Capítulo 37
—No es Astrid Sigvaldadottir —dijo Kolbein.
En doscientas cuarenta personas hubo un ruido que no era de voces. Fue el de la gente de las dos filas de tierra cambiando de sitio el peso al mismo tiempo.
El conde levantó una mano y se acabó.
—Sigue.
—Voy a contestar tres cosas y las voy a contestar en este orden, y la primera es la que me han preguntado.
—Kolbein hablaba al campo, con el brazo remangado y las manos quietas—.
La mujer que bajó del barco de Ormar Hrutsson en Sanday el primero de mayo era Astrid Sigvaldadottir y estaba con fiebre.
La mujer que está de pie en el borde de este campo no es.
Y yo lo sé desde la mañana del catorce de mayo.
Aquella frase la había tenido ordenada veinte días y no le costó ninguna.
—El catorce de mayo —dijo el conde.
—El catorce de mayo por la mañana, y lo voy a decir con lo que vi y con la hora, porque una cosa así no se cree porque la diga un hombre, se cree porque se pueda contar.
—Cuéntala.
—Entré solo a ver el cuerpo en la casa de Ormar Hrutsson, que es lo que hace el ármaðr cuando hay una muerta por la que responde alguien.
Estaba en el banco de la pared del norte, con camisa de lino basto, el pelo suelto y la mandíbula atada.
—Kolbein se paró un momento y siguió—. Le levanté la mano derecha por la muñeca y le miré la palma.
No tenía un solo callo y tenía las uñas largas y limpias.
—Sigue.
—Tres horas después, en Grimsgarth, oí a la que está allí de pie hacer la declaración de la mujer de Sogn delante de la isla entera, y la hizo con las dos pausas en el mismo sitio en que las había hecho la otra en la orilla el primero de mayo, que yo estaba delante las dos veces.
Y le miré las manos también. Las tiene de remo y de anzuelo y tiene una cicatriz de anzuelo en el pulgar derecho que se ve desde tres pasos.
Nadie se movió.
—Con nueve palabras se acababa todo aquella mañana y las he contado muchas veces y son nueve. —Kolbein las dijo despacio y sin ningún énfasis, como se lee una vara—. Esta tiene manos de remo y la muerta no.
—Y no las dijiste.
—No las dije. Aquella misma tarde cerré la causa y dije en voz alta, delante de la isla y de los dos hombres que estaban en custodia, que la palabra no estaba rota porque la mujer de Sogn vivía.
Eso lo dije yo con el brazo remangado y por el cargo, y lo que dije era falso y yo sabía que era falso cuando lo dije.
—¿Por qué?
Y aquí venía la parte que llevaba veinte días sin poder ordenar, porque no había manera de ordenarla para que quedara bien.
—Porque el fiador era yo —dijo—. Si la palabra estaba rota, el que pagaba era yo y detrás de mí el patrón de Sanday.
Aquella mañana yo tenía delante dos cosas: decir nueve palabras y responder con mi casa y con mi cuello por una mujer que no conocía, o callarme y seguir cobrando el tributo de nueve islas.
Y me callé por eso y no por otra cosa. No me dio lástima nadie.
Hice la cuenta y me salió, y la hice yo solo y en tres horas.
—¿Y esa mujer te lo pidió?
Y esa era la pregunta, y Kolbein la había visto venir desde el catorce de agosto y llevaba tres semanas sabiendo lo que iba a contestar y lo que le costaba.
Porque había una manera de contestarla. Bastaba decir que sí.
Bastaba decir que el ármaðr del conde había puesto a una sobrina de un patrón en el sitio de una muerta para tapar su propia garantía, y que aquella mujer había hecho lo que se le mandó porque una sobrina de un patrón en una isla de doce casas hace lo que se le manda.
Y entonces en aquel campo no había una mujer que hubiera mentido cuatro meses.
Había una cosa que alguien había puesto en un sitio, y las cosas no se juzgan.
—No —dijo Kolbein.
—Contéstame entero.
—No me lo pidió y no lo hizo por mí y no lo hizo porque se lo mandara nadie. Cuando yo lo supe ya estaba hecho, y lo había decidido ella en una noche y sola. —Kolbein lo dijo mirando a la piedra—. Yo llegué el tercer día y me sumé.
—¿Y después? —dijo el conde.
