Bajo el nombre de Astrid Capítulo 29
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Capítulo 29

Llegó el treinta de agosto con dos barcos y veintidós hombres, que es como llega el que viene de parte de un rey a una casa que no es suya.

Hild lo vio desde el hueco de la puerta de abajo, que a esas alturas era su sitio, y lo primero que pensó no fue nada de lo que llevaba tres meses ensayando.

Pensó que era viejo.

Vigfus Hallsson tenía cincuenta y tantos años, el pelo blanco cortado corto y la espalda todavía recta, y bajó del barco por su pie y subió la cuesta andando sin que nadie lo ayudara.

Llevaba una capa azul y un cinto con hebilla de plata y nada más, que en un hombre así quiere decir que no le hace falta.

Lo recibió el conde en el salón, de pie, que fue la segunda vez que Hild lo vio de pie.

Los formalismos duraron toda la tarde.

Se dijeron nombres, se dijo de parte de quién venía cada uno y se dijo lo que había pasado desde el primero de mayo, y se dijo entero, en voz alta y por orden, porque así es como se cierran estas cosas.

Kolbein lo dijo dos veces y las dos veces habló de fechas y de barcos.

Que la mujer de Sogn desembarcó en Sanday por su propio pie el primero de mayo delante de la isla.

Que enfermó ese mismo día. Que se la atendió en la mejor casa del municipio.

Que se avisó al conde el cuatro por hombres de la isla y no por hombres de Sogn.

Que la que murió fue la que la cuidaba. Que llegó a Birsay el veintiocho de mayo en el barco de Ormar Hrutsson y que de eso hay setenta testigos.

No la miró ni una vez, y ella tampoco a él, y a Hild le pareció que aquello lo estaban haciendo los dos demasiado bien.

Vigfus escuchó todo aquello con las manos en las rodillas y no interrumpió ni una vez.

Al final hizo una sola pregunta, y la hizo de una manera que a Hild le heló la espalda, porque la hizo en el tono del que pregunta la hora.

—¿Y la criada? —dijo—. La que se murió en el mar. Esa iba bajo la misma palabra que la señora, así que de esa también respondo yo.

—De esa no puedo decirte nada —dijo Kolbein—. Yo la recibí muerta y en el agua, a tres días de aquí, y lo que sé me lo contó el patrón del barco, que está en Sogn.

—Ya. —Vigfus asintió—. Pues tendré que preguntárselo a ella.

Y después hubo cena, porque siempre hay cena.

La sentaron a la derecha de Vigfus, que es donde se sienta la novia cuando viene el que la ha traído.

—Mírate —dijo él.

Hild no supo qué contestar a eso y no contestó.

—Perdona. —Vigfus se rio y se limpió la boca—. Te he visto la última vez con catorce años y no tengo ninguna manera elegante de decirlo. Estás igual y no estás igual. Eso les pasa a todas.

Hild se agarró a lo único que sabía hacer, que era lo que le habían enseñado en una playa de Rousay en mayo, y preguntó.

—¿Cuánto tardasteis en cruzar?

—Once días, que es bueno. —Vigfus cogió el cuerno—. Y con dos barcos, que es peor, porque uno de los dos va siempre esperando al otro.

—¿Y en Noruega cómo está el año?

—El año está como está siempre.

Y con eso se fue cinco minutos hablando del año, y Hild oyó mucho más de lo que dijo, que era lo que hacía todos los días desde el veintiocho de mayo.

—A mí me parece que estoy más vieja.

—Estás más alta.

Y ahí empezó, y no empezó como ella se lo había imaginado ni una sola vez en tres meses.

No preguntó nada. Se puso a contar.

Contó la casa del padre de ella, y la contó por dentro, y dijo dónde estaba el banco largo y por dónde se salía a la cocina. Contó una vez que llegó de noche y llovía. Contó que a Sigvaldi le gustaba una cerveza mala que hacían en la casa de al lado y que se enfadaba si le ponían de la buena.

