Capítulo 38
La tercera marea era la del mediodía.
Hild lo sabía porque se lo había dicho él en el camino, al lado de una rueda que chillaba, y porque llevaba la vara contra las costillas desde el amanecer del día antes y se la había aprendido con el pulgar.
Tres marcas largas y dos cortas y una cruz.
La de la mañana del seis ya había pasado.
La de la noche del seis había pasado mientras ella estaba de pie en el borde de un campo oyendo a un hombre decir nueve palabras.
Quedaba una y era la del mediodía de aquel día.
El campo se llenó antes que el día antes, porque de noche había corrido por toda la isla lo que se había dicho, y en las dos filas de tierra no cabía nadie más y había gente de pie hasta el borde de la cuesta. Kolbein no las contó, porque el que contaba ya no era él.
Se sentó en la tercera fila, con los de la casa, y no llevaba nada en el brazo.
El conde llegó con el saco, se sentó en la piedra y lo dejó entre los pies. En la hierba, delante de la piedra, ya no había nada.
Lo primero que dijo fue que se seguía con lo de mayo.
Y lo segundo fue que antes de nada había que resolver una cosa de procedimiento, y que la resolvía él y no se discutía: que en aquel campo había una mujer de la que se estaba hablando desde el mediodía del día antes, que no había dicho una palabra, y que no había quien la presentara.
—Yo lo pedí ayer —dijo Kolbein desde la tercera fila.
—Y yo te contesté ayer.
—Lo vuelvo a pedir hoy.
—Y te vuelvo a contestar lo mismo. —El conde no se molestó al decirlo—. A un hombre al que se le ha caído la palabra no se le oye en un thing más que para lo suyo. Eso no lo he puesto yo.
Fue entonces cuando Vigfus Hallsson se levantó del asiento de tierra, y esta vez no subió los dos pasos de la piedra.
Se quedó de pie donde estaba y habló desde abajo, de cara a las filas y no de cara al conde, que es como se habla cuando lo que se dice es para que lo oiga todo el mundo y no para pedirle nada a nadie.
—A ese hombre se le cayó ayer la palabra en este campo —dijo—.
Se le cayó delante del conde y como hombre del conde, y eso es del conde y no mío.
Pero la palabra que ese hombre rompió era la mía.
La di yo en Sogn en marzo, con la mano encima de la mesa de un hombre que se llama Sigvaldi, y el que dio la de este lado fue él.
Así que lo que valga su palabra desde hoy no lo dice el conde ni lo dice este campo.
Lo digo yo, que soy el que la tenía en la mano.
En las filas no se movió nadie.
—Llevo siete días en estas islas y me han contestado bien en todas las casas y no me ha contado nada nadie.
—Vigfus miró a la tercera fila una vez y volvió a mirar al campo—.
Ese hombre es el único de estas islas que me ha dicho la verdad.
Me la dijo de pie, delante de doscientas cuarenta personas, sabiendo lo que le costaba y sin tener nada que ganar, y me la dijo entera y con la hora puesta, y me dijo además dónde está enterrada y que la cuidaron.
Yo la palabra de ese hombre la cojo. Y si me lo pregunta el rey Harald cuando vuelva, se lo digo igual y con estas palabras.
—Eso no es un perdón —dijo el conde.
—No es un perdón y no he dicho que lo sea. Ese hombre me debe una cosa que no se paga con plata y la va a pagar. —Vigfus abrió las manos y las volvió a juntar—. Lo único que digo es lo que vale su palabra desde hoy. Y vale más que anteayer.
El conde no contestó en seguida.
—Lo que vale la palabra de un hombre lo dice el que la tiene en la mano —dijo—. Y la tenía él. A mí me consta.
Y después:
—Pero eso no te devuelve el cargo, y lo que hagas hoy lo haces como un hombre de ninguna casa y sin nada en el brazo. Que se sepa.
—Que se sepa —dijo Kolbein.
Se levantó de la tercera fila y bajó hasta la altura de la piedra, y se paró a tres pasos, y dijo lo que se dice.
—Kolbein Ottarsson, que fue el ármaðr de este conde para las islas del norte y hoy no lo es. De Hamnavoe, que está en ese saco desde ayer por la mañana. —Lo dijo despacio y sin mirar a nadie—. Pido que se oiga a esta mujer. No pido que se la crea, que eso es del thing. Pido que conste lo que diga.
