Bajo el nombre de Astrid Capítulo 36
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Capítulo 36

En el campo de Tingwall había doscientas cuarenta personas y Kolbein las contó por filas de diez antes de que se sentara nadie.

El campo está encima de la bahía, en la falda, con el agua a la izquierda del que mira al norte y las islas enfrente, y tiene la piedra grande y las dos filas de asientos de tierra que se rehacen cada otoño. Desde arriba se ve la grava y se ve todo lo que llega.

Al conde lo subieron en el carro hasta el borde del campo y bajó andando, y se sentó en la piedra con el saco de cuero entre los pies.

Kolbein se acercó antes que nadie y le puso la mano en el borde del saco.

—Antes de que se siente la gente —dijo—. Hamnavoe, la casa y la tierra de arriba. El derecho es mío y mientras yo viva es mío y no se vende ni se parte. Te lo pongo delante entero y de mi mano, hoy, y no lo pongo a cambio de nada. Y quiero que se sepa que te lo he puesto antes y no después.

El conde lo miró con el ojo bueno y no le preguntó por qué.

Abrió el saco, metió la mano y lo dejó dicho, que es como se pone una cosa en el saco del conde cuando no hay nada que meter.

—Bien —dijo.

Y después:

—Un hombre no le regala su derecho a nadie por una mentira. Así que eso que traes es verdad.

Kolbein no se sentó con la mano encima del cuero.

Había pagado antes para que fuera pago y no castigo, lo había contado dos veces con Ragna encima de la tapa de un arcón y le había parecido limpio, y no le había hecho falta más que una frase de un viejo de sesenta y tantos años para saber que una cuenta pagada por delante es una cuenta confesada.

—Es verdad —dijo.

—Ya lo sé. Vete a tu sitio.

El barco de Erlend varó en la grava a media mañana.

Kolbein lo estaba mirando desde arriba porque el que cuenta mira lo que llega.

Bajaron nueve hombres de la tripulación, bajaron dos mujeres de la casa, y detrás bajó una vieja a la que tuvieron que dar la mano para pasar del banco a la grava, con un pañuelo atado y las manos pequeñas y coloradas de lavar.

Y detrás de la vieja bajó un hombre de cincuenta y tantos, ancho, con las botas malas y las manos de patrón, y al llegar a la piedra seca se paró y miró la cuesta como se mira una cosa que va a haber que subir.

Ormar Hrutsson.

Y a doscientos pasos de la orilla, con la vela ya cogida, había otro barco varando.

Ese no era del conde y no era de Erlend. Era un bote de isla de ocho remos con el costado remendado, y de ese bajaron once hombres.

Kolbein los contó dos veces y le salieron once las dos veces.

Nadie los había llamado. El conde había mandado un barco a por dos personas, el patrón y la vieja, y aquellos once se habían subido a su propio bote y habían cruzado detrás por su cuenta, con la siega a medias y en septiembre, y habían llegado el mismo día.

Se quedó mirándolos subir la cuesta de uno en uno, porque la cuesta es estrecha, y los fue conociendo por cómo andaban antes de verles la cara.

Habían venido a que los contaran.

El campo se sentó al mediodía.

El conde dijo lo que hay que decir y dijo lo que se oía aquel día, y lo dijo en dos frases: lo del poniente de Eday, que era de junio, y lo otro, que era de mayo. Y dijo que se oía primero lo de junio.

Arnkel Einarsson se levantó antes de que se levantara nadie.

—Yo soy el que está acusado en lo de junio y pido hablar primero —dijo—.

Y no pido hablar de los barriles. Los barriles son míos y lo dije en el salón de mi padre delante de cuarenta y dos personas y lo digo aquí delante de doscientas.

Ocho rodillos, cuatro barriles, doce sacos y dos fardos, míos, pagados por mí y bajados por Ottar el de Rendall.

Eso no hace falta que lo lea nadie en una vara.

En las filas de delante hubo movimiento y el conde no lo cortó.

—Lo que pido es que antes de que se oiga lo que dice el ármaðr, se oiga quién es el ármaðr.

—Arnkel no levantaba la voz, que nunca la levantaba—.

Ese hombre se guardó una cuenta treinta y cinco días.

Yo se lo pedí y él me lo dio, y eso está dicho y no lo niego.

Lo que digo es que un hombre no le hace eso a su conde por hacerme un favor a mí, y menos ese.

A ese no se le compra, que llevo desde mayo intentándolo. Ese tenía un motivo suyo.

