Bajo el nombre de Astrid Capítulo 40
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Capítulo 40

Volvieron a Sanday el catorce de septiembre en el bote de Sæbjorn, once hombres y dos que no lo eran, y la travesía la hicieron con viento del sur y en un día.

Lo que llevaban era esto. Cinco onzas de plata en un saquito.

Dos vacas debidas al conde de las Órcadas, a pagar el día que las hubiera.

Un vestido de lana roja que había bajado de un barco puesto en otra mujer y que ya no era de nadie más.

Dos broches. Y una vara de un pedazo de remo partido con tres marcas largas, dos cortas y una cruz, que no servía ya para nada y que Hild no tiró.

Casa no tenían.

Los metieron en Nesbol, en el cuarto del fondo, que era donde había dormido ella nueve años, y Bergdis les puso dos mantas y no dijo nada de nada. En aquella isla, aquel septiembre, había doce casas que iban a pagar el paño doblado en febrero y que acababan de meter dos bocas más.

Lo dijo Ormar la primera noche, sentado a la mesa, mirando el cuenco y no a ellos.

—Aquí se come poco y se come todos.

Y no dijo más y no hacía falta.

En la grava, al varar, no hubo nada. Bajaron el bote entre todos como se baja un bote y la gente que estaba fue subiendo el pescado y lo demás, y a ella la miraron y no la miraron, que es lo que hace una isla con una cosa que no sabe todavía cómo llamar.

El que habló fue un hombre de la casa de arriba del camino, de las cuatro que no habían jurado nada en mayo porque no las llamaron.

—Nosotros en febrero pagamos el paño doblado —dijo—. Y a nosotros no nos preguntó nadie en aquel establo.

—No —dijo Hild.

—Es que no lo digo por decir. Lo digo porque es verdad y porque si no lo digo yo ahora lo voy a estar diciendo todo el invierno por detrás, y eso es peor para todos.

—Es verdad y no tengo nada que contestarte.

El hombre estuvo esperando otra cosa, porque la gente espera siempre otra cosa, y como no llegó cogió su cesto y subió la cuesta.

Y eso fue todo lo que pasó en la orilla, y fue mejor que si no hubiera pasado nada.

La segunda noche subió a Nesbol Sumarlidi, que es el que menos pone de los doce y el que no ha fallado un año, y se quedó en la puerta sin entrar hasta que lo hicieron entrar.

—Yo vengo a preguntar una cosa y no vengo a pedir nada —dijo—. Si en marzo sube un hombre del conde a contar casa por casa y con la gente delante, como dijo él en aquel campo, ¿qué es lo que mira?

Kolbein estaba en el banco con las botas quitadas.

Estuvo un momento callado, porque llevaba diez días siendo un hombre al que no le preguntaban nada.

—Mira tres cosas —dijo—. Mira el techo, porque un techo nuevo quiere decir que ha habido con qué. Mira cuántos comen en la casa y cuántos trabajan, y si no cuadra, pregunta. Y mira el montón de la turba, que es lo que nadie esconde porque nadie se cree que se mire.

Sumarlidi asintió despacio.

—¿Y la vaca de Grim?

—La vaca de Grim se la van a contar a la tercera casa, y como la lleven a Nesbister ese día, Grim paga nueve años de golpe.

—Eso es lo que yo decía. —Sumarlidi se levantó—. Se lo digo.

Y se fue, y Ormar, que no había abierto la boca en toda la conversación, se quedó mirando la puerta.

—Mañana viene otro —dijo.

—Ya lo sé.

—¿Y eso se cobra?

—En esta isla no —dijo Kolbein.

Lo otro lo dijo Bergdis, y lo dijo en el patio y no dentro, con las manos en el cubo.

—Hay que llamarlo de alguna manera.

—¿El qué?

—Lo del cuarto del fondo. —Bergdis dejó el cubo en el suelo—. A mí me da igual y a tu tío le da igual, y a esta isla también le da igual, pero esta isla tiene que poder decirlo. Si no lo puede decir, lo dice mal, y lo va a decir mal durante cuarenta años y lo van a decir los críos de los críos.

Hild se quedó con el paño en la mano.

—No tengo casa, no tengo padre y no tengo nada que traer —dijo—. Y él debe dos vacas.

—No te he preguntado lo que tienes.

Aquella noche lo hablaron los cuatro a la mesa, y lo hablaron como se habla una cosa de la casa, que es sin ponerse de pie y entre dos cucharadas.

Ormar lo resolvió mirando al cuenco.

—En primavera, cuando suba el primero de fuera, yo digo en la orilla que están casados desde el otoño —dijo—. Y lo digo delante de quien haya. Nadie va a preguntar el día, que aquí no se pregunta el día. Y el que quiera contar que cuente.

—¿Y si alguien dice que no es verdad?

—¿Quién lo va a decir? —Ormar se encogió de hombros—. Aquí lo dice uno y no lo desdice nadie, y a los dos años es lo que pasó.

Bergdis lo dio por hecho y se levantó a por el pan.

Hild siguió sentada con las dos manos alrededor del cuenco.

Era lo mismo que le habían hecho en mayo, con las mismas piezas y con la misma gente, y esta vez iba a salir a su favor.

No lo dijo esa noche tampoco.

Kolbein la estaba mirando desde el otro lado de la mesa y se lo vio en la cara, que era lo que hacía aquel hombre, y se lo calló.

