Capítulo 35
Llevaba la vara en la mano desde el alto y no la había soltado en cuatro horas.
Tres marcas largas arriba. Dos cortas debajo. Y en el canto, hacia el final, una cruz. Se las había aprendido con el pulgar antes de que se fuera la luz y después siguió pasando el pulgar por encima a oscuras, que ya no era leer sino comprobar.
El refugio del camino eran tres paredes de piedra y turba con el techo medio caído y sin puerta, de las que hay en el camino del thing para el que se queda a medias.
Dentro durmieron el conde, Ingibjorg, los críos y las mujeres.
Los de Vigfus se hicieron un sitio al socaire de la pared de fuera.
Los demás durmieron debajo de los carros y en el suelo, y los carros se pusieron con las ruedas contra el viento, que venía del noroeste.
Hild sabía dónde estaba cada uno porque llevaba cuatro meses aprendiéndose dónde está cada uno.
Se levantó cuando dejó de oírse hablar. Odd estaba sentado en el varal del segundo carro con la espalda en la rueda.
—Voy arriba —dijo Hild.
Odd la miró y no se levantó.
—Hay una hora hasta que empiece a haber luz —dijo.
Y eso fue todo, y ella no le dio las gracias porque darle las gracias era ponerle un nombre a lo que acababa de hacer.
Él estaba en la loma de encima, sentado en un muro caído y de cara al camino, porque el que cuenta se sienta donde se ve el camino. Tenía la capa por encima de las rodillas y el saco de cuero no lo tenía, que lo tenía el conde.
Hild se sentó en la misma piedra, a un brazo.
Puso la vara en el hueco entre los dos, encima de la piedra, y no la soltó del todo hasta que estuvo segura de que no se caía. Ninguno de los dos la volvió a tocar en toda la noche.
Antes de hablar se le fue la mano derecha al broche izquierdo, que es lo que hacía desde el trece de mayo y lo que llevaba dos días sin poder hacer.
Y ahora se podía. El hueco estaba vacío y no había treinta y una cuentas que sonaran, y en aquella loma no había nadie para verlo ni para oírlo.
La bajó igual.
—Tienes razón en todo —dijo.
—Ya.
—En el orden, que si te preguntan a ti después de él ya no hay manera de devolvérsela.
En que un hombre que se acusa a sí mismo no miente por su provecho.
Y en lo de los doce, que no necesitan un brazalete y necesitan doce nombres.
—Hablaba bajo y despacio y con el viento de cara—.
Lo he estado contando todo el camino y no le he encontrado ni un fallo.
Y no he venido a discutirte nada, porque no hay nada que discutir.
—Entonces no lo pidas.
—Lo voy a pedir.
—Pues pídelo.
—No lo hagas.
—No.
Y ya estaba. Eso era todo lo que había tardado.
—Entonces te traigo lo otro, que es por lo que he subido con eso. —Hild señaló con la barbilla la vara que estaba encima de la piedra y no la tocó—. Yo me voy esta noche.
Kolbein volvió la cabeza.
—Tú lo has contado ahí y yo lo he contado en el camino, y las dos cuentas salen.
—Hablaba deprisa ahora, con el orden de quien lleva tres horas colocándolo—.
Hay una hora hasta que haya luz. Al alto y por la costa son cuatro horas andando de noche y yo ando.
Con la marea de la mañana estoy fuera. Y tú mañana en ese campo eres el hombre del conde con el brazalete puesto y la palabra entera, y cuando le pidan cuentas a Sanday estás tú de pie y delante y sabes lo que hay en cada casa de esas islas, y eso es lo que yo he querido desde mayo y es lo único que he querido.
—Sigue.
—Se rompe una palabra y la rompe una mujer que se fue. Eso es malo y no es lo que tú vas a hacer, que es peor.
—Cuéntamelo hasta el final. No la mitad.
Hild se calló.
—Pues te lo cuento yo. —Kolbein lo dijo sin darse ninguna prisa—.
Se rompe la palabra. El conde ha pagado doce onzas y cuatro cabezas, y el de Sogn se vuelve a su casa a decirle a un hombre que su hija se subió a un barco y no llegó.
