Capítulo 26
La vara pequeña seguía apartada contra el arcón y había pasado de tres muescas a cinco.
Hild las vio nada más entrar, porque llevaba desde junio entrando en aquel aposento tres veces por semana y lo primero que hacía era mirar el arcón.
Habían sido visitas de lo que son. Él le preguntaba cosas de la casa y ella le preguntaba cosas del oficio, y en dos meses ella había aprendido cómo se lleva el paño de cuarenta municipios y él había aprendido que a ella se le quedaban los números.
Se habían reído tres veces. Una fue por un hombre de Harray que llevaba nueve años declarando la misma vaca muerta.
Aquel día, el nueve de agosto, Erlend cerró la puerta.
No la había cerrado nunca. La dejaba a un palmo y fuera se sentaba una mujer del banco, y así llevaban dos meses.
Esta vez la cerró, corrió el pasador de madera y estuvo de espaldas a ella un momento antes de volverse.
—No te asustes —dijo—. Y si te asustas, la abro.
—No me asusto.
—Sí te asustas. —Se sentó en su taburete—. Siéntate tú también.
Hild se sentó.
Erlend cogió una vara del montón de la izquierda, la dejó, cogió otra y la dejó también, que era la primera vez en dos meses que ella lo veía hacer algo sin motivo.
Hild contó lo que tenía a mano, que es lo que hacía cuando le entraba el miedo. Cinco muescas en la vara del arcón. Dos taburetes. Una lámpara. Tres respiraciones.
—Te voy a decir cuatro cosas y las he contado en este orden —dijo—. Y quiero que no me contestes hasta el final.
—Bueno.
—La primera. En junio te pregunté por una correa con un nudo que te dio un hombre del rey a los siete años y me dijiste que se te había perdido y que no sabías cuándo.
Y me dijiste, además, que si se pierde una cosa así sin saber el día es que ya no la mirabas.
—La miró—. Eso fue lo mejor que me has dicho nunca y es lo que me hizo dudar, porque eso es verdad de alguien.
Hild no dijo nada, porque se lo habían pedido.
—La segunda. Ese mismo día te di una vara de catorce muescas y a los quince minutos te pregunté cuántas había y me lo dijiste sin mirar. —Erlend siguió sin moverse—. En esta casa hay setenta personas y las cuento yo, y eso lo hacemos dos, y el otro soy yo.
Cogió otra vara.
—La tercera es esta. —Se la enseñó y era la de las entregas de Sanday, con los cuarenta y tres asientos—.
Te pregunté si aquella isla se quedó corta y me dijiste que no lo sabías porque estabas en la cama.
Y después me dijiste otra cosa, que había gente con los pies en el agua en mayo, y que eso no lo hace por un extraño quien tiene de sobra.
—Me acuerdo.
—Yo también.
Erlend puso la vara encima de la mesa y le dio la vuelta para que ella la viera del derecho, aunque ella no sabía leerla.
—Aquí hay una casa que puso cuatro huevos —dijo—. Cuatro. En mayo. Yo eso lo leí el día que llegó la vara y lo apunté como se apunta, y no lo volví a mirar hasta después de aquella conversación.
Tardó un momento en seguir.
—Cuatro huevos en mayo es todo lo que hay en esa casa —dijo—. Eso lo sé yo porque llevo diez años leyendo listas y lo he tenido que aprender a base de mirar números. Tú lo sabías sin mirar ninguno.
—Eso no prueba nada.
—No prueba nada. —Erlend asintió—. Ninguna de las tres prueba nada, y las tres juntas tampoco, y yo llevo desde junio sin poder hacer la suma.
—¿Y la cuarta?
—La cuarta es de hace tres semanas y esa no es una cuenta.
Se levantó y fue al fuego, que estaba bajo, y lo movió con el atizador sin necesidad.
—Llevo dos meses hablando contigo tres veces por semana —dijo de espaldas—. Y en dos meses no me has dicho ni una vez cómo se llamaba tu madre.
Hild se quedó muy quieta.