—Eso ya lo he preguntado yo —dijo el conde—. Y me lo va a contestar.

—Entonces yo solo pongo delante dos cosas y me siento.

—Ponlas.

—La primera. Yo le pregunto a la gente de mi casa todos los días qué ha hecho.

A todos, todos los días, desde hace nueve años, y por eso esa casa me aburre tanto como me gusta.

—Arnkel se volvió a medias hacia las filas de abajo—.

Esta mañana le he preguntado a Odd, que lleva doce años con nosotros y que no ha robado nunca nada, y Odd me ha contestado lo que había hecho, que era estar dos días sentado en un taburete delante de una puerta.

Y me ha repetido lo que oyó por esa puerta, palabra por palabra, porque se lo enseñaron así y lo hace bien. Que esté aquí y lo diga él.

Odd se levantó de la tercera fila con el gorro en la mano.

—Di lo que oíste —dijo el conde.

—La mujer de Sogn le pidió a Erlend Einarsson una cama y comida caliente para un hombre y le pidió que ese hombre no hablara con nadie antes de hablar aquí. —Odd lo dijo del tirón y sin respirar en medio—. Y dijo así: te he pedido una cama para mi tío.

—¿Esas palabras?

—Esas. Y antes había dicho: entonces mi tío duerme una noche en esta isla antes del campo.

—¿Algo más?

Kolbein se quedó esperando la segunda cosa.

—No —dijo Odd—. Nada más.

Y se sentó, y Kolbein se quedó con eso, y no lo apuntó en ninguna parte.

—La segunda cosa que pongo delante es corta —dijo Arnkel—.

Esta mañana han varado en esa grava un patrón de Sanday y once hombres de Sanday que no venían llamados.

Y esa es toda mi acusación, y no acuso a la mujer de nada, que no es mi asunto.

Yo pregunto una cosa y me siento. Que le pregunten al ármaðr por qué la mujer de Sogn llama tío al patrón de Sanday.

Se sentó.

En el campo no se movió nadie durante lo que se tarda en contar hasta veinte, y Kolbein lo contó.

—Hay otra cosa y la traigo yo —dijo Arnkel desde el asiento—. Thorbjorg.

Thorbjorg subió desde la fila de las mujeres y se puso al lado de la piedra, y se puso derecha, que es como se pone el que ha cantado veinte años en un salón.

—Canta lo que cantó esa mujer en el salón de Birsay en junio —dijo Arnkel.

Y lo cantó.

Lo cantó entero y sin adorno, con la voz baja que se usa en un campo abierto, y en doscientas cuarenta personas no se oyó nada más:

Lo que se dice en voz alta no se pierde.

Lo que se calla se lo queda el mar.

Dije mi nombre en la puerta de mi padre

y la puerta lo guarda mejor que yo.

Cuando acabó no aplaudió nadie, porque en un thing no se aplaude, y un hombre de las filas de atrás se levantó y se volvió a sentar.

—¿Y? —dijo el conde.

—Yo lo oí una vez en junio y lo canté al día siguiente —dijo Thorbjorg—.

Y ella lo dijo el primer día sin una palabra mal, y a mí eso no me extrañó, que era suyo.

Yo lo que tengo que decir es poco y lo voy a decir corto, porque no me gusta estar aquí.

Esa mujer no sabe estar en una casa como esa y lo dijo «mío» el primer día, delante de mí, hablando de una cosa que no era suya.

Y en Sanday le contestaron tres preguntas a un hombre del correo del sur, y le contestaron las tres iguales, palabra por palabra, que es lo que pasa cuando nadie ha inventado nada o cuando lo ha inventado uno solo.

—Eso es poco —dijo el conde.

—Ya he dicho que era poco.

—¿Y por qué lo dices?

Thorbjorg estuvo un momento callada y después lo dijo de frente, mirando al conde y no a Arnkel.

—Porque me han dado a mi hija.

El conde asintió una vez, despacio, y no le dijo nada, y ella bajó a su fila y se sentó y no volvió a hablar en todo el día.

Vigfus Hallsson se levantó entonces y se levantó de otra manera.

—Yo pido la palabra y la pido como el que dio la suya —dijo—.

El día dos, en el salón de esta casa, le pedí al ármaðr una cosa de cuatro palabras y me dijo que me la iba a contestar, y puso otra cosa delante, y yo me senté y esperé.

