Capítulo 25
El agua de aquella casa la subía una sola persona, y la subía doce veces al día, y nadie de las setenta la miraba hacerlo.
Hild llevaba tres días mirándolo.
Lo había contado, porque contar era lo que hacía.
Doce viajes desde el pozo del patio de abajo hasta el caldero, con las dos ollas, y cada viaje ciento diez pasos de ida y ciento diez de vuelta, y de esos doce viajes, cinco los hacía por el lado de fuera del establo, que es donde no hay nadie nunca.
Cinco oportunidades al día y llevaba tres días sin coger ninguna.
Lo que necesitaba era esto: alguien que fuera a Sanday y que no fuera de aquella casa.
Los hombres del conde no valían. A todos los hombres del conde les preguntaba Arnkel qué habían hecho, todos los días, y aquello ya no era una sospecha suya sino una cosa que él mismo le había dicho a la cara en su aposento.
Odd no valía. Ingimund no valía. Los dos hombres que tenía Kolbein a su mando tampoco, porque eran de Kolbein y cualquier cosa que hicieran era cosa de Kolbein.
Y ella no podía escribir, porque allí no escribía nadie, y un recado hablado es un hombre que lo lleva dentro.
Quedaba la gente que entra y sale y a la que nadie pregunta nada.
El cuarto día la alcanzó en el lado de fuera del establo, en el sexto viaje.
—Kolla.
Tres pasos. Se dio la vuelta con las dos ollas llenas y esperó, que era lo que hacía siempre.
—Necesito que alguien lleve un recado a Sanday.
La irlandesa siguió a lo suyo.
—No es nada malo. Es para una casa. Es para avisar a un chico.
Nada.
—Te puedo dar algo —dijo Hild, y en cuanto lo dijo supo que había perdido.
Kolla se dio la vuelta y siguió hacia el caldero con las dos ollas, y aquel día no volvió a pasar por el lado de fuera del establo.
Y ella no tenía nada que ofrecer que no fuera de otro.
Ese fue el segundo problema y tardó más en verlo. El paño era de la casa. La comida era de la casa. Hasta el vestido que llevaba puesto era de una muerta. En aquel sitio, la única mujer con menos cosas propias que la que llevaba el agua era ella.
Lo intentó otras dos veces en dos días y las dos veces fue peor.
La segunda le habló con la sarta de las llaves de Ingibjorg sonando a veinte pasos, y la chica la miró como se mira a alguien que te está haciendo daño sin darse cuenta.
Aquella noche Hild se quedó pensando en esa mirada y tardó en entenderla.
Si a una esclava la ve hablando a solas con la que va a ser la señora de la casa, y la señora de la casa le está pidiendo algo en voz baja, lo que piensa cualquiera que pase es que la esclava ha hecho algo.
Y a una esclava que ha hecho algo no le preguntan.
Le pegan o la venden, y lo deciden en la misma tarde.
La tercera fue en el patio, delante de dos mujeres del banco, y Hild lo dejó a medias porque entendió que estaba pidiéndole a una esclava que hiciera algo a escondidas en un sitio donde a una esclava la pueden matar por menos.
Aquella noche se quedó despierta en el banco de las mujeres y se dio cuenta de lo que estaba haciendo mal.
Le estaba ofreciendo cosas. Comida, un paño, algo. Le estaba ofreciendo lo que le ofrece a la gente el que tiene, y a aquella chica le llevaban ofreciendo cosas cuatro años a cambio de que hiciera lo que le mandaran, y eso era exactamente lo que era ser lo que era.
Lo que había que darle no era una cosa. Era lo otro.
Y lo otro le costaba a ella.
La encontró al día siguiente en el pozo del patio de abajo, a primera hora, en el primer viaje, cuando todavía no había nadie levantado más que las de la lumbre.
Kolla estaba subiendo el cubo con las dos manos y no se volvió.
—Cuando te llaman, tardas tres pasos —dijo Hild.
La chica se quedó con la cuerda en las manos.
—Siempre tres —dijo Hild—. Los he contado siete veces. Tardas tres pasos y luego te das la vuelta, y en esta casa llevan cuatro años creyendo que eres lenta.
Kolla dejó el cubo en el brocal.
Se volvió despacio y la miró a la cara, que era la primera vez que lo hacía.
—¿Y tú qué sabrás? —dijo.
Tenía la voz más grave de lo que Hild se esperaba y tenía acento, uno que arrastraba las eses, y en dos meses y medio Hild no la había oído decir una frase entera.
—Yo lo sé porque a mí me pasa —dijo Hild.
Y se quedó con la boca cerrada, porque aquello era lo más que había dicho en dos meses y medio y lo acababa de decir en un patio.
Eso fue todo lo que dijo y fue todo lo que tenía, y se quedó de pie al lado del brocal esperando a ver qué hacía con ello aquella chica de veinte años que llevaba el agua.
Kolla no hizo ninguna de las cosas que Hild se había imaginado en dos noches.
No se sorprendió. No preguntó qué quería decir. No se acercó y no bajó la voz.
—Ya lo sé lo que te pasa a ti —dijo—. Os vi en la turba.
—Eso no es lo que te digo.
—Eso es lo que hay.
—No.
Hild se agarró al brocal con las dos manos, porque tenía que agarrarse a algo.
—A mí me llamaban de otra manera hasta mayo —dijo.
Fue la primera vez que lo decía en voz alta desde el trece de mayo y se lo dijo a una esclava irlandesa en el patio de abajo a las cinco de la mañana.
Kolla estuvo un rato quieta.
Hild esperó de pie al lado del brocal mientras la chica echaba el agua, y estuvo segura de que no iba a decir nada y de que aquello se acababa ahí.
