Bajo el nombre de Astrid Capítulo 33
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Capítulo 33

Durmió con la sarta puesta porque nadie le dijo que se la quitara.

Se despertó antes de que hubiera luz y oyó la casa entera trabajando debajo. Oyó matar las dos ovejas, que se oye, y oyó sacar el carro grande del cobertizo, y oyó a Ingibjorg mandando desde el paso de la cocina con esa voz que usa para la casa y que no es la que usa para hablar con nadie.

Y oyó, arriba, a Odd levantarse del taburete y estirar la pierna.

Estuvo quieta y contó lo que sabía, que era esto. Que a mediodía comía toda la casa. Que por la tarde salían para Tingwall. Que en el campo, el día seis, se oían dos causas, una de junio y otra de mayo, y que la de mayo era ella. Y que entre esas dos cosas, por la mañana, se casaba.

Lo que no sabía era la única que le hacía falta. No sabía cómo se habla en un campo.

Se levantó y abrió la puerta.

—¿Tú has estado en un thing? —dijo.

Odd se puso de pie.

—En cuatro.

—Cuando hablan de una mujer, ¿quién habla?

Odd se lo pensó y contestó lo que sabía, que era poco y era honrado.

—Habla el que la lleva —dijo—. Yo eso lo he visto cuatro veces y las cuatro ha hablado un hombre. Pero yo estoy lejos, señora. Yo estoy con las bestias y se oye mal.

Vigfus Hallsson subió con la primera luz y subió contento.

Traía la capa azul y el cinto de la hebilla y se había afeitado, y cuando Odd se apartó de la puerta entró y se quedó en medio del cuarto mirándola con la lana roja puesta y la sarta encima.

—Mira tú —dijo—. Si te viera tu padre.

—¿Qué quieres, Vigfus?

—Vengo a decirte una cosa que se dice antes y no después.

—Se puso las manos en el cinto—. Tu padre no está y hay que entregarte, y aquí el que responde por la parte de Sogn soy yo.

Así que te entrego yo. Y te lo digo ahora porque no quiero que lo sepas esta mañana cuando entre por esa puerta, que eso se le hace a la gente y está mal hecho.

Hild se quedó con la mano en el broche izquierdo y la bajó antes de que sonara nada.

—Gracias.

—No me des las gracias, que llevo treinta y ocho años esperando a hacer una cosa bien en esa casa. —Vigfus se rio con la nariz—. Aquella tarde del banco quedé mal. Hoy quedo bien y encima no me cuesta nada.

—Vigfus.

—Dime.

—En el campo, mañana. —Hild lo dijo despacio, como se pregunta una cuenta—. ¿Yo qué tengo que hacer?

—Tú nada. —Y lo dijo para tranquilizarla, y se le notó que lo decía para eso—.

Eso es lo bueno de todo esto y es lo que no te ha explicado nadie, que en esta casa nadie explica nada.

Tú no tienes que pleitear. Una mujer no pleitea por sí misma, ni aquí ni en Sogn ni en ninguna parte que yo haya estado.

La presenta un hombre de su casa, y ese hombre pide que se la oiga si hay que oírla, y después tú contestas lo que te pregunten y ya está.

Tú no tienes que levantarte y pelear con nadie.

—¿Y quién me presenta?

—Hasta que te cases, yo. —Vigfus se encogió de hombros como si aquello fuera lo más fácil del mundo—.

Por parte de tu padre, que es la que cuenta mientras no tengas otra.

Y desde mañana, si te casas hoy, te presenta tu marido, que es un hombre de la casa del conde y eso es mejor que yo, que yo me voy en diez días.

Hild se quedó de pie donde estaba y le salió la voz igual que antes.

—¿Y qué le vas a decir a mi padre cuando vuelvas?

Y él se lo contestó, y se lo contestó bien, y le contó dos cosas más de una niña de siete años en una casa de Sogn, y una de ellas era de un perro, y Hild se las quedó porque se quedaba con todo.

Cuando se fue, Hild se sentó en el banco y lo contó con los dedos, como cuenta el que ha visto contar así toda la vida.

Cuatro.

Vigfus Hallsson, por parte de su padre, hasta el mediodía.

Si la presenta Vigfus, lo primero que se dice en ese campo lo dice el hombre que dio su palabra en Sogn en marzo, y se la dio por una mujer que está enterrada encima de una playa de Sanday con otro nombre.