Eso no se queda sin cobrar. Y cuando hay que cobrarlo, se cobra del que respondió, y respondieron dos.
Yo, y el patrón de Sanday, que es un hombre de cincuenta y cuatro años que no sabe mentir y que mañana por la mañana se baja de un barco en esa grava.
Y detrás del patrón está una vieja que la lavó y que está en el mismo barco.
Y eso es lo que te has dejado a la mitad.
—Lo sé.
—Ya sé que lo sabes. Lo dijiste tú en el camino ayer, entero y mejor que yo.
—Lo sé y he subido igual —dijo Hild—. Porque no me queda otra cosa que traerte.
—No.
Y ahí se le acabó, y a los dos les quedó claro a la vez, y ninguno de los dos volvió a mirar la vara.
Hild se quedó con las dos manos debajo de la capa y esperó a que le pasara el frío de la garganta.
—Te voy a preguntar una cosa y quiero la cuenta, no lo que se le dice a la gente —dijo—. Si tú mañana dices eso, ¿qué me hacen a mí?
Kolbein tardó.
—No lo sé.
—Dilo otra vez.
—No lo sé.
Y aquello fue lo peor de toda la noche y lo peor de los cuatro meses, porque aquel hombre llevaba veinte años contestando esa clase de preguntas con un número.
Le había dicho a una viuda de Egilsay lo que le iba a pasar a su vaca.
Le había dicho a su tío, en su propia casa y con la puerta abierta, exactamente con qué iba a responder.
A ella le había dicho en mayo lo que valía cada cosa y en agosto le había dicho que no le prometía que saliera viva.
—Lo he contado de seis maneras y me salen seis —dijo Kolbein—.
Depende de lo que pida el de Sogn y de lo que le convenga al conde el día siete por la mañana, y las dos cosas dependen de lo que pase entre medias, y lo que pase entre medias no lo lleva nadie.
Eso es todo lo que tengo y es una cuenta sin cerrar.
Si te digo un número te estoy mintiendo, y el día que te mienta ya no te vale nada nada de lo que te he dicho.
—Ya.
—Yo llevo cuatro horas repitiendo una frase por dentro —dijo Hild.
—¿De quién?
—De Erlend, de esta mañana. —Lo dijo igual que la había oído, con las pausas donde él las había puesto—.
Que a mí en ese campo no me va a tapar la boca nadie, porque eso no se hace.
Que me van a dejar hablar, y que me va a oír todo el mundo, y que después no va a constar.
Y que lo que no consta no se puede volver a decir porque ya lo has dicho.
Kolbein se quedó un rato con eso.
—Es verdad.
—Ya sé que es verdad, si no no la estaría repitiendo.
—Eso lo arreglo yo.
—¿Cómo?
—Eso mañana.
—Kolbein.
—Mañana. —Y no volvió sobre eso, y ella lo dejó, porque en cuatro meses había aprendido cuándo aquel hombre no iba a soltar una cosa.
—Lo que sí sé es lo otro, y eso te lo he dicho tres veces y no lo voy a repetir más.
—Que a ti te cuelga.
—Que a mí me quita todo lo que tengo, y lo que pase después de eso lo decide él.
El viento cambió un poco y les dio de lado, y abajo un buey se movió y sonó el ronzal contra el varal.
Hild se quitó la capa de los hombros.
Lo hizo sin decir nada y sin mirarlo, y lo hizo porque se le habían acabado las palabras a las tres frases, y porque llevaba cuatro meses viendo que a aquel hombre lo único que no sabía contar era eso.
—Para —dijo Kolbein.
—No.
—Hild.
Y se paró él, no ella, y se quedó a medias con la mano en el aire, porque lo había dicho.
—Eso no es —dijo Hild—. No lo digas para eso.
—No lo he dicho para eso.
—Lo sé. —Aguantó quieta con la capa en la mano—. Te lo voy a decir con palabras para que no quede ninguna duda y para que mañana no tengas que pensar en esto. Yo he subido a esta loma a pararte. No te voy a parar y lo sé desde el alto, y he subido igual. Y ahora ya no es para eso.
—Dilo entero.
—Quiero.
—Bien.