—Muirenn —dijo.
—¿Qué.
—Que me llamo Muirenn. —Cogió el cubo del brocal y lo vació en la olla—. Muirenn, hija de Áed, de un sitio que no te voy a decir porque no te importa.
—Muirenn.
—Lo has dicho mal.
Se lo dijo otra vez, despacio, y lo dijo igual de mal, porque hay sonidos que no están en una lengua y no se ponen en dos intentos.
—Me lo quitaron el mismo día que me vendieron —dijo Muirenn—. Eso es lo que hacen. No te lo quitan cuando te cogen, que cuando te cogen todavía eres una persona de un sitio y sirves para pedir un rescate. Te lo quitan cuando te venden, porque una cosa que se vende no tiene nombre, tiene precio.
Hild esperó.
—El que me compró me puso Kolla porque tenía una vaca que se llamaba así y se le había muerto. —Muirenn cogió la segunda olla—. Me lo dijo él mismo, riéndose, delante de cuatro hombres. En Dublín. Yo tenía dieciséis años.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Lo dijo sin ninguna dureza, que fue lo peor—. Y no me cuentes lo tuyo.
—Yo no te iba a contar nada.
—Sí ibas. Ibas a decirme que a ti también, y a lo mejor es verdad y a lo mejor te lo han hecho a ti también. —Muirenn se enderezó con las dos ollas—. Pero a mí me lo quitaron y tú lo que has hecho ha sido ponerte otro. Eso no es lo mismo y las dos lo sabemos.
Hild se quedó con eso puesto encima.
—No —dijo—. No es lo mismo.
—Bueno. —Muirenn se cambió el peso de las ollas—. ¿Y qué querías?
—¿Cómo?
—Llevas cuatro días detrás de mí. Algo querías. Dilo ya, que esta agua la esperan.
Y así fue como se lo dijo, de pie en el patio de abajo, sin haber salido el sol del todo, a una mujer que llevaba dos ollas llenas en las manos y que no las soltó en toda la conversación.
—Dime el recado.
Hild tardó un momento en cambiar de sitio dentro de la cabeza.
—Sanday. La casa de Ormar Hrutsson, que la conoce cualquiera. Hay un chico que se llama Bardi, de dieciséis años, hijo de Thorgils. En agosto va a ir a esa isla un hombre del correo del sur a preguntar cosas, y a ese chico no le pueden preguntar nada, porque no sabe mentir y se le nota en la cara.
—¿Y por qué ese?
—Porque tiene dieciséis años y estaba delante cuando se dijeron unas cosas que no se podían decir. —Hild se oyó decirlo y no se paró—. Y porque los otros once aguantan y él no.
—¿Once?
—Doce.
Muirenn no preguntó nada más, que fue lo que Hild le agradeció durante los dos meses siguientes.
—¿Y qué hay que decirle?
—Que se vaya. Que lo manden a la pesca de fuera esas semanas, a Westray o a donde sea, y que no esté en la isla en agosto.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. Y que se lo digan a Gyda, que es una vieja que vive sola detrás de Grimsgarth.
Muirenn asintió una vez.
—Va a Sanday la barca de los Firth cada tres semanas por la lana —dijo—. El que la lleva me debe una cosa.
—¿Cuánto te va a costar?
—Eso es mío.
—Te lo estoy preguntando porque lo quiero saber.
Muirenn la miró.
—Yo también quiero una cosa —dijo.
—Dime.
—Tú estás todo el día detrás de la que tiene las llaves. —Se acercó un paso con las dos ollas en las manos—. Quiero saber qué barcos salen de aquí, cuándo, a dónde van y quién los manda. Todos. Y lo quiero saber antes de que salgan y no después.
Hild entendió lo que le estaban pidiendo en el tiempo que se tarda en entenderlo.
Hild hizo lo que hacía siempre, que fue contar lo que le estaban pidiendo.
Le estaban pidiendo que le dijera a una esclava cuándo sale cada barco de aquella casa.
Eso, dicho en voz alta delante de cualquiera de las setenta personas de dentro, era ayudar a escaparse a una propiedad del conde, y a los que roban en esa casa no los cuelgan, porque colgar no da nada. Los venden.
—Eso es lo que hay —dijo Muirenn—. Y si te parece mucho, no me cuentes nada y aquí no ha pasado nada, y yo llevo el agua otros cuatro años.
—¿A dónde quieres ir?
—Eso tampoco es tuyo.
—Es verdad. —Hild se agarró otra vez al brocal—. ¿Y si te cogen?
—Si me cogen, me cogen. —Muirenn se encogió de hombros con las dos ollas llenas, que no es fácil—. Y si me cogen no digo de dónde he sacado nada, porque decirlo no me sirve. Eso también lo sé hacer desde los dieciséis años.
—No me parece mucho.
—Pues entonces ya está.
Se fue hacia el caldero con las dos ollas, y a los tres pasos se volvió.
—El nombre no se lo digas a nadie de esta casa —dijo—. Ni a él.
—No se lo voy a decir a nadie.
—No lo digas para no decírselo. Dilo porque si lo dices, dentro de un año hay setenta personas llamándome así y yo ya no tengo nada.
Aquella noche Hild se acostó en el banco de las mujeres de cara al tabique y lo estuvo diciendo en voz baja hasta que le salió.
Le costó veinte o treinta veces. Tenía una vocal en medio que no estaba en su lengua y la primera sílaba se le iba hacia atrás.
Lo dijo hasta que le salió como se lo había oído. Y después lo dijo tres veces más para que no se le fuera, que era lo que hacía con todo desde que tenía memoria, y con aquello no le hizo falta.
Muirenn.
Muirenn, hija de Áed.