Bajo el nombre de Astrid Capítulo 30
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Capítulo 30

Bajaron al salón cuarenta y una personas y las contó dos veces, porque en una causa lo que cuenta es quién estaba delante.

Contó a los de Vigfus, nueve de los veintidós, en el lado del norte y con las capas puestas, que es como está un hombre que come en casa ajena y todavía no sabe dónde va a dormir.

Contó a los de la casa, que eran los que sabía de memoria.

Contó a Arnkel en el banco de su padre, con el crío mayor encima de las rodillas.

Contó a Erlend de pie junto al arcón de las varas, con dos en la mano y ninguna abierta.

Contó a Thorbjorg en el paso del caldero, que a esa hora no era su sitio.

Contó a la mujer de Sogn en el banco de las mujeres, en el tercer sitio empezando por el fuego, con el huso en la mano y quieto.

El conde bajó el último y con él eran cuarenta y dos.

Kolbein Ottarsson se remangó el brazo derecho por encima del brazalete.

Aquello lo había hecho cuatro veces en veinte años.

Una por una vaca en Rousay. Una por un hombre de Stronsay que cobraba dos veces en el mismo sitio.

Una por lo de Halfdan. Y una el año de la nieve, para decir delante de toda la casa que en Sanday no había con qué pagar y que el que no se lo creyera podía subir a contarlo.

Un hombre habla de lo suyo con la manga puesta.

Cuando va a hablar del cargo se la sube, se le ve el brazalete, y lo que dice a partir de ahí no lo dice él.

No llegó a abrir la boca.

Vigfus Hallsson se levantó antes, y se levantó despacio, y no se remangó nada porque no le hacía falta.

—Ármaðr —dijo—. Antes de que empecéis con lo vuestro yo tengo una cosa corta, y la quiero decir aquí y no en un pasillo.

—Dila.

—En Sogn, en marzo, un hombre puso la mano encima de la mesa y yo le di mi palabra de que su hija llegaba.

Por esta parte la dieron dos: el patrón de Sanday y tú.

—Vigfus tenía las manos quietas encima del cinto—.

Yo he venido a poder volver y decirle que llegó.

Llevo tres días preguntando en esta casa y todo el mundo me contesta lo mismo, y eso está bien y lo voy a decir así. Lo que me falta es una cosa y es tuya.

—Dila.

—Que lo digas tú. Aquí, delante del conde y de los míos. Que la mujer que bajó del barco en Sanday el primero de mayo es la mujer de la palabra que se dio en Sogn, y que el grið se cumplió de tu parte.

En el salón no se movió nadie. Eso no se pregunta, eso se pide, y se contesta de pie y con cuatro palabras, y después se sigue con lo del día.

—Y te digo por qué te lo pido así y no a la vuelta —dijo Vigfus—.

Yo tenía pensado subir mañana a esa isla y estarme cinco días.

Preguntarle a su tía, y al patrón, y a la vieja que la lavó, porque eso es lo que se hace cuando se ha dado la palabra y no quiere volver con la mitad. Si me lo dices tú aquí, no subo.

No añadió nada.

—Yo prefiero la palabra de un hombre que cobra el tributo de nueve islas a una semana de preguntarle cosas a viejas. Se tarda menos y se ofende a menos gente.

Kolbein tenía delante una frase de cuatro palabras.

Las tenía ordenadas desde el catorce de agosto, de tanto darles la vuelta subiendo y bajando cuestas, y eran buenas.

Con esas cuatro palabras aquel hombre se volvía a Noruega en diez días, le contaba a un hombre de Sogn que su hija comía en la mesa del conde de las Órcadas, y se acababa.

No subía a Sanday. No hablaba con Gyda. No se sentaba en el banco de una casa con once hombres de un mismo municipio que habían visto una cara y habían jurado sobre ella. No se volvía a abrir nada nunca.

Y quedaban dichas delante de cuarenta y dos personas y de un hombre del rey Harald, y a partir de ese momento la palabra que sostenía aquello era la de un hombre del rey y no la de un ármaðr de islas, y el día que se cayera, que se iba a caer, no se caía sobre Sanday.

Se caía entre el conde y los hombres del rey, y debajo no quedaba nadie vivo en Sanday, ni los que juraron ni los que no.

Y además no las había jurado todavía.

Eso era lo único que tenía. En cuatro meses había callado, había mandado un recado a una vieja, había comprado a un escribiente con un barril y había pasado la mitad del verano sin mirar lo que tenía delante. No había jurado.

—Te voy a contestar —dijo Kolbein.

—Bien.

—Y antes de contestarte tengo que poner una cosa delante del conde, porque cambia quién puede ser creído en esta casa y sobre qué. Si la pongo después de contestarte, la pongo tarde.

Vigfus siguió de pie un momento más y luego se sentó sin prisa.

Kolbein se metió la mano por dentro del cinto y sacó la vara de Eday.

La había llevado ahí treinta y cinco días, al lado del brazalete, y se le había puesto del color de la mano.

—El veintinueve de julio subí al poniente de Eday —dijo—.

A las tres calas de la punta, que son del conde y no tienen casa porque no tienen agua buena.

En la del medio hay ocho rodillos de abedul nuevos, cuatro barriles sellados, doce sacos de malta, dos fardos de paño encerado y dos marcas de quilla en la grava, una de quince pasos y otra de dieciocho.