Kolbein no contestó.
—Te he preguntado una cosa.
—Eso no lo voy a contestar.
El conde lo dejó pasar y en el campo hubo alguno que no.
Vigfus Hallsson se levantó del asiento de tierra y subió los dos pasos hasta el borde de la piedra, y se le veía la edad de una manera que no se le había visto en Birsay en seis días.
—Yo tengo tres preguntas y son cortas —dijo.
—Dímelas.
—La niña de siete años del banco de aquella casa de Sogn, la del nudo. ¿Era esa de ahí?
—No.
—¿Qué día se murió?
—La noche del doce de mayo.
—¿De qué?
—De la fiebre que traía del barco —dijo Kolbein—. Doce días con ella. La atendieron día y noche en aquella casa y le trajeron lo que había, y no hubo mano de nadie en eso y lo digo aquí y lo diría igual si me fuera peor. A esa mujer no le hizo nada nadie.
Vigfus estuvo un rato quieto.
—¿Dónde está?
—Encima de la playa de Sanday, donde se entierra a la gente de la isla. Con viento del norte y cuarenta personas delante. —Kolbein bajó la voz un poco y no más—. Y con el nombre de la criada, que se llamaba Groa y que se había muerto en la travesía.
Vigfus asintió dos veces, como asiente el que está apuntando por dentro, y se volvió para bajar a su sitio y a mitad de camino se paró y se volvió otra vez, y no le habló a Kolbein.
Le habló a Arnkel Einarsson.
—Tú. Desde cuándo lo sabías.
Arnkel no se levantó.
—Desde junio.
—¿El día?
—No sé el día. A finales.
—Y me has dado de comer cuatro noches en la casa de tu padre.
—Te he dado de comer cuatro noches en la casa de mi padre.
—Y le pediste a este hombre cuatro semanas —dijo Vigfus—. Para que yo me fuera de estas islas con mi palabra puesta y contento, y para que a tu hermano lo casaran antes. ¿Eso lo he entendido bien?
Arnkel tardó, y fue la primera vez que Arnkel Einarsson tardaba en contestar una cosa delante de gente.
—Eso lo has entendido bien —dijo—. Y no le pedí que mintiera. Le pedí que tardara.
—Ya.
Vigfus bajó a su asiento y se sentó, y en el campo no habló nadie durante un rato largo, y el ruido que se oía era el del agua en la grava de abajo.
El conde no dijo nada de eso todavía, y Kolbein lo entendió: un conde no gasta una cosa así el primer día.
Fue un hombre de las filas de abajo el que hizo la pregunta que estaba esperando todo el campo, y la hizo de pie y sin pedir la palabra, y era uno de los de los molinos.
—Y en esa isla, ¿quién más lo sabía?
Kolbein miró la fila de la izquierda, la de más abajo, donde estaban sentados juntos once hombres que habían cruzado en su propio bote con la siega a medias, y al lado de ellos un patrón de cincuenta y cuatro años con las botas malas, y detrás una vieja con un pañuelo atado que tenía las manos encima de la falda.
Ninguno de los doce se movió. Y eso también lo contó.
—Eso no lo voy a decir.
—Te lo está preguntando el campo —dijo el conde.
—Y yo he contestado lo mío y lo he contestado entero, y lo mío era el catorce de mayo por la mañana y una mano sin callos.
—Kolbein se quedó donde estaba—. Lo que hiciera cada hombre de esa isla lo dirá cada hombre de esa isla si quiere y cuando quiera, y a mí no me toca abrirle la boca a nadie.
Yo he venido a poner lo mío en el suelo, no lo de otros.
—Llevo veinte años oyéndote contestar preguntas.
—Veinte años y esta es la primera que no contesto.
El conde estuvo un momento con eso y no insistió, y el hombre de los molinos se sentó.
—Te quedaban dos cosas de las tres —dijo el conde.
—La segunda es lo de junio y la voy a decir ahora, porque ahora es cuando vale.
—Kolbein se volvió hacia las filas—. Y vale ahora y no valía esta mañana, y lo digo yo mismo para que no lo tenga que decir nadie.
Esta mañana yo era el hombre del conde acusando al hijo del conde, y lo que dijera de él iba a pesar lo que pesa lo que dice un criado del que le paga.
