diga.

Se retiró con la bandeja, y me quedé mirando el café con la impresión desagradable de haber cometido una torpeza.

Yo, que en mi oficio no pregunto nada cuyo resultado no pueda medir, acababa de hacerle una pregunta a un camarero sobre lo que había visto desde una ventana.

Una pregunta que, a la luz del día, sonaba a reproche.

—¡Arriba, dormilona!

Giulia irrumpió en la galería con gafas enormes, sombrero de paja y un pareo azul turquesa anudado a la cadera, cargada de toallas, una nevera portátil y una sonrisa que arrasaba con todo a su paso. Me plantó un beso sonoro en la mejilla.

—Ya he desayunado, ya he llamado a tres personas y ya he decidido que hoy no piensas en nada más complicado que en qué sabor de helado vas a pedir.

—Buenos días para ti también.

—Papá está en Lecce con el notario. Rani salió al amanecer a no sé dónde, como siempre. Estamos tú, yo y el mar. —Levantó un dedo—. Y ni una palabra de cuadros.

—No he dicho nada.

—Estabas a punto. Se te nota en la nuca.

Me terminé el café de un trago, cogí el bolso y la seguí hasta el coche.

La cala estaba a veinte minutos, por una carretera estrecha que serpenteaba entre muros de piedra seca y campos de higos chumbos.

En un apartadero había un Fiat gris con el capó levantado y, junto a él, una mujer de coleta baja y traje beige —un traje de chaqueta, a las diez de la mañana, con aquel calor— que hablaba con un campesino y anotaba algo en una libreta.

Giulia ni la miró y murmuró que serían turistas perdidas; yo la seguí con la vista hasta que una curva me la quitó.

Giulia conducía con una mano y cantaba con la otra: literalmente, dirigía una orquesta invisible mientras tarareaba una canción napolitana que yo reconocía a medias.

Al final del camino, una pista de tierra bajaba hacia un pequeño aparcamiento vacío.

Más allá, entre dos muros de roca blanca, se abría la Cala Scirocco: un semicírculo de agua tan transparente que desde arriba se veían las sombras de los peces.

—Hay que bajar por aquí —dijo Giulia, y se descalzó—. Cuidado con las piedras.

Bajamos por un sendero de arena y tomillo.

Extendimos las toallas sobre una losa plana.

El mar respiraba con un rumor manso, y el sol caía sin piedad sobre los hombros.

Me quité la camiseta, me quedé en bañador y me metí en el agua hasta la cintura sin pensar.

Estaba fría. Deliciosamente fría. Cerré los ojos y dejé que se llevara todo lo que traía de la noche.

—Ahí está mi Tana —dijo Giulia, flotando de espaldas a mi lado—. Te había perdido en algún punto entre Valencia y el avión.

—Estaba cansada.

—Estabas asustada.

La miré. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, el pelo desplegado sobre el agua como algas oscuras.

—¿De qué iba a estar asustada?

—De mi hermano.

—No digas tonterías.

—No son tonterías. —Abrió un ojo—. Vamos a ver. ¿Vas a contarme lo que pasó con Rani o tengo que sacártelo con un anzuelo?

—No pasó nada.

—Tana.

—Nada, Giulia. Ese era el problema.

Lo dije más fuerte de lo que pretendía. El eco rebotó en la roca y volvió, divertido. Giulia se enderezó en el agua y me estudió con una seriedad que en ella era rarísima.

—Tres veranos de miradas y ni un beso —dijo—. Y yo apostando. Le aposté a mi prima Carmela un fin de semana en Ostuni a que os liabais el segundo verano. Todavía se lo debo.

—Qué desperdicio de fin de semana.

—Un desperdicio total. Pero ahora estás aquí. Y él está aquí. Y yo estoy aquí, con una nevera llena de prosecco y ningún pudor.

—Giulia.

—Solo digo que este verano es largo.

Salí del agua riéndome, y me dejé caer sobre la toalla.

El sol me secó la piel en cinco minutos.

Comimos focaccia con tomate, higos, y una botella de vino blanco tan frío que empañó el cristal.

Hablamos de todo lo que no era importante: del profesor de Historia del Arte que se llevaba mal con las duchas de la facultad, de nuestra primera casa compartida con un grifo que goteaba en re menor, de la vez que Giulia me convenció de bailar sobre una mesa en un bar de la calle Cuba.

Me dolió la barriga de tanto reír. Por un rato largo fui solo eso: una mujer de treinta años, en bañador, en una cala de Puglia, con su mejor amiga.

Hasta que el móvil de Giulia vibró sobre la toalla.

Miró la pantalla. Fue un movimiento diminuto: las cejas bajaron un milímetro y la boca se le quedó a medias entre el gesto y la sonrisa. Cogió el teléfono con la mano derecha, sin prisa.

—Es mamá. Dame un minuto.

—Claro.

Se alejó por la roca hasta un saliente donde el viento le cubría la voz. Yo tenía la vista fija en el mar, pero el mar no me impedía oír. Giulia hablaba bajo, pegada al teléfono, en un dialecto cerrado que no era el italiano que yo conocía. Solo cogí una frase, dura como una piedra:

—No, stasera no. Te l'ho detto.

Esta noche no. Ya te lo he dicho.

Colgó. Se quedó de espaldas, con la mano en la nuca, mirando el horizonte. Se giró, sonriente, y volvió trotando.

—Mi madre. Quería saber si había comido.

—¿Desde Roma?

—Desde Roma. Ya sabes cómo son las madres.

Le sonreí. Las mentiras pequeñas de una amiga son un impuesto que uno paga por quererla, y yo pagaba sin preguntar cuánto.

—Ah, y casi se me olvida —dijo, tirándose sobre la toalla—. Esta noche hay cena. La de los Leuzzi.

—¿La de los Leuzzi?

—Una vez cada verano, papá abre el salón grande y se sienta a cenar con las personas que le deben favores... y con las que se los debe él. Viene medio Salento. Banqueros, notarios, algún alcalde. Es un rito. Mamá los llama «las cenas de gala» y papá los llama «el Parlamento».