—¿Y quién es esa mujer? —dijo el conde, y lo dijo como se pregunta una fórmula.
—Eso lo va a decir ella.
—Te lo estoy preguntando a ti.
—Y yo no la voy a nombrar. —Kolbein no se movió—. Ayer puse en ese saco todo lo que tenía y no me guardé nada, y eso lo vio este campo. Lo que no es mío no lo puedo poner.
El conde levantó la mano y la dejó caer en la rodilla, que era lo que hacía cuando daba una cosa por hecha.
—Que se oiga a esa mujer —dijo—. Y que conste.
Hild anduvo los pasos que había desde el borde del campo hasta la piedra, y los contó, y fueron veintidós.
Había cuatro meses y veinticinco días desde el trece de mayo por la mañana, cuando lo había dicho en voz alta en una casa vacía sin nadie despierto para oírlo.
Se paró y se puso las manos delante, una encima de la otra.
—Me llamo Hild Ketilsdottir —dijo.
Lo dijo sin levantar la voz, porque en aquel campo no hacía falta, y lo oyeron hasta los que estaban de pie en el borde de la cuesta.
Después esperó a que se acabara el ruido, y tardó.
—Mi padre fue Ketil y se ahogó cuando yo tenía nueve años. Mi madre murió hace dos inviernos y era hermana de Ormar Hrutsson, el patrón de Nesbol, en Sanday. Llevo las varas de esa casa desde los catorce años porque sé contar y porque no se me olvida nada. Tengo veintitrés.
—Sigue —dijo el conde.
—La mujer que llegó a Sanday el primero de mayo en el barco de mi tío se llamaba Astrid Sigvaldadottir y venía de Sogn.
La cuidé yo doce días y once noches y se murió de la fiebre la noche del doce de mayo, y no le hizo nada nadie y estuve delante.
La lavó Gyda y la enterramos encima de la playa el dieciséis, con el nombre de su criada, que se llamaba Groa y se había muerto en el mar.
Nadie dijo nada.
—El trece de mayo por la mañana me puse su vestido y sus broches y dije su nombre en voz alta, y lo decidí yo sola aquella noche, con el cuerpo delante y sin hablar con nadie.
—Hild lo dijo igual que lo demás—. Nadie me lo mandó, nadie me lo pidió y no lo hice por ningún hombre.
Lo hice porque conté quién le había visto la cara y me salió que se podía.
—¿Y por qué? —dijo el conde.
—Porque el fiador de esta parte era mi tío con su barco y con su casa y con su cuello, y porque cuando vino el hombre del conde a llevárselo yo tenía en la mano una cuenta y la hice.
—¿Nada más?
Hild se quedó un momento callada, y después lo dijo, y lo dijo sin ponerlo delante de nada.
—Esa mujer me pidió una cosa el once de mayo, cuando ya no se levantaba.
Me pidió que dijera que llegó. Se lo dije al amanecer del trece en una casa donde no había nadie despierto y se lo he estado diciendo cuatro meses a gente que no era su padre.
—Levantó la cabeza—. Y eso no me disculpa de nada y no lo pongo para que me disculpe.
Lo pongo porque es lo que pasó y porque aquí se está contando lo que pasó.
En las filas de abajo, Vigfus Hallsson estaba sentado sin moverse y no se le movía una mano.
—¿Y en esa isla, quién más lo sabía? —dijo el conde.
—Eso no lo voy a decir.
—Ayer me contestó eso mismo otro.
—Ya lo sé —dijo Hild—. Yo estaba de pie ahí y lo oí.
El conde abrió la boca para decir la siguiente cosa y no llegó a decirla, porque en la fila de abajo de la izquierda se levantó un hombre.
—Thorgils Bardason —dijo—. De Kvibakki, en Sanday. Yo lo sabía desde el trece de mayo por la noche y juré en el establo de Nesbol con la mano en el hombro del de al lado. Y en ese establo el que habló fui yo.
Y siguió de pie.
Al lado se levantó el siguiente.
—Sæbjorn Grimsson, de Grimsgarth. Lo mismo.
—Hoskuld Onundsson. —Se levantó despacio y le costó, que tenía setenta años—.
Y yo lo voy a decir como lo dije aquella noche, que no lo voy a cambiar aquí.
Yo no juré por esa mujer. Yo juré por Ormar, que llevo cuarenta años sacando el bote con él.
