Bajo el nombre de Astrid Capítulo 39
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Capítulo 39

El arcón de las cuentas llegó de Birsay a media tarde, en el bote chico, y lo subieron entre dos hombres por la cuesta estrecha.

Era un arcón de roble de los de dos asas, con la tapa gastada y sin cerradura, porque las cuentas de un conde no se cierran con llave, se guardan donde se ve. Lo pusieron al lado de la piedra y lo abrieron, y lo que había dentro eran varas.

Torf-Einar estuvo con ellas hasta que se fue la luz de verdad.

No las leyó él. Las iba sacando y las iba pasando a Ingimund, que las leía en voz baja, y de vez en cuando el conde le hacía repetir una y se quedaba con ella en la mano. Sanday, Eday, Stronsay, las islas del norte, Rendall, Harray, Evie. Nueve islas y cuarenta y tantas casas por isla.

Hild no se sentó donde la habían dejado y los contó a ellos, porque no había otra cosa que contar. Doscientas cuarenta personas el día antes. Aquella tarde, trescientas y pico, y no cabían, y nadie se fue.

A mediodía había pasado la tercera marea.

Lo supo por el sol y lo supo sin mirar a nadie, y para entonces el conde llevaba una hora con el arcón abierto y ella llevaba una hora de pie a cuatro pasos de la piedra. Notó la vara contra las costillas y no se movió, y aquello fue lo último que decidió aquel día.

El conde cerró el arcón cuando ya había que encender.

—Esto no es un discurso —dijo—. Es una cuenta, y la voy a decir por su orden y de una vez, y no la voy a repetir.

Y la dijo.

—Lo que yo he perdido este año es esto. En marzo pagué por una mujer de Sogn doce onzas de plata y cuatro cabezas, y esa mujer está enterrada en una playa desde el dieciséis de mayo y el que la enterró me lo ha dicho ayer y no en mayo.

Perdí eso, y perdí una boda para mi hijo segundo, que ya no la hay, y perdí que un hombre del rey Harald esté cuatro meses en mi casa comiendo de mi mesa dentro de una mentira que llevaba mi marca.

Eso último no tiene precio y por eso no lo voy a poner en la cuenta. Lo pongo aparte.

Nadie dijo nada.

—Lo que he ganado es una cosa y la digo porque si no la digo yo la va a decir otro. Ayer por la mañana, antes de que se sentara nadie en este campo, mi ármaðr me puso en la mano el derecho de odal de Hamnavoe, entero y sin condición. Eso está en el saco y ahí se queda.

Se volvió hacia la tercera fila.

—Kolbein Ottarsson. Ponte de pie, que esto es tuyo.

Kolbein se levantó.

—El cargo ya no lo tienes y no hace falta que te lo quite, que te lo has quitado tú delante de trescientas personas.

El brazalete lo dejaste ahí en la hierba y lo recogí yo.

La casa y la tierra las tengo desde ayer.

—El conde contaba con la mano abierta encima de la rodilla y no con los dedos—.

Queda el precio de la palabra, que son doce onzas y cuatro cabezas, y eso no se perdona ni se aplaza porque lo perdí yo y me lo tienes que devolver tú, que eras el fiador. Págalo.

Kolbein se soltó el saquito del cinto, se acercó a la piedra y contó doce onzas encima, en montones de cuatro, y las contó en voz alta porque se paga en voz alta.

—Y las cabezas.

—Tengo dos vacas y cuatro ovejas en Hamnavoe. Las dos vacas son tuyas desde ahora. Las ovejas no son cabezas y las pongo igual.

—Las ovejas no son cabezas y me las quedo. —El conde asintió—. Y me sigues debiendo dos.

—Sí.

—Pues me debes dos vacas. —Torf-Einar se echó un poco hacia atrás—.

Y me las vas a traer el día que las tengas, y si tardas diez años, en diez años, y si no las tienes nunca me las debes hasta que te mueras.

Un hombre que me debe dos vacas no se va de estas islas sin decírmelo.

Ese es el sitio en el que te dejo y es el que has elegido tú.

En las filas hubo un ruido bajo, porque aquello lo entendió todo el mundo a la vez.

—Te queda plata en ese saquito —dijo el conde.

—Me queda.

—¿De dónde?

—Eso no lo voy a decir.

El conde lo miró un momento con el ojo bueno y lo dejó estar, y aquella fue la única cosa de todo el día que no metió en la cuenta.

—Ahora la mujer.

Hild dio un paso y no hizo falta que le dijeran nada.