En el momento en que ella abra la boca detrás de él, la palabra de ese hombre no vale nada, y un hombre del rey Harald que se queda sin palabra a los cincuenta y tantos años se queda sin nada más.

Erlend Einarsson, a partir de mediodía, si se casa.

Un hombre de la casa del conde presentando a su mujer.

Y a los dos minutos de abrir la boca, el segundo hijo de Torf-Einar se convierte en el hombre que se casó a sabiendas, delante de su padre, delante de su hermano y delante del hombre del rey.

Eso lo dijo él mismo en agosto y lo ofreció él mismo, y lo dijo tan bien que ella tardó semanas en verle el precio.

Kolbein Ottarsson, ármaðr y fiador por la parte de acá. Ese no hace falta contarlo.

Y el cuarto llegaba mañana en el barco de Erlend, con la vieja que lavó a la muerta.

Ormar Hrutsson. El único hombre de su casa de verdad.

El hermano de su madre. El que le dio de comer nueve años y el que la dejó llevar las varas porque no se le olvidaba nada.

El patrón de Sanday, el otro fiador, y el hombre que si se levanta en ese campo y dice que aquella es su sobrina, se levanta como el que ha metido a una mujer suya en la cama de un hijo del conde con el nombre de una muerta.

Y a doce hombres de un municipio no los cuelga nadie porque entonces quién paga la renta.

A uno sí. Y eso lo había dicho Thorgils en un establo el trece de mayo por la noche, y ella lo tenía palabra por palabra.

Los contó otra vez y salieron cuatro.

Y después contó la casa entera, de arriba abajo, sesenta y tantas personas, por si había una quinta puerta.

Ingibjorg, que es mujer. Thorbjorg, que es liberta y que se levanta cuando se lo diga Arnkel.

La chica del agua, que no está y que no se puede nombrar.

Thorfinn, que tiene diecisiete años y es hijo del conde, y meter al pequeño en aquello era meter al conde.

Nefsteinn, que no es de su casa ni de la de nadie y que además le tiene ganas desde abril.

No había quinta puerta.

Y eso era lo que llevaba cuatro meses sin entender, y no era que no tuviera casa. Tenía cuatro. Y en las cuatro había un hombre detrás de la puerta, y las cuatro puertas se abrían hacia dentro, y el que las abría se quedaba debajo.

Ingibjorg subió a buscarla cuando ya había luz del todo.

Llevaba el manojo de llaves y traía a la mujer de Ingimund detrás con un paño limpio al brazo, y se paró en la puerta y la miró de arriba abajo una vez, como se mira una cosa que ya está lista.

—Abajo —dijo.

—Una pregunta y bajo.

—Dila.

—Si me caso esta mañana, mañana en el campo el que habla de mí es Erlend.

Ingibjorg estuvo un momento con la mano en el quicio.

—Tu marido —dijo—. Sí.

—Y si no me caso, es Vigfus Hallsson.

—Hasta que te cases con alguien, sí. —Ingibjorg entró un paso—. ¿Adónde vas con esto?

Hild se llevó las dos manos al pecho y desenganchó la anilla de la derecha.

Le costó, porque la anilla estaba prieta y porque las manos no le iban bien, y tuvo que hacerlo dos veces. Después desenganchó la de la izquierda y la sarta le cayó entera en la mano izquierda, y pesaba, y las de vidrio estaban frías otra vez porque había pasado la noche.

Fue hasta el arcón, estiró el paño con la mano derecha y puso la sarta encima, cruzada, como estaba doblada el día antes.

Y las contó en voz alta, una por una y con el dedo, sin tocarlas.

—Treinta y una —dijo—. Quince de ámbar, quince de vidrio y la de plata en medio. Me dijiste que lo que se entrega se cuenta.

La mujer de Ingimund se quedó en la puerta con el paño al brazo.

Ingibjorg no levantó la voz. Se acercó al arcón, dobló el paño encima de la sarta con las dos manos, la metió dentro y cerró la tapa, y le dio la vuelta a la llave corta y se la volvió a colgar del cinto.

—¿Tú sabes lo que acabas de costarle a esta casa esta mañana? —dijo.

—Dos ovejas, el pan de sesenta personas y la cara que iba a tener tu marido mañana en ese campo.

Ingibjorg estuvo mirándola de una manera que no era desprecio y que tampoco era otra cosa buena.

