CAPÍTULO 1 #5
Llegaron los entrantes: carpaccio de pulpo con limón y alcaparras, burrata con tomate confitado, flores de calabacín rellenas.
Me dediqué a comer despacio, a beber poco, a no tocar nada.
Sonreí. Sonreí a Ottavio cuando me contó su teoría sobre el precio de las aceitunas del Salento, sonreí a Concetta cuando me enseñó una foto de su nieto, sonreí a Giulia cuando me pellizcó bajo la mesa. Cada sonrisa era una moneda gastada.
Y todo el tiempo, sobre la chimenea, la Adoración vigilaba la mesa con la fijeza de un testigo.
—Aitana —dijo Ettore, cuando retiraron los platos—. Te ruego que me disculpes si soy indiscreto. Pero llevas mirando mi Giordano toda la noche.
—Es difícil no mirarlo.
—Es una pieza singular. —Se echó hacia atrás en la silla y abrió las manos con orgullo—. La adquirí hace veinte años, a una familia de Nápoles con dificultades. Un cuadro que llevaba tres generaciones olvidado en un palacio. Lamberto lo certificó.
—Taller de Luca Giordano, segunda mitad del Seicento —dijo Lamberto enseguida, con la rapidez de quien se sabe el texto de memoria—. Con informe técnico completo. Reflectografía, examen de pigmentos, todo. Un expediente impecable.
—¿Qué pigmentos analizaron? —pregunté, con un tono que quise casual.
Lamberto tragó saliva. Una gota de sudor le resbaló por la sien y se detuvo sobre el bigote.
—Todos los de rigor. Albayalde, tierras, azurita...
—¿Azurita?
—Y lapislázuli, en el manto.
—Vaya —dije—. Qué lujo.
Nadie habló. Concetta miró el mantel. Ottavio dejó de sudar por primera vez en toda la noche, señal de un cambio de temperatura. Giulia me apretó el muslo por debajo de la mesa, una vez, con fuerza. Ni una palabra de cuadros.
—Papá —dijo, con una alegría tan brillante que dolía—. Prometiste que esta noche no se hablaba de arte. Le juré a Tana que la iba a librar de esto.
—Tienes razón, hija. —Ettore rió—. Qué descortés soy. Pero permíteme una última pregunta a mi invitada, y después callo para siempre.
Se volvió hacia mí. Los candelabros le encendían dos puntos dorados en los ojos.
—Dime, querida. Ahora que lo has visto de cerca. ¿Es auténtico?
La mesa entera quedó en suspenso. Yo miré a Lamberto: había palidecido bajo el bigote.
Miré a Fedora: había dejado la copa en el aire, inmóvil.
Miré, al fondo, a Raniero: tenía el tenedor suspendido a medio camino de la boca y la mirada clavada en mí con una intensidad tan seca que casi se oía. Una petición. Una súplica sin palabras.
Podía decir la verdad. Podía decir que aquel Giordano tenía el azul de una impresión digital y la piel de una estampa, que no lo había pintado un maestro napolitano sino un hombre paciente con un horno y una regla.
Podía decirlo con esas mismas palabras, en una mesa de banqueros, delante de un anticuario que había firmado un informe.
—Quien lo pintó —dije, escogiendo cada sílaba— conocía muy bien el oficio.
El silencio se abrió y se cerró.
—«Conocía muy bien el oficio» —repitió Ettore, con una lentitud deliciosa—. Me encanta cómo eliges las palabras.
—Es lo que veo.
—Y es lo que dices. Que no siempre es lo mismo. —Alzó su copa hacia mí—. Nadie miente con tanta elegancia como quien sabe la verdad, querida. Es una de las cosas que más admiro.
Lamberto soltó un suspiro tan largo que casi se desinfló. Fedora bajó la copa. Ottavio rió, aliviado, sin saber muy bien por qué. Y Raniero bajó el tenedor, muy despacio, hasta el plato.
Después de eso, la cena volvió a rodar. Llegó el plato principal —ternera braseada al Primitivo, con puré de apio nabo—, llegaron más vinos, más risas y una interminable discusión entre Ottavio y Fedora sobre la cotización del arte contemporáneo.
Comí. Bebí lo justo. Sonreí donde tocaba.
Pero la mirada de Ettore me pesaba sobre el perfil, suave, constante, como una mano tibia.
Hasta que trajeron el postre, una tarta de almendras con higos caramelizados, y Ettore se puso en pie y golpeó su copa con una cucharilla.
—Amigos. Antes del café, unas palabras.
Cayó el silencio con la obediencia de un ejército.
—Esta casa lleva tres generaciones en pie —dijo—.
Tiene cuarenta y dos obras entre pintura, escultura y cerámica antigua.
Nunca hemos hecho un catálogo serio de ellas.
Mi mujer lleva años reclamándome que lo haga, por el seguro, por los herederos, por la dignidad de la colección.
