Bajo falsos silencios CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

El emparrado cubría la mitad del patio con una bóveda de vid, y de las vigas colgaban farolillos de papel que aún no hacían falta pero ya estaban encendidos.

La mesa larga, de madera oscura, estaba puesta para cuatro con un mantel de lino y fuentes de tomates, burrata, aceitunas y pan tostado que brillaban con aceite verdoso.

El cielo empezaba a teñirse de un rosa sucio, casi violeta.

Las cigarras callaron de pronto, todas a la vez, y en el silencio que dejaron se oyó el tintineo de una jarra.

—La restauradora.

Don Ettore Leuzzi se levantó de la cabecera con los brazos abiertos.

Sesenta y muchos años, melena plateada peinada hacia atrás, camisa blanca inmaculada, un reloj antiguo de esfera pequeña.

Tenía las manos grandes y cálidas y una voz cultivada que parecía hecha para recitar.

Me besó las dos mejillas, me tomó por los hombros y me miró de arriba abajo, con placer, como se mira una botella que se lleva años esperando.

—Ocho años —dijo—. Esta casa se ha quedado sin nadie que le diga la verdad.

—Don Ettore, me halaga.

—Nada de Don Ettore. Ettore, a secas. —Me apartó una silla, la que estaba a su derecha—. Siéntate aquí, que quiero mirarte mientras me cuentas todo.

Al otro lado, Giulia se sentó dejando un hueco entre ella y su hermano.

Raniero llegó el último, con el pelo húmedo y una camisa limpia, y ocupó la silla frente a la mía sin mirarme.

Sirvió vino en las copas. Cuando llegó a la mía, el cristal no tembló, y eso me dijo más que si hubiera tenido las manos inestables.

—Bueno —dijo Ettore, partiendo un trozo de pan—. Cuéntame, querida. ¿Qué restauras ahora?

—Sobre todo pintura de caballete. Siglo XVII, XIX. Trabajo para una galería en Valencia y para algún particular.

—Fascinante. ¿Y para quién, si no es indiscreción?

—Coleccionistas, en su mayoría. Familias que heredan un cuadro y quieren saber qué tienen entre manos.

—Y cuánto tarda, digamos, un ojo como el tuyo en saber si lo que tiene delante es lo que dice ser.

—Depende. A veces un minuto. A veces meses.

—¿Un minuto? —Arqueó una ceja, encantado—. Giulia, ¿has oído? Un minuto.

—Lo lleva diciendo desde la universidad, papá. En clase nos aseguraba que las obras no mienten.

—Las obras no mienten —dije yo—. Mienten los que las firman.

Ettore se rió, una risa amplia y perfecta que llenó el patio. Raniero no se rió. Cortaba pan en trozos muy pequeños y los dejaba en el borde del plato, uno junto a otro, alineados. No había probado el vino.

—Tu hermano no ha dicho ni una palabra —le comenté a Giulia.

—Mi hermano ha dicho tres —contestó ella—. «Cenamos a las nueve», «ocupado» y «la mano». Es su récord del día.

—Estoy escuchando —dijo Raniero.

Su voz salió baja, seca. Levantó los ojos y me miró por primera vez desde el porche. Fue una mirada corta, medida, como si me hubiera dado permiso para existir en ese patio. Ettore lo observó a él, después a mí, y sus dedos dieron un golpecito suave sobre el mantel.

—Dime, querida —dijo, con ese tono de quien ofrece una copa—. ¿Y qué haces exactamente cuando un cuadro no es lo que parece?

Giulia dejó de masticar. Un farolillo crujió sobre nuestras cabezas. Raniero, sin mover la cabeza, alzó la vista del plato y la clavó en mí. Un segundo. Dos. Demasiado.

*********

—Lo abro —dije, y aclaré—: en sentido figurado.

Ettore sonrió como quien ha ganado una apuesta.

—Primero miro. Luz rasante, luz ultravioleta, lupa.

Después toco: veo si el barniz cede al solvente como debería, si el craquelado sigue la trama del lienzo o de la tabla, si el pigmento existía en la fecha que dice el cuadro.

Un cuadro falso casi nunca miente con todo el cuerpo.

Miente con un detalle. Un azul demasiado limpio. Una grieta demasiado regular.

—Una grieta demasiado regular —repitió Ettore, saboreando la frase igual que el vino—. Qué imagen tan hermosa. —Apoyó la copa—. Una herramienta muy útil, la tuya. ¿No crees, Raniero?

—Muy útil.

Nada más. Volvió a mirar el plato. Ettore me sirvió más vino con su propia mano.

Cosimo, un camarero con delantal negro y paso de gato, trajo el segundo plato: cordero asado con hierbas, patatas de la huerta y una salsa de tomate tan concentrada que sabía a verano en conserva.

La cena se llenó de ruidos domésticos: cubiertos, servilletas, el cristal de las jarras.

Giulia se puso a contar cómo, el verano anterior, había convencido a su madre de que Ettore quería un yate, y cómo su madre le había escrito una carta a un astillero de Bari a nombre de él.

—Cuatro meses de correspondencia —dijo—. El astillero llegó a enviar un catálogo con su nombre en la portada. Papá casi se desmaya.

—No me desmayé. Me enfadé con estilo.

—Se puso morado, Tana. Morado como una berenjena.

Me reí hasta que se me saltaron las lágrimas. Fue un alivio: unos minutos de risa sin doble fondo, la clase de risa que uno recuerda haber tenido en una casa que amó. Hasta que Cosimo se inclinó al oído de Ettore y le dijo algo que no oí.

