Bajo el nombre de Astrid Capítulo 27
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Capítulo 27

La casa entera subió a los pastos de arriba el catorce de agosto, que es cuando se baja el ganado antes de la siega, y en esa faena va todo el mundo menos los que no andan.

Kolbein subió con ellos porque le tocaba contar.

Ese era el oficio y no había otra manera de estar allí.

El conde tenía ciento y pico cabezas repartidas en tres pastos de altura y cada año, al bajarlas, se cuentan y se apunta lo que falta, y lo que falta es siempre entre cuatro y nueve y siempre hay una explicación.

Un hombre nuevo en el cargo cuenta él mismo el primer año para que al segundo nadie le cuente un cuento.

Subieron cuarenta personas con dos días de comida. Arriba hay tres cabañas de piedra y turba con el techo bajo, de las que se usan en verano y se cierran en invierno, y en esas cabañas duermen los que se quedan a la vuelta del ganado.

Él contó todo el día quince.

Contó por la mañana en el pasto del este y por la tarde en el del norte, y entre lo uno y lo otro anduvo tres horas con dos hombres detrás.

Al anochecer tenía ciento diecisiete cabezas donde el año pasado había habido ciento veintidós, y de las cinco que faltaban tenía cuatro explicadas y una no, que es más o menos lo que se espera.

Hild subió con las mujeres a por la leche y el queso del verano.

Se cruzaron dos veces en todo el día y las dos veces delante de gente. La segunda, ella le preguntó si faltaban muchas y él dijo que cinco, y una de las mujeres del banco dijo que el año pasado faltaron siete, y con eso se acabó la conversación.

La cabaña del fondo se quedó vacía aquella noche porque el techo está peor y porque los de Harray, que la usan, se habían bajado con el primer grupo.

Había una noche. Una, en tres meses y medio, y los dos lo sabían desde que habían subido la cuesta por la mañana, y ninguno lo había dicho en voz alta.

En Órcadas, a mediados de agosto, oscurece de verdad tres o cuatro horas. Lo demás es una luz gris que no es de día y no es de noche y por la que se ve todo.

Esa fue la diferencia y fue toda la diferencia.

Lo de la bodega de la turba había sido a oscuras y de pie. Lo del cobertizo de los barcos, en el suelo, con los rodillos clavándose y con la casa a doscientos pasos. Lo del almacén había sido contra unos varales, con una luz tapada y con prisa.

Allí había un jergón de brezo, una manta de las del ganado, cuatro horas y luz.

Kolbein llegó el segundo y ella ya había echado un tepe al fuego, y estaba sentada en el suelo con la espalda contra la pared, descalza, con la lana roja puesta y el pelo todavía trenzado.

—Cinco —dijo ella.

—Cinco.

—El año pasado fueron siete.

—El año pasado las contó Ingimund, que cuenta de memoria y redondea. —Kolbein cerró la puerta y no se sentó—. Si las cuento yo el año que viene y salen cinco otra vez, entonces sé que faltan cinco de verdad.

—¿Y si salen ocho?

—Entonces sé que alguien ha aprendido que ahora las cuento yo.

Ella se rio.

No fue una risa grande. Fue una de tres notas, la que le salía cuando algo le hacía gracia de verdad y no se acordaba de que no debía, y Kolbein estuvo parado en mitad de la cabaña oyéndola.

Se lo dijo:

—Eso no te lo he oído más que dos veces.

—¿El qué.

—Reírte así.

—Es que no me hace gracia casi nada.

Se sentó a su lado en el suelo, contra la misma pared, con la manta del ganado al lado y el fuego bajo delante.

Y por primera vez en tres meses y medio no había nada que hacer y no había que irse.

Eso fue lo raro. Kolbein se dio cuenta al cuarto de hora y no supo qué hacer con ello.

Todas las veces anteriores habían tenido un reloj encima.

En la bodega de la turba había gente pasando por el patio a veinte pasos.

En el cobertizo de los barcos había que estar de vuelta antes de que clareara.

En el almacén de la orilla se había pasado el rato calculando cuánto tardaba ella en subir el camino de la izquierda sin que la vieran.

Aquella noche no había nada. No había que volver. Nadie iba a buscar a nadie en una cabaña de un pasto de altura con cuarenta personas durmiendo en las otras dos y con las vacas fuera.

Un hombre que lleva veinte años con prisa no sabe qué hacer con cuatro horas.

Aquella noche no mandó ninguno de los dos.

Empezaron hablando y estuvieron hablando mucho rato, que era lo que no habían hecho nunca, porque todas las veces anteriores habían tenido que resolver algo primero.

Él le contó lo de la vaca de Rousay de hace once años, entera, con el nombre del hombre.

Ella le contó lo de la sexta noche de mayo, cuando la enferma le partió el labio con el codo y por la mañana no se acordaba, y cómo le dijo que se lo había dado con el cubo.

—Eso no me lo habías contado.

—No te he contado casi nada.

—Cuéntame algo más.

—Te lo cambio.

