Bajo el orgullo del Highlander (Los indomables Kincaid 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

K ennan le rodeó la nuca con la mano y, sin vacilar, la atrajo hacia sí, reclamando su boca con una urgencia que ya no admitía contención, decidido a saborear sin reservas toda la pasión que ella guardaba, y Meriel no opuso resistencia, porque su corazón latía con una fuerza desbocada y el deseo que había reprimido durante semanas ascendía ahora por su sangre como un fuego incontenible, exigiendo, por fin, ser satisfecho.

Aquel beso no era como los anteriores, no era una insinuación ni una promesa contenida, sino una afirmación plena, ardiente, en la que los labios de Kennan despertaban en ella algo primitivo, profundamente femenino, que la arrastraba sin remedio hacia él, haciéndole desear más, mucho más, hasta el punto de querer abandonar toda reserva y mostrarle sin pudor lo que él provocaba en su cuerpo, pero entonces sus labios se separaron y cualquier intento de hablar, de suplicarle que regresara, se desvaneció cuando sintió su boca descender por su cuello, rozando con exquisita lentitud la vena que latía frenética bajo su piel.

Kennan respiró su aroma, acarició con la nariz y besó la curva de su nuca, dejándose llevar por los suaves jadeos que escapaban de ella, y cuando el temblor que la recorrió lo atravesó también a él, el hambre que despertó en su interior se volvió feroz, de modo que regresó a su boca con renovada urgencia, profundizando el beso, dejando que su lengua encontrara la suya mientras sentía cómo los dedos de Meriel se aferraban a su cabello, enredándose en él, tirando suavemente, como si quisiera retenerlo allí, en ese instante suspendido en el que el deseo comenzaba a imponerse sobre cualquier pensamiento racional.

Pero Kennan aún conservaba un último resquicio de control, y, sabiendo que estaba a punto de perderlo por completo, se apartó a regañadientes, apoyando la frente contra la de ella, respirando con dificultad mientras intentaba contener el impulso de volver a besarla, de no detenerse jamás.

Había sido un necio al creer que podría dominar aquello, que su atracción por Meriel, por intensa que fuera, seguiría siendo manejable, porque lo que sentía ahora era algo distinto, una necesidad abrasadora que amenazaba con arrastrarlo más allá de cualquier límite, y aun así, incluso en ese instante, la tentación de inclinarse de nuevo y tomar su boca era casi insoportable, como si cada latido lo empujara hacia ella.

Meriel aprovechó ese breve espacio para respirar, pero no necesitó preguntar por qué se había apartado, porque lo comprendía con claridad, porque, aunque careciera de experiencia, no ignoraba lo que estaba a punto de suceder entre ellos, y la intensidad de lo que acababan de compartir le hacía admirar, casi con asombro, la fuerza de voluntad de Kennan, pues ella no había sentido deseo alguno de detenerse.

Cuando él intentó separarse un poco más, sus miradas se encontraron, y al ver el hambre salvaje que ardía en sus ojos azules, Meriel comprendió que su autocontrol pendía de un hilo, que apenas se sostenía, y ese conocimiento no hizo sino avivar aún más su propia determinación, porque había esperado demasiado, había luchado demasiado contra lo que sentía, y ya no estaba dispuesta a retrasarlo ni un instante más.

No le importaban ni el lugar ni la hora.

Había sentido antes el contacto de otras mujeres, había disfrutado de caricias y de juegos de seducción, pero nada se parecía a aquello, porque el roce de Meriel parecía incendiar cada fibra de su ser, despertando todo lo que había mantenido reprimido durante tanto tiempo, y en ese instante comprendió que ella no solo superaba cualquier expectativa que hubiera tenido, sino que se había convertido en algo imprescindible, en algo suyo, y, lo que era más importante, ella también lo deseaba.

Y esa certeza terminó de quebrar su resistencia.

Se inclinó de nuevo hacia ella, hundiendo los dedos en su cabello mientras aspiraba su aroma, y volvió a besarla con una intensidad renovada, dejándose arrastrar por la suavidad de sus labios, por su respuesta ardiente, por la forma en que ella se entregaba sin reservas, haciendo que su necesidad creciera hasta volverse imposible de ignorar.

Esta vez no pensaba permitir que él se detuviera.

Sus manos recorrieron sus brazos, descendieron, se deslizaron bajo la tela hasta encontrar la calidez de su piel, explorando la firmeza de su torso, la textura del vello en su pecho, la potencia de su cuerpo, y cuando él jadeó bajo su contacto, su boca abandonó la de ella, permitiéndole inclinarse y besar su pecho con una devoción casi reverente.

Saber que era ella quien provocaba aquel latido acelerado, aquel descontrol en él, despertó en Meriel una urgencia desconocida, una necesidad profunda de descubrir más, de sentir más, y sin pensarlo, encontró el borde de su camisa y se la quitó, dejándolo al descubierto bajo la luz cálida de la tarde.

—Necesito verte, Meriel —murmuró, con la voz ronca, cargada de una intensidad que apenas podía contener.

