Capítulo 24
Bajó otra vez, y esta vez no se quitó los zapatos hasta la mitad del camino porque salió deprisa y se le olvidó.
El almacén de la orilla no era el cobertizo de los barcos.
Era más chico, estaba más arriba y tenía puerta con tranca, porque dentro había lo que come una casa de setenta personas en invierno.
Pescado seco colgado en varales hasta el techo, dos tinajas de grasa, sal en sacos y un montón de redes viejas en el rincón, de las que ya no se arreglan.
Olía a pescado de un año y el suelo era de tierra apisonada.
Kolbein estaba dentro con una luz tapada, contando los varales, porque era lo que le tocaba contar aquella semana y porque un hombre que no duerme cuenta de noche.
Aquella semana la casa entera estaba contando cosas.
En agosto empieza lo de la siega y lo de la boda a la vez, y en una casa de setenta personas eso quiere decir que todo el mundo tiene una lista.
Ingibjorg llevaba doce días con la suya y la decía en voz alta mientras andaba: sábanas, cerveza, harina, tres bueyes, y dónde se sienta cada uno de los que vienen de fuera.
Se casaban dos en aquella casa en octubre y de las dos bodas solo se hablaba de una, porque la del ármaðr iba a ser en Caithness y no daba trabajo a nadie.
De Ragna Thorgilsdottir se sabía en el salón que había vuelto a su casa en julio, que iba a venir en septiembre y que tenía un pleito con un cuñado por un barco chico.
Ella entró y cerró la tranca por dentro.
—Me llamó ayer.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo dijo él. —Kolbein bajó la luz—. Me estuvo esperando en el muro del alto y me lo dijo él, y me dijo también que le habías gustado.
Hild se quedó con la espalda contra la puerta.
—Entonces a ti también te ha llamado.
—A mí no me ha llamado. A mí me ha enseñado lo que tiene, que es peor, porque a ti te lo ha enseñado dentro de una habitación y a mí en mitad de un camino con la casa a la vista.
—¿Y por qué me lo dijo a mí antes que a ti? —dijo ella.
—Porque a ti te lo dijo por la mañana y a mí por la tarde, y quería que yo llegara sabiendo que tú ya lo sabías.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para que yo no pudiera ir a buscarte a contártelo.
Hild se quedó parada.
—Eso no lo entiendo.
—Si yo no supiera que has hablado con él, esta noche hubiera bajado a decírtelo. Y bajar a decirte algo es lo único que él no puede ver. —Kolbein dejó la luz en el suelo—. Así se ha ahorrado que nos veamos.
—Pero estamos aquí.
—Estamos aquí porque has bajado tú. —Se sentó en el montón de redes—. Y eso él no lo ha contado, porque no se le ha ocurrido que fueras a bajar tú.
Se lo contaron todo en un cuarto de hora, sentados los dos en el montón de redes viejas, con la luz tapada entre los dos pies.
Ella le contó lo de Odd, palabra por palabra, incluida la marca de viruela en la sien derecha, y él no la interrumpió y no puso ninguna cara. Le contó lo que había contestado ella, que era nada, y lo que había ofrecido, que era lo único que tenía.
Él le contó lo de Eday. Los ocho rodillos, los cuatro barriles, los doce sacos y las dos marcas de quilla. Le contó lo que le habían pedido, que eran cuatro semanas.
—Y me lo va a cobrar entero —dijo—. No ahora. En invierno, cuando meta los barcos. Un hombre que ha callado un mes calla cinco.
—A mí me dijo que se casara tranquila.
—A mí me dijo que tardara cuatro semanas. —Kolbein se pasó la mano por la barba—. ¿Y sabes lo mejor? Que a cada uno nos ha contado lo del otro. Yo sé que has hablado con él y tú sabes que he hablado yo. Eso no lo hace nadie por descuido.
—¿Para qué.
—Para que no podamos tener un secreto de él entre nosotros dos. —Volvió la mano y la dejó caer—. Si yo no supiera lo tuyo, tú tendrías que decírmelo, y decírmelo te costaría algo, y a lo mejor no lo hacías. Así nos lo ha dado hecho y nos ha puesto de acuerdo él.
Hild miró la luz tapada.
—Dime una cosa —dijo.
—Dime.
—¿Esto se puede ganar?
Kolbein no contestó enseguida, que era lo que hacía siempre y lo que ella había aprendido a temer.
—Depende de qué llames ganar.
—Llamo ganar a que dentro de un año estemos todos vivos.
—Entonces no lo sé.
—Contéstame.
—Te estoy contestando. No lo sé, y si te digo otra cosa te estoy mintiendo, y de eso ya tienes bastante en esta casa.
—¿Sabes lo que me ha pasado esta semana? —dijo ella.
—Dime.
—Me han puesto a contar sábanas con Ingibjorg. Para mi boda. —Se agarró los codos—. Y hemos estado dos tardes decidiendo dónde se sienta el de los molinos, que no se puede sentar al lado del de Kirbuster porque hay un asunto de hace ocho años.
—Eso es lo que hay en esas casas.
—Ya lo sé lo que hay. —Hild estuvo mirando la luz—. Lo que te estoy diciendo es que ayer estuve dos horas discutiendo lo del de los molinos y en dos horas no me acordé ni una vez de nada de lo otro. Ni una.
Kolbein tardó en contestar.
—Y cuando me acordé, me acordé de golpe, en mitad de la cena, con el cuenco en la mano. —Se pasó la lengua por los labios—. Eso es lo que me está pasando. Que se me olvida a ratos. Y después vuelve.
