Capítulo 32
Anduvo las tres horas de la costa el cuatro por la mañana y las anduvo contando.
Una casa en Hamnavoe con el techo retejado el año pasado y la tierra de arriba, que da avena mala y hierba buena.
Dos vacas. Cuatro ovejas. Nueve onzas de plata en un saquito por dentro del cinto.
Un brazalete de plata ancho de dos dedos que no era suyo, y otro más ancho que le estaban haciendo para las noches de invierno y que tampoco iba a ser suyo. Veinte años.
Lo había contado en el montón de la turba a mediados de agosto y le había faltado para una muchacha de diecinueve años que ordeñaba en Harray. Lo contó otra vez en el camino de la costa, y esta vez lo contó contra otra cifra, y la cifra era doce onzas de plata y cuatro cabezas.
Eso era lo que el conde había pagado en marzo por una mujer de Sogn. Se lo había dicho Ingibjorg a la propia mujer una madrugada de junio, contando jarras, y ella se lo había dicho a él en julio porque no se le olvidaba nada.
En la punta de Marwick el barco de seis remos estaba en el agua y no varado.
Los cuatro hombres estaban dentro, con las cosas dentro, y el que mandaba se levantó del banco de popa cuando lo vio bajar la ladera. Llevaban desde julio esperando en aquella cala, comiendo de lo que él les pagaba, y la marea de aquella mañana era buena y la del día siguiente no.
—¿Vamos? —dijo el hombre.
—No.
—Bueno. —El hombre se sentó otra vez—. Entonces nos volvemos, que llevamos siete semanas aquí y en mi casa hay que segar.
Kolbein se quedó en la grava con el agua por encima del cuero.
—Tres mareas más —dijo.
—Eso es plata.
—Ya lo sé.
Sacó el saquito, contó dos onzas encima de la regala del barco, y las contó despacio y en voz alta, porque cuando se paga delante de cuatro hombres se cuenta en voz alta.
—Tres mareas. La de mañana por la mañana, la de mañana por la noche y la del día siete a mediodía. Después os vais y no me debéis nada.
—¿Y si no viene nadie?
—Entonces no viene nadie y la plata es vuestra igual.
Subió la ladera con siete onzas.
La casa de arriba de la punta era de las que el conde tiene para los que vienen y no se quedan, con dos cuartos y un fuego, y en la puerta había tres llaves colgadas de un clavo y una cuarta puesta en la cerradura del arcón.
Ragna Thorgilsdottir estaba sentada en el banco con las botas quitadas y los pies en la ceniza tibia del borde, como se sienta el que ha cruzado el Pentland y todavía no ha entrado en calor.
—Te lo pedí en julio —dijo—. Andando por ese camino de ahí abajo. Te dije que el día que hicieras lo que fueras a hacer, que no me pillara a mí encima de un contrato firmado. Antes o después, me daba igual. Encima no.
—Me acuerdo.
—Y aquí estás el cuatro de septiembre. —Se bajó los pies de la ceniza—. Siéntate y dímelo todo seguido, que tengo dos barcos en esa cala y el hombre del rey se va en diez días.
Kolbein se lo dijo seguido y se lo dijo entero, porque aquella mujer no le había mentido nunca y porque no tenía tiempo de hacerlo de otra manera.
La causa de Eday leída delante de cuarenta y dos personas.
Los treinta y cinco días. Lo de mayo abierto por el conde.
El thing el día seis, en Tingwall. Y lo que había ido a preguntarle.
—Doce onzas y cuatro cabezas —dijo Ragna—. Repítelo.
—Doce onzas de plata y cuatro cabezas.
—¿Y tú qué tienes hoy, hoy y no en mayo?
—Siete onzas, dos vacas, cuatro ovejas y la casa.
—Cuéntamelo otra vez y sin la casa.
—Siete onzas, dos vacas y cuatro ovejas.
—¿Y qué crees que compras con eso?
—Que el conde no pierda.
—Eso sí lo compras. —Ragna asintió—. Y es la mitad de la cuenta y no es la mitad que te cuelga. Al conde le pagas y al conde le encaja, porque lleva veinte años cobrando lo que le deben y sabe recibir. Al de Sogn no le puedes pagar.
