Bajo falsos silencios CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

—¿Y yo qué pinto ahí?

—Tú eres la invitada de honor. Papá te ha puesto a su derecha. —Levantó las cejas—. Prepárate, que te van a mirar como a un trofeo.

—Perfecto.

—Póntelo a favor. Todos los hombres de esa mesa tienen algo que decir y nadie tiene nada que decir de arte. Vas a ser la mujer más interesante de la sala.

Fue una de esas frases que Giulia lanzaba al aire sin saber que caían en el sitio exacto donde más dolían. Asentí, me bebí lo que quedaba del vino y miré la línea del horizonte. Sobre el mar, una barca de pescadores dibujaba una estela recta y blanca. Exacta. Demasiado.

Volvimos a la villa a las cinco, con el pelo salado y la piel caliente.

La casa estaba en plena ebullición: Cosimo y dos chicas del pueblo pulían cristalería en el patio, un hombre subido a una escalera colgaba flores en el arco del zaguán y Nunzio cargaba sillas en fila hacia el salón, cuya puerta doble, al fondo del pasillo, estaba cerrada.

—¿Por qué está cerrado? —pregunté.

—Papá no deja que nadie vea el salón antes de la cena. —Giulia se encogió de hombros—. Superstición de anfitrión. Dice que el primer vistazo hay que dárselo a los invitados.

—¿Ni siquiera a la invitada de honor?

—Sobre todo a la invitada de honor.

Subí a mi cuarto, me duché con agua tibia, me eché en la cama con el pelo mojado y dormí una hora sin soñar.

Cuando desperté, la habitación estaba dorada y en el pasillo se oían pasos, risas, el tintineo de las bandejas.

Me puse un vestido negro de tirantes, sencillo, de los que me hacen sentir más ancha de hombros de lo que soy, y me recogí el pelo en un moño bajo.

Unos pendientes pequeños de plata. Nada más.

La pintura, cuando trabajo, no me deja adornos.

A las siete y media salí al rellano.

Raniero subía la escalera en ese momento.

Llevaba una chaqueta ligera doblada sobre el brazo, la camisa arrugada, los zapatos con polvo blanco de camino, las mangas remangadas hasta los codos y los ojos de alguien que ha conducido muchas horas sin escuchar la radio.

Se detuvo dos escalones por debajo de mí.

Nos quedamos así, con la barandilla de piedra entre los dos.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—A ratos.

—El calor da mal sueño.

—No era el calor.

Apretó los dedos sobre la barandilla. No dijo nada. Yo tampoco. En algún lugar de la planta baja, alguien dejó caer una copa y estalló un coro de reproches en dialecto.

—Esta noche —dijo por fin, en un tono tan bajo que tuve que inclinarme—, sonríe, bebe poco y no toques nada.

—¿Perdona?

—Es una cena, Tana. Solo eso. Sonríe, bebe poco y no toques nada.

—¿Es una orden?

—Es un consejo.

—Viniendo de ti suena a lo mismo.

Casi sonrió. Subió los dos escalones que nos separaban y pasó junto a mí, tan cerca que su hombro rozó el mío y su olor —polvo, jabón, un fondo de cuero— me dejó un momento sin argumentos. No se volvió. Lo oí cerrar una puerta en el fondo del pasillo.

Bajé despacio, con la mano en la piedra fresca, repitiéndome la frase: sonríe, bebe poco y no toques nada. Tres reglas en una sola frase. Una lista de precauciones de alguien que sabe perfectamente lo que va a ocurrir.

En el zaguán me esperaba Ettore.

Vestía un traje de lino gris perla, camisa blanca sin corbata y el mismo reloj antiguo. Estaba de espaldas a la luz, y el sol del atardecer le dibujaba un halo plateado alrededor de la melena. Me tendió el brazo con una reverencia teatral.

—La invitada de honor. Permíteme.

—Ettore, me abruma.

—Es lo que se persigue. Ven. Quiero que seas la primera en verlo.

Me llevó por el pasillo del ala principal hasta la puerta doble, que dos criados abrieron a un tiempo, con el gesto lento de un rito. Y entré en el salón.

Era una estancia de doble altura, con un techo abovedado pintado al fresco —nubes, cielos, guirnaldas, un coro de angelotes desteñidos— y una lámpara de cristal de Murano de la que colgaban cientos de lágrimas que centelleaban con la luz del día.

Ventanales altos, cortinas de damasco, suelo de mármol veteado en rosa.

La mesa, ovalada y larguísima, estaba puesta con un mantel blanco, cubiertos de plata y una hilera de candelabros que aún no encendían.

Olía a cera, a azahar, a lino recién planchado.

Y al fondo, sobre una chimenea de piedra tan grande que habría cabido un hombre de pie, colgaba el cuadro.

Era enorme: dos metros por metro y medio, en un marco dorado tallado de una riqueza casi obscena.

Una Adoración de los pastores. La Virgen arrodillada en el centro, con el niño sobre un paño blanco; dos pastores a un lado, con las manos juntas y los rostros iluminados por una luz que nacía del propio Niño; un buey y un asno en la sombra; un cielo abierto lleno de nubes cargadas de ángeles.

Composición barroca, teatral, con esa suciedad calculada de los claroscuros napolitanos.

