CAPÍTULO 2
Llegada
Puglia en julio no se anunciaba: se dejaba sentir.
Primero fue el calor, que entró en el coche de alquiler en cuanto Giulia bajó la ventanilla, espeso como una mano en la nuca.
Después llegó el olor —resina, hierba seca, un fondo de sal que subía desde algún punto detrás de las colinas— y por último los olivos: miles, plateados y retorcidos, alineados a ambos lados de la carretera como testigos que llevaban siglos viendo pasar a gente que no siempre volvía.
Yo iba de copiloto, con las gafas puestas y las manos sobre los muslos. Quietas. Cuando las movía, se me notaba.
—...y he reservado el emparrado para la cena, porque mi madre quería el comedor y le dije que ni hablar, que a Tana hay que recibirla con cielo. ¿Me estás escuchando?
—Te escucho.
—Mentira. Miras los olivos como si les debieras dinero.
—Miro cómo los podan. Aquí dejan el centro abierto, en forma de vaso. En Valencia los dejan crecer a su aire.
—Ya empezó. —Giulia soltó una mano del volante para apuntarme con el dedo, y el coche hizo un leve quiebro que ella corrigió sin mirar—.
Prohibido. Te lo dije por teléfono: este verano no hay lupa, ni bisturí, ni cara de perito.
Vienes a descansar, a bañarte y a comer hasta que no te abroches los vaqueros.
—Prometido.
Lo dije con la ligereza de quien todavía no ha tenido ocasión de romper una promesa.
—Mamá llega a mediados de agosto, así que tenemos a papá para nosotras solas.
Ya sabes cómo es: te hará cuarenta preguntas antes del primer plato.
Tú sonríe y contesta la mitad. Ah, y la piscina está terminada, por fin, con luces y todo.
Papá dice que una piscina sin luces es un charco con pretensiones.
Me reí. No pude evitarlo. Giulia tenía esa facultad desde el día en que la conocí, en el primer año de universidad, cuando las dos teníamos dieciocho años y una maleta demasiado grande: convertía cualquier silencio en una fiesta.
—Ah —dijo, y en ese «ah» ya estaba todo—. Rani estará en casa. ¿Te lo había dicho?
—No.
Mentí solo a medias. Nadie me lo había dicho porque nadie necesitaba decírmelo: Raniero pasaba el verano en la villa igual que lo pasaban las cigarras y la cosecha.
Lo di por hecho el día que acepté la invitación.
Lo que no había hecho, ni una sola vez en ocho años, era pronunciar su nombre en voz alta.
—Te va a parecer un anciano —siguió Giulia—. Treinta y cinco años y habla como si tuviera sesenta. Trabaja, trabaja, trabaja, y cuando no trabaja se queda mirando por la ventana. Le digo que se busque una novia o un perro.
—¿Y qué contesta?
—Que no tiene tiempo para ninguna de las dos cosas.
Era exactamente el tono con que lo habría dicho él. Bajé la vista y descubrí que el pulgar derecho se me clavaba en la yema del índice hasta dejarla blanca. Lo solté.
Ocho años. Los contaba así: tres veranos en esa casa, a los veinte, a los veintiuno y a los veintidós, y después nada.
Ni una llamada, ni una postal, ni respuesta a un mensaje que escribí una noche de octubre y que me pasé semanas mirando en la pantalla del móvil, como quien vigila una olla.
Cerré aquel capítulo con el cuidado con que se cierra un armario que uno sabe que no encaja bien.
El coche dejó la carretera y tomó un camino de grava blanca flanqueado por muros de cal. Las ruedas crujieron. Giulia bajó el volumen de la radio, y las cigarras ocuparon el hueco con un zumbido que subía de la tierra como si el suelo mismo estuviera cargado de electricidad.
—Bienvenida a casa —dijo, y su voz cambió un poco al decirlo.
La villa apareció al final de una curva, ocre y cal, con tres arcos de piedra en la planta baja, contraventanas verdes desteñidas por el sol y una higuera tan vieja que había echado raíces aéreas sobre el muro.
Las bugambilias trepaban por la fachada en manchas de un fucsia casi ofensivo.
Sobre el tejado plano del ala este flotaba una bruma de calor.
No había cambiado. Eso fue lo primero que pensé, y lo segundo fue que las casas nunca cambian; quienes cambian son los que vuelven a ellas.
Un chico salió a recibirnos antes de que Giulia apagara el motor. Veinticinco años, camisa de lino remangada, la piel curtida de quien trabaja al aire libre y un acento del sur tan cerrado que las vocales se le caían por el camino.
—Signorina Aitana. Bentornata.
—Nunzio, ¿verdad? —dije, bajando del coche. La grava me devolvió el calor por las suelas—. La última vez eras un crío con una bicicleta.
—Y usted una señorita con muchos libros. —Sonrió, colorado hasta las orejas—. Las maletas, ¿a la habitación del olivar?
—A la de siempre —contestó Giulia—. Y ten cuidado con la azul, que lleva una cosa frágil dentro.
—¿Qué llevas ahí? —pregunté.
—Regalos. No preguntes.