—No.
—Un hombre del rey que coge plata por una palabra que se le ha roto ha vendido la palabra.
Ese hombre lo sabe y tú también, y no te lo va a decir a la cara porque es cortés.
—Se pasó el pulgar por una de las llaves del cinto—.
Así que por ese lado no hay onzas. Por ese lado hay lo que pongas tú encima, y tú encima no tienes más que una cosa y no es plata.
Kolbein no contestó.
—Y yo no te voy a decir que la pongas —dijo Ragna—. Eso no lo compro yo ni lo compra nadie.
—Bien. —Ragna se pasó el pulgar por una de las llaves del cinto, que era lo que hacía cuando iba a decir un número—.
Entonces te voy a arreglar la cuenta, que la tienes mal en tres sitios, y no te la arreglo por buena.
Te la arreglo porque llevo cuatro años fletando y tú llevas veinte contando, y contar y vender no es lo mismo, y eso es lo único que yo sé y tú no.
—Dime.
—Lo primero, el brazalete fuera. Ese no es tuyo y el que está por hacer tampoco, y un hombre que mete en una cuenta una cosa que no es suya sale de la cuenta debiendo. Fuera los dos.
—Fuera.
—Lo segundo, la casa. —Ragna lo miró—. Tú sabes mejor que yo lo que es odal y no lo voy a decir yo delante del hombre que lo cobra. Esa tierra no se vende y no se parte, así que no vale plata. Ahora dime tú qué vale y a quién.
Kolbein tardó en contestar, porque era la primera vez en veinte años que hacía esa cuenta por el lado de fuera.
—No vale plata —dijo—. Vale el derecho. Y el derecho lo tiene uno solo en estas islas y lo pagó con sesenta marcos de oro hace veinte años, y no hay nada en el mundo que le guste más que juntar otro pedazo.
—Eso.
—Y un hombre que le pone su derecho delante antes de que lo juzguen está pagando. —Se pasó la mano por la barba—. Y al que se lo quitan después de juzgarlo lo están castigando. Y en el saco del conde no entran igual las dos cosas.
—Por eso vas a poner la casa delante el día seis por la mañana, antes de que se siente nadie, y no la vas a poner como quien se disculpa. —Ragna se levantó y fue al arcón—. Y lo tercero es lo gordo y es lo que has venido a que te diga sin saber que venías a eso.
—Dilo.
—Que llevas dos semanas contando lo que tienes y no has contado ni una vez lo que te deben.
Kolbein se calló.
—Veinte años. Nueve islas. Un hombre que no se ha quedado nunca con nada, y eso lo sabe todo el mundo desde Sanday hasta Caithness, y lo sabe la gente a la que le has quitado la vaca.
—Ragna metió la llave cuarta en la cerradura y la giró—.
Eso no se cobra en un saquito. Eso se cobra una sola vez, en voz alta, en un campo, delante de doscientas personas y de un hombre del rey Harald, y delante de un conde que ese día necesita que se vea que él paga lo que debe.
Vale más que mis tres barcos y solo lo puedes gastar una vez, así que no lo gastes en una tontería.
Levantó la tapa y empezó a contar plata encima de la tapa del arcón, en montones de cinco.
Kolbein le vio las manos mientras contaba. Eran manos de cabo y no de llaves, con la piel del pulgar partida por dentro de la primera falange, que es donde se le parte al que hala mojado.
—Cinco te faltan de las doce y dos cabezas. Una vaca vale dos onzas y aquí no hay vacas, hay agua. —Puso el segundo montón—. Cinco y cuatro son nueve.
Se quedó con la mano en el montón.
—¿Cuánto les has dado esta mañana a los de la cala?
—Dos.
Ragna puso una onza más al lado de los dos montones y no dijo nada de eso ni entonces ni después.
—Diez —dijo—. Y ahora te digo lo que compro, porque yo no doy nada. Te compro cinco años de contar mis barcos. Lo que carguen, lo que cobren y lo que se les vaya por el camino, y a mí me lo dices dos veces al año, y te lo pago hoy entero y por delante.