—Voy a bajar a decirle a mi suegro que ha sido la mujer y no la casa —dijo—. Porque es verdad y porque esta mañana la verdad le sale más barata a esta casa que lo otro.

—Bien.

—Yo no lo habría hecho.

—Lo sé.

Ingibjorg salió y se llevó a la mujer de Ingimund por delante, y por el paso se la oyó empezar a mandar otra vez antes de llegar abajo.

Abajo, la casa cambió de ruido.

No se armó nada. Se paró una cosa y siguió otra. Dejaron de sacar bancos y siguieron con el carro. Alguien llevó las dos ovejas a la cocina en vez de al salón. Se oyó al de los molinos preguntar algo dos veces y no se oyó que le contestaran.

Erlend subió media hora después y Odd se apartó y no cerró la puerta.

No se sentó.

—No te voy a preguntar por qué —dijo.

—Ya lo sé.

—Te traigo dos cosas y las dos son de las mías, así que te las voy a dar por su orden.

—Siguió de pie con las manos quietas—. La primera.

El compromiso sigue puesto hasta que alguien diga en voz alta que no lo está.

Eso no se deshace porque no haya boda por la mañana, se deshace porque un hombre se levanta y lo dice. Y hoy no lo voy a decir yo.

—¿Y mañana?

—Mañana ya veremos los dos. —Erlend no cambió de cara—. La segunda es la que has estado buscando toda la mañana y te la voy a dar entera, porque a ti te la han estado dando a medias y con buena intención, que es peor.

Hild se quedó quieta.

—Yo he estado en once thing llevando las cuentas de mi padre —dijo—. En once. Y he visto hablar a una mujer dos veces, y las dos veces la presentó un hombre de su casa y las dos veces el thing dijo que sí. Presentar es pedir. Y lo que se pide se puede negar.

—Y si dicen que no.

—Si dicen que no, a ti en ese campo no te va a tapar la boca nadie.

Eso no se hace. —Erlend lo dijo despacio, que es como decía él las cosas exactas—.

Te van a dejar hablar, y todo el mundo te va a oír, y después no va a constar.

Y lo que no consta no se puede volver a decir, porque ya lo has dicho.

Eso es lo que hay y no es lo que te ha contado el de Sogn.

Hild se sentó en el banco.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque llevo diez años contando lo que es de otros y esto es lo único que tengo yo. —Erlend se pasó la mano por la manga—. Y ahora te voy a hacer una pregunta y no es la que no te voy a hacer.

—Hazla.

—¿A quién ibas a usar?

Hild no contestó.

—Vigfus no, porque se queda sin palabra. Yo no, porque me quedo sin padre y eso lo sabes desde agosto. Mi padre no. —Erlend contó tres veces con la mano y se paró antes de la cuarta—. Queda el ármaðr, y eso ya lo sabes tú mejor que yo. Y queda uno que llega mañana en mi barco.

En el cuarto no se oía nada más que el carro de abajo.

—Ayer me pediste una cama y comida caliente para un patrón de Sanday —dijo Erlend—. Y me pediste que no hablara con nadie antes de hablar en el campo. Y lo llamaste tu tío.

—Lo llamé.

—Yo no he dicho eso a nadie y no lo voy a decir.

—Erlend volvió la cabeza un poco hacia la puerta, donde estaba el taburete vacío—.

Pero Odd estaba en la puerta y Odd repite las cosas palabra por palabra, porque se lo enseñaron así y lleva doce años haciéndolo bien.

Y mi hermano le pregunta a la gente de esta casa todos los días qué ha hecho.

Hild no se movió del banco.

—Yo no te lo digo para que arregles nada, que no se puede arreglar —dijo Erlend—. Te lo digo porque mañana vas a un campo y es mejor ir sabiendo lo que llevas encima.

Se paró en la puerta.

—Lo de las dos ovejas da igual —dijo—. Se come igual.

Y bajó.

Hild se quedó sola en el cuarto con los dos broches puestos y el hueco entre ellos vacío.

Se acercó al arcón y puso la mano encima de la tapa cerrada, y no la abrió.

Y dijo en voz alta, porque llevaba cuatro meses diciéndolo por dentro y por dentro ya no servía:

Lo que se dice en voz alta no se pierde.

Lo que se calla se lo queda el otro.

Lo dijo una sola vez y no siguió, y no dijo los otros dos versos, porque los otros dos versos eran de la muerta y aquel acababa de dejar de serlo.