Y dije aquella noche que esto lo iba a pagar mi hijo, que está casado en Sandvik y tiene tres críos, y lo sigo diciendo. Pero juré, y estoy de pie.
—Eirik. De Sanday. Lo mismo.
—Sumarlidi. Lo mismo.
—Thorstein. —Tardó un momento—. Yo aquella noche pregunté cuándo se acababa esto y no me contestó nadie. Se acaba hoy. Lo mismo.
—Hrut. Lo mismo.
—Onund. —Y lo dijo más alto que los demás, porque era sordo de un oído y hablaba como oía—. Lo mismo.
—Ketil, al que llaman el Cojo. No tengo casa, estoy en la de mi hermano. Lo mismo.
—Grim, de Nesbister. Lo mismo. —Y estuvo un momento y añadió—: Y la vaca se me murió de verdad.
Hubo un hombre de las filas de arriba que se rio con la nariz y se calló en seguida, porque en un thing no se ríe nadie.
El once fue el más joven y lo levantó su padre, que lo cogió del brazo y lo soltó.
—Bardi Thorgilsson —dijo—. Dieciséis años. Yo llegué al amanecer y juré el último y me lo explicó mi padre en la puerta.
—A ese lo saqué yo de la isla en agosto —dijo Hild, y lo dijo sin que nadie se lo preguntara—.
Mandé recado a esa casa a primeros de agosto para que lo mandaran a la pesca de fuera, a Westray, porque iba a subir un hombre a preguntar y ese chico no sabe mentir.
Lo mandé yo y no lo sabía nadie. Eso también consta.
Y el último se levantó el último y le costó más que a Hoskuld, y no porque tuviera setenta años.
—Ormar Hrutsson, de Nesbol. Patrón. —Tenía las manos delante y no sabía qué hacer con ellas—.
Yo fui el otro fiador y di mi palabra por la mujer de Sogn en abril delante del ármaðr y delante de mi municipio, y esa palabra está rota y la rompí yo, porque salí de mi casa el catorce de mayo y no dije lo que había dentro.
—¿Algo más? —dijo el conde.
—Sí. —Ormar miró al suelo y después levantó la cabeza—. Que la crié yo nueve años. Y que lo del establo lo mandé yo.
Y eso era mentira, y en aquel campo lo sabían doce hombres y una vieja y dos mujeres, y Hild fue la única que podía decirlo y no lo dijo, porque decirlo era quitarle a aquel hombre la única cosa que había hecho en su vida sin que se le ocurriera a otro.
Doce hombres de pie en la fila de abajo de la izquierda.
Hild se volvió hacia la piedra.
—Están todos —dijo—. Son doce y están los doce. Y ahora te voy a decir lo que son, que es lo que yo sé.
Y lo dijo del tirón, sin una vara en la mano y sin pararse entre uno y otro, en el orden en que estaban de pie.
Kvibakki, dos varas de paño y la cebada de tres medidas, y el techo mal desde el año de la nieve.
Grimsgarth, cinco barriles y el mejor bote de la isla.
La casa de Hoskuld, setenta años y un hijo casado en Sandvik que paga aparte.
Eirik, la mitad de una casa. Sumarlidi, que es el que menos pone de los doce y el que no ha fallado un año.
Thorstein. Hrut. Onund. Ketil, que no pone casa y pone brazos, y en mayo y en septiembre esa isla no se saca sin brazos.
Nesbister, y una vaca declarada muerta nueve años seguidos, que eso también está en la vara.
Kvibakki otra vez, por el chico, que todavía no pone y va a poner cuarenta años.
Y Nesbol, que pone lo del barco y responde por los otros once y es el que lleva el tributo a Eday cuando hay que llevarlo.
Se paró.
—Eso es lo que pone Sanday al año en ese saco —dijo—. Lo sé porque lo he llevado yo en la vara desde los catorce años y porque no se me olvida nada. Y no lo digo para pedir nada. Lo digo porque aquí se está contando lo que hay.
En el campo de Tingwall no habló nadie durante lo que tarda en contarse hasta treinta, y Hild los contó.
Torf-Einar, conde de las Órcadas, estuvo mirando a los doce hombres que estaban de pie en la fila de abajo de la izquierda, y después miró el saco de cuero que tenía entre los pies, y después levantó la cabeza.
—Que me traigan el arcón de las cuentas —dijo.