Y a cada cosa que contaba se paraba y la miraba, y ella tenía que hacer algo con la cara.

—Groa —dijo él en algún momento—. ¿Vive Groa?

—Vive.

—¿Y la mano?

—Igual. Ocho dedos y hace más hilo que nadie.

Vigfus se rio de una manera que le salió de dentro.

—Ocho dedos —dijo—. Eso decía ella. Se lo oí decir una vez a tu padre en la cara. Ocho, y los ocho míos.

Hild se agarró a aquello como se agarra uno a una piedra que sobresale.

Y después vino lo otro.

—¿Y tu criada? —dijo Vigfus—. La que se te murió en el mar.

El salón siguió comiendo.

—Sí.

—¿Cómo se llamaba? Que se lo voy a tener que decir a alguien cuando vuelva, y la gente pregunta.

—Groa.

Lo dijo antes de pensarlo, porque lo tenía aprendido desde una playa de Rousay en mayo y porque llevaba tres meses contestando esa pregunta por dentro.

Vigfus levantó la cabeza del cuenco.

—¿Groa?

Y ahí fue donde Hild vio el agujero entero y lo vio de golpe, como se ve el suelo cuando no está.

—Groa —dijo otra vez, y se oyó la voz tranquila y no supo de dónde le salía—. En mi casa hubo dos. La prima de mi padre y la otra.

—¿Dos?

—Le pusieron el nombre por ella. —Se limpió los dedos en el paño despacio, para tener dos respiraciones—.

La madre de la chica servía en casa cuando lo del telar, y estuvo tres meses haciéndole a Groa todo lo que Groa no podía hacer con la mano rota.

Y cuando le nació la niña le puso ese nombre. Eso pasa.

Vigfus estuvo pensando.

—Eso pasa —dijo—. Sí que pasa.

—Y en casa era un lío, porque había que decir la Groa vieja y la Groa chica.

—La Groa vieja y la Groa chica.

—Eso.

—Pues eso no lo sabía yo.

—Eso no lo sabe nadie de fuera —dijo Hild—. Es una cosa de dentro de una casa.

Vigfus asintió despacio y cogió otra vez el cuenco, y en el tiempo que tardó en hacerlo Hild notó que le empezaba a temblar la pierna izquierda por debajo de la mesa y se la sujetó con la mano.

Estuvo la cena entera esperando la otra, y la otra llegó al final, cuando ya habían sacado el queso.

—Una tontería —dijo Vigfus—. Una tontería de viejo y después te dejo en paz.

—Dime.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos?

Hild dejó el cuchillo.

—Tenía siete años —dijo—. Me subieron a un banco y me hicieron recitar delante de la mesa entera.

—Y lo hiciste bien.

—Lo hice bien y después lloré, que es lo que se recuerda.

Vigfus se puso serio.

—Yo te di una moneda —dijo.

—Y mi padre me la hizo devolver allí mismo, porque en esa casa las mujeres no cobran.

—Delante de doce hombres. —Vigfus movió la cabeza—. Yo a tu padre lo quería y en aquel momento lo quise matar.

Y ahí Hild se paró.

Se paró porque se le acababa lo que tenía.

Lo siguiente que sabía era que él se había sacado una correa del cinto y le había hecho un nudo, y lo que no sabía era nada de lo que venía después, porque la mujer que se lo estaba contando se había quedado dormida en mitad de la frase y no se había vuelto a acordar.

Se paró y no dijo nada, y dejó el silencio ahí, que es lo único que le quedaba.

—Y yo saqué la correa —dijo Vigfus.

—Sí.

—¿Te acuerdas del nudo?

—Me acuerdo de todo —dijo Hild.

Y era verdad, y fue la frase más verdadera que dijo en tres meses y medio, y la dijo para no decir otra cosa.

Vigfus se quedó mirando la mesa.