Lo de la playa fue tres días después, y fue por la tarde, y subió la isla entera.

Vinieron las doce casas y vinieron los de las otras cuatro que no habían jurado nada y que llevaban cuatro meses sabiéndolo igual, porque en una isla de aquel tamaño no se sabe una cosa a medias.

Vinieron las mujeres y vinieron los críos.

Se pusieron encima de la playa, donde se entierra a la gente de la isla, alrededor del sitio donde el dieciséis de mayo habían cavado Thorgils y el hijo de Hoskuld.

Lo dijo Ormar Hrutsson porque era el patrón y porque se lo habían mandado en un campo de Tingwall, y lo dijo mal, que era como decía él las cosas, y eso hizo que se oyera mejor.

—Aquí está enterrada Astrid Sigvaldadottir, de Sogn, hija de Sigvaldi —dijo—.

Llegó a esta isla el primero de mayo con fiebre y se murió aquí la noche del doce, y la cuidaron doce días y once noches y la lavó Gyda, y nadie le hizo nada.

La enterramos con otro nombre y el nombre era de su criada.

—Se paró y le costó arrancar otra vez—. La criada se llamaba Groa y se murió en el mar y no tiene sitio en ninguna parte, así que el sitio que tiene es este también, y se dice aquí para que lo sepa esta playa.

Y eso fue todo, y la gente se quedó un rato y se fue bajando de dos en dos y de tres en tres, porque era media tarde y había faena.

Gyda se quedó sentada en una piedra mientras bajaba la gente, porque de pie ya no aguantaba mucho rato, y Hild se sentó en el suelo a su lado.

Estuvieron un rato sin decir nada.

—Todo lo que te enseñé en mi cocina aquellos dos días no era mío —dijo Gyda—. Eso lo sabes.

—Sé que estuviste de moza en Egilsay.

—Tres años, en casa de Rognvald, con quince.

—Gyda tenía las manos encima de la falda y no se las miraba—.

Y lo que aprendí allí fue mirar. Cómo se sienta una mujer de casa grande, cómo coge el pan, que no mira lo que coge.

Y me volví a esta isla con dieciocho años y me casé aquí y me morí aquí, y eso que aprendí lo tuve cuarenta y cinco años dentro sin usarlo una sola vez, porque aquí no hace falta y aquí no sirve para nada.

—Me sirvió.

—Ya lo sé, niña. —Gyda se movió un poco en la piedra—. Eso es lo que te estoy diciendo.

Y no hizo falta más.

Cuando dejó de haber luz quedaban doce.

Hild los contó sin querer, como se cuenta lo que se tiene delante, y le salió doce, y no lo dijo.

Estaban Ormar y Bergdis. Estaba Gyda, que tenía sesenta años y que se había sentado en una piedra porque de pie ya no aguantaba.

Estaban Thorgils Bardason y el chico, Bardi.

Estaba Sæbjorn Grimsson. Estaba Hoskuld Onundsson, que había subido la cuesta el último.

Estaba Thorstein, que no hablaba. Estaba Ketil el Cojo.

Estaba Grim, el de la vaca. Estaba Kolbein Ottarsson, sin nada en el brazo, de pie un poco apartado, que era donde se ponía.

Y estaba ella.

—Di algo —dijo Ormar.

—¿De qué?

—De lo que sea. —Se removió—. Tú sabes decir cosas y aquí no sabe nadie. Yo ya he dicho lo mío y lo he dicho fatal.

Hild estuvo un momento callada.

Cuatro meses y dos días antes, en aquella misma isla, había dicho el nombre de otra mujer en voz alta en una cocina vacía al amanecer, y lo había dicho para cumplirle a una muerta y porque le había salido la cuenta.

Después lo había dicho en un patio delante de la isla, y en un salón delante de sesenta personas, y en una mesa delante de un hombre bueno que le estaba contando su propia infancia.

—Me llamo Hild Ketilsdottir —dijo.

—Eso ya lo sabemos, niña —dijo Gyda desde la piedra.

—Ya lo sé. Es que lo estoy diciendo aquí.

Y después dijo lo otro, que era suyo y que llevaba diez días haciéndolo por dentro, con dos versos de una muerta y dos que no eran de nadie:

Lo que se dice en voz alta no se pierde.

Lo que se calla se lo queda el otro.

Dije mi nombre en un campo y no en una puerta,

y no lo guarda nadie. Lo llevo puesto.

Nadie dijo que estuviera bien, porque en aquella isla no se dice eso.

Gyda se levantó de la piedra con las dos manos y dijo que se iba, que hacía frío.

Hoskuld dijo que a él lo de los versos no le había gustado nunca y que ese no estaba mal.

Thorgils no dijo nada y le puso la mano en el hombro al pasar, que en aquel hombre era mucho.

Grim preguntó si eso se podía aprender y Sæbjorn le dijo que él no.

Y se fueron bajando.

Quedaron los dos últimos encima de la playa, con la marea entrando y el viento del sur, que en septiembre todavía no corta.

Kolbein estaba mirando cuesta abajo, hacia donde se iba la gente, y tenía la mano derecha un poco separada del cuerpo y los dedos moviéndose contra la palma, uno detrás de otro, despacio y sin darse cuenta.

Llevaba veinte años haciendo aquello y no lo iba a dejar de hacer por una sentencia.

—Eran… —dijo.

—Doce —dijo Hild.