—Disculpadme un momento —dijo Ettore, con la misma sonrisa exacta de antes.

Se levantó y cruzó el patio hasta una puerta lateral abierta en el muro.

Bajo el farol de la entrada esperaba un hombre con traje gris oscuro, camisa blanca y corbata fina, tan quieto que parecía una prolongación del muro.

Desde donde yo estaba, a través de los sarmientos, solo alcanzaba a ver a los dos de perfil.

Hablaron poco. Ettore metió la mano en el interior de la americana y sacó un sobre grueso, de papel oscuro, cerrado.

Se lo entregó. El del traje lo recibió con una inclinación mínima, lo guardó sin mirarlo y se fue por donde había venido.

Todo duró menos de un minuto.

Miré a Raniero. No había vuelto la cabeza. No había parpadeado. Miraba el plato con la fijeza de quien se prohíbe mirar otra cosa, y la mano que sostenía el cuchillo se había cerrado sobre el mango hasta dejar los nudillos blancos. El acero rozó la porcelana con un chirrido corto.

—¿Quién quiere postre? —dijo Giulia, demasiado alto—. Hay tiramisú y hay tiramisú de pistacho, que es mejor.

—El de pistacho —dije yo, para ayudar.

—Buena chica.

Ettore volvió a su silla sacudiéndose las manos.

—Perdonad. El aceite no se vende solo.

Nadie se rió. Yo tampoco dije nada. Una casa así tiene sus cosas, me repetí, y un huésped que pregunta por ellas deja de ser huésped. Además, hacía tres horas que había llegado y ya me estaba construyendo una historia. Ese es el defecto de mi oficio: donde otros ven una mancha, yo veo una capa.

El tiramisú de pistacho era efectivamente mejor. Comí despacio.

A las once, Giulia se despidió con un bostezo de gata.

—Me caigo de sueño. Mañana te llevo a la cala, ¿vale? Ni una palabra de cuadros.

—Ni una palabra.

Ettore se retiró poco después, con un beso en mi frente que olía a colonia cara y a tabaco de pipa.

—A mi edad, las noches son para los jóvenes. Que duermas bien, querida.

Raniero se levantó sin decir nada y se perdió por una puerta del fondo. Yo me quedé sola con las copas y los farolillos. Buscando el baño, tomé por un pasillo del ala este que recordaba más ancho.

Era estrecho, con las paredes cubiertas de cuadros en marcos dorados.

Retratos, bodegones, un San Jerónimo oscuro.

Avancé despacio, con las manos a la espalda, como se camina por un museo cerrado.

Me detuve delante de un paisaje marino: óleo sobre tela, un Mediterráneo al atardecer, con una barca en primer término y el horizonte incendiado de naranjas. A primera vista, un siglo XIX correcto.

A segunda vista, el horizonte.

El craquelado dibujaba una retícula tan pareja que parecía trazada con regla.

La pintura vieja se agrieta como el barro seco, con caprichos, con desvíos, con historia.

Esta se había agrietado como una lección aprendida.

Acerqué la cara al lienzo. Ni siquiera hacía falta la lupa. Me quedé un segundo de más.

—Te has pasado el baño.

Raniero estaba a dos pasos, con las manos en los bolsillos. No lo había oído llegar.

—Me estaba fijando en este.

—Ya lo veo. Llevas un minuto contándole las grietas.

—Es curioso el horizonte.

—Es un cuadro heredado. Del bisabuelo de mi madre. Nadie lo ha tocado en años.

—Alguien lo tocó.

Lo dije sin dureza, casi sin pensarlo. Él no contestó enseguida. Un reloj de pared, en algún lugar de la casa, dio la media con un golpe sordo.

—Aquí hay muchas cosas que alguien tocó, Tana —dijo al fin—. Ven. El baño es por allí.

No negó nada. Eso fue lo que me quedó, mientras me acompañaba hasta la puerta del fondo: que no había dicho «no».

Cuando salí, el pasillo estaba vacío. Volví al patio.

Los criados lo habían recogido casi todo.

Solo quedaban dos copas en la mesa y la botella a medias.

Me senté en la cabecera, donde antes estaba Ettore, y me serví lo que quedaba.

Las cigarras habían callado del todo, y en su lugar se oía, muy lejos, un motor.

—Ocho años —dijo la voz, sin saludo.

Raniero salió de la sombra de una columna y se sentó en el extremo opuesto de la mesa, con una segunda copa en la mano. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello.

—Ocho —confirmé.

—Te ha cambiado el pelo.

—Y a ti las ojeras.

—No me lo recuerdes.

Sonrió, de verdad, por primera vez, breve y torcido. Luego se pasó la mano por la cara y la sonrisa se fue.

—Te escribí una noche de octubre —dije, y me sorprendió lo tranquila que sonó mi voz—. Un mensaje largo. Aparecía como leído.

Él dio una vuelta lenta a su copa.

—Lo leí.

—¿Y?

—Y lo leí más veces de las que te conviene saber.

—¿Por qué no contestaste?

—Porque cualquier respuesta habría sido una promesa. —Alzó la mirada—. Y yo no podía prometerte nada.

—¿Y ahora?

—Ahora tampoco.

Asentí despacio. Bebí. Era una respuesta honesta y me dolió por eso.

—Pero estás aquí —añadió él, en un tono tan bajo que casi no lo oí.

—Estoy aquí de vacaciones.

—Claro.