—Yo te he hablado de la mía cuatro veces —dijo él—. Y una mujer que va a casarse, cuando un hombre le habla de su madre, habla de la suya. Eso lo hacen todas. Lo hizo la mujer de mi hermano y lo hacen las mujeres del banco cuando hablan entre ellas y no las oye nadie.
Se volvió.
—Tú cambias de conversación. Y lo haces muy bien, y lo haces tan bien que tardé seis semanas en darme cuenta de que lo hacías.
Se sentó otra vez.
—Eso es todo lo que tengo —dijo—. Y ahora te digo lo otro, que es a lo que te he llamado.
Hild tenía las dos manos encima del regazo y llevaba así desde el principio, y notó que empezaban a temblarle y se las apretó una contra otra.
—No te voy a preguntar quién eres —dijo Erlend.
—…
—Ni hoy ni nunca. Y eso no es una manera de hablar.
Lo he pensado y lo digo entero: no te lo voy a preguntar el día de la boda, ni la primera noche, ni cuando nos peleemos, ni dentro de veinte años cuando tengamos cuatro hijos y una mala tarde.
No se me va a escapar, porque yo no digo cosas que no haya pensado antes.
—¿Y por qué? —dijo ella, y la voz le salió sin fuerza.
—Porque eso es lo único que puedo darte que no tenga nadie más.
Se echó hacia atrás en el taburete.
—Mi hermano tiene cuarenta hombres y va a tener barcos.
Mi padre tiene unas islas. Yo tengo las cuentas de esta casa y la mitad de un molino, y el día que se muera mi padre voy a tener un tercio de algo y voy a tener que pedirle permiso a Arnkel para moverlo.
—Lo dijo sin ninguna pena—. Lo único que tengo de verdad es que soy el que sabe lo que hay en cada sitio y no lo cuenta.
Llevo diez años sabiendo lo que le falta a cada casa de estas islas y no se lo he dicho a nadie, ni a mi padre, salvo lo que tenía que decir.
—Eso lo entiendo.
—Eso no lo entiende casi nadie. —Erlend se quedó mirando el montón de varas—.
Mi hermano cree que yo llevo las cuentas porque no valgo para lo suyo.
Mi padre cree que es un sitio donde ponerme.
Y los dos tienen razón y los dos no saben lo que tengo en esta habitación, que es todo lo que le falta a cada casa de cuarenta municipios, con el nombre delante.
—Eso es mucho.
—Eso es demasiado, y por eso no se lo digo a nadie. —Volvió a mirarla—. Un hombre que sabe lo que le falta a la gente puede hacer dos cosas, y yo llevo diez años haciendo la primera, que es callarme.
—Pues eso te ofrezco. —Erlend se inclinó un poco hacia delante—.
Nos casamos en octubre como está dicho. Vives en esta casa y después en las dos de arriba del camino de Evie, que son de odal y no se venden ni se parten, y esas son tuyas si yo me muero antes, y me voy a morir antes porque los hombres se mueren antes.
—Sigue.
—Si un día esto se cae y alguien viene a por ti, yo digo delante de quien haga falta que lo sabía y que me casé igual. Eso no te salva. Pero convierte esto en un asunto de esta casa y no en un asunto de una mujer sola, y a esta casa no la toca nadie sin pensárselo dos veces, ni el rey de Noruega.
Hild sintió la cosa que le subía por la garganta y se la tragó.
—Y hay una más —dijo Erlend—. Y esa es la que llevo tres semanas pensando si decirte.
—Dila.
—En esta casa te van a llamar la mujer de Erlend. —Lo dijo despacio—. Eso no es el nombre de nadie. Pero es un nombre que no le has quitado a ninguna persona, y a mí me parece que eso a ti te hace falta más que las dos casas.
El aposento de las cuentas se quedó en silencio, y era un silencio distinto, porque la puerta estaba cerrada y fuera no había nadie sentado en el pasillo.
Hild no lloró y estuvo cerca.
—¿Y si digo que no? —dijo.