—Sonrió en dirección a sus hijos—. Y he aquí que la providencia me trae una restauradora a casa.
La sangre me subió a las orejas.
—Aitana —dijo, volviéndose hacia mí—, quiero proponerte un trabajo.
Catalogar la colección. Tres semanas, con los honorarios de una galería de primer nivel, el doble, si es preciso.
Alojamiento, por supuesto, ya lo tienes.
Acceso completo a todo lo que quieras examinar.
—Extendió la mano—. He dado orden de que se te abran todas las puertas de esta casa.
Hubo aplausos. Ottavio golpeó la mesa. Concetta sonrió con timidez. Fedora, en cambio, dejó la cucharilla sobre el platillo con un clic minúsculo.
—Padre —dijo Raniero.
Era la primera vez en toda la noche que hablaba. Su voz cruzó la mesa como una hoja.
—Hijo —contestó Ettore, sin volver la cabeza—, no seas descortés con los invitados.
Raniero calló. Bajó los ojos. Su mano derecha, la que descansaba junto al plato, se cerró en un puño lento, tan controlado que dolía mirarlo.
—Es una propuesta muy generosa —dije—. Necesito pensarla.
—Claro. —Ettore inclinó la cabeza—. Piénsalo esta noche. Pero empieza mañana. Ya te he dicho que te abro todas las puertas.
Todas las puertas. Repetía la frase con una dulzura que me resbalaba por la piel como un aceite frío.
El café se sirvió en la loggia, una galería cubierta de pinturas de guirnaldas y pájaros, con vistas al jardín iluminado.
Los invitados se dispersaron en corrillos.
Giulia se lanzó sobre Ottavio con una historia sobre un yate.
Ettore hablaba con Fedora en voz baja junto a una columna.
Yo me acerqué a una ventana, abrí un poco la hoja y dejé que el aire de la noche me enfriara la cara.
—Di que no.
La voz vino de mi izquierda. Raniero se había detenido a un paso, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el jardín, sin mirarme.
—¿Perdón?
—Mañana. Cuando te lo pregunte. Di que no. Que tienes compromisos en Valencia, que la galería te necesita, lo que sea.
—No tengo compromisos en Valencia.
—Invéntalos.
—¿Por qué?
Su mandíbula se tensó. Tardó tanto en contestar que el silencio se volvió respuesta.
—Porque no estoy seguro de poder cuidarte aquí.
—Nadie te ha pedido que me cuides.
—Lo sé. —Se giró por fin y me miró, con una franqueza dura, sin adornos—. Pero te lo estoy pidiendo yo. Que me dejes hacerlo.
Aquel «déjame» me dejó sin defensas. Abrí la boca, sin saber qué salía de ella.
—¡Rani! —gritó Ottavio desde el otro extremo de la galería, agitando una copa—. ¡Ven a decirme si tu padre está exagerando con el precio del pulpo!
Raniero cerró los ojos. Cuando los abrió, había vuelto el hombre sereno de siempre.
—Piénsalo —dijo—. Por favor.
Y se fue.
Me quedé un rato apoyada en la ventana, con las palabras de Raniero girándome por dentro como una moneda en un plato.
A las once y cuarto, echando de menos un chal que había dejado sobre una silla del salón, volví por el pasillo con paso silencioso.
Las puertas dobles estaban entornadas y dentro, entre las brasas de las velas moribundas, se oían voces bajas.
Me detuve.
—Ha visto el azul, Fedora. Lo he visto en su cara. —Era Lamberto, con la voz rota por el miedo—. Se lo dije a Ettore, se lo dije mil veces: nadie de fuera, nadie con esa formación. Ha sido un error traerla.
—Ettore sabe lo que hace. —Fedora, fría, cortante—. Siempre sabe lo que hace. Por eso la ha invitado.
—¿Y si dice que sí?
—Si dice que sí, será nuestra.
—¿Y si dice que no?
Hubo una pausa. Una de esas pausas largas, con peso de mármol. Alguien encendió un mechero. Olió a tabaco.
—Si dice que no —contestó Fedora, despacio—, Ettore decidirá qué se hace con los ojos que ven de más.
Retrocedí un paso. El tacón chocó contra el zócalo con un golpe seco, mínimo. Dentro cesaron las voces.
—¿Qué haces aquí?
Una mano me tocó el hombro. Giré con el corazón en la garganta. Era Giulia, con la copa en la mano y el collar de coral brillándole en el escote, sonriendo con los dientes.
—Buscaba mi chal —dije. La voz me salió más aguda de lo que quería.
—Papá pregunta por ti. —Su mirada bajó hacia la puerta entornada y volvió a mi cara, ágil como un pájaro—. ¿Has oído algo?
—Solo tu risa desde el otro lado de la casa.
Giulia sonrió. Fue una sonrisa perfecta. Y fue la primera vez, en doce años de amistad, que su sonrisa me pareció ensayada.