—Puede que no cuente ni uno.
—Puede. —Ragna cerró el arcón y se sentó encima—.
Yo te doy una de cinco de que estés vivo en las noches de invierno, y te lo digo a la cara porque si te lo digo por detrás lo vas a oír igual.
Y te lo compro con esa cuenta, que es la que hago con un barco viejo que sale en octubre.
Yo fleto. Yo pago por cosas que se hunden, y la mitad de las veces gano.
—Y si me hundo, pierdes diez onzas.
—Si te hundes pierdo diez onzas y digo en Caithness que las perdí, que es lo que hace un patrón.
—Se encogió de hombros—. Lo que no voy a hacer es regalártelas, porque entonces mañana eres un hombre al que le han dado limosna, y un hombre al que le han dado limosna no se sostiene de pie en un campo.
Kolbein cogió la plata de la tapa y se la metió en el saquito, y le pesó de otra manera que las siete de la mañana.
—¿Y lo tuyo? —dijo.
—Lo mío es lo que te voy a pedir y son dos cosas.
—Ragna levantó dos dedos—. La primera. Esta noche subo a Birsay y me saco yo del trato, y me saco antes de que tú hagas nada.
Se lo digo al conde a la cara y con estas palabras: que una mujer con tres barcos no se casa con un hombre que tiene una causa abierta, porque los barcos entran en la causa y los barcos no son míos solos, son de la casa de mi marido y de los que vengan detrás.
Eso no es dejar a un hombre en la estacada.
Eso es una cosa de propiedad, y una cosa de propiedad es lo único que a una mujer se le oye entero en esta parte del mundo.
—Y así el conde no puede decir que le has dicho que no.
—Nunca ha habido un no. Ha habido un barco.
—Ragna se pasó otra vez el pulgar por la llave—.
Y ya que estoy delante y ya que este mes él necesita que todo parezca bien puesto, le voy a pedir una cosa.
Que en ese thing se diga en voz alta de quién es el barco chico.
Tres palabras, delante de doscientos, y mi cuñado se queda sin pleito antes de tenerlo.
Kolbein la miró y se le escapó algo parecido a lo de julio.
—Eso lo he hecho yo cuatro veces —dijo.
—Eso lo aprendí de ti en julio en ese camino, viéndote colocar lo de Sanday delante del conde como quien no quiere la cosa.
—Ragna se levantó del arcón—. Y la segunda es más corta.
En ese campo no me nombras. Ni para bien, ni de pasada, ni para defenderte.
Yo no estoy en esto y quiero seguir no estando cuando se acabe.
—No te nombro.
—Pues ya está.
Se puso las botas y se las ató, despacio, como se las ata el que va a preguntar una cosa que no le corresponde.
—Una y no vuelvo. ¿Qué vas a hacer el día seis?
Kolbein lo tenía ordenado desde el pasto del este, entero y por su orden, y llevaba veinte días sin decírselo a nadie.
—Eso no lo voy a decir.
Ragna acabó con el nudo de la bota y se levantó.
—Bien —dijo—. Mejor. Yo ya lo he pagado y no necesito verlo.
Bajó a la cala con él y se quedaron un momento en la grava, y ella miró el barco de los seis remos y las tres mareas pagadas y no preguntó para quién eran.
Kolbein se metió la mano por dentro del cinto y sacó la vara que se había hecho en Eday con un pedazo de remo partido.
Tres marcas largas arriba, que eran tres mareas. Dos cortas debajo, que eran dos días. Y en el canto, hacia el final, una cruz, que en la vara del paño quiere decir una pieza y en aquella no quería decir nada más que Caithness.
Aquello no servía ya para nada. En aquella isla, a las dos de la tarde del cuatro de septiembre, no había una sola persona que pudiera subirse a aquel barco sin colgar a doce hombres de un municipio, y él lo sabía mejor que nadie porque era él el que había hecho la cuenta.
Levantó el brazo para tirarla al agua y no la tiró.
Se la volvió a meter por dentro del cinto, con la plata y con el brazalete, y echó a andar las tres horas de vuelta.