La besó de nuevo, con desesperación, mientras sus manos comenzaban a desvestirla con una lentitud reverente, como si cada capa retirada fuera un acto de adoración, hasta que la tela cayó a sus pies y pudo contemplarla por completo, recorriendo su cuerpo con una mirada ardiente que la hizo estremecer.

Cuando Meriel alzó la mano para tocarlo, él la llevó a sus labios, besando su palma con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que ardía entre ellos, y aquel gesto, tan suave, tan inesperado, hizo que ella cerrara los ojos y dejara escapar un leve gemido mientras sus sentidos se rendían por completo.

Sus manos comenzaron a recorrerla con una delicadeza que encendía cada centímetro de su piel, despertando un calor creciente que se concentraba en lo más profundo de su cuerpo, convirtiéndose en una necesidad apremiante, mientras su respiración se aceleraba y su espalda se arqueaba, incapaz de contener lo que él provocaba en ella.

Kennan la observó, cautivado, perdiéndose en la perfección de su cuerpo, en la forma en que respondía a cada caricia, en cómo el mundo entero parecía reducirse a ese instante, a esa unión, a esa necesidad de conocerla por completo.

Y, aun así, en medio de aquel torbellino, una parte de él seguía luchando por contenerse, por no precipitarse, por asegurarse de que ella encontrara placer en cada gesto, en cada roce, incluso cuando su propio deseo amenazaba con arrasarlo todo.

—Solo déjame tocarte, amor… necesito saborearte —susurró antes de inclinarse sobre ella, dejando que su boca descendiera, despertando en Meriel sensaciones tan intensas que la hicieron retorcerse bajo él, atrapada entre la necesidad de más y el vértigo de lo desconocido.

El tiempo dejó de existir, disuelto en la intensidad de cada caricia, en la cadencia entrecortada de sus respiraciones y en el latido desbocado que los unía, hasta que nada más tuvo sentido, hasta que el mundo entero se desvaneció y solo quedaron ellos, atrapados el uno en el otro, consumidos por un deseo que crecía sin tregua, profundo, urgente, inevitable.

La acarició y la mimó hasta que ella se retorcía incontrolablemente en sus brazos. Gritó ante las sensaciones que la invadían, tumultuosas, turbulentas, salvajes e indomables, mientras él se sumergía más profundamente.

El deseo de Kennan por ella se había vuelto insoportable y ya no podía negarse a sí mismo el alivio. Le temblaban las manos cuando las posó sobre sus muslos y las instó a abrirse, colocando sus caderas sobre las de ella.

Cuando bajó la mirada hacia su rostro, sus ojos eran oscuros y profundos. Le puso las manos a ambos lados del rostro y se inclinó hacia su boca. Le dio un beso suave. Explorándola con delicadeza, se embriagó con la humedad entre sus piernas, rezando por poder controlar su deseo un poco más.

Kennan le acunó el rostro entre las manos y susurró con voz ronca:

—Me perteneces… ¿lo entiendes?

Al verla asentir, se colocó entre sus muslos y le levantó las caderas. Tan lentamente como pudo, comenzó a penetrarla. Estaba húmeda de deseo, caliente y estrecha; sabía sin lugar a dudas que ella estaba hecha para él. Solo se detuvo cuando sintió el escudo de su virginidad.

Meriel contuvo la respiración, esperando el terrible y desgarrador dolor.

Él era grande. Al principio pensó que demasiado grande, pero él se movía gradualmente, abriéndola, dando tiempo a su cuerpo para adaptarse a su tamaño mientras se hacía un hueco en lo más profundo de ella.

Un gemido de desesperación, de deseo, se escapó de su garganta.

Su cuerpo se sentía mitad hielo, mitad llama. Necesitaba que él continuara.

Ardiendo de deseo, Kennan gritó en el momento en que Meriel comenzó a moverse con desesperada necesidad.

Sus manos sujetaron sus caderas, deteniendo su movimiento.

Su control se desvanecía y podía sentir cómo se desmoronaba.

Apretando la mandíbula, clavó la mirada en la de ella y luego rompió su delgada barrera, adentrándose hasta el centro de su cuerpo, haciéndola suya para toda la eternidad.

Al oír su grito de dolor y sorpresa, el cuerpo de Kennan se tensó. Pero cuando ella reaccionó por instinto e intentó apartarse, él se negó a dejarla, manteniéndose hundido profundamente en su estrecho pasaje. Le sujetó el rostro entre las manos.

—No pasa nada, amor —gimió, saboreando la sensación de posesión—. El dolor ya ha pasado, te lo prometo.

Y para ayudarla a volver a la excitación, su lengua se hundió en su boca, hambrienta en su ansia de unirse a ella.

Retirándose ligeramente, quiso darle tiempo para adaptarse, pero el latido de su excitación era agonizante.

No pudo parar. Se introdujo en ella con rapidez, llenándola por completo con una embestida larga y poderosa.

Ella abrió mucho los ojos, pero esta vez no había dolor reflejado en esos lagos verdes y dorados.

Kennan volvió a tomar su boca y comenzó a moverse.