Capítulo 30 #2
—Te las voy a decir igual, porque las dijiste tú y yo no cambio las palabras.
—Hild lo dijo como lee una cuenta el que quiere que el otro la compruebe—.
Que en septiembre ibas a estar en ese salón cuando llegara el hombre del rey, y que ibas a estar de pie y delante.
Que si me llevaban a una asamblea hablabas tú primero y todo el tiempo que te dejaran.
Y que yo no iba a tener que jurar delante de nadie mientras tú estuvieras vivo.
—Sí.
—Estabas de pie y delante. —Le miró el brazo, que seguía remangado—. Y eso lo has cumplido, y lo has cumplido entero, y es lo que me ha pasado hoy.
Kolbein aguantó el silencio.
—Y hay una cuarta, que no la prometiste. Que salga viva. Y me dijiste que el día que me lo prometieras no me lo creyera.
—Te lo dije.
Ella se separó de la puerta y se sentó en el banco, en el otro extremo, y se puso las manos en las rodillas.
—Yo no he venido a gritarte —dijo—. Abajo hay cuarenta personas y a mí lo que digo se me oye desde el establo. Yo he venido a preguntarte una cosa y me voy a ir cuando la contestes.
—Pregunta.
—¿Cuánto tiempo llevabas decidido?
Kolbein lo tenía. Lo tenía desde la primera mañana, de contarlo todos los días como se cuenta un plazo, y no le hizo falta ni los dedos.
—Dieciocho días.
Hild no se movió, y se quedó un momento callada, y Kolbein le vio hacer la cuenta, que es lo mismo que hacía él pero por dentro y sin dedos.
—El quince —dijo—. Bajando de los pastos.
—No.
—El quince, Kolbein. Bajamos el quince por la tarde.
—El día antes —dijo él—. Subiendo. Por la mañana, contando en el pasto del este, y a mediodía ya estaba.
Ella tardó en decir lo siguiente y no lo dijo alto.
—Entonces esa noche ya lo tenías.
—Sí.
—Y yo te pedí una cosa esa noche.
—Sí.
—Y tú no me dijiste nada.
—No.
Hild se miró las manos un rato y después las dejó quietas.
—Vale —dijo—. Pues ahora te doy yo una cuenta, y te la doy porque a partir del día seis tú vas a hablar de mí en una asamblea y no puedes hablar con la cuenta mal.
—Habla.
—El chico de Sanday que se fue a Westray en agosto. El de dieciséis años, el hijo de Thorgils. Se llama Bardi.
—Lo sacaron ellos.
—Lo saqué yo.
Kolbein no se movió, porque en veinte años había aprendido que lo primero que hace un hombre al oír una cosa así es lo único que el otro se va a acordar.
—A finales de julio mandé un recado a la casa de mi tío —dijo Hild—.
Que en agosto iba a subir a la isla un hombre del correo del sur a preguntar cosas, y que a ese chico no le podían preguntar nada porque no sabe mentir, y que lo mandaran a la pesca de fuera esas semanas.
Y que se lo dijeran a Gyda. Fue en la barca de los Firth, que va cada tres semanas por la lana.
—¿Cuándo?
—Entre el cuatro y el ocho de agosto.
—¿Por quién?
—Eso no te lo voy a decir.
—¿Está en esta casa?
—Sí.
Kolbein abrió la boca para hacer la cuarta pregunta, que era la que abría el resto, y se quedó con ella dentro.
Hizo la cuenta otra vez.
La hizo como la había hecho en el pasto del este el catorce de agosto y como la había hecho todos los días desde entonces, y la hizo con lo que acababa de oír metido dentro, que era lo único que le faltaba y estaba mal.
Eystein no había vuelto con un rastro que dejara la isla por su cuenta.
Había vuelto con un rastro que había dejado ella.
Once hombres de un municipio, una vieja de setenta años, un escribiente comprado, una liberta a la que le habían ofrecido a su hija, un segundo hijo que lo sabía todo y no preguntaba, un hombre del rey que quería subir a la isla y un patrón que no sabía mentir.
Y un recado de más que él no había mandado.
Salía lo mismo.
Eso era lo peor que le había pasado en todo el año. Si la cuenta le hubiera salido distinta, tenía algo. Con el dato bueno metido dentro le salía lo mismo que le salía con el dato malo, y el día seis en Tingwall iba a hacer exactamente lo que llevaba dieciocho días decidido.
—Sigue saliendo lo mismo —dijo.
—Ya lo sé —dijo ella—. Si te saliera otra cosa, hoy no habrías hablado.
Se levantó del banco.
—Una cosa más y me voy.
—Dime.
—El día seis vas a decir mi nombre en voz alta en un campo, delante de doscientas personas y de un hombre del rey.
—Hild lo dijo sin levantar la voz y sin acercarse—.
En julio me dijiste que no lo decías porque si lo decías una vez lo ibas a decir otra, y que la otra iba a ser en esta casa, a las tres de la tarde y con gente delante.
Son las tres de la tarde y aquí no hay nadie. Dilo ahora.
Kolbein la miró y no lo dijo.
Ella esperó lo que tarda en contarse hasta doce.
Después abrió la puerta y bajó, y no dijo nada al salir, y lo que él contó fue eso, que no dijo nada.
Cuando se quedó solo sacó el cuchillo y un palo corto de los de apuntar y se sentó en el banco.
Hizo una marca, que era la del recado, corta y en el canto, que es donde se ponen las cosas que no son tributo.
Y después le puso el filo plano encima y la cepilló despacio, cuatro o cinco pasadas, hasta que en el canto del palo no quedó nada más que la madera clara. Las virutas se le quedaron en la rodilla y las tiró al suelo con la mano.
Volvió a meter el palo y el cuchillo por dentro del cinto, y se bajó la manga hasta la muñeca, y el brazalete se le quedó debajo, donde lo llevaba siempre.