Capítulo 34
Salieron de Birsay a media tarde y en el camino iban sesenta y una personas.
Kolbein las contó al salir del patio y volvió a contarlas en la primera cuesta, porque en la primera cuesta se queda siempre alguien atrás y es cuando se ve quién.
El carro grande lo llevaban dos bueyes y dentro iba el conde con el saco de cuero entre las piernas, y en el segundo carro iba Ingibjorg con los tres críos y con las mantas.
Arnkel iba delante y andando, que era lo que había que hacer, con dos de los suyos a los lados y hablando con ellos todo el rato.
Los nueve de Vigfus iban detrás del primer carro.
Thorbjorg iba a pie con las mujeres de la cocina.
Erlend iba en el segundo carro con dos varas y el cuchillo.
Y la mujer de Sogn iba detrás del segundo carro, con la lana roja y la capa de Ingibjorg encima, y Odd iba tres pasos detrás de ella con una bestia del ronzal.
Llevaba los dos broches y entre los dos broches no llevaba nada.
Kolbein lo vio en la primera cuesta y no preguntó. En aquella casa no hacía falta preguntar nada: aquella sarta la sacaban el día y no antes, y si a mediodía no la llevaba puesta era porque a mediodía no se había casado nadie.
Anduvo la primera hora por delante, porque un camino se lleva desde delante.
Después se quedó atrás con la excusa de la rueda del segundo carro, que había empezado a chillar en la bajada, y la miró, y le dijo al carretero lo que tenía que decirle, y después se puso a andar al paso del carro y quedó a un lado de ella.
Eso era lo único que se podía hacer. En un camino con sesenta y una personas, el que cuenta va y viene por la fila y nadie le pregunta por qué. Ingibjorg le había prohibido hablar con el ármaðr dentro de la casa. Aquello no era la casa.
Anduvieron veinte pasos sin decir nada.
—Dame la mano —dijo Kolbein.
Hild no la dio.
—La izquierda, y abajo.
La bajó, y él le puso una cosa en la palma y le cerró los dedos por encima con dos dedos suyos y quitó la mano.
Ella no la miró. La sopesó con la mano abierta, pegada a la falda, y anduvo así diez pasos más.
Era un pedazo de remo partido, del largo de un dedo y medio de una mano, con tres marcas largas en la cara de arriba y dos cortas debajo, y en el canto, hacia el final, una cruz.
—Tres mareas —dijo Hild.
—Sí.
—Dos días. Y Caithness.
—La de mañana por la mañana, la de mañana por la noche y la del día siete a mediodía. —Kolbein hablaba mirando la rueda—. En la punta de Marwick, en la cala de abajo. Cuatro hombres y un barco de seis remos. Están pagados y se van el siete.
—Me lo enseñaste en julio.
—Te lo enseñé en julio.
Hild se pasó la vara a la mano de dentro y la sujetó contra el cuerpo, debajo de la capa.
—No.
—Todavía no te he preguntado nada.
—No hace falta. —Hild no levantó la voz y no volvió la cabeza—.
Si yo me subo a ese barco, mañana en ese campo no hay una mujer que llegó de Sogn.
Hay una palabra dada que no se ha cumplido y una mujer que se ha ido, y entonces los de Sanday no son doce hombres que enterraron a una mujer de Sogn.
Son doce hombres que enterraron a una mujer de Sogn y juraron encima.
Y eso lo dijo Thorgils en un establo el trece de mayo por la noche y yo lo tengo entero: a doce no los cuelga nadie porque entonces quién paga la renta, a uno sí.
—Ya.
—Y hay otra cosa y esa es de hoy. —Ahora sí volvió la cabeza—. Mi tío llega mañana por la mañana en el barco de Erlend. Si yo salgo esta noche, ese hombre baja a la grava de Tingwall dentro de doce horas y lo primero que le dicen es que la mujer de Sogn se ha ido. Se baja de ese barco solo.
Kolbein anduvo cinco o seis pasos sin contestar.
—Por eso no —dijo Hild.
—Quédatela igual.
—¿Para qué?
—Porque no la puedo tirar y no la puedo llevar encima mañana.
Y ahí se equivocó, y lo supo en cuanto lo dijo, porque a aquella mujer se le podía esconder una cosa un mes pero no una cuenta.
—Yo también te debo dos cuentas —dijo Hild—. Y te las doy ahora, que es cuando sirven.
—Dame.
—La primera es lo de la sarta y no es lo que va a decir esa casa.
—Hablaba bajo y al frente, al paso de la rueda—.