Ahora acabo de acusarme a mí delante de doscientas cuarenta personas y de un hombre del rey, y no me queda nada que ganar en este campo.
Un hombre que se hunde a sí mismo no miente por su provecho.
Así que lo que diga ahora se puede pesar.
—Dilo.
—Los barriles ya están reconocidos y no los voy a contar otra vez.
—La vara la tenía el conde en el saco desde el día dos y Kolbein no la pidió—.
Lo que traigo es lo otro, que es lo que no está reconocido.
En el poniente de Eday hay dos marcas de quilla en la grava, una de quince pasos y otra de dieciocho.
Hay un camino andado este verano por encima de la ladera, donde no había camino en abril.
Y hay doce sacos de malta y cuatro barriles en tres calas que no tienen casa porque no tienen agua buena.
—Eso lo tengo.
—Entonces lo último, que es la cuenta y es de una línea.
Cuatro barriles invernan cuarenta hombres si beben poco.
La malta se guarda en una isla porque se bebe en esa isla.
Y un hombre que está preparando una casa no necesita que se vaya de estas islas el hombre del rey Harald para preparar una casa.
Ahí hubo ruido y el conde no lo cortó.
—Eso es lo que me pidió: cuatro semanas, y las cuatro semanas eran hasta que el de Sogn se fuera y su hermano estuviera casado. No me pidió tiempo para la siega. Me pidió tiempo para que en estas islas no hubiera un hombre del rey el día que entrara lo que va a entrar.
Arnkel se levantó entonces, y se levantó despacio.
—Ese hombre acaba de decir delante de todos que dijo una cosa falsa por el cargo y con el brazo remangado —dijo—. Y ahora quiere que se le pese otra. Elegid una de las dos.
—Las dos se pesan y las pesa el thing y no tú —dijo el conde—. Siéntate.
Y Arnkel se sentó, y no volvió a mirar a nadie de su familia en lo que quedaba de tarde.
El conde tardó en contestar.
—Falta una cosa de la primera pregunta —dijo—. Te he preguntado quién es esa mujer y me has dicho quién no es. ¿Cómo se llama?
Kolbein miró por primera vez en toda la tarde hacia el borde del campo.
Estaba de pie donde había estado desde el mediodía, con la lana roja y los dos broches y el hueco vacío entre ellos, y tenía las manos delante, una encima de la otra, y no se le movía ninguna.
—Eso no lo voy a decir yo.
—Kolbein Ottarsson.
—He puesto mi casa en tu saco esta mañana y te he dado el derecho, y acabo de decir delante de doscientas cuarenta personas lo que me hace perjuro, y tú me puedes quitar lo que quede y no te lo voy a discutir.
—Kolbein no levantó la voz ni una vez—. El nombre de esa mujer no es mío.
Es lo único que tiene y no lo ha dicho todavía en este campo.
—Alguien lo tiene que decir.
—Ella.
—Una mujer no pleitea por sí misma.
—Una mujer no pleitea por sí misma y la presenta un hombre de su casa, y presentar es pedir. —Kolbein dio un paso hacia la piedra—. Pues yo lo pido. Pido que se la oiga y la presento yo.
—No.
Lo dijo el conde y no lo dijo de mala manera.
—Un hombre al que se le acaba de caer la palabra no presenta a nadie en un thing, y eso lo sabes tú mejor que yo, que has estado en más que mi hijo.
—El conde se encogió de hombros una vez, como se encoge el que hace una cuenta que no le gusta—.
Tú ahora mismo no eres el fiador y no eres mi ármaðr y no eres nada. Lo que digas se oye. No consta.
—Ya.
Kolbein siguió de pie con el brazo todavía remangado.
Después se pasó la mano por la muñeca, buscó el cierre con el pulgar y se sacó el brazalete del brazo.
Era de plata, ancho de dos dedos, con la banda lisa de nueve años de llevarlo por dentro del paño. Se lo había puesto el hombre que estaba sentado en aquella piedra, en el salón de Birsay, un día de invierno en que él tenía treinta años y su mujer llevaba dos años muerta y le daba igual todo.
Anduvo los cuatro pasos que había hasta la piedra y se agachó, y lo dejó en la hierba delante de los pies del conde, con la banda lisa hacia arriba.
Y no se sentó al lado, sin nada en el brazo y con la manga subida, delante de doscientas cuarenta personas.