Una pieza para impresionar desde la puerta.

Me detuve a dos pasos de la entrada.

—Preciosa, ¿verdad? —dijo Ettore, a mi lado.

—Sí.

No mentí. Era preciosa. Ese es el peligro de las buenas falsificaciones: que son más bellas que la mayoría de las obras auténticas, porque quien las hace no tiene que pelear con el tiempo.

Me acerqué. Un paso. Otro. Los criados encendían las velas de los candelabros con una vara larga, y la llama de cada uno enviaba sobre el cuadro un temblor dorado. Miré el manto de la Virgen. Un azul profundo, casi eléctrico, extendido en grandes pliegues.

Un azul demasiado limpio.

El azul de un manto del siglo XVII se oscurece, se hunde, se carga de humo de velas y de siglos de barniz.

Este brillaba como si lo hubieran pintado esta primavera.

Alcé los ojos hasta el cielo de nubes, donde las diminutas fracturas de la pintura dibujaban una retícula perfecta, milimétrica, un enrejado igual de regular que una cuadrícula de cuaderno.

Una grieta demasiado regular.

Dos frases. Dos frases que yo misma había dicho en voz alta hacía menos de veinticuatro horas, a esta misma mesa, delante de este mismo hombre. Y él las había recogido con placer y las había guardado, y ahora me las devolvía en forma de cuadro.

Conocía esa cuadrícula. La había visto en el horizonte marino del pasillo. Una sola mano había pintado aquel horizonte y aquel manto azul. Y esa mano trabajaba para esta casa.

—Es una pieza extraordinaria —dije, porque algo había que decir.

Ettore no contestó. Yo aparté los ojos del cuadro y lo busqué. No miraba el óleo. Me miraba la cara. Con esa paciencia dulce de quien lleva un rato esperando la respuesta que ya conoce.

***

—Extraordinaria —repitió Ettore, saboreando la palabra como una uva—. Sí. Eso es lo que dice todo el mundo.

Los invitados llegaron en oleadas, entre aromas de perfume caro y saludos en tres tonos distintos de voz. Ettore me presentó uno por uno con la mano en mi espalda, como quien exhibe una pieza rara de su colección.

Ottavio Mazzarella, banquero de Lecce, sesenta años, corpulento, con una risa que hacía vibrar los cristales y una tendencia a sudar en cuanto se reía.

Su esposa, Concetta, pequeña, callada, con un collar de perlas grises y unos ojos que lo miraban todo a través de un velo de resignación.

Fedora Quaranta, galerista de Lecce, cincuenta y pocos, el pelo plateado en un corte recto a la altura de la mandíbula, una elegancia fría y precisa.

Y Lamberto Dessì, anticuario, delgado, nervioso, con un bigote fino y una manera de frotarse las manos que sugería un problema de conciencia o un problema de piel.

—La restauradora —dijo Ettore, y yo empecé a odiar el título—. Aitana Beltrán. Viene de Valencia y tiene un ojo que no perdona.

—Qué peligro —dijo Ottavio, riendo, y me besó la mano con un sonoro chasquido—. En mi banco no dejaríamos entrar a una mujer así.

—Por eso os va tan bien —comentó Fedora, sin sonreír.

Nos sentamos a la mesa a las ocho y media.

Ettore presidía, con Concetta a su izquierda y yo a su derecha.

Giulia se colocó a mi lado con un vestido rojo de escote cruzado y un collar de coral que le rozaba las clavículas.

Al otro extremo de la mesa, en el asiento opuesto a su padre, Raniero se sentó sin ceremonias, con una chaqueta oscura y la corbata aflojada, a una distancia calculada.

No me miró al sentarse. Era una forma de mirar.

Cosimo y dos camareros sirvieron un vino blanco de la casa, ligero, con notas de flor de almendro. Ettore levantó la copa.

—Por la casa —dijo—. Y por los que vuelven a ella.

—Por los que vuelven —repitieron todos, y yo, que llevaba tres horas vigilándome la voz, respondí con la misma entonación que los demás.

—Qué maravilla este aceite —dijo Ottavio, mojando un trozo de pan en el cuenco central—. Te lo digo siempre, Ettore: lo mejor de tu negocio es que nadie pregunta de dónde sale la aceituna.

—Ottavio —dijo Ettore, con dulzura de reprimenda—, estás en presencia de una experta en procedencias.

Hubo una carcajada general. Fedora entornó los ojos. Lamberto dejó la copa sobre el mantel con demasiado cuidado, como si temiera romper algo más que el cristal.

—¿Es cierto? —preguntó Concetta, muy bajito, dirigiéndose a mí por primera vez—. ¿Que usted sabe de dónde viene cada cuadro?

—Sé lo que cuentan las capas —dije—. El resto es cuestión de documentos.

—Y los documentos se pueden comprar —murmuró Fedora, mirando su copa.

—Se pueden comprar los documentos, sí —concedí—. Pero la pintura no se deja comprar.

—Muy bien dicho. —Ettore golpeó la mesa con la palma, complacido—. Muy bien dicho. Ya ves, Lamberto, qué mujer.

Lamberto se frotó las manos.

—Encantado —dijo, y se quedó sin nada más.