Bajo el nombre de Astrid Capítulo 31
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Capítulo 31

De lo del salón se acordaba entero, que era lo malo.

Se acordaba de lo que Vigfus Hallsson le había pedido al ármaðr, palabra por palabra, y de las cuatro con las que se contesta eso.

Se acordaba de los ocho rodillos, de los cuatro barriles, de los doce sacos, de las dos marcas de quilla en la grava, una de quince pasos y otra de dieciocho.

Se acordaba del número de la vara, treinta y cinco días, dicho por el que se la había guardado.

Se acordaba de que el conde había dicho «el día seis» tres veces y de que la tercera lo había dicho mirando a Erlend, que era el que apuntaba.

Y contó lo que no se había contado en aquel salón, allí mismo, sentada en el banco del aposento con el huso quieto en la falda, porque eso era lo que hacía desde chica cuando no podía hacer nada.

En una hora y pico, en un salón con cuarenta y dos personas dentro, la habían nombrado cuatro veces. Dos veces «la mujer de Sogn». Una, «la mujer de la palabra que se dio en Sogn». Y una, «lo de mayo».

Y ningún nombre. Ni el suyo ni el de la muerta.

Por la mañana quiso bajar a por agua caliente, que no era cosa suya y era lo único que se le ocurrió. Fuera del aposento había un taburete, y encima del taburete estaba Odd.

Odd llevaba doce años en aquella casa, bajaba al conde en el bote y era el hombre que había contado en junio, palabra por palabra y porque se lo habían enseñado así, el recado del ármaðr a una vieja de Sanday.

Se levantó del taburete antes de hablar, que es lo que hace un hombre que no quiere que aquello parezca lo que es.

—Hoy no bajas —dijo.

—¿Quién lo ha dicho?

—Ingibjorg.

—¿Con qué palabra?

Odd se quedó pensándolo, y se lo tomó en serio, porque le habían enseñado a repetir.

—Dijo «hoy no baja» —dijo—. Y dijo «y no se queda sola».

Y eso era todo lo que había, y Hild lo entendió de pie en el paso. En aquella casa las cosas pasaban cuando alguien las decía delante de otro. Nadie había dicho la palabra. Y a una palabra que no se ha dicho no se le puede contestar nada, porque no hay nada dicho que negar.

El agua la subió otra. Una de las de la cocina, de las que suben la leche, y la subió a media mañana y no a primera hora, y la dejó dentro de la puerta y se fue sin mirarla.

Hild contó los viajes desde dentro durante todo el día, por el ruido del asa contra la piedra del paso. Siete. Los otros días eran doce.

Se quedó con la pregunta dentro, y la pregunta era de tres palabras, y no la hizo, porque para hacerla tenía que decir un nombre y los dos nombres que tenía de aquella chica eran de otra persona.

Ingibjorg subió por la tarde con el manojo de llaves al cinto y dejó la puerta abierta.

—Te casas el cinco —dijo.

—El cinco es dentro de dos días.

—El cinco por la mañana, aquí. Se come a mediodía y esa misma tarde sale todo el mundo para Tingwall. —Ingibjorg siguió de pie—. No es lo que yo hubiera hecho. Es lo que ha dicho él.

—¿Por qué?

—Te lo voy a explicar una vez y no lo voy a volver a explicar, que tengo tres críos, una casa y dos ovejas que hay que matar mañana.

—Ingibjorg apoyó la mano abierta en la mesa—.

Lo que le pasa a una mujer de esta casa lo arregla esta casa.

Se habla arriba, se paga lo que haya que pagar y no se entera nadie de fuera.

Lo que le pasa a una mujer de Sogn que vino con una palabra dada que el ármaðr no puede contestar lo arregla el thing.

Y el thing se sienta dentro de tres días en un campo con un hombre del rey Harald delante y doscientas personas alrededor.

Eso es todo lo que hay. No hay nada más ni nada mejor.

