Epílogo
La sarta que lleva ahora es de hueso y se la hizo él en el invierno, con un cuchillo malo y a la luz del fuego, y le costó dos meses porque le salía una de cada tres.
Son trece. Doce de hueso y una de plata en el medio, que salió de las cinco onzas, y la de plata está peor hecha que las otras porque la plata no se trabaja como el hueso y él no lo sabía cuando empezó.
Hild las contó el día que se las puso, en el tiempo que se tarda en mirarlas, y no preguntó por qué eran doce, y él no se lo dijo.
Se enganchan en los dos broches, una anilla en cada uno, y quedan cruzadas por delante y encima del hueco, y hacen un ruido corto y seco cuando ella levanta la mano.
Ya no la levanta.
El barco de Caithness entró en la bahía a primeros de abril, que es cuando se puede, y era uno de los de Ragna Thorgilsdottir, el chico, el del pleito que no llegó a haber.
Traía sal, traía hierro y traía el encargo del año, que es lo que ella manda y lo que él le cuenta, dos veces al año, lo que cargan, lo que cobran y lo que se les va por el camino.
Y traía tres cosas más.
La primera era un verso. Venía en la cabeza del patrón, aprendido de oído y con dos palabras cambiadas, y lo decía un hijo segundo que ya no está en las Órcadas y que lleva el invierno entero en Caithness llevándole las cuentas a una viuda con tres barcos.
Hild lo oyó una vez y lo tuvo entero, y le corrigió las dos palabras al patrón, que se quedó mirándola.
No lo ha quemado. Eso fue lo que Hild pensó y no dijo.
La segunda era que a Arnkel Einarsson lo habían visto en Dublín en febrero, en el mercado, andando y con gente detrás.
El patrón lo contó como se cuentan esas cosas, sin darle importancia, y a Kolbein se le quedó la cara de un hombre haciendo una cuenta, y no dijo nada aquella tarde ni al día siguiente.
Y la tercera la contó el patrón de paso, entre lo del hierro y lo del precio de la lana.
Que en la casa del conde, en septiembre, con todo el mundo en el thing, se les fue una esclava y no apareció, y que el conde la metió en la columna de lo perdido y no mandó a nadie detrás, porque en septiembre tenía otras cosas encima.
Que era irlandesa. Que en el salón la llamaban Kolla, por una vaca.
Hild estaba de pie al lado de la puerta con el cesto en la cadera y estuvo quieta.
Tenía en la boca un nombre de dos sílabas con una vocal que no existe en esta lengua y que le costó treinta veces una noche de agosto, y que le había prometido a su dueña no decir en voz alta delante de nadie de aquella casa, y de ninguna otra.
—Vaya —dijo.
Y cogió el cesto y salió a la orilla.
De lo demás hay poco que contar y es lo bueno.
En Hamnavoe manda otro. Kolbein cuenta para Ragna y cuenta para el municipio, que es lo que nadie quería y lo que todo el mundo necesita, porque durante tres años la vara de esta isla la lee un hombre del conde y en esta isla hay uno que sabe exactamente cómo lee un hombre del conde.
El paño doblado se pagó en febrero y dolió, y se pagó entero, y Thorgils tiene el techo peor que el año pasado.
De las dos vacas que le debe al conde de las Órcadas tiene una, y está preñada, y eso hace un año y no diez.
Vigfus Hallsson viene este verano y lo ha dicho por escrito a través de dos hombres, que es como se dice por escrito aquí. No ha dicho si viene a llevársela.
En la playa, encima del sitio, hay dos piedras puestas de canto y no hay nada escrito en ninguna, porque aquí no se escribe.
Lo que hay es que en esta isla no queda nadie que no sepa quién está debajo y cómo se llamaban las dos, y eso se cuenta cada vez que hay alguien nuevo, y lo cuenta Ormar y lo cuenta mal.
El que quiera saberlo dentro de cuarenta años va a tener que preguntárselo a alguien, y alguien se lo va a decir.
Y si le preguntan a ella cuál es el suyo, de los dos nombres que llevó, contesta lo que contestó aquella tarde encima de la playa, delante de doce personas y con el viento del sur:
y no lo guarda nadie. Lo llevo puesto.