—Era un nudo de barco —dijo—. De los de rematar un cabo. Se lo hice con la correa de la vaina, que luego me tocó buscarme otra, y te dije que eso sí te lo podías quedar porque no valía nada.

—Eso me dijiste.

—Y tú me dijiste una cosa. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?

Hild no tenía eso.

—No —dijo—. Eso no me lo acuerdo.

Y fue lo único inteligente que hizo en toda la noche, porque Vigfus Hallsson bajó los ojos al cuenco y se le quedó la cara de un hombre de cincuenta y tantos años acordándose de una cría de siete.

—Me dijiste que gracias y que lo ibas a guardar —dijo—. Y yo llevo treinta y ocho años contando eso en Sogn y quedando muy bien, y lo que no cuento es que me fui de aquella casa dándole vueltas a si no había hecho el ridículo.

—No lo hiciste.

—¿La tienes?

Ahí estaba.

—No —dijo Hild—. Se me perdió.

—Vaya.

—Y no sé cuándo. Eso es lo peor. Si se pierde una cosa así y no sabes ni el día, es que ya no la mirabas.

Vigfus estuvo callado un momento.

—Bueno —dijo—. Tenías siete años y eso fue hace treinta y ocho.

—Ya.

—Y yo tampoco me acuerdo de dónde puse la vaina.

Se rio, y se rieron los dos, y a Hild le salió una risa que no era suya y que sonaba bien.

Pasó. Aquello pasó, y pasó del todo, y cuando Vigfus se volvió hacia el conde a hablar de otra cosa, Hild se quedó con las manos encima de la mesa y con la pierna todavía temblando.

Y lo que sintió no fue alivio.

Había estado una hora y media contándole a un hombre bueno de cincuenta y tantos años cosas de su propia infancia que ella se sabía y él no, corrigiéndole una fecha, riéndose con él de una vaina perdida. Y aquel hombre se iba a levantar de aquella mesa contento.

Ya de madrugada, cuando la casa se estaba acostando, Vigfus se paró delante de ella en el paso del fuego del norte.

—Mañana empiezo con lo mío —dijo—. Tengo que preguntar y voy a preguntar a todo el mundo, y eso no es contra nadie. Es que le di mi palabra a un hombre en Sogn y tengo que poder decirle que la cumplí.

—Lo entiendo.

—Voy a hablar con el ármaðr, con el conde y con la gente de esta casa. Y después, antes de volverme, voy a subir a esa isla.

Hild no se movió.

—Quiero ver la casa donde estuviste mala —dijo Vigfus—.

Y quiero hablar con los que estuvieron dentro.

La mujer que te atendió se me ha muerto, ya me lo han dicho, y lo siento, que dicen que se la llevó lo mismo que casi te lleva a ti.

Pero estarán su tía y estará el patrón y estará la vieja que la lavó.

—Estarán.

—Pues eso. Cinco días arriba y me vuelvo a Noruega antes de las noches de invierno.

—¿Y qué le vas a decir a mi padre?

Vigfus se quedó pensándolo un momento, y fue la única vez en toda la noche que a Hild le pareció que se le veía la edad.

—Le voy a decir que llegaste —dijo—. Que saliste de su casa y cruzaste y llegaste, y que te vi comer en la mesa del conde de las Órcadas, y que te casas en octubre. Eso es lo que he venido a poder decirle.

—Bien.

—Y le voy a decir que te reíste, que eso le va a gustar más que lo otro.

Le puso la mano en el hombro un momento, como se le pone a una hija, y se fue a dormir.

Hild se quedó de pie en el paso del fuego del norte con la palabra puesta encima, porque era la misma.

Era exactamente la misma que le había pedido una mujer moribunda en una cama de Sanday el once de mayo, y la que ella había dicho en voz alta al amanecer del trece, en una casa donde no había nadie despierto para oírla.

Que llegó.

—Bien —dijo otra vez, cuando ya no la oía nadie.