Hild se levantó del montón de redes.
Estuvo un momento de pie en aquel almacén que olía a pescado de un año, con los brazos cruzados, y lo que dijo después lo dijo sin mirarlo.
—Dime que no me vas a soltar.
—Eso no te lo puedo decir.
—No te estoy pidiendo que sea verdad. Te lo estoy pidiendo igual.
—Por eso no te lo digo.
—¿Y por qué no? —dijo ella—. Es una frase. No te cuesta nada.
—Me cuesta todo. —Kolbein se levantó también—.
Yo llevo veinte años diciéndole a la gente lo que hay.
Le he dicho a una viuda que se quedaba sin vaca y a un hombre que iba a responder con el cuello por una mujer que no conocía.
Si empiezo a decirte a ti lo que quieres oír, el día que te diga algo de verdad no vas a saber cuál es cuál.
—Yo lo sabría.
—No lo sabrías. Nadie lo sabe. Por eso funciona.
—Te voy a decir lo que sí —dijo—. Te lo he contado en la cabeza cuatro veces esta semana y esta vez sí te digo el número.
—Dilo.
—Puedo prometerte que en septiembre voy a estar en ese salón cuando llegue el hombre del rey, y que voy a estar de pie y delante.
Puedo prometerte que si te llevan a una asamblea, hablo yo primero y hablo el tiempo que me dejen.
Puedo prometerte que no vas a tener que jurar delante de nadie mientras yo esté vivo.
—Sigue.
—Se acabó. Eso es lo que puedo.
—Falta lo otro.
—Falta lo otro y de lo otro no puedo prometerte nada, porque no depende de mí. —Lo dijo sin suavizarlo—. No te puedo prometer que salgas de esto viva. Y el día que te lo prometa, no me creas.
Hild aguantó quieta.
Había bajado por el camino de la izquierda con una sola cosa en la cabeza y era aquella, y ahora la tenía contestada y no le servía de nada y no se podía ir.
—Entonces no me digas nada más —dijo.
Y se lo pidió.
No se lo pidió con las manos como en la bodega de la turba, ni le quitó el cinto como en el cobertizo de los barcos. Se lo pidió con la boca, de pie, en un almacén de pescado seco, y le salió la voz de una manera que no había oído nunca en sí misma.
Kolbein no se movió durante dos o tres respiraciones.
—Estás pidiéndome una cosa a un hombre que podría meterte en una asamblea mañana —dijo.
—Ya lo sé.
—Quiero que lo digas tú.
—¿Qué quieres que diga?
—Lo que es.
Hild levantó la cabeza.
—¿Esto es una detención o una invitación? —dijo.
—Una detención la puedo hacer yo solo. —Kolbein dejó la luz en el suelo—. Esto no.
Y entonces fue él.
Aquella noche mandó él y los dos lo supieron desde el principio, y eso no fue porque él lo cogiera, fue porque ella lo había soltado al pedirlo, y las dos cosas eran verdad a la vez.
Le puso las manos donde quiso y ella se dejó, y no se dejó de una manera pequeña.
Fue distinto de la otra noche y lo fue desde el primer momento.
En el cobertizo de los barcos ella había ido marcando el paso y él había esperado cada vez que ella le puso la mano abierta en el esternón.
Aquí no hubo ninguna mano abierta. Aquí ella se agarró a lo que había, que eran los varales, y los varales crujieron y hubo que soltarlos y buscar otra cosa.
Él tenía las manos más frías que la otra vez y la respiración más corta desde el principio, y en algún momento le dijo una cosa al oído que no llegó a ser una palabra, y ella no la entendió y no le hizo falta.
Hubo un momento, de espaldas contra los varales, con el pescado seco rozándole la nuca, en que oyó la respiración de él contra su oreja y pensó que si aquel hombre le decía en ese momento que se fuera a Caithness, se iba.
No se lo dijo. Eso fue lo único que hizo bien.
Después estuvieron sentados otra vez en las redes viejas, con la ropa a medio poner y la luz tapada, y ninguno dijo nada durante un rato largo.
Y la vergüenza le vino ahí, no antes.
No fue del cuerpo. Del cuerpo no tenía ninguna, y a esas alturas ya sabía que no iba a tenerla nunca. Fue de lo otro. Fue de que hubiera bajado a un almacén a pedirle a un hombre que le dijera una mentira, y de que cuando él no se la había querido decir, ella le hubiera pedido lo segundo.
Y de que él lo supiera.
Porque lo sabía. Estaba a un palmo, en la oscuridad, callado, y llevaba callado desde que habían acabado, y aquel hombre no se callaba por descuido.
—Dilo —dijo ella.
—No hay nada que decir.
—Dilo igual.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque lo que yo diga ahora te va a hacer daño se diga como se diga.
—Kolbein tardó en contestar—. Si te digo que no ha pasado nada, te estoy tratando como a una tonta.
Y si te digo lo otro, te lo estoy echando en cara, y no te lo echo en cara, porque el que ha estado aquí he sido yo y podía haberme ido.
Hild se levantó y se empezó a vestir a oscuras, y le costó los broches, y no le pidió ayuda.
Cuando estuvo lista fue hasta la puerta y levantó la tranca.
—Espera un poco tú —dijo—. No salgas detrás.
—Ya lo sé.
Ella abrió un palmo y miró el camino.
—Buenas noches —dijo.
Lo dijo como se lo decía a Ingibjorg, como se lo decía a la mujer del caldero, como se lo decía a los sesenta que se acostaban cada noche en aquel salón.
Y salió, y subió el camino de la izquierda sin volverse ni una vez.