—Y una mujer de esta casa no se juzga igual que una forastera.

—Una mujer de esta casa no se juzga. Se habla de ella arriba.

Hild se quedó con eso un momento.

—Y te digo lo mío, que no te lo voy a esconder porque te vas a enterar igual —dijo Ingibjorg—.

A mi marido lo van a acusar el día seis delante de doscientas personas.

Una casa que va a un thing con dos causas y con una boda dentro es una casa.

Una casa que va con dos causas y con nada más no es una casa.

—Entonces la boda es para tu marido.

—La boda es para la casa. Mi marido está dentro de la casa, y tú también a partir del cinco, y yo también, y por eso estoy aquí de pie explicándotelo en vez de estar contando sábanas.

—Ingibjorg no se movió de donde estaba—.

Yo no te tengo manía. A mí me trajeron aquí con diecinueve años y me pusieron delante a un hombre que no había visto en mi vida y no me preguntó nadie.

Estoy viva y mando en un lado de ese salón.

Lo que te dan a ti es mejor que lo que me dieron a mí, y es el segundo hijo, que además es el bueno.

—¿Y si digo que no?

—Entonces el día seis vas a ese campo tú sola y con lo que traías en el barco.

Hild se miró las manos y se las dejó quietas encima del huso.

—Una cosa —dijo—. ¿Una mujer de esta casa puede hablar en un thing?

Ingibjorg estuvo un momento con la mano abierta encima de la mesa.

—Eso lo sabrá el que lleve las cuentas del thing —dijo—. Yo llevo nueve años en esta casa y no he hablado nunca en uno.

—¿Porque no te dejaban?

—No —dijo Ingibjorg.

Y se fue, y dijo desde el paso las tres cosas que le faltaban por decir, que eran que hasta el cinco no bajaba, que no hablaba con el ármaðr y que no hablaba con Arnkel.

—Con tu marido —dijo Hild.

—Con mi marido —dijo Ingibjorg, y bajó.

Erlend subió esa noche. Odd no se sentó en la puerta con la puerta abierta y Erlend no le dijo que se fuera, y eso también fue una cosa dicha.

Se sentó en el arcón y se puso las dos manos encima de las rodillas, abiertas, como se le habían quedado en agosto en el aposento de las cuentas cuando ella le devolvió su verso.

—Me lo dijo mi padre a mediodía y yo dije que sí —dijo—. Eso primero, porque lo vas a saber de todas formas y prefiero que lo sepas por mí. No lo pedí, y dije que sí en el tiempo que se tarda en decirlo.

—Vale.

—Y ahora lo segundo, que es lo que he venido a decir y es lo único que traigo.

—Erlend hablaba como lee una lista el que la ha ordenado antes—.

En agosto yo te ofrecí que no iba a preguntar.

Lo que te dan hoy es que no va a poder preguntar nadie.

Esas dos cosas no son la misma, y quiero que sepas cuál de las dos te están dando, porque la de agosto la puse yo y la de hoy la ha puesto él.

—Lo sé.

—Pues entonces lo tercero. Si me dices que no, yo digo que no, y lo digo en el salón y delante de él, y no en un pasillo.

—No le quitó las manos de las rodillas—.

Y te digo lo que cuesta, que no me cuesta a mí.

Si yo digo que no, el día seis tú vas a ese campo como la mujer de Sogn.

Eso es lo que cuesta y lo pagas tú entero, y por eso no te lo voy a pedir yo y no te lo voy a recomendar.

Hild no abrió la boca.

—Y hay una cuarta y te la digo porque si no te la digo yo, me la voy a estar diciendo a mí solo durante veinte años.

—Erlend se quedó un momento mirando el suelo—.

Si me dices que sí, yo no voy a saber nunca si me has dicho que sí a mí o al cinco de septiembre.

Lo he pensado esta tarde entera, andando por la orilla, y he decidido que me da igual.

Y quiero que sepas que lo he decidido y no que no lo siento.