Nunzio cargó dos maletas a la vez, como si pesaran lo que un abrigo de verano, y se perdió por el lateral de la casa. Yo me quedé de pie en la grava, con el bolso colgado del hombro y la sensación absurda de que había llegado a un examen sin haber estudiado.
Entonces oí la voz.
—Tanto tiempo, Tana.
Estaba al pie del porche, apoyado en una columna de piedra, con una carpeta bajo el brazo que dejó sobre el poyete en cuanto nos vio.
No sé cuánto llevaba allí. Camisa blanca remangada hasta los codos, pantalón de lino oscuro, la tela pegada a los antebrazos por el calor.
El chico de los veranos universitarios se había ido: en su lugar había un hombre de hombros más anchos y mandíbula tensa, con una sombra de barba de tres días y unas ojeras que ninguna vacación habría borrado.
Los ojos seguían siendo los mismos. Oscuros. Fijos. No parpadeaban.
—Nadie me llama así desde entonces —dije.
—Yo sí.
Lo dijo en voz baja, sin sonreír, con la misma calma con que se dice el precio de una cosa. Y ahí estaba, en la comisura, esa media sonrisa que yo conocía de memoria y que él parecía haber decidido no gastar.
—Vaya —dijo Giulia, cruzando los brazos—. Dos personas que llevan ocho años sin verse y hablan como una nota de prensa. ¿Alguien piensa abrazar a alguien?
—Le doy la mano —dijo Raniero.
—Le das un abrazo.
—Le doy la mano.
—Rani.
Él suspiró, bajó los tres escalones del porche y se detuvo delante de mí. Olía a jabón, a papel y a algo más antiguo, a madera y a sol. Me tendió la mano. Yo se la estreché. Su palma estaba seca y caliente y me retuvo un segundo más de lo que exige la cortesía.
—Bienvenida —dijo.
—Gracias por acogerme.
—No he sido yo. —Soltó mi mano—. Ha sido esta.
Giulia levantó la barbilla, orgullosa como un general.
—Y te aseguro que ha costado. Tana viene a salvarnos el verano, que lo sepas.
—Pues que lo salve. —Recogió la carpeta del poyete y la apretó contra el costado—. Yo tengo trabajo. Cenamos a las nueve.
—Rani —dije.
Se detuvo a medio paso.
—¿Qué tal estás?
La pregunta se me escapó sin permiso. Él la sostuvo entre las manos, como si la sopesara.
—Ocupado —contestó al fin.
Y entró en la casa. Giulia me miró con las cejas altísimas.
—Cariño, eso ha sido lo más cariñoso que le he oído decir en diez años.
—Ha sido un desastre.
—Ha sido un desastre encantador. Vamos, que te enseño lo que ha cambiado.
Subimos la escalera de piedra detrás de Nunzio.
El suelo estaba fresco bajo las sandalias y la casa olía a cera, a lavanda, a cocina lejana.
Pasamos junto al salón, donde el piano viejo seguía cubierto por una tela blanca, y de las cortinas de lino salía un perfume que me devolvió de golpe a los diecinueve años, aunque nunca había estado aquí con diecinueve.
A los veinte, corregí. Los veinte fueron el primer verano.
Me detuve en el rellano, delante de una ventana alta.
La costumbre. El techo del pasillo tenía molduras de estuco blanco con fisuras finas que nadie había cerrado del todo, y en dos tramos de la cornisa alguien había repintado con un azul más claro que el original.
Conté tres manos distintas de cal sobre el mismo muro: la de un siglo atrás, la de hace treinta años y una reciente, casi de esta primavera.
Restauración honrada, la de una casa vieja que se resiste a caerse.
Nada que ver con lo que hago para vivir cuando alguien intenta hacer pasar una cosa por lo que no es.
—Estás haciéndolo —dijo Giulia.
—No estoy haciendo nada.
—Estás midiendo la cornisa con los ojos. Se te nota en la mandíbula.
—Es un tic.
—Es un tic carísimo. —Me cogió del brazo—. Ven, que te enseño el cuarto.
La habitación del olivar seguía en el mismo sitio: cama de hierro forjado con colcha blanca, armario de castaño, una ventana doble que se abría directamente al olivar.
Al fondo del paisaje, entre las copas plateadas, se distinguía el tejado plano de la bodega, con una puerta metálica en un lateral.
Abrí las contraventanas y el calor entró como una visita sin invitación.
Giulia se dejó caer de espaldas en la cama.
—No le hagas caso si está seco. Este año está raro. Trabaja más de lo normal y apenas duerme.
—¿Por qué?
—Papá tiene invitados a todas horas. Gente que entra y sale, reuniones en el despacho, teléfonos... Negocios. Ya sabes.
—¿Qué negocios?
—Aceite, Tana. ¿Qué otros? —Rió, con esa risa que se enciende de golpe—. Anda, dúchate, que hueles a avión. El emparrado, a las nueve.
Cuando se fue, me quedé mirando la puerta cerrada más tiempo del necesario. Abrí la maleta pequeña y saqué el vestido verde, el único que no había pasado por la plancha desde Valencia, y lo colgué en la puerta del armario para que se le cayeran las arrugas.
A las nueve menos diez bajé al patio.