—Entonces nos casamos igual, porque eso ya está contratado y yo no rompo un contrato de mi padre. —Erlend no cambió de tono—. Y todo lo que te acabo de decir sigue en pie, menos que tú sabrías que yo lo sé y no te habría hecho falta saberlo.
—¿Eso es una manera de que diga que sí?
—Eso es la verdad, y me lo has preguntado tú.
Hild lo miró.
—¿Y tú qué sacas? —dijo.
—Yo saco lo que quiero.
—Dilo.
Erlend miró la mesa.
—Llevo diez años contando lo que es de otros —dijo—.
Todo lo que hay en estas islas tiene dueño y yo sé quién es, y no hay una sola cosa en este aposento que no esté en una vara.
Y en junio entró en esta casa una cosa que no cuadra, y la he tenido delante dos meses, y lo que he decidido es que no quiero que cuadre.
—Eso no es un motivo.
—Es el mío.
—Es el peor motivo que he oído en mi vida.
—Es el único que tengo y no te voy a mentir el primer día. —Dejó pasar un momento—. Los otros vendrán. Esas cosas vienen luego, si vienen.
Hild se levantó del taburete, porque no podía seguir sentada.
Anduvo los tres pasos que había hasta la pared y se quedó allí de cara al arcón, con la vara de las cinco muescas a un palmo de la mano.
Y le vino lo único que tenía.
No era suyo. Nada de lo que tenía era suyo y aquello tampoco, y llevaba tres semanas con ello dentro sin haberlo pedido, igual que llevaba tres meses con lo otro.
Se volvió.
—Del nudo que no vale nada no se acuerda el que lo ató —dijo—. Se acuerda la que lo lleva. Y el día que se pierde, no se pierde el nudo. Se pierde el que lo ató.
Erlend no se movió.
Estuvo tanto rato sin moverse que Hild llegó a pensar que no lo había reconocido, y después vio que tenía las dos manos abiertas encima de las rodillas y que no sabía qué hacer con ellas.
—Eso lo dije de espaldas —dijo.
—Lo dijiste una vez entera y luego repetiste el segundo verso cambiando una palabra, y luego lo dejaste como estaba la primera vez. Y después lo quemaste.
—¿Y te lo aprendiste?
—No me lo aprendí. Se me quedó. —Hild siguió de pie contra la pared—. Es lo que me pasa. Oigo una cosa y ya la tengo, y no puedo devolverla y no puedo soltarla, y llevo toda la vida cargando con lo que dice la gente delante de mí.
—Eso es lo peor que me han contado nunca —dijo Erlend— y lo has dicho como si fuera una tontería.
—Es que es una tontería. Es lo que hay.
—No es lo que hay. —Se levantó—. Eso es lo que hace que mi padre tenga cinco versos y no tenga ninguna casa en llamas, y lo que hace que en Noruega sepan todavía lo que hizo hace veinte años. Y tú lo tienes y me lo acabas de gastar conmigo.
Se quedaron los dos de pie en aquel aposento de tres pasos.
—¿Por qué lo quemaste? —dijo ella.
—Porque un segundo hijo que lleva cuentas no compone. Si compone, lo dice, y si lo dice se lo aprende alguien, y entonces mi hermano sabe una cosa de mí que no sabía.
—Eso ya me lo dijiste en junio.
—Ya. —Erlend se pasó la mano por la mandíbula—. Y era verdad en junio.
Hild fue hasta la puerta y puso la mano en el pasador y no lo corrió.
—No te he contestado —dijo.
—No hace falta que contestes hoy.
Lo dijo sin ninguna presión, y en dos meses ella había aprendido que aquel hombre no decía nada que no hubiera pensado antes, así que lo que acababa de decir era lo que quería decir y nada más.
Hild corrió el pasador y abrió.
—Erlend —dijo.
Fue la primera vez en dos meses y medio que lo llamaba por su nombre, y lo dijo en la puerta, sin volverse del todo, y no dijo nada detrás.
Salió al pasillo y no había nadie sentado en el taburete.