Y se lo cambiaron durante una hora, una cosa por una cosa, como se cambia el pescado por la cebada, y a la mitad Kolbein se dio cuenta de que aquello era lo que hace la gente que se va a quedar junta mucho tiempo, y de que ellos lo estaban haciendo deprisa porque no tenían mucho tiempo, y no dijo nada.

Después fue lo otro y fue despacio.

No hubo nada que decidir y no hubo nadie pidiendo. Se fueron quitando la ropa por partes y sin ceremonia, como se hace cuando hay cuatro horas, y ella se dejó la trenza y luego se la deshizo ella misma a mitad, y aquello fue lo único que hizo en toda la noche que no hizo con él.

Hubo luz suficiente para verse las caras, que era lo que no había habido nunca. Kolbein no había visto nunca lo que le pasaba a aquella mujer en la cara, y le pasaban cosas, y no eran las que él se había imaginado en la oscuridad.

Le tocó las manos mucho rato. No fue una cosa pensada, fue que las tenía delante. Los callos de la base de los dedos, las uñas rotas, la cicatriz blanca del pulgar izquierdo, que la buscó con el pulgar y la encontró a la primera porque llevaba desde abril sabiendo dónde estaba.

Ella le puso los dedos en la nariz rota y le preguntó quién se la había roto y él se lo dijo y no era una historia buena.

Hubo un momento, a la mitad, en que los dos se pararon a la vez sin motivo y se quedaron quietos mirándose, y eso duró lo que dura, y fue lo mejor de la noche y de las otras tres.

Después se quedaron tapados con la manta del ganado, que pica, y ninguno se movió durante mucho rato.

Ella se quedó de lado, con la cara contra el brazo de él y una mano encima del pecho, y Kolbein estuvo un rato contando sin darse cuenta lo que tardaba en respirar.

Once veces por cada veinte suyas. Después se le fue acompasando.

—Estás contando —dijo ella.

—No.

—Sí estás. Lo noto en la mano.

—Estaba contando lo que respiras.

—¿Y cuánto respiro?

—Once por cada veinte mías, y ahora menos.

Hild se rio contra su brazo.

—Eso no se lo digas a nadie más —dijo—. Que vas a quedar muy mal.

El fuego se fue abajo. Por el agujero del techo entraba la luz gris.

—¿Duermes? —dijo ella.

—No.

—Yo tampoco.

—Pues duérmete, Hild.

Lo dijo sin pensarlo.

Lo dijo como se dice el nombre de alguien con quien se lleva viviendo mucho tiempo, que es sin darle ninguna importancia, metido al final de una frase de tres palabras, y por eso se dio cuenta tarde.

Ella se incorporó sobre un codo.

Kolbein se quedó muy quieto debajo de la manta con los ojos en el agujero del techo.

—Perdona —dijo.

Hild bajó la cabeza.

—No debí.

—Otra vez.

—No.

—Una vez más y ya está.

—No. —Se volvió a mirarla—. Y no es por lo que tú crees.

—Entonces dime por qué.

Kolbein se pasó la mano por la cara.

—Porque me ha salido solo —dijo—. Eso es lo que me ha pasado. No lo he decidido, no lo he pensado y no me he dado permiso. Me ha salido al final de una frase que no era nada. Y eso es lo que va a pasar dentro de dos semanas en ese salón.

Hild siguió apoyada en el codo.

—Ya —dijo.

—Llevo tres meses sin decirlo y hoy me ha salido porque estoy a gusto. Y en ese salón voy a estar cansado, o preocupado, o bebido, o me lo vas a preguntar tú desde el otro lado del fuego y te voy a contestar.

—Ya.

Se tumbó otra vez de espaldas y estuvieron un rato sin hablar.

—Pues no lo vuelvas a decir —dijo ella al final.

—No lo voy a decir.

—No hasta que se pueda.

—Hasta que se pueda.

—Y si se puede algún día —dijo Hild—, lo dices así. Al final de una frase de tres palabras y sin darle ninguna importancia. No lo digas bonito. Así.

Kolbein no le contestó, porque lo que le salió no era para decirlo en voz alta.

Se durmieron poco antes de que se levantara la gente de las otras dos cabañas, y se despertaron con el ruido del ganado, que es un ruido que no deja dormir a nadie que haya nacido en una isla.

Ella se vistió deprisa y se hizo la trenza sin espejo, como se la hacía siempre, y le salió a la primera.

—Sal tú antes —dijo.

—Ya lo sé.

—Y no me busques hasta la tarde.

—Eso también lo sé.

Se paró un momento con la mano en la puerta.

—Una cosa —dijo—. Anoche no he pensado en nada de lo otro. Ni una vez en cuatro horas.

—Yo tampoco.

—Pues eso también hay que apuntarlo en alguna parte.

Bajaron con el ganado a media mañana y llegaron a la casa con el sol alto y con ciento diecisiete cabezas.

Antes de entrar en el patio, Kolbein sacó la vara del día y apuntó lo del pasto. Ciento diecisiete. Cinco de menos. Cuatro explicadas y una no.

Del resto no apuntó nada y no le hizo falta.