—Lo que yo he perdido está pagado y lo acaba de pagar el que respondió —dijo el conde—.

Tú a mí no me debes plata, porque tú no diste tu palabra por nada; tú te pusiste un nombre que no era tuyo y eso a mí me costó doce onzas que ya están encima de esta piedra.

Lo que queda es lo otro, lo que he puesto aparte, y lo otro no es mío. Es del que dio su palabra en Sogn.

Se volvió hacia las filas de abajo.

—Vigfus Hallsson. Di lo que quieres que se le haga y se le hace.

Vigfus se levantó y tardó en hablar, y nadie en aquel campo le metió prisa.

—Nada —dijo.

—Dilo entero, que aquí lo entero es lo que vale.

—Lo digo entero. —Vigfus se puso las manos en el cinto—.

A mí colgar a esa mujer no me devuelve nada.

Yo vine a estas islas a poder volver a una casa de Sogn y decirle a un hombre la verdad, y ahora la tengo entera y es peor de lo que iba a buscar y la tengo.

Le voy a poder decir dónde está su hija, y que la cuidaron doce días y once noches, y que la lavaron y que la enterraron con cuarenta personas delante y viento del norte.

Eso me lo han dado aquí y me lo han dado los que hablaron ayer y hoy.

Si mañana cuelgan a alguien por esto, yo vuelvo a Sogn con una mujer muerta y con una mujer colgada, y de las dos cosas la primera ya la traía.

—¿Y qué pides?

—Dos cosas y las dos son baratas. —Vigfus levantó un dedo—.

La primera, que en esa playa de Sanday se digan los dos nombres en voz alta, delante de la isla entera, y que se diga cuál es cuál.

El de ella y el de la criada, que se llamaba Groa y no tiene sitio en ninguna parte.

Yo no puedo llevármela en septiembre y no sé si me la voy a llevar nunca, pero quiero que esa playa sepa a quién tiene.

—Se dice.

—Y la segunda, que en primavera pueda volver a estas islas sin que nadie me pregunte a qué vengo.

—Puedes volver.

Vigfus asintió y siguió de pie un momento más, y después se volvió hacia la piedra, hacia donde estaba Hild, y le hizo la pregunta que no le había hecho nadie en cuatro meses.

—Una cosa. En esos doce días, ¿habló de mí?

Y Hild tuvo delante, otra vez y por última vez, una palabra de dos letras que no costaba nada.

—No —dijo.

Vigfus Hallsson se quedó quieto y después bajó la cabeza una vez, como se asiente a una cuenta que se ha comprobado.

—Bien —dijo, y se sentó.

—Los de Sanday —dijo el conde.

Los doce seguían de pie desde el mediodía.

—A doce casas de una isla no se les quita nada, porque entonces quién me paga a mí la renta el año que viene, y eso lo sabe ese hombre de ahí, que tiene setenta años, y lo sabía cuando juró.

—Torf-Einar no lo dijo de mala manera y no lo dijo de buena—.

Así que a los doce no les pasa nada, y que nadie salga de este campo diciendo que he sido bueno, porque no lo he sido. He hecho una cuenta.

Nadie se movió.

—Y ahora lo que sí. Sanday me paga este año el paño doblado, que en la casa del techo malo son dos varas más y en las otras lo que sea, y eso lo vais a notar en febrero y quiero que lo notéis.

Y otra cosa que os va a doler más. —Levantó la cabeza—.

Durante tres años, las cuentas de esa isla las cuento yo.

No las cuenta un ármaðr y no las lleva una vara de vuestra casa.

Subo yo o sube el que yo mande, y se cuenta casa por casa y con la gente delante.

Hoskuld Onundsson se sentó entonces, y se sentaron los otros once detrás de él.

—Arnkel Einarsson.

Arnkel se levantó sin que se lo dijeran.

—Los barcos que ibas a tener no los vas a tener, y los que hay en el poniente de Eday no los vas a ver entrar.

La malta y los barriles son míos desde hoy y el paño encerado también.

—El conde hablaba igual que le había hablado a Kolbein—.

Y tú te vas de estas islas antes de las noches de invierno y no vuelves mientras yo viva.

—¿Con qué?

—Con quince onzas y con un barco hasta donde quieras que te lleve, y eso te lo doy porque eres mi hijo y porque un hombre que echa a su hijo sin nada está diciendo delante de todo el mundo que le tiene miedo. —Torf-Einar se encogió de hombros una vez—. Y te lo doy hoy para no dártelo nunca más.

Arnkel se quedó un momento mirando a su padre, y lo que dijo no fue una súplica, que aquel hombre no suplicó en toda su vida.

