Capítulo 28
Eystein el del correo del sur entró en el salón el dieciocho de agosto con dos sacos de lana y una barba de tres semanas, y lo primero que hizo fue lo que hacen todos los que vuelven de las islas del norte, que es ponerse delante del fuego y contar.
Kolbein estaba en la mesa de abajo y no se movió de allí.
Llevaba doce días esperando aquello y llevaba doce días diciéndose que no se podía hacer nada, que es lo que se dice uno cuando efectivamente no se puede hacer nada.
Lo único que había hecho fue ponerse en el sitio del salón desde el que se ve la cara de todo el mundo, que es el mismo sitio en el que se había puesto el día que llegó Nefsteinn.
Ella estaba en el banco de las mujeres, hilando mal, y no levantó la cabeza ni una vez en toda la hora.
Contó lo del tiempo, que había sido malo en Eday. Contó que en Westray se había ahogado un hombre. Contó los precios de la lana en tres sitios.
Y contó lo de Sanday, porque se lo preguntó Thorbjorg desde el caldero, delante de cuarenta personas, con la voz de la que pregunta por preguntar.
—La chica esa que se murió —dijo Eystein—. Hild, se llamaba. Hild Ketilsdottir.
—¿Y qué edad tenía?
—Diecinueve. Sobrina del patrón del barco, del que trajo a la señora de Sogn.
—Pobre.
—Pobre, sí. —Eystein se acercó más al fuego—. Y según me contaron, era una chica que no salía de la casa. Delicada del pecho desde chica. Menuda, morena, con la cara redonda y una marca de viruela aquí.
Se tocó la sien derecha con dos dedos.
Kolbein oyó salir de la boca de aquel hombre, delante de cuarenta personas y en un salón donde no escribe nadie, las palabras que él había puesto en la cabeza de Odd la noche del veintisiete de junio, de cara a un muro, tres veces.
A partir de aquella noche, en Birsay, la sobrina de Ormar Hrutsson tenía una marca de viruela en la sien derecha y la iba a tener para siempre.
—Vaya —dijo Thorbjorg—. Menuda y morena.
—Eso me dijeron.
—¿Quién te lo dijo?
—Una vieja que vive sola detrás de la casa grande. —Eystein se pasó el saco al otro hombro—. Y otros dos. Todos lo mismo.
—Todos lo mismo.
—Todos lo mismo, palabra por palabra casi. —Se rio—. En esas islas pequeñas pasa eso. Se cuentan las cosas tanto entre ellos que al final la cuentan igual.
Thorbjorg no se rio.
Eystein siguió contando otras cosas, y a media hora largó lo otro, que no se lo había preguntado nadie.
—Y raro, eh —dijo—. Aquella isla está rara.
—¿Rara cómo? —dijo uno de la mesa larga.
—Pues rara. Yo he ido a Sanday siete u ocho veces y la gente allí es de hablar.
Y esta vez me dieron de comer, me contestaron a todo y no me contó nadie nada.
—Se pasó la mano por la barba—. Y otra cosa.
El mismo día que yo llegué, o el de antes, habían mandado a un chaval a la pesca de fuera, a Westray.
Un crío de dieciséis años, en agosto, que en agosto no se manda a nadie a Westray porque hay trabajo en casa.
—Eso lo hace la gente cuando tiene bocas de sobra.
—Eso lo hace la gente cuando quiere tener una boca menos —dijo Eystein, y se rio otra vez, y no se rio nadie.
—¿Y de quién era el chaval? —dijo Thorbjorg.
—De un tal Thorgils. —Eystein siguió comiendo—. Buena gente. Me dio de cenar dos noches y no me dijo nada de nada.
—¿De quién era?
—De Thorgils, mujer, ya te lo he dicho.
Thorbjorg volvió al caldero y no preguntó más, y eso a Kolbein le dio más miedo que si hubiera preguntado diez veces.
Kolbein se quedó en la mesa de abajo con el cuerno en la mano.
Lo entendió en el tiempo que se tarda, y lo entendió mal.
Entendió que el recado de Odd había llegado y había funcionado demasiado bien, y que Gyda había ido demasiado lejos, y que alguien en aquella isla había decidido por su cuenta quitar de en medio al que no aguantaba.
Eso le pareció, y le pareció un error de los suyos, y se pasó la noche calculando cuánto se le notaba a una isla que está ensayada.
No se le ocurrió que hubiera ido un segundo recado y que no fuera suyo.
Thorbjorg lo buscó al día siguiente y lo encontró en el montón de la turba, que es donde lo encontraba siempre.
—Tengo que decirte una cosa y prefiero decírtela yo.
—Dila.
—El hijo mayor del conde me llamó hace ocho días.
Kolbein dejó el tepe que tenía en la mano.
—Siéntate —dijo Thorbjorg.
—Estoy bien de pie.
—Siéntate, que yo me voy a sentar y no quiero estar hablándote hacia arriba. Esto es largo y no lo he dicho nunca.
Se sentaron los dos en el montón bajo, uno al lado de otro, de cara al mar, que es como se hablan las cosas malas.
—Yo tengo una hija —dijo Thorbjorg.
Kolbein no lo sabía y no le cambió la cara, porque llevaba veinte años oyendo cosas que no sabía.
—Se llama Asa y tiene diecinueve años y está en la casa de Harray, ordeñando.
—No la he visto nunca.
—No la has visto porque no viene. Yo la veo dos veces al año, en primavera cuando bajan la mantequilla y en las noches de invierno.