Esta mañana me explicó Vigfus Hallsson cómo se habla de una mujer en un campo.
Una mujer no pleitea por sí misma. La presenta un hombre de su casa, y ese hombre pide que se la oiga, y pedir se puede negar. Me lo dijo para tranquilizarme.
—Es verdad lo que te dijo.
—Entonces lo conté con los dedos. —Hild siguió andando—.
Vigfus, por parte de mi padre, hasta que me case.
Si me presenta él, la palabra de un hombre del rey Harald se cae en la primera frase que yo diga detrás.
Erlend, desde que me case. Si me presenta él, delante de su padre, se queda sin padre, y eso me lo ofreció él mismo en agosto y tardé tres semanas en verle el precio. Tú. Y mi tío, que llega mañana.
—Cuatro.
—Y después conté la casa entera por si había una quinta y no la hay.
—Se quedó un momento sin hablar—. Yo pensaba que lo que me pasaba era que no tengo casa.
Tengo cuatro. Y las cuatro puertas las abre un hombre desde dentro y el que la abre se queda debajo.
Así que la sarta la dejé encima del arcón, porque de las cuatro esa era la que podía cerrar yo.
Kolbein anduvo un rato con eso.
—Y la segunda cuenta —dijo Hild.
—Dame.
—Anoche le pedí a Erlend una cama y comida caliente para mi tío, y que no hablara con nadie antes de hablar en el campo.
Y lo llamé mi tío. —Ahora sí volvió un poco la cara—.
Odd estaba en la puerta y la puerta estaba abierta, y eso lo he hecho yo y no lo ha hecho nadie más.
Me lo ha dicho Erlend esta mañana y me ha dicho que él no lo va a contar, y también me ha dicho que Odd repite las cosas palabra por palabra y que a Odd le pregunta Arnkel todos los días qué ha hecho, como a toda la casa.
Kolbein siguió andando y contó por dentro, y fue una cuenta corta y mala. Odd había repetido un recado de junio palabra por palabra y por eso Arnkel tenía a Hild en la mano desde julio. Aquello era lo mismo otra vez y con otro nombre dentro, y el nombre de dentro era el del patrón de Sanday.
—¿Cuándo se lo pregunta? —dijo.
—Por las mañanas, cuando sale.
—Entonces ya está preguntado.
—Sí.
—Bien. —Kolbein no volvió sobre eso y se pasó dos dedos por el cinto, por donde había llevado la vara de Eday treinta y cinco días—. Gracias por la cuenta.
Por delante de la fila bajó Vigfus Hallsson, que iba y venía todo el camino como un hombre de cincuenta y tantos años al que le gusta andar, y al llegar al segundo carro les dio a los dos una palmada en la espalda, una con cada mano.
—Esto sí es camino —dijo—. En Sogn a esto le llamaríamos una pradera. —Se volvió hacia Hild—. Y tú de esta mañana no te apures, que una boda se hace cuando se hace y yo no me voy hasta que se haga. Se lo he dicho a tu suegro y se ha quedado tan contento.
—Bien.
—Y anda con este hombre, que es el que más sabe de estas islas. —Vigfus le dio dos palmadas en el hombro a Kolbein y echó a andar otra vez hacia delante—. Todo lo que me han contestado bien en esta casa me lo ha contestado él.
Kolbein miró la rueda hasta que dejó de oírlo.
Hild dejó de andar.
El segundo carro siguió y Odd se paró tres pasos detrás con la bestia, y ella echó a andar otra vez antes de que nadie lo notara, y lo hizo tan rápido que a Kolbein le pareció que llevaba cuatro meses practicando eso.
—¿Qué vas a hacer mañana? —dijo.
—Contar.
—Kolbein.
Y él se lo dijo, porque llevaba veinte años diciéndole a la gente lo que había y porque a ella se lo había dicho todas las veces menos una.
—Voy a pedir la palabra antes de que le pregunten nada al de Sogn —dijo—. Eso primero, porque si le preguntan a él primero, contesta, y en el momento en que contesta se ha quedado sin palabra y ya no hay manera de devolvérsela. Así que hablo yo antes.
—Y dices lo de Eday.
—Lo de Eday lo digo, y lo digo entero, y esa es la mitad. —Kolbein iba mirando el camino—. Y después digo la otra mitad, que es que yo lo sabía desde el catorce de mayo por la mañana.
Hild siguió andando.
—Entré yo solo a ver el cuerpo en la casa de tu tío.
Estaba en el banco de la pared, con la camisa de lino basto y la mandíbula atada.
Le levanté la mano derecha por la muñeca y le vi una mano sin un callo y las uñas largas.