Llevo cuatro días esperando. La palabra de la que se está hablando aquí toda la mañana es la mía, y la mía es de un hombre del rey, y yo no me puedo sentar en este campo a oír hablar de sobrinos y de barriles mientras esa palabra está encima de una piedra sin contestar.

Se volvió hacia el conde y bajó la voz.

—Pregúntaselo tú y que me lo conteste ahora.

—Se lo voy a preguntar.

Y fue entonces cuando se levantó Erlend.

Traía las dos varas en la mano, como las traía siempre, y las dejó en el suelo al lado del asiento antes de hablar, y aquello lo vio Kolbein y no lo entendió hasta después.

—Esto que traigo no es de la causa —dijo—. Es de mi casa, y por eso lo digo yo y lo digo ahora, antes de que conteste nadie, que después ya no serviría.

—Dilo —dijo el conde.

—Esta mujer está prometida conmigo desde las noches de verano y no es mi mujer.

—Erlend hablaba al campo y no a su padre—.

Ayer por la mañana, en Birsay, se le adelantó la boda y se le puso la sarta de esta casa entre los broches, y ella la desenganchó y la dejó encima del arcón, y las contó en voz alta al dejarlas, treinta y una.

Eso lo digo yo aquí y no quiero que lo cuente nadie por detrás de otra manera.

Nadie dijo nada.

—Y digo la segunda, que es mía y me la podría callar.

—Se quedó un momento con las manos quietas—.

Yo sé desde el nueve de agosto que esa mujer no es la que dice su nombre.

Lo averigüé yo solo, con cuatro cuentas y sin preguntarle nada a nadie, y se lo dije a la cara aquel mismo día en el aposento de las cuentas.

Y después de saberlo le ofrecí la boda, con las dos casas de arriba del camino de Evie de viudedad, y le ofrecí que en esta casa la llamaran la mujer de Erlend.

No me lo pidió ella. Lo puse yo y lo puse sabiéndolo.

En la piedra, el conde no se movió.

—Y ahora digo lo que he venido a decir. Un compromiso con un hombre de esta casa quiere decir que a partir de hoy la única boca que puede pedir por ella en un campo es la de esta casa.

Y ella le dijo que no a esta casa ayer por la mañana y lo dijo sin ruido y con un objeto encima de un arcón.

—Erlend levantó la cabeza—. Yo no voy a tener a una mujer atada de un nudo que ha soltado ella.

Se pasó la mano por la manga, una vez.

—En junio escribí una cosa y la quemé esa misma noche, y no lo he contado nunca. En agosto ella me la devolvió entera, con las palabras en su sitio y diciéndome dónde la había dicho yo y cuál había cambiado. La voy a decir aquí, que es el único sitio donde ya no me sirve de nada:

Del nudo que no vale nada no se acuerda el que lo ató.

Se acuerda la que lo lleva.

Y el día que se pierde, no se pierde el nudo.

Se pierde el que lo ató.

—Lo até yo —dijo Erlend—. Queda libre del compromiso, y lo digo yo, que soy el que lo dio, y lo digo delante de doscientas cuarenta personas y de un hombre del rey para que no haya que volver a decirlo nunca.

Bajó de la fila, cruzó por delante de la piedra de su padre sin mirarla y fue hasta donde estaba ella, que llevaba desde el mediodía de pie y al borde del campo con Odd detrás.

No le dijo nada. Le puso una mano en el brazo, se inclinó y le dio un beso en la sien, y se lo dio delante de todo el mundo y sin prisa ninguna, y después se dio la vuelta y bajó la cuesta hacia la grava y no volvió a subir al campo aquel día.

El conde lo dejó irse y lo vio irse entero, hasta que el segundo hijo desapareció por el borde de la cuesta.

Después se volvió media vuelta hacia la tercera fila.

—Ingimund —dijo—. Desde hoy las varas de esta casa me las traes tú.

Y no dijo nada más de eso, ni aquel día ni al siguiente.

Se enderezó en la piedra y levantó la cabeza, y cuando habló habló con el nombre y el patronímico, que es como se habla en un campo cuando se le pide una cosa a un hombre y la cosa va a quedar dicha.

—Kolbein Ottarsson.

—Aquí.

—Tú diste tu palabra por la parte de estas islas y eres el fiador. —El conde tenía el ojo bueno quieto—. Dinos quién es esa mujer.

Kolbein se remangó el brazo derecho por encima del brazalete.

Era la quinta vez en veinte años.