—Thorbjorg se miraba las manos—. Yo nací esclava en esta casa y me compré con la voz.
Veinte años cantando y diez años pidiéndole al conde lo mismo cada vez que le gustaba una cosa que yo le decía, hasta que un día me dijo que sí. Eso fue hace nueve años.
—¿Y cómo se lo pedías?
—De la única manera que se le pide algo a ese hombre, que es no pidiéndoselo. Cantaba una cosa que le gustaba mucho, y cuando acababa y él se quedaba callado, yo decía en voz baja que había nacido en esta casa. Nada más. Diez años diciendo esa frase, dos o tres veces al año.
—Y funcionó.
—Funcionó a la décima. —Dejó la cuchara—. Y ahora lo que pasa es que ya no soy yo la que hace que se calle ese salón.
—¿Y tu hija?
—Mi hija nació aquí antes de que yo me comprara.
Lo dijo sin ninguna entonación.
—Y lo que nace en una casa es de la casa. Así que yo soy libre y mi hija es del conde, y eso no se arregla cantando, porque yo ya no tengo nada que darle a ese hombre que no le haya dado.
Kolbein estuvo mirando el mar.
—Arnkel Einarsson me ha ofrecido la manumisión de Asa —dijo Thorbjorg.
—¿A cambio de qué.
—A cambio de que un día, cuando él me diga, me levante en ese salón y cuente lo que sé.
—¿Y qué sabes?
—Nada. —Se volvió a mirarlo—. Eso es lo peor de todo, Kolbein Ottarsson.
No sé nada. Sé que esa mujer no sabe estar en una casa como esta y sé que dijo mío el primer día, y sé que a Sanday fui a preguntar tres cosas y me las contestaron todas igual, palabra por palabra, que es lo que pasa cuando nadie ha inventado nada o cuando lo ha inventado uno solo.
—Eso no es nada.
—Eso no es nada en boca de una liberta. —Thorbjorg asintió—. En boca de una liberta a la que acaban de darle a su hija, delante de un conde y de un hombre del rey, es lo que haga falta que sea.
Kolbein estuvo un rato sin poder decir nada.
—¿Cuánto vale? —preguntó al final.
—¿El qué.
—Tu hija. Lo que cuesta comprarla. Dime el número.
—No lo sé y no me lo van a decir, porque no está en venta.
—Thorbjorg se pasó las manos por el delantal—.
Una esclava de diecinueve años que ordeña vale cuatro onzas en Dublín y en esta casa no vale nada, porque esta casa no vende gente.
Se la queda. Por eso no lo puedes comprar tú y por eso solo lo puede hacer el que va a heredar.
—Yo tengo nueve onzas.
—Ya lo sé lo que tienes. En esta casa se sabe lo que tiene todo el mundo.
—Te las doy.
—No me sirven. —Lo dijo con una paciencia que era lo peor de la conversación—. Con nueve onzas yo no puedo entrar en la casa de Harray y sacar a mi hija. Con nueve onzas no se compra una palabra dicha por el hijo del conde delante de testigos. Eso lo sabes mejor que yo.
—Puedo hablar con el conde.
—Pues habla. —Thorbjorg se encogió de hombros—. Y cuando te pregunte por qué te importa a ti tanto la hija de la cantora, le contestas.
—Le digo que es justo.
—Justo. —Se rio por la nariz, corto—. Llevo cuarenta y cuatro años en esta casa y he oído esa palabra cuatro veces, y las cuatro se la oí a alguien que quería algo. A ese viejo lo que le vale es lo que sale a cuenta.
—Pues le digo que sale a cuenta.
—¿Y sale?
Kolbein no contestó.
—Ahí está —dijo ella.
Y estuvo esperando, y Kolbein no añadió nada, porque hablar con el conde quería decir ponerse delante de aquel viejo y pedirle una cosa, y un hombre que va a pedir una cosa tiene que aguantar que le pregunten por qué la pide.
Y aquel viejo ya le había preguntado una vez, en julio, por qué seguía en su casa, y le había dicho a la cara que de las tres razones posibles solo había una que no se arregla.
—Ya —dijo Thorbjorg.
Se levantó del montón.
—Yo no te tengo ninguna manía —dijo—. Y a esa mujer tampoco, y eso es verdad aunque no lo parezca, porque lo que yo tengo con ella es que me quita el sitio y eso no es manía, es hambre.
—Lo sé.
—Y lo siento. —Se sacudió el delantal—. Te lo digo en serio y no lo voy a repetir. Lo siento mucho, y cuando me lo pidan me voy a levantar y voy a hablar igual, y si me vuelves a preguntar dentro de un mes te voy a decir lo mismo las dos cosas.
Se fue hacia la casa.
Aquella noche, en el banco de la pared del norte, Kolbein hizo la única cuenta que le quedaba por hacer.
Hamnavoe, con el techo retejado y la tierra de arriba. Dos vacas. Cuatro ovejas. Nueve onzas de plata en un saquito que llevaba en el cinto. Un brazalete de plata que no era suyo, que era del cargo, y otro más ancho que le estaban haciendo para las noches de invierno y que tampoco iba a ser suyo.
Un cargo que le había dado el padre porque se lo había pedido el hijo.
Lo contó dos veces y las dos veces salió lo mismo, y lo que salía no llegaba ni de lejos a una muchacha de diecinueve años que ordeña en Harray.
Era la primera vez en veinte años que hacía una cuenta y le faltaba.