—Se pasó la mano por la barba—. Y aquella misma mañana te oí decir la declaración en Grimsgarth con las dos pausas en el mismo sitio en que las había hecho ella en la orilla.
Las dos cosas el mismo día y con tres horas de diferencia.
—Y cerraste la causa por la tarde.
—Y cerré la causa por la tarde y dije en voz alta que la palabra no estaba rota porque la mujer de Sogn vivía. —Kolbein estuvo un momento callado—. Con nueve palabras se acababa todo aquella mañana. Las he contado muchas veces y son nueve. Esta tiene manos de remo y la muerta no.
Anduvieron un rato. Delante, en la cuesta larga, cuatro hombres se habían puesto a empujar el carro del conde y se oía a uno de ellos contando para empujar todos a la vez.
—Y eso te cuelga —dijo Hild.
—Eso me hace perjuro y me quita el brazalete y la casa, y lo que decida el conde encima.
—Kolbein asintió una vez—. Y hace otra cosa, y esa es la que yo he ido a buscar.
Un hombre que se acusa a sí mismo delante de doscientas personas no está mintiendo por su provecho, porque no le queda provecho ninguno.
A partir de esa frase, todo lo que yo diga de Eday vale.
Si lo digo antes, soy el hombre del conde acusando al hijo del conde y no valgo nada. Si lo digo después, valgo.
—Lo tienes puesto en ese orden a propósito.
—Lo tengo puesto en ese orden desde el catorce de agosto.
Hild anduvo veinte pasos y él la dejó andar, porque sabía que estaba contando, y no le dio ninguna prisa.
—Te lo voy a decir una vez y no te lo voy a repetir —dijo Hild—.
Si tú mañana eres perjuro, los doce de Sanday se quedan sin nadie.
Yo no he estado cuatro meses en esta casa por mí.
Lo que yo he estado tapando son doce hombres y mi tío, y el único que los puede defender en ese campo eres tú, porque eres el hombre que cobra en esas islas y el que sabe lo que hay en cada casa.
Un perjuro no defiende a nadie. Un perjuro es un hombre al que se le oye y no se le cuenta.
—Ya lo he pensado.
—Pues piénsalo otra vez.
—Lo he pensado cuarenta veces y sale lo mismo.
—Kolbein siguió andando al paso del carro—.
Esos doce no necesitan un hombre con un brazalete.
Yo con el brazalete puesto no les sirvo para nada mañana, porque el brazalete es lo que me obliga a decir que la palabra se cumplió.
Lo que necesitan los doce es que alguien diga sus nombres en voz alta y por su orden, con la casa de cada uno y lo que pone cada uno al año, delante de doscientas personas y de un conde que cobra.
Hild se quedó con eso.
—Y en estas islas hay una sola persona —dijo Kolbein— que puede decir doce nombres seguidos, en su orden y sin una vara en la mano.
Se le puso la cara de otra manera y se la calló.
—Yo no puedo hacer eso —dijo ella al final.
—Tú los sabes.
Y se paró ahí, y no dijo nada más, y Hild contó las palabras porque contaba todo. Tres. Y no hubo cuarta.
Anduvieron un rato con eso encima y ninguno de los dos lo nombró.
Ella iba a decir una cosa y no la dijo.
—Me dijiste una cosa en mayo, en el camino de la casa de mi tío —dijo—.
Que hacía once años se te había muerto la mujer de una fiebre y el crío cuatro días detrás, y que estabas en Egilsay cobrando la renta de once casas, y que llegaste con los dos ya lavados.
Y me dijiste una cosa más y la dijiste al final, ajustándote la correa del saco, y fue esta: también había hecho lo que se puede.
Kolbein no contestó en seguida.
—Me lo dijiste tú —dijo ella—. Ahora te lo digo yo. Tú también has hecho lo que se puede. Llevas cuatro meses haciéndolo. No tienes que pagar mañana lo de hace once años.
El carro pasó por encima de una piedra y chilló otra vez, y el carretero dijo algo y nadie le contestó.
—No es eso —dijo Kolbein.
—¿Entonces qué es?
—Que llegué tarde una vez. —Se paró un momento y siguió andando—. Y esta no.
Y ya no hablaron más, ni él ni ella, y anduvieron juntos al paso del carro hasta el alto, y en el alto él se adelantó a la fila porque el camino se lleva desde delante.
Aquella noche, en el refugio del camino, sacó el palo y contó otra vez a la gente que iba con él, y eran sesenta y una, y esa fue la única cosa que apuntó el cinco de septiembre.