Y por encima de la ladera hay un camino andado de este verano que no estaba en abril.

Leyó la vara entera y despacio, marca por marca, y no levantó la vista del palo, porque una cuenta se lee mirando la cuenta.

—El paño y la malta los bajó Ottar el de Rendall en dos viajes en junio —dijo—. Los pagó Arnkel Einarsson. Eso no lo he sacado yo preguntando. Me lo dijo él, sentado en el muro del alto, el veintinueve de julio por la tarde.

El crío se había bajado de las rodillas de Arnkel y se había ido con su madre, y Arnkel estaba con la espalda en la pared y sin nada en las manos.

—Y me pidió una cosa —dijo Kolbein—. Cuatro semanas.

Que siguiera contando islas y que en septiembre, cuando estuviera aquí el hombre del rey y se hubiera cerrado lo de la palabra dada y su hermano estuviera casado, entrara en este salón y leyera la vara entera.

Se las he dado. Se le acabaron el veintiséis de agosto y hoy es el dos de septiembre, así que le he dado cuatro semanas y una semana más de propina, y esa semana es mía y no es suya.

El conde tenía el ojo bueno en la vara y no en él.

—Trae eso.

Kolbein cruzó el salón y se lo puso en la mano.

—Ocho rodillos no son una flota —dijo el conde.

—No.

—Ocho rodillos, cuatro barriles y doce sacos es un hombre preparando una casa, y una casa en el poniente de Eday no se prepara para uno. —El conde le daba vueltas al palo con dos dedos—. ¿Cuántos hombres invernan con cuatro barriles?

—Cuarenta, si beben poco.

—Cuarenta. —El conde asintió despacio—. Y cuarenta hombres con lumbre en Eday en febrero son ciento veinte en abril, porque los barcos vienen a donde ya hay humo. Eso lo sé yo mejor que nadie de esta isla, que es como entré yo.

Nadie dijo nada. Thorbjorg se había quedado en el paso del caldero sin moverse, y eso también lo contó Kolbein, porque una mujer que se queda quieta en un paso está oyendo.

—Esto en el thing —dijo el conde, y cerró la mano encima de la vara—. En Tingwall, dentro de cuatro días, y que lo oiga el hombre del rey ya que está aquí. —Se volvió hacia Erlend sin mirarlo—. Apunta.

Erlend se pasó una de las dos varas a la mano izquierda y sacó el cuchillo.

—Y otra cosa, ármaðr. Un hombre que se guarda una cuenta treinta y cinco días tiene un motivo. En el thing te van a pedir el motivo antes que la vara. ¿Lo tienes?

—Lo tengo.

—¿Lo vas a decir?

—Allí sí.

El conde estuvo un rato con eso.

—Bien —dijo.

Fue entonces cuando habló Arnkel, y no se levantó para hacerlo.

—Yo no he dicho que la malta no sea mía —dijo—. La malta es mía y lo digo aquí, que es donde hay que decirlo. Lo único que le pido al thing es que le pregunte al ármaðr por el motivo antes de preguntarme a mí por los barriles.

—Eso lo decide el thing y no tú.

—Eso lo decide el thing. —Arnkel se pasó la mano por la rodilla—. Y si el motivo es el que yo creo que es, en esta casa hay dos causas y no una, y la mía es la pequeña.

El conde no le contestó.

—Y la otra no es de junio —dijo Arnkel—. Es de mayo.

En el salón hubo una cosa que Kolbein no supo contar, porque no fue ruido. Fue que cuarenta y dos personas se quedaron igual que estaban.

El conde estuvo un rato largo con las dos manos encima de la vara de Eday, y cuando habló no habló con su hijo.

—Lo que sea de mayo se oye también —dijo—. En Tingwall. El día seis.

Y después, al lado del norte:

—Vigfus Hallsson. Tú no subes a ninguna isla.

—No.

—Por esta parte dieron su palabra dos hombres, y uno de los dos acaba de decirme delante de ti que tiene un motivo para guardarse una cuenta treinta y cinco días.

Cuando eso pasa se llama al otro. —El conde levantó dos dedos hacia Erlend—.

Sale un barco esta tarde para las islas del norte.

Que venga Ormar Hrutsson, que es el patrón y el otro fiador.

Y que venga la vieja que lavó a la criada, que este hombre quería hablar con ella y se va a ahorrar el camino. En Tingwall el día seis.

Erlend apuntó las dos cosas.

—Puedo mandar el mío, que es más rápido —dijo.

—Manda el tuyo.

Kolbein no se sentó donde estaba, con la manga arriba y sin nada en la mano.

Miró al banco de las mujeres. La mujer de Sogn tenía el huso quieto en la falda y la mano derecha a media altura, camino del broche izquierdo, y la bajó antes de llegar, y la puso encima del huso.

No se levantó. Se levantó cuando se levantó el banco entero, y salió la cuarta, que era su sitio, y no volvió la cabeza.

Eso fue todo lo que Kolbein sacó de allí.

Ella subió a verlo por la tarde, con luz, que era lo que no habían hecho nunca.

El cuarto de las cuentas del ármaðr era el de la pared del norte, con el saco de cuero del conde en el rincón y un banco y nada más. Ella cerró la puerta y se quedó de pie con la espalda en la madera.

—Me prometiste tres cosas en el almacén —dijo—. En agosto. ¿Las quieres oír?

—Las sé.