En el paso, Odd no se había movido.

—¿Ha salido el barco? —preguntó Hild.

—Salió ayer por la tarde. El mío, que es más rápido que el de mi padre. Llegan mañana a la isla y los tienen en Tingwall el día seis, que es lo que ha mandado.

—Entonces mi tío duerme una noche en esta isla antes del campo.

—Una o ninguna.

—Te voy a pedir una cosa y no es para mí.

—Hild lo dijo despacio, para que él pudiera comprobarlo mientras lo oía—.

Cuando llegue Ormar Hrutsson, que tenga dónde dormir y que coma caliente.

Y que no hable con nadie antes de hablar en el campo.

Con nadie. Ni con tu hermano, ni con el hombre del rey, ni con tu padre, ni conmigo.

Erlend se quedó muy quieto en el arcón.

—Eso me lo estás pidiendo sabiendo lo que me estás diciendo con eso —dijo.

—Sí.

—Vale. —Se levantó—. Se hace. Duerme en mi lado y come de mi mesa, y el que le hable le habla delante de mí.

—¿No me vas a preguntar nada?

—Te dije en agosto que no, y era verdad —dijo Erlend—. Lo que no te dije en agosto es lo que me iba a costar.

Se paró en la puerta, al lado de Odd.

—No me has contestado lo del cinco.

—Te he contestado —dijo Hild—. Te he pedido una cama para mi tío.

Erlend estuvo un momento sin decir nada y después bajó, y Hild contó los pasos hasta que dejó de oírlos, y fueron once.

El cuatro por la tarde subieron a vestirla tres.

Le habían lavado la lana roja el día antes y se la habían secado al humo, como en junio, porque seguía siendo lo único que tenía y seguía siendo la misma, la que había bajado de un barco puesta en otra mujer.

La mujer de Ingimund le cogió el remate de abajo, que se había abierto.

Thorbjorg le rehízo la trenza al modo de allí, con el remate por debajo, y le puso los dos broches, primero el derecho y después el izquierdo, y los apretó con el pulgar.

Ingibjorg abrió el arcón del aposento del fondo con la llave corta y sacó el paño doblado, y esta vez lo desdobló del todo encima de la tapa.

—Treinta y una —dijo—. Quince de ámbar, quince de vidrio y la de plata en medio.

—Las conté en junio.

—Ya lo sé, me lo dijeron. —Ingibjorg estiró el paño con los dedos—. Yo las conté anoche. Llevo nueve años con esta llave al cinto y no las había contado nunca, y anoche las conté dos veces, porque lo que se entrega se cuenta.

Las cuentas de vidrio estaban frías cuando le tocaron el lino y las de ámbar no, que es una cosa que hace el ámbar y que Hild no sabía y no preguntó.

La anilla de la derecha la enganchó Ingibjorg. La de la izquierda la enganchó Thorbjorg, que estaba allí y a la que le venía de su lado.

Thorbjorg había dicho once palabras en toda la tarde y las once eran del vestido. Que el bajo estaba más oscuro del humo. Que el remate aguantaba hasta mañana. Que así estaba bien.

La duodécima no fue del vestido.

—Yo canto mañana —dijo Thorbjorg.

Hild no contestó.

La sarta le quedó cruzada por delante de un broche al otro, justo encima del hueco, y pesaba más de lo que pesa de mirarla, y estaba fría por un lado y templada por el otro.

Hild levantó la mano derecha hacia el broche izquierdo, que era lo que hacía sin darse cuenta desde el trece de mayo, y las treinta y una cuentas se movieron todas a la vez y hicieron un ruido corto y seco.

Las tres mujeres le miraron la mano.

Hild la bajó, se la puso en la falda y no la volvió a levantar.

—Ya está —dijo Ingibjorg, y se limpió los dedos en el delantal.

Hild abrió la boca para decir una cosa y dijo otra.

—Gracias —dijo.