El suelo estaba mojado y la capa no llegaba para los dos, y no había cuatro horas ni luz ni jergón de brezo ni nada más que el muro caído a la espalda y sesenta personas durmiendo a doscientos pasos.
La lana olía a humo de turba de tres días.
Ella le buscó la nuca con la mano y se le quedó la mano fría encima de la piel caliente, y así estuvieron un rato antes de nada, con las dos frentes juntas, respirando en el hueco del otro como se respira cuando se ha subido una cuesta.
No mandó ninguno de los dos, y no fue como la cabaña.
En la cabaña se habían cambiado cosas, una por una, como se cambia el pescado por la cebada.
Aquí no había nada que cambiar. Aquí los dos tenían las mismas manos y el mismo frío y la misma cuenta abierta, y lo que hacían lo hacían para estar dentro de algo mientras durara, y los dos lo sabían y ninguno lo dijo.
A la mitad, Hild dejó de querer pararlo.
No lo decidió. Se le fue, como se le va a alguien una cuenta cuando llevas mucho rato con ella, y cuando se dio cuenta de que se le había ido, ya estaba en otra cosa y no quiso volver.
Después se quedaron en el suelo con la capa de él encima de los dos y la de ella debajo, que fue lo único que se organizó en toda la noche, y él le puso el brazo por debajo de la cabeza porque el muro tenía piedra suelta.
Estuvieron callados un rato largo.
—Te voy a pedir una cosa y no es esa —dijo Hild.
—Dime.
—Los doce. Con la casa de cada uno y lo que pone cada uno al año.
Kolbein tardó cuatro o cinco respiraciones.
—¿Ahora?
—Ahora, que es cuando lo tengo tranquilo. Mañana en ese campo va a haber doscientas personas y yo, cuando hay gente, lo primero que se me va es lo último que he aprendido.
Y se lo dio.
Se lo dio en el orden en que él los cobraba, que era el orden del camino de la isla y no el orden en que habían jurado en el establo, y se lo dio como se lee una vara: nombre, casa y lo que pone.
Thorgils Bardason, de Kvibakki, que pone dos varas de paño y la cebada de tres medidas y que tiene el techo mal desde el año de la nieve.
Sæbjorn Grimsson, de Grimsgarth, cinco barriles y el mejor bote de la isla.
Hoskuld, de Sandvik, con un hijo casado en Sandvik y tres nietos.
Ketil el Cojo, que no tiene casa propia y está en la de su hermano.
Eirik. Sumarlidi, que es el que menos pone y el que no falla nunca.
Thorstein. Grim, de Nesbister, que declara la misma vaca muerta desde hace nueve años y que a Kolbein le hace gracia.
Hrut. Onund, que es sordo de un oído y hay que ponerse a su derecha.
Bardi Thorgilsson, dieciséis años, hijo de Thorgils, que estuvo el agosto entero en Westray.
Y Ormar Hrutsson, de Nesbol, patrón, que pone lo del barco y que responde por el municipio.
Hild se lo hizo repetir dos veces y a la tercera lo dijo ella, entero y del tirón, y no se equivocó en ninguna casa.
—Otra vez por la mañana, antes de bajar —dijo.
—Otra vez por la mañana.
Y no pidió nada más.
Kolbein se quedó esperándolo, porque en cuatro meses aquella mujer no le había pedido una cosa una sola vez en la vida, siempre dos, y estuvo esperando la segunda hasta que empezó a clarear por el lado del mar.
No llegó.
Cuando ya había luz gris, Hild se sentó, se puso la capa y se ató el pelo.
La vara seguía encima de la piedra, donde la había puesto ella a la una de la mañana y donde no la había tocado ninguno de los dos en toda la noche.
La cogió.
Se la metió por dentro de la lana, entre la camisa y el vestido, donde no se ve nada porque los broches sujetan por arriba, y se pasó la mano por encima una vez para comprobar que no marcaba.
Kolbein lo vio hacer y no dijo nada, y ella no le dio ninguna explicación, y ninguno de los dos volvió a hablar del barco de Marwick ni aquella mañana ni al día siguiente.
Antes de bajar la loma dijo lo último que dijo en aquella noche, y fue un nombre.
—Ormar Hrutsson.