—Me vas a echar de menos en febrero —dijo.

—Ya lo sé —dijo el conde.

Y no volvieron a hablarse.

—Thorbjorg.

Thorbjorg se levantó de la fila de las mujeres con las manos metidas en el delantal.

—A ti mi hijo te prometió una cosa que no era suya —dijo el conde—.

Le prometió a tu hija y tu hija es de esta casa, y lo que promete un hijo de esta casa lo debe esta casa aunque el hijo se vaya a Dublín.

Yo no te doy nada. Yo pago lo que se ha prometido con mi nombre, que es distinto y quiero que se oiga que es distinto. Asa queda libre.

—¿Cuándo? —dijo Thorbjorg.

—Mañana.

—Bien.

Y se sentó, y no miró a Hild ni aquella tarde ni al día siguiente, y no volvió a cantar en aquel campo.

El conde tardó un momento y después dijo la última línea de la cuenta, y la dijo mirando a Hild.

—Y tú te vas viva de este campo, y no te vas viva porque yo sea blando —dijo—.

Te vas viva porque lo que me costaste está encima de esta piedra y lo ha puesto un hombre que se quedó sin nada para ponerlo, y porque lo otro, lo que no tiene precio, lo acaba de dejar en el suelo el único que podía cobrarlo.

Yo no perdono a nadie. Yo cobro. Está cobrado.

Cerró la mano encima de las doce onzas.

—Se acabó.

Erlend Einarsson no estuvo en el campo aquella tarde, y no estuvo tampoco al día siguiente, y se supo después que había bajado a la grava el día seis y se había embarcado con la gente de Caithness.

Aquella noche durmieron en Tingwall, en la orilla, porque nadie tenía ganas de andar.

En la grava hay dos cobertizos de barcos con el techo de tepe y las paredes de piedra hasta la altura de un hombre, y en uno de ellos había un bote levantado sobre dos caballetes y sitio debajo, y paja vieja.

Hild entró la última y echó la lona por la abertura.

Él estaba sentado en el suelo con la espalda en la pared, y no tenía nada en el brazo, y se le veía raro el brazo de una manera que no tenía nada que ver con el frío.

Hild se metió la mano por dentro de la lana, entre la camisa y el vestido, y sacó la vara, y se la puso en la mano.

Kolbein la miró y le pasó el pulgar por encima, como se comprueba una cosa que se sabe.

—Pasó a mediodía —dijo.

—Sí.

—¿Lo sabías?

—Lo sabía por dónde estaba el sol. —Hild se sentó a su lado, en la paja, con el hombro contra el suyo—. Estaba a cuatro pasos de la piedra y llevaba una hora de pie, y el conde estaba con el arcón abierto y no me miraba nadie. Y no me moví.

Kolbein se quedó con la vara en la mano un rato.

—A cuatro horas de aquí hay cuatro hombres recogiendo —dijo.

—Ya.

—Y esta es la primera cosa que llevas encima en cuatro meses que no tenías que esconder.

—No —dijo Hild—. Es la segunda.

Y aquella noche no había nada que esconder ni delante de quién, y eso era todo lo que tenían los dos, y era más de lo que habían tenido nunca.

No hizo falta hablar de si se podía. En el cobertizo no había nadie que contar, no había un barco que saliera por la mañana, no había una vara apartada contra un arcón ni cuarenta personas durmiendo a doscientos pasos, y ninguno de los dos tenía un cargo, una casa, un nombre prestado ni una cuenta abierta con el otro.

Ella se quitó los dos broches y los dejó en el suelo, al lado de la vara, y fue la primera vez desde el trece de mayo que se los quitaba delante de alguien.

Él le buscó la cicatriz del pulgar con el pulgar, como en la cabaña, y esta vez no hizo falta buscarla.

Fue larga y fue callada y no mandó nadie, y lo que la hacía distinta de las otras cuatro no era el sitio ni la paja ni el frío. Era que ninguno de los dos estaba pensando en el día siguiente.

Después se quedaron debajo del bote con las dos capas encima y la lona sujeta con una piedra, oyendo el agua en la grava, que en Tingwall suena bajo porque la bahía está cerrada.

Kolbein tenía la mano abierta encima de la espalda de ella y no se movía.

—Hace frío, Hild —dijo.

Tres palabras, al final, y sin darle ninguna importancia.

Hild no contestó nada, y se quedó muy quieta, y estuvo así un rato largo con los ojos abiertos en el oscuro.

Y no se lo hizo repetir.